DREAMERS ORIENTALES EN ESTADOS UNIDOS

Los uruguayos a quienes Trump tiene en el limbo

Hay 2.631 uruguayos en Estados Unidos que hoy se refugian en el estatus legal DACA para arribos en la infancia, cuyo futuro es incierto. Trump tiene a estos "dreamers" de rehenes en su negociación con los demócratas. ¿Cómo viven los inmigrantes celestes la situación?

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El sueño americano de Adriana se hizo añicos cuando supo que Donald Trump había ganado la presidencia de los Estados Unidos. Se puso a llorar viendo los resultados porque sabía que el flamante mandatario tarde o temprano iría contra el programa que la protegía en su condición de inmigrante. Adriana, que desde 2002 vive en Dallas y no en Paysandú, lloró porque supo, o creyó, que todo por lo que había trabajado se iba por el caño. Ella, y los más de 2.000 uruguayos en su condición, volverían a la ilegalidad.

Su miedo no fue infundado. En setiembre del año pasado, en efecto, el presidente arremetió contra el DACA (Acción Diferida para Llegados en la Infancia). El punto final elegido por Trump, el 5 de marzo, llegó y pasó esta semana con fuertes manifestaciones contra el presidente, pero sin cambios en la legislación.

DACA es un estatus legal que protege a los inmigrantes llegados en la infancia de la deportación, les permite estudiar, tener seguro social y licencia de conducir. Les dicen soñadores (dreamers), pero no por un motivo lírico sino por el proyecto de ley llamado Dream, que pretende zanjar la situación de estos inmigrantes una vez aprobada. El DACA actual, que se basa en Dream, no es una ley sino un decreto de Obama del 2012, aunque los elegibles para ser dreamers tenían que haber emigrado al país antes de 2007 con menos de 16 años. Por eso, muchos de los dreamers uruguayos son hijos de la crisis de 2002.

De 4.000 uruguayos que por sus condiciones podrían ser dreamers, solo 2.631 aplicaron para DACA, según números del consulado. Son menos del 5,2% de los 50.000 uruguayos que la embajada calcula hay en el país.

Según la abogada especializada en inmigración Andrea Mazzula, los que eligieron no aplicar para el DACA lo hicieron porque "tenían miedo de exponerse al gobierno". Es decir, de que ocurra algo como lo que sucedió: que se quiera poner fin al programa y quedar tan desprotegidos como identificados. Son unos 800.000 dreamers a los que hoy les tiembla el piso.

"Hace cinco años nadie sabía lo que era DACA. Al quitarlo, Trump lo convirtió en un tema tan político que para bien o para mal todo el mundo sabe que existe", dice Adriana.

Nostalgia celeste.

El 8 de febrero fue un día de lágrimas agridulces para la familia de Matilde. Por primera vez desde aquel duro 2002 del que a sus padres no les gusta hablar, pudo darle un abrazo a su abuela, que por primera vez visitó a su familia emigrada. Ella, a diferencia de Matilde y su familia, sí va a regresar a Uruguay cuando su visa expire. La felicidad del reencuentro se vivió a medias. "Fue demasiado tiempo perdido", lamenta Matilde.

Como emigrar ilegalmente es una carta que se puede jugar solo una vez, las familias que optan por irse no pueden regresar a visitar a sus parientes ni salir del país. Ni cuando nace un hijo, ni cuando muere un padre. Si lo hacen, también es para no regresar jamás. Matilde y su hermana obtuvieron su DACA en 2013, aunque sus padres siguen indocumentados. Pero ni siquiera los dreamers, como ellas, pueden abandonar el país si quieren seguir siéndolo.

Hace 20 años que Ezequiel Mercapidez no pisa suelo uruguayo. Por casi 15 fue un inmigrante ilegal más. Uno de los 11 millones que se estima que hay en todo el territorio. Dos de sus hermanos (quienes más adelante abrirían el bar Fénix) retornaron a Uruguay hace 10 años al entender que, como indocumentados, su futuro estaba acotado. Ezequiel y su hermano menor aguantaron unos años más y entonces, en 2012, surgió el DACA, augurándoles un porvenir algo más brillante.

A Matilde le sucedió algo similar. Tampoco tenía un futuro claro antes de 2012. "DACA salió en el momento perfecto para que yo y mis hermanos fuésemos a la universidad", relata. Pone caritas felices en la conversación cuando habla de que tiene ese estatus. Pero su ánimo se nubla al pensar que podría no tenerlo más en el futuro cercano. "Mi mamá es muy optimista, piensa que va a salir algo mejor… o nos tendremos que ir", reflexiona. "Técnicamente no tendríamos que irnos, pero yo era menor cuando era ilegal", explica. "Ahora tengo 22 años y un título, no quisiera vivir acá sin poder trabajar. Básicamente escondiéndome", dice.

Lo que se vive.

El discurso de Trump polariza: "Parte de la sociedad está cansada de la retórica del presidente y como consecuencia se ha creado un movimiento de resistencia cada vez más organizada ante las políticas que promulga", explica Favio Ramírez, director del Centro de Inmigrantes. La universidad de Ezequiel, por ejemplo, salió públicamente a apoyar a los dreamers y les mandó un correo a los estudiantes ofreciendo "buscar una solución". Por otro lado, "las bases que votaron por Trump y lo apoyan se sienten ahora en la libertad de exteriorizar lo que piensan, aunque esto sea política y socialmente inaceptable", dice Ramírez.

Para Vivian, uruguaya emigrada con hijos dreamers, la asunción de Trump se palpa en el día a día. "La cosa está muy mal, la gente está muy preocupada porque después de tantos años y con hijos nacidos aquí, ¿qué van hacer si los deportan?", se pregunta. Según ella, algunos inmigrantes "se están yendo antes de que los saquen". Para Adriana, el odio se ve en la web: "Es muy feo ir en línea y ver los comentarios. Hay un clima de hostilidad y racismo", advierte.

No se sabe qué sucederá con DACA, ya que es una ficha más de todas las reformas migratorias que Trump tiene en la mira, incluido el muro. Se dice que el ataque al DACA es un chantaje para conseguir su financiamiento, plantea Ramírez.

Pero cada dreamer tendrá que elegir su camino a partir de lo que ocurra. Adriana, por ejemplo, "no tiene ninguna intención de irse", aunque vuelva a ser indocumentada. Tiene un hijo nacido en Estados Unidos y piensa aferrarse al lugar donde creció. Matilde, por otra parte, fantasea con la libertad de poder salir del país. "No quiero dejar a mi novio… pero si nos tenemos que ir, por fin podría viajar", aventura. Ezequiel está estudiando marketing y emprendiendo un negocio. Pero no le aterroriza tanto tener que irse. Con o sin DACA, debe elegir entre el país donde creció y volver a ver al resto de su familia. Se inclina más hacia la opción del retorno. "Creo que lo que me mantiene bien con todo este tema es la certeza de que en algún momento me voy a reencontrar con mi familia".

Dos fallos a favor de los dreamers y uno incierto.

El 5 de setiembre, el fiscal general republicano Jeff Sessions anunció que el 5 de marzo se terminaría el DACA, pero la Justicia no le ha permitido cumplir su palabra hasta ahora.

El 9 de enero el juez William Aslup, de la Corte Federal del distrito del Norte de California, ordenó que el DACA debía ser restituido con las mismas condiciones que estaba previo al 5 de setiembre. Del mismo modo falló el juez Nicholas Garaufis, quien preside la corte de distrito de Brooklyn, Nueva York, el 13 de febrero. Ambos tildaron la decisión de Sessions como "arbitraria y caprichosa". No conforme con estos veredictos, Trump elevó el caso directamente a la Suprema Corte, que no hizo lugar a revisar esos fallos.

"La Suprema Corte simplemente dijo que quiere ver cómo falla la Corte de Apelación antes de aceptar el caso", explica la abogada Andrea Mazzula. Es que Trump "se salteó" un paso. La Justicia estadounidense tiene tres niveles: en el más bajo están las cortes de los 94 distritos, en el segundo las 13 cortes de apelaciones y, por último, una única Suprema Corte para apelar las decisiones de cortes de distritos. La vía correcta era presentar su caso a la Corte de Apelación. Solo después se puede recurrir a la Suprema Corte. Mientras tanto, según la abogada Mazzula, el Departamento de Seguridad Interna no está aceptando aplicaciones nuevas para DACA, solo renovaciones, ya que el estatus exige que cada dos años sea revisado y renovado.

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