ALEJANDRO SUVERZA
HACE UN AÑO, Ana Isabel Mata y su esposo, el repartidor de tortillas Juan Gabriel Martínez, tocaron a la puerta de una mujer que por aquellos días manejaba la esperanza entre sus manos y la usaba de manera engañosa para atraer aspirantes y ofrecer contratos de trabajo en una isla lejana y desconocida.
Ana Isabel quería escuchar con sus propios oídos lo que su esposo le había contado entusiasta horas antes, con los sueños envueltos en las cifras de 450 dólares o 500 como salario semanal. Se le hacía muy bonito como para ser realidad.
Cuando tocaron la puerta les abrió una mujer de nombre Leonarda Olvera Torres. Les mostró hasta una serie de fotografías en las que aparecían trabajadores comiendo alrededor de una hoguera y trabajando frente al mar. Parecía que aquello les iba a resolver la vida. Hacía poco habían contraído una deuda para comprar un terreno en las afueras del municipio de Pedro Escobedo, a 45 minutos de la capital de Querétaro, localizada a más de tres horas de la Ciudad de México. Era un llano inmenso que compartían con otra decena de familias. Habían construido dos cuartos de madera y el posible salario significaba el pago de la deuda y un excedente para sustituir la madera por concreto. Además, podrían pagar los gastos de la primera comunión de sus dos hijos, Ana Gabriela de 8 y Juan Manuel de 12.
Eran las 9 de la mañana del sábado 10 de marzo cuando lo vieron partir. Juan Gabriel llegó un lunes a la isla de Bimini, en las Bahamas, y llamó a su mujer como a las tres de la tarde.
-Ya llegamos, todo aquí esta mal. Son puras mentiras. Ponte a trabajar para pagar lo que debemos, no puedo hablar más...".
La siguiente llamada entró un sábado para confirmar que las cosas no estaban bien: trabajaban de siete a siete y no los dejaban salir del área donde trabajaban. Además, sólo comían arroz y frijoles, y, como máximo, les iban a pagar 600 dólares la quincena y ni siquiera sabían cuándo. Luego, Juan Gabriel le pidió a su esposa que le pasara a Juan Manuel, el hijo de 12 años, para pedirle que se pusiera a trabajar para ayudar a su madre.
Ana Isabel fue a la presidencia municipal de Pedro Escobedo, uno de los municipios en México que cuenta con una comisión de migrantes, para contarles todo. Pero no le creyeron. Le dijeron que a lo mejor era nostalgia. Había pasado más de un mes.
Poco después Juan Gabriel le contó que se le había caído un tabique en el pie derecho. Lo tenía enyesado.
-¿Quieres regresar? -le preguntó
-No puedo, tendría que trabajar varios meses sin goce de sueldo -le dijo.
Ana Isabel se puso en contacto con el cónsul José Luis Delegado, quien le dijo que iba a investigar. "Efectivamente su esposo está trabajando aquí, pero todo está bien", le contestó. Ana Isabel no le creyó. Tuvo que vender las bicicletas de los niños y las herramientas de Juan Gabriel para pagar una letra de la deuda contraída para el terreno.
Mientras, en Bimini Juan Gabriel pasaba los días junto a David Alejandro, otro empleado al que se le cayó encima el techo de la casa que estaba construyendo. La caída de David Alejandro desde una altura de casi ocho metros quedó al descubierto. Le dieron casi un año de incapacidad, pero la empresa lo mantuvo en el área de trabajo sin razón.
En Pedro Escobedo, la noticia de que había un trabajador que se había caído aumentaba la zozobra. En la presidencia le dijeron que todo estaba fuera de su competencia y que no había nada qué hacer. En la Comisión de Migración le dijeron que no le creerían nada hasta que trajera a los familiares de los migrantes. Los juntó a todos y los llevó a la delegación de Relaciones Exteriores.
Martha Bravo, de la oficina de Relaciones Exteriores en el municipio, la tachó de revoltosa. El cónsul de Bahamas en Jamaica, José Luis Delgado, le dijo que si quería que regresara su esposo debía depositar dinero en una cuenta bancaria. Ya por los pasillos del edificio diplomático de Ciudad de México se sabía de los migrantes de las Bahamas.
Eran finales de julio. En la primera semana de agosto, por el mismo llano que se fue, sus hijos lo vieron venir. Era el primero de los seis mexicanos en regresar, gracias a su esposa Ana Isabel.