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Viaje al verdadero Carrasco Norte

Justo cuando el asentamiento Acosta y Lara se encaminaba a ser un barrio formal, el asesinato de Heriberto Prati y los posteriores señalamientos reavivaron viejas tensiones. Aquellos prejuicios que los vecinos creían haber enterrado, resurgieron y temen que frenen el cambio.

Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto
Un recorrido por Carrasco Norte. Foto: Fernando Ponzetto

Un efecto dominó parece haberse instalado en el este de Montevideo. Tras el asesinato de Heriberto Prati, hace 15 días, las acusaciones en cadena no se hicieron esperar: los de Carrasco sur le echan la culpa a los de Carrasco Norte, estos le tiran la pelota a los vecinos del "asentamiento" Acosta y Lara, los de allí señalan a una familia concreta, y parte de esta carga las tintas contra los pobladores del otro lado del arroyo Carrasco. La muerte de Prati volvió a colocar todos los prejuicios sobre un área de la capital que intenta despojarse del rótulo de "zona roja".

Agustina (23) lo vivió en carne propia. Tres días después del asesinato, y horas antes de que el ruido de las cacerolas despertara todo tipo de comentarios en las redes, la policía allanó su casa, revisó entre los muebles, conversó con su hijo y luego le pidió disculpas: "Tenemos que hacer algo para llenar el ojo a los de Carrasco sur". Y aunque "la pobreza no sea sinónimo de delincuencia", no tuvieron mejor idea "que buscar culpables entre los vecinos del asentamiento", dice Matilde Burgues, fundadora de la ONG Las Violetas, una de las dos instituciones de la sociedad civil que trabajan en la zona.

"Hay un odio latente" entre los ricos y los pobres, una tensión que parecía irse apagando gracias a la transformación del asentamiento Acosta y Lara en un barrio formal, pero ahora "los vecinos del asentamiento vuelven a sentirse señalados por los vecinos del otro lado, y los del otro lado vuelven a mirar con desprecio", agrega esta señora que lleva décadas de voluntariado en el barrio y que sintió cómo la miraban "mal" cuando estacionaba su auto nuevo en épocas de mayor puja entre los distintos niveles socioeconómicos.

Las cifras oficiales no permiten teñir de rojo a Carrasco Norte: hubo dos asesinatos en lo que va del año (en Casavalle hubo 10), y la tasa de rapiñas coloca a la seccional de la zona de mitad de tabla para abajo. Eso no significa que la situación sea la ideal, reconocen los vecinos, pero afirman que la mayoría de delitos fueron consecuencia de la intervención de "gente de otros barrios o de dos o tres malvivientes".

Francisco Platero, el alcalde del Municipio E que nuclea a Carrasco Norte, justificó que "dos manzanas podridas son las que arruinan todo el cajón". Lo dijo para defender a la "gente de bien" del barrio, y terminó despertando el enojo de los familiares de los jóvenes acusados. La tía de uno de estos adolescentes, quien es voluntaria en Las Violetas, señaló: "somos laburantes, el 100% de los niños de este asentamiento están escolarizados (el dato coincide con el censo departamental), y no se puede arrastrar a todo un barrio detrás de una sospecha, sin pruebas".

Los señalamientos causaron desesperanza en varios vecinos, explica Sebastián Mas, de la ONG Por los Niños Uruguayos. Cuando un grupo de pobladores del interior se mudó a los médanos de la ribera sur del arroyo Carrasco, hace más de 50 años, sus ranchos convivían a pocos metros de algunas de las casas más lujosas de la capital. De hecho, la calle C, hoy Acosta y Lara, fue históricamente la frontera que separó a esos dos mundos que convivían en Carrasco Norte. Pero al contrario de lo que circuló en los informativos luego del asesinato de hace dos semanas, las diferencias parecen estar desapareciendo. Por eso Josefina (63), una vecina del asentamiento desde hace 30 años, dice que "el lamentable hecho" y las posteriores repercusiones "cayeron como un baldazo de agua fría".

Entrar al asentamiento Asociación Civil Esperanza, más conocido como Acosta y Lara, no da miedo ni parece impenetrable. La policía circula sin problemas, el médico de familia va todos los días, los niños juegan en las calles recién ampliadas y los padres acomodan los bloques de ladrillo cuando acaban la jornada, como jardineros y obreros de la construcción principalmente.

Desde la esquina de Santa Mónica y Acosta y Lara, donde comienza el asentamiento, la postal es la de un barrio sin lujos y sin necesidades básicas insatisfechas. Hay construcciones nuevas, todas similares entre sí, por el realojo de 102 familias. Son viviendas de dos pisos, sin rejas, con espacio cómodo para los cuatro niños en promedio que tiene cada hogar.

La transformación que comenzó en 2014 tuvo su nuevo rostro recién en abril de este año, con los primeros realojos. El Estado invirtió US$ 13 millones, US$ 12.381 en cada uno de los 1.050 habitantes del lugar. El monto incluye los materiales para quienes no serán realojados, pero necesitan un retoque en sus viejas casas, la ampliación de calles, el saneamiento, los desagües y el alumbrado público. Los beneficiarios pagan por cinco años cuotas de dos unidades reajustables para quedarse con el terreno municipal. La Intendencia de Montevideo prevé que la conversión del asentamiento en un barrio en sí mismo culmine a fines del año próximo. Y los vecinos son optimistas.

"Acá somos todos trabajadores y buena parte de lo que se logró es porque los vecinos nos organizamos", señala Josefina, quien detesta las comparaciones del asentamiento con otras zonas "marginales" del país. "Tener nuestras casas nos convertirá en ciudadanos comunes y corrientes, pagaremos los impuestos y nos darán los servicios que nos corresponde".

Puentes.

Los dos Carrasco, el más acaudalado y el otro, parecen complementarse. Ocho de cada diez mujeres del asentamiento trabajan en el servicio doméstico de las residencias de Carrasco sur. Josefina es tenida en cuenta como "parte de la familia" de sus "patrones", y sus jefes son para ella una "ayuda fundamental". Un trato similar tienen muchos de los hombres que mantienen los patios de Jardines de Carrasco, lo más parecido a un barrio privado pero con "libre" circulación por disposición departamental, y que queda a pocas cuadras del asentamiento. Gracias a la prestación de servicios, el desempleo femenino en Acosta y Lara es del 7% y el masculino es de 12%, según el relevamiento del Programa de Mejoramiento de los Barrios en 2015.

Si bien el precio del metro cuadrado es US$ 200 más económico en Carrasco Norte que en el sur, la diferencia no es tan abultada en comparación a otros barrios, por lo que no puede decirse "que el asentamiento termina desvalorizando la tierra", afirma Ana María Milburn, presidenta de la ONG Por los Niños Uruguayos. De hecho, al norte del arroyo Carrasco el precio es aún más bajo.

"El principal problema de Carrasco Norte es la falta de oportunidad y en algunos casos el alcohol", dice la voluntaria. El área que comprende el asentamiento es la de mayor crecimiento demográfico y de población más joven. El 23% de los habitantes son niños y el 13% adolescentes. Entre estos últimos está presente el problema extendido en el resto del país: el abandono liceal. Por eso, uno de los objetivos más firmes de la ONG Por los Niños Uruguayos es que los usuarios continúen asistiendo al sistema educativo.

Las actividades escolares y las de ONG son de las pocas ofertas organizadas que tienen los más jóvenes del asentamiento. Gracias a que se está dando un cambio urbanístico, cuando no hay clases, las calles ampliadas se llenan de niños andando en bicicleta o jugando al aire libre. Esa imagen renovada, y la de la costanera que está siendo pavimentada, contrastan con la de Paso Carrasco, al otro lado del arroyo.

Paso Carrasco, que ya es parte del departamento de Canelones, también tiene su plan de realojo, aunque a paso más lento. Las ONG que trabajan del lado montevideano creen conveniente que haya un proyecto en ambas márgenes del arroyo para que no exista puja vecinal.

Es que en una zona sensible, cualquier chispazo puede encender el tronco. La propia formalización del barrio causó el enojo de unos pocos vecinos que se sentían más cómodos con la informalidad, con no tener que pagar por lo que se les da, reconoce Burgues. "Dejar de estar siempre pidiendo y tener que rendir cuentas es también un proceso de aprendizaje", admite la voluntaria.

Justo cuando todo se iba encaminando, cuando los vecinos iban aprendiendo, cuando solo faltaban para ser realojadas 35 familias, el asesinato de Prati y los señalamientos del "otro Carrasco" terminaron destartalando el tablero.

Aprendizaje de ida y vuelta: voluntarios y usuarios.

Cuando las crónicas tiñeron de rojo al asentamiento Acosta y Lara y algunos proveedores de servicios dejaron de entrar al barrio, los voluntarios de las ONG Las Violetas y Por los Niños Uruguayos no abandonaron su misión. "Es la prueba más clara de que todos, voluntarios y vecinos, queremos quitarle las etiquetas a esta zona", dice Sebastián Mas, coordinador de Por los Niños Uruguayos. Entre ambas ONG, las únicas que están en la zona, reúnen a 110 voluntarios y atienden a una población similar de niños y mujeres. Tienen 11 proyectos que incluyen el apoyo escolar, la recreación, la alfabetización de adultos y la biblioteca barrial. También hay un taller de cocina que sirve como salida laboral y que está en proceso de ser autorizado por la Intendencia de Montevideo para la comercialización de los productos.

Una voluntaria con más de 40 años de trabajo en el barrio, quien prefirió el anonimato para no ensalzar el ego, recuerda que la ayuda material fue lo primero con lo que procuraron colaborar los voluntarios. Le siguió la regularización de trámites y luego el incentivo educativo.

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