THE ECONOMIST
Un día en 1957, Lucio Costa, un arquitecto brasileño, soñó con un pájaro o quizás un jet que atravesaba el cielo. Escribió su visión, bocetando una ancha cruz en un pedazo de papel, rellenó rápidamente algunos detalles y salió disparado a hablar con las autoridades de Rio de Janeiro, en ese entonces la capital de Brasil, que buscaban propuestas para una nueva capital. El sueño de Costa materializó lo que Le Corbusier, el arquitecto modernista francés, llamó la ville radieuse: una ciudad jardín, con abundante verde, un lago, rascacielos de hormigón, todo envuelto por cintas de asfalto. El diseño de Costa para una ciudad en forma de aeroplano ganó el concurso.
Él y Oscar Niemeyer, el arquitecto que eligió para diseñar los edificios, eran esclavos, como Le Corbusier, del automóvil como el emblema del futuro en esa década. Las carreteras, y las calles que las alimentan, circundan Brasilia y rara vez son obstaculizadas por semáforos o esquinas. Pero la ciudad es más que un himno a la era del motor. Pocos arquitectos se divirtieron tanto con el hormigón armado como Niemeyer. Sus edificios bajan en picada para luego alzarse con curvas vertiginosas y precipios que desafían la ley de la gravedad.
Políticamente, la ciudad fue la coronación del sueño de Juscelino Kubitscheck, el ambicioso presidente que intentó que Brasil creciera "50 años en cinco" para demostrar que el país no era una reliquia colonial ni una indefinida aglomeración de gente de diversas procedencias, sino una nación que miraba hacia adelante. Brasilia podría haber sido solo un sueño irrealizable. Pero no. En apenas tres frenéticos años, tomó forma. Los detractores la ven aún hoy como un monumento al egocentrismo político. Pero ahí está, demostrando que la gente común, por sí misma, puede darle sentido a un sueño. Y al mundo le dice: "Búrlense, pero soy la voz de 160 millones".