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Desde la ventana de la celda

Dos centros “modelo” de privación de libertad para menores: el único para varones de entre 13 y 15 años y el lugar donde están las 30 adolescentes que cometieron delitos. El País recorrió ambas instituciones y estas son las historias de algunos de ellos.

Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Centro de Ingreso de Adolescentes Femeninos Foto: Fernando Ponzetto
Jovenes en habitaciones celdas en el Centro Desafio, recorrida por el centro de privacion de libertad del Sirpa Foto: Ariel Colmegna
Jovenes en habitaciones celdas en el Centro Desafio, recorrida por el centro de privacion de libertad del Sirpa Foto: Ariel Colmegna
Habitaciones celdas en el Centro Desafio, recorrida por el centro de privacion de libertad del Sirpa Foto: Ariel Colmegna
Habitaciones celdas en el Centro Desafio, recorrida por el centro de privacion de libertad del Sirpa Foto: Ariel Colmegna
Habitaciones celdas en el Centro Desafio, recorrida por el centro de privacion de libertad del Sirpa Foto: Ariel Colmegna
Habitaciones celdas en el Centro Desafio, recorrida por el centro de privacion de libertad del Sirpa Foto: Ariel Colmegna

Afuera del edificio del centro Desafío, sobre la calle Chimborazo y muy cerca de General Flores, hay muros coloridos custodiados por chapas oxidadas y concertinas filosas. Adentro, hay 41 adolescentes de entre 13 y 15 años que hacen manualidades, juegan al fútbol y estudian. Estos mismos jóvenes ya cargan con uno o más delitos sobre sus espaldas: un homicidio, rapiña o hurto, al tiempo que, en la mayoría de los casos, conviven con alguna adicción.

A pocas cuadras de Desafío están ellas. Las únicas 30 adolescentes privadas de libertad de todo el país y una bebé, que viven en el Centro de Ingreso Adolescente Femenino (CIAF). Las paredes pintadas con motivos infantiles parecen querer devolverles una parte de la inocencia que perdieron. Ellas piden "amor y paz", y si tienen suerte los funcionarios responden al código interno y les dan tabaco para armar.

Son apenas una pequeña parte del sistema. Unos pocos entre los 777 adolescentes que están recluidos por cometer delitos en Uruguay. Están en centros excepcionales, con población reducida, clases casi particulares, talleres durante todo el día e incluso paseos. Son centros únicos, los que las autoridades muestran como el mejor exponente de lo que el sistema considera rehabilitación para niños que entran a la adultez con el pie izquierdo.

Distancia que acerca

Para Marcos, lo peor de estar internado en el Centro Desafío son los minutos antes de saludar a su madre. Ver cómo los policías meten sus manos adentro de su cartera, la revisan a ella, su ropa y el paquete que le trae desde su casa lo lleva a arrepentirse de lo que hizo. Hace seis meses entró a Desafío por robar a tres repartidores con un fierro, según él mismo cuenta. "No voy a hacer más gileadas, ya fue". Se encoge de hombros y promete: "Voy a hacer menos esquina, a estar con mi familia y eso". Tiene 13 años, no terminó la escuela y cuenta que todavía no sabe leer ni escribir, pero quiere aprender.

En los testimonios se cuelan frases hechas con eso que los adultos quieren escuchar y anuncios esperanzadores de los que muchas veces ni ellos tienen certeza. Marcos también cuenta cómo se divertía manejando su moto y haciendo trucos con el vehículo en marcha, pero se modera a la hora de adivinar su futuro. "No te digo ahora porque después… ", se ataja.

El encierro acerca a estos jóvenes a sus familias. A veces, todo aquello que podía interferir en la relación con los padres se diluye con el aislamiento, o al menos se pone en pausa. Lo que más valoran los adolescentes de Desafío son las llamadas y las visitas, y los funcionarios lo saben. Uno de los peores castigos es perderlas. Al que arme lío, le toca una llamada —el mínimo permitido por ley— en vez de dos.

Por lo general, afuera los esperan familias monoparentales, de contexto crítico. Aunque cada historia es única, es común que haya un padre ausente, explica el director de Desafío, Nelson Pardiñas. "La mamá sale a trabajar, el gurí queda solo todo el día y el barrio incide".

Miguel fue protagonista de un crimen que sacudió a toda una comunidad. La premeditación y el nivel de violencia con que actuó fueron tales, que cuando llegó a Desafío los directores tuvieron que fingir un apagón para que el resto no viera los testimonios del caso en el informativo. Desde hace más de dos años está en el centro y en este tiempo se ha convertido en un profesional de la mimbrería. Sentado en un banquito dentro de un taller donde circulan serruchos, destornilladores y otras herramientas, trabaja en la construcción de una biblioteca que no tiene nada que envidiarle a la que podría vender cualquier comercio.

—¿Qué significa tu familia para ti?

—Para mí es todo, por ellos entregaría mi propia vida. Y si tuviera que repetir todo lo que hice por ellos lo hago, no me importa. Pero solo por esa razón. No lo volvería a hacer más, nunca más.

Yo estuve preso.

Estar en estos centros es tener obligaciones por primera vez para muchos de estos jóvenes. Para los que consumían drogas —la mayoría—, es un corte en la relación de dependencia. Dicen desde la dirección de Desafío que a los que recién ingresan se les nota en seguida, pero que la abstinencia a esas edades no es tan grave como en otros casos, aunque siempre hay excepciones. "Al principio hacen que pipean", dice Pardiñas mientras imita el gesto de quienes consumen pasta base.

Mientras recorre los pasillos del centro, Pardiñas saca la cuenta de cuántos jóvenes están medicados. "Y, si hay 41…", se toma una pausa para calcular y cierra una de las rejas que va dejando detrás. Da vuelta la llave y responde: "Los que están medicados son 35". Hay algunos con psicopatías importantes, aclara. El resto toma melatonina, una neurohormona que los tranquiliza y ayuda a dormir. Los primeros días son difíciles. Después, apuntan a reducir las dosis.

La calle, la esquina y la barra se quedan afuera y pasan a cobrar protagonismo las reglas, los libros y los educadores del centro. Muchos vienen con un atraso importante en el sistema educativo y las clases que reciben de forma obligatoria, casi particulares, les ayudan a ponerse a tiro. El resultado es positivo, por lo general, explica Pardiñas. Les demuestra que pueden, "y eso hace a la autoestima del chiquilín".

Cuando se dirige a su oficina, el director se cruza con un adolescente parado en un pasillo, con la puerta de un salón entornada tras de sí. Cuenta que necesita un sacapuntas y a los pocos minutos una de las funcionarias del centro se acerca para dárselo. El problema no es que puedan llegar a lastimar a otros, sino a sí mismos.

Las lesiones autoinfligidas son un denominador común en Desafío. Hay algunos que ya desde los 13, y con brazos que parecen de un niño de ocho, se tatúan a la cárcel en la piel haciendo una serie de cortes. Incluso algunos lo hacen antes de estar privados de libertad, a los 12, 11. Por eso, los sacapuntas hay que pedirlos y devolverlos.

Afuera, haber estado "en la cárcel" es un elemento de jerarquía, de identidad, "un sello", señala Pardiñas. Y cuando el barrio llega a la cárcel, el cambio se nota. En un caso se internó a cinco jóvenes del mismo barrio que otro que ya estaba adentro desde antes y esto cambió su postura totalmente. "Él tenía que demostrar lo que era en el barrio. Un chico que respondía en el cotidiano se transformó en El Kevin", dice Leonardo Silva, subdirector.

"¿Va a estar estigmatizado, van a decir que es un preso?", preguntaba una madre en una reunión. "No, señora", respondía Silva. "Al contrario, afuera, eso los potencia".

De marca.

Ni Reebok ni Adidas ni Nike. Tampoco camisetas de fútbol. En Desafío no hay uniforme, pero las viseras y los logos están prohibidos. Si llega algo de marca al centro, se devuelve.

"El tema de la ropa los mueve de una manera impresionante", describe Silva. Recuerda el caso de uno que después de robar terminó en una casa deportiva. "Esto me lo compré legal", le decía a él, que con una sonrisa de quien ya tiene experiencia le retrucaba con un: "¿Y con qué plata?"

Esta reciente política de vestimenta de Desafío no estuvo exenta de polémica. Algunos familiares, indignados, hicieron saber su postura. "Mirá cómo me lo traen a la visita", llegó a protestar una madre. "Todo lo que tengo es de marca", imploraba otra.

Llegaba la hora del egreso para un adolescente y luego de que lo liberaran, la madre le pidió a Silva que lo dejara volver a Desafío. Necesitaba unas horas para comprarle ropa, pues no podía volver al barrio así vestido. "Y... sos lo que tenés puesto", concluye con resignación.

Las 30.

Las jóvenes del CIAF —en General Flores y Propios— son menos del 4% de todos los menores en centros del Sirpa y las únicas mujeres. En el salón donde se aprende peluquería y yoga hay espejos, colchonetas y las paredes están cubiertas de carteles, dibujos, fotos de modelos, tipos de peinados o pintura de uñas. Afiches que explican cómo hacer un brushing y el concepto de "belleza integral" conviven con demostraciones de afecto a los docentes plasmadas en cartulinas de colores y paredes pintadas con motivos infantiles.

En este mismo edificio, a comienzos de marzo, una joven tuvo que ser internada tras lo que las autoridades consideraron una "disputa de liderazgo" por un "vacío de poder". Se quemaron colchones y una adolescente resultó internada en el CTI con quemaduras.

Adentro no se habla de los delitos cometidos. Al menos no es lo que su directora, Teresita Ibáñez, quiere promover. Tienen la libertad de decirlo, pero se busca evitar que se generen etiquetas entre las jóvenes que puedan dar más o menos jerarquía. "Todos saben por qué ingresan, pero depende de su espacio y su momento cómo cada una trabaja la infracción", dice Ibáñez. "Tampoco es victimizarlas, ellas se tienen que hacer responsables de lo que hacen, pero no estamos con la infracción siempre en la cabeza", agrega Marisa Fagúndez, subdirectora. El delito más común es la rapiña, y últimamente hay cada vez más casos por tráfico de estupefacientes.

Sentada en el Liceo Libertad, el salón donde se imparten clases, está Jimena. Tiene 14 años y luce tres pulseras de macramé en la mano derecha. Las hizo ella como parte de un taller, su favorito. Hace cinco meses que está en el CIAF, pero antes vivió en un hogar del INAU en el interior del país. Con sus padres ausentes por problemas de salud, cuenta, tuvo que quedarse sola con sus hermanos en la casa. Eran varios y se las arreglaban como podían hasta que una vecina llamó al INAU. Luego, los separaron en diferentes instituciones y Jimena dice que apenas podía ver a sus familiares, e incluso que algunos de sus hermanos, ubicados en otros hogares, tenían marcas de golpes.

Desesperada por la situación, tomó una decisión equivocada. Eran varias y terminaron prendiendo fuego el hogar.

—En el tiempo que pasaste acá, ¿pensaste en lo que pasó? ¿Te arrepentís?

—Podría haber fallecido alguna compañera en el incendio. Me arrepentí de haber prendido fuego una habitación que era nuestra y en la que vivíamos. Teníamos todo pero nos faltaba ropa, pedíamos y no nos daban. Y cuando nos enojamos cometimos eso.

Su mirada se pierde unos segundos y recobra fuerza.

—Quería ir con mi hermano, con mi madre y no me daban licencia. Me daban una hora y en una hora no me daba ni para llegar a mi casa.

Le quedan unos pocos meses y cuando salga dice que quiere trabajar y terminar sexto año de escuela.

—¿Qué te gustaría estar haciendo en 10 años?

—Me gustaría trabajar. Ayudar a mi familia, cuidar gurises chicos o trabajar en limpieza. Me gustaría terminar la escuela y entrar en el cuartel. Yo en realidad quiero ser maestra, pero tengo que hacer muchos cursos, entonces el cuartel es más fácil.

Dos finales.

Fagúndez cree que es muy difícil cambiar 14, 15 o 16 años de historia en unos pocos meses. "Eso de rehabilitar es medio entre comillas", comenta. En el centro se conforman con mostrarles otra realidad y darles herramientas para enfrentarla. "Muchas veces ellos hacen el discurso que deben hacer y muchas otras nosotros los aterrizamos: no vas a poder con todo eso".

El equipo de dirección es optimista. Hoy solo tienen dos reincidentes y en sus más de dos décadas de experiencia en el CIAF Ibáñez dice que no es común que luego lleguen a la cárcel de mujeres. Una vez que salen, muchas las siguen llamando y visitando luego de años de haber estado dentro.

En Desafío no perciben un futuro tan alentador. "Pronóstico reservado" es como les llaman en la dirección a los casos que tienen altas chances de reincidir. A veces la familia, el barrio y las viejas costumbres invaden los progresos una vez que los jóvenes están fuera del centro, y eso genera cierta frustración entre el equipo de dirección.

Aún así, intentan aprovechar el tiempo que tienen. De hecho, creen que el tiempo de reclusión del adolescente fomenta la reflexión de las familias. Cuando el adolescente entra, se enteran de muchas de las cosas que hacía, e incluso piden el apoyo de los funcionarios del centro. Últimamente encuentran que los jóvenes que ingresan tienen un nivel educativo mejor que en generaciones anteriores, e incluso un mayor apoyo familiar.

"Hay muchas cosas que fallan en el sistema educativo. Muchas veces no se hace un seguimiento de los chicos. Nosotros los acompañamos hasta que termina la pena, después los perdemos de vista", dice Silva.

La vida de Ana era una cuando entró al CIAF hace nueve meses por rapiña y será otra cuando quede libre. Entonces tenía 17 años y ahora ya es mayor. En el medio dio a luz a su hija, aprendió costura y retomó el liceo.

"Tenía miedo cuando entré, ahora me da miedo salir", dice. La interrumpe su bebé, que le tira del pelo mientras intenta contar su historia. Si el adentro es estabilidad y rutina, lo que la espera fuera se ve mucho más incierto.

(Los nombres de los adolescentes entrevistados han sido modificados).

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