VACUNACIÓN DE GRUPOS PRIORIZADOS

¿Por qué no se vacunan contra el COVID? Las razones de casi 75 mil docentes, médicos, militares y policías

Desde los temores a la desconfianza y posturas antivacunas: Uruguay avanza con buen ritmo en la vacunación, pero hay 73.362 integrantes de los cuatro colectivos priorizados que no se vacunaron.

Vacunatorio en Montevideo. Foto: Francisco Flores
Vacunatorio en Montevideo. Foto: Francisco Flores

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Adriana es policía en un balneario rochense. No se dio la Sinovac ni se la piensa dar. Es más: dice que, si la obligan, está decidida a presentar un recurso legal. Ella se define como “antivacunas” y afirma que no se “mete” en su organismo “cosas que la puedan afectar” a futuro. Raúl, en cambio, es un efectivo de la zona de Sauce de Portezuelo en Maldonado que se resistió a recibir la vacuna china porque primero quería ver los efectos en sus colegas. Ahora medita ir al vacunatorio cuando le toque el turno por edad.

Elena y Mateo son dos profesores de liceo de la costa montevideana y tampoco se vacunaron. Dicen que son “gente saludable” y que, si se enferman, no morirán. Julia, una profesora montevideana de química, argumenta que hay “una caza de brujas” y se siente perseguida por no haberse dado la Sinovac. Julio, docente de UTU, también dice que hay una “manipulación” para hacerlo sentir culpable. Y Macarena, profesora de filosofía, menciona razones políticas o ideológicas para evitar vacunarse.

Ellos son algunos de los 73.362 integrantes de los cuatro colectivos priorizados inicialmente por el gobierno —trabajadores de la educación, militares, policías y de la primera línea de la salud— que no se vacunaron al menos en esta instancia. Se trata, según las cifras oficiales, de 36.186 empleados de instituciones educativas públicas y privadas (el 38,7% del total habilitado), 15.487 funcionarios del Ministerio del Interior (48,9% del total de su grupo), 6.703 de Defensa (29,3%) y 14.986 de la salud (29,7% del total de las emergencias, urgencias y CTI, entre otras áreas priorizadas).

Esto a pesar de que Uruguay avanza con relativo buen pie en la vacunación en relación a la mayoría de los países de la región y esta semana arrancó la etapa para las personas de 50 a 70 años (con ciertos contratiempos logísticos y notorias fallas para agendarse vía web o WhatsApp). Ayer sábado a media tarde iban 307.149 vacunados con la primera dosis, el 8,76% de la población. Al mismo tiempo, Uruguay está en el peor momento de contagios desde que se inició la pandemia, con buena parte de los departamentos en la zona roja de Harvard.

Pero volvamos a estos cuatro grupos priorizados, donde un alto porcentaje no se vacunó. El tema preocupa al gobierno y, de hecho, el ministro de Salud Pública Daniel Salinas dijo a inicios de la semana que enviaba un “mensaje de reflexión” a todos aquellos “que no han cumplido las expectativas que la población y el gobierno cifró en ellos”. Además, el martes en conferencia de prensa el presidente Luis Lacalle Pou se quejó porque cree que “faltan brazos”.

Los policías.

Apenas la mitad de los habilitados recibió la Sinovac cuando tuvo prioridad para hacerlo. Desde el Ministerio del Interior confían en que muchos se agenden cuando les corresponda por edad, según afirman desde la cartera. Por eso, en los próximos días se iniciará una campaña interna de “información y concientización” para aumentar el guarismo. Se trata de un video donde una médica del Hospital Policial “en tono intimista” evacuará las principales dudas que se plantean a la hora de la vacunación.

En las últimas semanas el tema fue asunto central de conversaciones en los 18 grupos de afiliados del Sindicato de Funcionarios Policiales de Montevideo (Sifpom). En el debate se repitieron los argumentos de quienes no querían pincharse: miedos por los posibles efectos adversos y falta de confianza porque “salieron tan rápido” las aprobaciones de emergencias a las vacunas. Los menos hablaban de su derecho a no recibir las dosis y a “descreer” de la pandemia, dice la presidente del sindicato, Patricia Rodríguez. En este grupo de no vacunados predominan efectivos menores de 40 años, según la sindicalista.

Wister Rodríguez, dirigente del sindicato policial de Rocha, dice que otro argumento que se repite es el de la baja efectividad de la Sinovac, al menos en relación a Pfizer, la vacuna que han recibido los médicos y los que viven y trabajan en los residenciales. “Muchos hablan de eso. Yo me vacuné porque prefiero tener algo a no tener nada… Si mañana me agarro el COVID, quizás me va mejor que si no tengo la vacuna”, explica y luego habla de “falta de empatía” de muchos de sus colegas. Él cree que es un tema generacional, porque la mayoría de los que se oponen son “jóvenes y sanos”.

—Qué les importa si se lo agarran o no. Muchos policías tienen 18, 20 o 25 años. Entonces no va en el uniforme. Si mal no les va a ir…

Los militares se vacunaron más, incluso los jóvenes.

—Preguntale a ellos —responde Rodríguez—. Pasa que la disciplina militar es más estricta, más rigurosa. Los milicos hacen cola para vacunarse. Acá aunque pongan cinco camiones de la jefatura, no creo que los policías se suban... porque es opcional. Nosotros estamos acostumbrados a ir si nos ordenan. Si no, nos vamos.

Julio Acosta, presidente del sindicato policial de Maldonado, se vacunó el 1° de marzo a las 9.30 de la mañana. Fue de los primeros en todo el país. “Si te salvás, nos vacunamos”, le dijeron varios, medio en broma, medio en serio. Acosta encontró a varios compañeros casi indignados porque a los policías les dan una vacuna que entienden “de segunda clase”.

Uno de ellos es Raúl Pereira, secretario del sindicato policial de Maldonado, quien trabaja en la zona de Sauce de Portezuelo. Dice que él no es “uno de esos antivacunas medio locos” y que está bien lejos de esas teorías de que “te van a inocular un chip”. Pero igual prefirió esperar.“En el sindicato policial la única oveja negra soy yo”, afirma y se ríe. En estas semanas todos los casos a su alrededor marcharon bien y sin efectos adversos. Por eso Pereira lo tiene decidido: “Cuando me toque por franja etaria, y tengo 44, yo me voy a vacunar”.

Entre los policías, como en todos lados, hay gente que rechaza las vacunas. Una de ellas es Adriana, quien trabaja en la costa de Rocha (su nombre, al igual que el de otras personas que no se vacunaron y su testimonio aparece en este artículo, fue cambiado para preservar la identidad). “Yo soy antivacunas y antimedicamentos”, dice con cierto orgullo esta mujer que ronda los 40 años de edad. Cuenta que se informó, leyó mucho y llegó a una conclusión clara: no piensa vacunarse.

—Más allá de que sea un riesgo la pandemia y que los policías estamos en contacto permanente con la gente, esta no es una vacuna real —dice y hace un silencio—. Al menos no como la que nos dan siendo niños, que te inmuniza por años.

Adriana siente que están experimentando con ella y que encima la Sinovac tiene 50% de efectividad, aunque no menciona que eso es solo para los casos leves. Según los estudios realizados, la efectividad suba al 80% en los casos moderados y 100% en los graves.

A ella no le cierra que, si se vacuna, igual está obligada a usar tapabocas, algo que hoy cumple a rajatabla. “O sea, tienes que hacer absolutamente todo y aparte te tienes que inyectar algo que no está 100% aprobado”, dice, en ese tradicional tono rochense bien manso. Por eso piensa que, con los mínimos cuidados y ayudada por el “aire puro” y el espacio de la costa rochense, podrá vivir sin contagiarse.

¿Descartás vacunarte más adelante?

—Prefiero que no... ¿Por qué me voy a meter en el organismo cosas que me pueden afectar? Los síntomas adversos no están estudiados. No está en mi cabeza vacunarme. Si fuera obligatoria, haría como los naturistas o los de las religiones que no permiten vacunarse, que presentan sus trámites legales y judiciales para rechazar la vacuna. Iría por ese camino.

Tu postura antivacunas es general, ¿o solo con esta?

—Con todas. Intento no vacunarme ni tomar medicamentos.

Algún medicamento tomarás.

—Sí, pero solo si estoy con una infección —dice Adriana—. Sé que ciertos antibióticos son efectivos.

Militares en la fila de un vacunatorio. Foto: Leonardo Mainé
Militares en la fila de un vacunatorio. Foto: Leonardo Mainé

Los militares.

De los cuatro colectivos inicialmente priorizados por el gobierno, los funcionarios del Ministerio de Defensa tuvieron los mejores indicadores de vacunación: se dio la primera dosis el 70,7% de los 22.858 habilitados.

El ministro Javier García afirma a El País que eso habla de “compromiso y solidaridad” y que las distintas fuerzas hicieron “un trabajo de información” con los servicios médicos. La vacuna no es obligatoria “pero para decidir libermente hay que estar informado”, indica.

En el caso del Ejército el porcentaje es aún mayor: hasta mediados de semana se habían dado la primera dosis 11.691 efectivos, lo que representa un 82% del total de esa fuerza. ¿Qué llevó a tan alto acatamiento? El comandante en jefe, Gerardo Fregossi, dice a El País que en eso incide que la vacuna será vital para poder ir a futuras misiones en el exterior (y los militares cobran un sueldo extra nada despreciable cuando viajan). De hecho, Naciones Unidas ya instó a los países a vacunar “porque en las próximas misiones se va a exigir la vacuna”, admite Fregossi.

Según supo El País, en un cuartel en el área metropolitana el jefe de la unidad transmitió que “no es obligación vacunarse” pero que “el que no se vacuna no va a misión, no hace Palacio ni cárcel”.

A eso se suma una campaña fuerte interna con médicos porque había “gente dudosa” y además el Ejército facilitó el transporte. “Hubo gente que nos dijo ‘pero ustedes llevaron en camiones a todos juntos’... Y sí, tenemos gente que no tiene ni para la bici”, dice Fregossi. Muchos efectivos están juntos en cuarteles o unidades y es lógico que vayan en grupo, de acuerdo a la visión que hay en el Ejército. Varios jefes de unidades también se encargaron de agendar a los soldados.

Y hay otra razón, de acuerdo a Fregossi: el espíritu de cuerpo. “Esto es como un cuadro de fútbol. Si están todos juntos en una carpa en la frontera, se van dando ánimo entre ellos: ¿cómo no nos vamos a vacunar?”, dice el general.

Pero Fregossi asegura que no hubo órdenes ni sanciones para el que no se vacuna. Sí se transmitió que es relevante hacerlo y se facilitaron los medios “para reducir las excusas”. Fregossi se vacunó el miércoles 3 y espera la segunda dosis para el miércoles 31 de marzo: “Justo me cae en Turismo”.

La salud.

El primer lote de dosis de 50.310 vacunas de Pfizer/BioNTech que llegó el miércoles 10 y comenzó a inocularse el viernes 12 fue destinado en primera instancia a trabajadores de la salud, entre hisopadores, personal de puertas de urgencia y emergencia, internación hospitalaria, block quirúrgico y CTI.

Se utilizaron 35.324 dosis y sobraron más de 14.000, algunas de las cuales al final fueron a los residenciales. El ministro Salinas cree que “siempre va a haber polémica” y explica a El País: si los médicos tenían prioridad y no se agendaron, para el MSP “también son una prioridad los residenciales” y el resto del personal de la salud, que será vacunado desde la próxima semana.

¿Pero son 14.000 los trabajadores de la salud que podrían haberse vacunado la semana pasada y no lo hicieron?

—Próximo a esa cifra, sí —responde Salinas.

En el Sindicato Médico del Uruguay (SMU), en cambio, creen que no son tantos los trabajadores de la salud que no se vacunaron y desconfían de esas cifras. La secretaria médica Zaida Arteta dijo a radio Sarandí que hubo muchos médicos que “quisieron agendarse y no pudieron” por temas técnicos. Algo parecido se afirma en la Federación Médica del Interior (FEMI). Además, muchos médicos relatan que hay mutualistas que enviaron listados incorrectos y por eso hubo errores.

La Federación de Funcionarios de Salud Pública (FFSP), que nuclea a los trabajadores no médicos, denunció mediante un comunicado que hubo “innumerables dificultades comprobadas” para la inscripción en el primer grupo. Muchos funcionarios dedicados al hisopado y de emergencias no estaban en el listado de habilitados para vacunarse con Pfizer, según la sindicalista Janet Hirioyen, quien no precisó la cantidad exacta de empleados implicados.

Y a eso deben sumarse los profesionales que no pudieron sacar hora por haber tenido la enfermedad hace menos de seis meses. Esta semana el SMU pidió al MSP los datos exactos de la vacunación para el personal médico y al cierre de esta edición no los habían recibido, según supo El País. El sindicato lanzó una campaña pidiendo a sus afiliados que no pudieron vacunarse que hagan llegar cada caso, explicando la razón del rechazo.

Los docentes.

Lacalle Pou dijo el martes pasado que espera que más docentes se vacunen. “El porcentaje de vacunación en el sistema educativo es del…”, dijo Lacalle en conferencia de prensa y entonces miró a Salinas, quien confirmó la cifra de 61%. “Esperemos que esto aumente”, afirmó el presidente.

Y ahí hizo pública una idea del ministro de Salud Pública de realizar test rápidos semanales a los docentes que no se vacunen. La medida está en fase de estudio y aún no tiene fecha de implementación pero sí el objetivo: “Que sean lugares seguros”, afirma Salinas. El ministro cree que los profesores “no tienen derecho a infectar a los niños y sus familias”. El plan, como publicó ayer El País, sorprendió a los sindicatos docentes, que lo consideran impracticable.

Los gremios docentes, de acuerdo a un relevamiento realizado por El País, no han aconsejado a sus afiliados la vacunación ni tampoco desaconsejado. “Nosotros no fomentamos ni dejar de fomentar, es una decisión que el gobierno decidió hacerla de forma voluntaria”, dice la secretaria general de la Federación Uruguaya de Magisterio (FUM), Elbia Pereira.

Encontrar docentes que no se hayan vacunado no es una tarea compleja. Julia, por ejemplo, es una profesora de química que ronda los 30 años de edad y no confía en la Sinovac. Igual, verá si se vacuna cuando se abra el plazo para la gente de su edad. Lo que le preocupa hoy es lo que siente como una creciente “persecución” a los docentes no vacunados.

Y advierte por algo así como una “caza de brujas” contra algunos maestros y profesores: la posibilidad de que algunos colegios privados empiecen a exigir certificado de vacunación a sus empleados. “En lo público el presidente dijo que no lo hará, pero en los privados no se sabe si eso no va a pasar”, afirma.

Algunos docentes rechazan la propuesta del gobierno de realizar test de antígenos semanales a quienes no se hayan vacunado. Foto: Francisco Flores
Algunos docentes rechazan la propuesta del gobierno de realizar test de antígenos semanales a quienes no se hayan vacunado. Foto: Francisco Flores

Julio, profesor de UTU, razona parecido y dice que no le gusta “la presión social” que se ejerce hoy sobre los docentes. “No me gusta que me presionen y es lo que he sentido por muchos lados: desde los medios a la política, la sociedad médica o mi trabajo”, argumenta. “Hay una manipulación para hacer sentir culpable a la gente y no está bueno que funcione así”. Él no está tan convencido como otros de que no hay que vacunarse, pero en todo caso lo decidirá “sin apuro, con paz y tranquilidad”.

En cambio, Macarena —profesora de filosofía— tiene una lista larga de argumentos para no vacunarse, al menos no ahora. Algunos de ellos, lo admite, son políticos o ideológicos. La vacuna, afirma, “sigue aportando al adormecimiento y obediencia ciudadana, al sentirse parte de una situación que nos tiene prisioneros” y define “conductas de ovejas”. Y concluye: “Así como las masas hemos estado hipnotizadas todo este año con el discurso de la pandemia y hemos quedado adormecidas, la vacuna funciona desde una perspectiva más de placebo, que de real atención a la situación”.

Elena y Mateo son novios, ambos profesores de la costa capitalina y rondan los 30 años de edad. Dicen que la vacuna “no está del todo probada” y no se conocen los posibles efectos negativos en unos pocos años.

—Somos gente saludable. Si nos lo agarramos tampoco nos vamos a morir —se justifica Elena—. Tampoco sabemos si en seis meses no tenemos que darnos otra porque la inmunidad nadie sabe cuánto dura.

¿Pero descartan vacunarse a futuro?

—Yo no me niego a vacunarme en algún momento. Ahora, sin mucha información, no me la doy —responde la profesora—. Si vos me traés la rusa, que tiene 98% de efectividad, capaz me arriesgo…

—Yo no me voy a vacunar —dice Mateo, más convencido—. Puede venir la mejor vacuna del mundo que yo voy a desconfiar un poquito y voy a intentar demorar mi inoculación todo lo que pueda. Capaz mi postura es un poco egoísta, pero yo ya no tengo a mis abuelos vivos ni viejitos bien cercanos que cuidar.

¿Y aquello de alcanzar la inmunidad de rebaño?

—Yo eso lo entiendo, pero me genera mucha duda que sea tan así si la vacuna Sinovac solo tiene el 50% de efectividad —responde Elena.

Mateo hace un silencio y comenta:

—Después están las teorías conspirativas. Es todo muy dudoso... un virus que ataca solo a los más veteranos. Admito que sería muy loco pensar que sea algo armado, pero yo tampoco lo descarto. Ya no sé qué creer, por ahora creo que el virus existe y que no es un invento de los medios.

—Existir, existe —interrumpe Elena, descartando la teoría loca de su pareja— pero es la única enfermedad en la que los medios siguen caso a caso cada muerte. Te bombardean con información y te generan más pánico del que capaz hay que tener, ¿no?

ESPECIALISTAS

La desconfianza y la falta (o el exceso) de información

El virólogo Santiago Mirazo, docente de la Facultad de Ciencias, dice que los dos factores principales que inciden para que muchos no quieran vacunarse en los cuatro colectivos priorizados por el gobierno son la desconfianza y la desinformación. “Y en algunos casos también hay exceso de información: fijate que en la de la gripe no se informa qué tipo de vacuna es, de dónde viene ni los potenciales efectos adversos... A veces menos es más y hay que confiar en la ciencia”, dice Mirazo, quien habla de un “coctel muy negativo” para que se dé una baja cobertura “que está dentro de lo que se esperaba” de acuerdo a diversas encuestas. En enero, por ejemplo, un sondeo realizado solo con médicos y enfermeros indicaba que el 60% estaba dispuesto a vacunarse, el 28% no había tomado una decisión y el 12% no pensaba administrarse la vacuna.

A Mirazo le preocupan los valores conocidos a nivel de docentes porque “la necesidad de vacunar es para no cerrar las escuelas”. Incluso dice que en otros países como Estados Unidos son inferiores: allí solo el 20% de los educadores se vacunó. “Acá estamos bastante más que eso pero igual debería ser más alto para no tener que cerrar escuelas”, indica el virólogo.

La infectóloga Victoria Frantchez, profesora adjunta de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas, coincide en que el panorama es “preocupante” porque se precisa llegar a un 70% de inmunidad. “Justo es la población con poca percepción de riesgo: la mayoría tiene entre 30 y 50 años, son jóvenes, sanos y no creen que les pueda pasar algo”, explica. “Por un lado tenés el antivacunas que no cree en el COVID y nunca lo vas a convencer, pero luego hay mucha gente con miedo que podés convencer con información”.

Tanto Frantchez como Mirazo señalan la importancia de una campaña masiva, como la que a mediados de esta semana finalmente inició Presidencia.

En tanto, la idea de hacer test de antígenos una vez por semana a los docentes que no se inmunicen, no serviría para mucho aunque como “herramienta adicional” no se debe descartar, según el virólogo Mirazo. El problema es que esos análisis “funcionan muy bien con personas con síntomas” pero no tanto con las asintomáticas.

Respecto a los cerca de 14.000 trabajadores de la primera línea de la salud que no se habrían vacunado según las cifras oficiales informadas esta semana, Mirazo dice que eso está “más cerca de los valores históricos de no vacunación” y no le sorprende que cerca del 30% no haya querido vacunarse en esta primera instancia. “Igual la verdad es que cuesta entender por qué no se alcanzan niveles más altos de vacunación”, afirma el virólogo.

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