DE PASO CEMENTERIO A PEPE NÚÑEZ

La ruta de los pueblos cero COVID: un rincón de Uruguay donde el virus aún no ha llegado

En el interior profundo de Salto, el coronavirus solo aparece en la tele. Aún no se ha producido ningún caso, pese a que el virus avanza y no da tregua.

Un ómnibus que pasa tres veces por semana levanta tierra en las cuatro manzanas que conforman Paso Cementerio, un pueblo salteño que inicialmente fue bautizado como Borboleta (mariposa en portugués) por brasileños que poseían tierras en la zona. Baja un escolar y camina hacia la escuela que está a punto de abrir. Son las 10 de la mañana y el sol tan cálido hace que el frío no se sienta. Es un buen día en Paso Cementerio, uno de los contados rincones del país que no conoce el COVID-19.

“Mariposa no prendió”, dicen los vecinos. A pocos kilómetros hay un arroyo y, al lado, un cementerio. En Mariposa, los lugareños insistían con Paso Cementerio. Para ellos era natural referirse así al poblado. De mariposa no tenía nada. Y así nació Paso Cementerio.

La única enfermera de la zona nos recibe en la policlínica, donde asiste desde gripes hasta partos. Nunca un COVID sospechoso. A Norma Fontoura le falta un año para jubilarse y todavía no encuentra quién la reemplace. Está intentando convencer a una chica de Cerro Chato —una localidad vecina— para que estudie enfermería, pero sabe que el trabajo solitario en la policlínica del pueblo no es el más atractivo para los jóvenes.

Las 200 personas que viven en Paso Cementerio no se ven en la calle. Quienes no están trabajando en las estancias como peones, están en sus casas. A lo sumo, en la puerta, pero no más afuera que eso. Poco a poco llegan más niños a la escuela, cada uno con su tapabocas.

—Lo principal tal vez sea el comportamiento de la población. La gente es muy respetuosa, se cuida mucho, toma todos los cuidados —dice la enfermera—. Con la maestra hicimos charlas al principio, a los niños se les daba información que después llevaban a la casa.

Esa es la sencilla explicación de Fontoura frente a la ausencia del virus que azota al país, y particularmente al departamento de Salto. Pero no es una explicación al azar. En este año y medio de pandemia, tanto ella como la maestra hicieron un trabajo de hormiga para concientizar a la población, que en un principio vio al COVID como una “novedad” en la televisión, algo que pasaba lejos. Fontoura fue puerta por puerta, desde la vereda, explicando a los vecinos qué cuidados había que tomar. Desde entonces nunca faltó un tapabocas para ir al almacén o a la policlínica.

—Acá tenemos una canchita de fútbol con luz, entonces los chiquilines de poblados vecinos venían los domingos y se reunían a jugar. Yo tuve una charlita con ellos, explicándole cuál era el riesgo que podían tener al juntarse a jugar al fútbol, porque toman agua de la misma botella o desde el piquito de la canilla. Entonces les dije que con eso podían llevar la enfermedad a la casa, que los mayores iban a ser los más complicados y que capaz tuvieran pérdida de alguno. Para que entendieran les dije que, si no se cuidaban, iban a quedar huérfanos. Y bien de bien, entendieron perfecto.

También le pidió a los vendedores ambulantes que mostraran su mercadería desde la vereda, y a los vecinos, que compraran solo si estaban decididos. Así, los vendedores de ropa y comestibles dejaron de entrar en los domicilios como solían hacerlo.

—Es educación en salud. La gente entiende cuando le explicás.

Norma Fontoura, enfermera de la policlínica de Paso Cementerio. Foto: Faustina Bartaburu
Norma Fontoura, enfermera de la policlínica de Paso Cementerio. Foto: Faustina Bartaburu

Fontoura llega a las siete a la policlínica. Viene desde Cerro Chato, donde tiene su casa. Hace controles de rutina a la población que, en su mayoría, son gente mayor. En lo que va de la pandemia no recibió ninguna llamada alertando síntomas de COVID. Sabe que la mayoría de los vecinos son población de riesgo; por eso no dejó una puerta sin golpear cuando empezó la pandemia.

Ahora su tarea es otra: hablar con cada uno para convencerlos de vacunarse.

—Yo tengo mis dudas —dice Aníbal Márquez, excañero en Bella Unión, ahora radicado en el pueblo donde nació y se crió—. Yo vengo observando. ¿Por qué hay distintas vacunas? Si por cada enfermedad hay una vacuna, tiene que ser una.

Márquez nos ofrece sillas, pide disculpas por la “incomodidad” y lamenta no tener nada para ofrecer. Continúa:

—Acá no existía eso, y de un momento a otro apareció la tal pandemia esa. Nadie sabe cómo ni por dónde viene la enfermedad. En marzo era una novedad. Ahora anda por acá. Yo observo y cuestiono.

Él no quiere saber nada con los informativos. Dice que tanto temor “trauma la mente”, y que la mente “es la base de todo”. Entonces apaga la tele y se sienta al sol en la puerta de la casa que era de sus padres y que heredó, al igual que un “campito” donde a veces va y trabaja. Allí tiene vacas, un par de ovejas y un caballo. Algún peso saca.

—Lo que me une a este pueblo es la lucha que tuvo mi padre, que era alambrador. Toda la vida trabajó, y si hizo algo y nos dejó algo, fue porque trabajó. Entonces, pienso… Tengo que cuidar lo poquito que él dejó para nosotros. Por honor de él.

Pese a las dudas sobre la vacuna y el temor excesivo de sus vecinos frente a “esa tal pandemia”, Márquez se cuida. Va a Salto cada siete días a buscar cosas que no hay en el pueblo. Pero va siempre de tapabocas, en el ómnibus y en la calle. Él sabe que el COVID “anda en el aire” cuando llega a la ciudad.

A la vuelta, en la misma manzana, desde una casa donde parece no haber nadie, sale Marta Márquez fumando un cigarro. Tiene 65 años y una disposición natural a charlar aunque seamos completas desconocidas. Detrás de ella está su marido, sentado en el sillón del living, prendiendo un cigarro nuevo apenas se devora el anterior.

—Tengo contras: soy fumadora de años y tengo problemas de corazón. Pero si me tocara enfermarme, lo tomaría como algo de lo que tengo que cuidarme y esperaría lo que la enfermedad me depare.

Márquez duda sobre la vacuna. Dice que si llega al pueblo, “quizás” se vacune. Pero no lo tiene claro. Aun así, habló con su hijo diabético y le pidió por favor que se vacunara.

Dentro de la casa, el esposo prende otro cigarro.

—No está en mí todavía vacunarme. Pero capaz mañana o pasado cambio de opinión.

Marta Márquez, vecina de Paso Cementerio. Foto: Faustina Bartaburu.
Marta Márquez, vecina de Paso Cementerio. Foto: Faustina Bartaburu.

Quien no tiene dudas es una de las chicas más jóvenes del pueblo. Soledad Mesías tiene 23 años y vive junto a sus padres, sus hermanos y su hijo en la primera manzana de Paso Cementerio. Su padre sufre varios problemas de salud, y sus hermanos, asma.

Mesías recuerda lo que se decía en el pueblo cuando la vacuna recién salía en los medios. La mayoría se oponía a inyectarse “cualquier cosa”. Los vecinos hablaban entre ellos y se convencían de no vacunarse. Pero ella siempre dudó.

Un día estaba aburrida frente a la computadora y buscó en Google información acerca de las vacunas. Leyó todo lo que pudo y concluyó que su padre y sus hermanos debían vacunarse. Que aquello que decían los vecinos no tenía sustento científico.

—Le digo a mi padre que no es tan como se dice por ahí... Estamos más lejos de todo acá afuera, y la gente queda más confundida. Pero la clave es informarse.

casos

Salto tiene el peor índice según escala de Harvard

Al cierre de esta edición, el departamento de Salto reportaba más contagios cada 100.000 habitantes que cualquier otro departamento del país. El índice es de 166,22 según la escala de Harvard. Le sigue Tacuarembó, con un índice de 138,41. Los poblados Paso Cementerio, Pepe Núñez y Cerro Chato, por ahora libres de COVID-19 en lo que va de la pandemia, se ubican justo en el Este del departamento de Salto, casi en el límite con Tacuarembó. Los referentes y vecinos de la zona saben que están “rodeados”, por eso ahora extreman los cuidados más que nunca mientras esperan la llegada de la vacuna. En total, el 55% de la población habilitada en Salto recibió al menos una dosis. Esto se traduce en 75 mil personas.

Un pueblo resiliente.

A 57 kilómetros de Paso Cementerio, la vacuna no es un tema en discusión. Estella Maris Ferreira, la enfermera de Pepe Núñez, se encarga de agendar a todos los que le expresan su voluntad de vacunarse. La gente está ansiosa por la vacuna, cuenta. Igual que en Paso Cementerio, en Pepe Núñez el COVID solo está presente en las noticias, y en la gente, en forma de temor y hastío.

En el pueblo las casas están dispersas. Una iglesia construida hace 70 años protagoniza el paisaje y custodia al pueblo desde un cerro. Una vez por semana va un cura a dar una misa a las cinco de la tarde, con aforo limitado. Ese miércoles toca y la gente sube el cerro despacito, en parejas, cada uno en su burbuja. Entre otros pedidos, los vecinos ruegan seguir libres de COVID.

Pepe Núñez tuvo su momento de fama en 2012, cuando se pensó que bajo esos cerros podía haber petróleo. Hasta Raúl Sendic —presidente de ANCAP en aquel momento— fue al lugar y presenció las perforaciones.

El petróleo nunca apareció.

La voz de Ferreira adquiere un tono más solemne al hablar sobre aquel ya lejano episodio.

—La gente se imaginaba que podía cambiar su forma de vida, que iba a venir mucha gente, que iba a haber trabajo, que se iba a poder vivir de otra manera. La gente se motivó porque la vida nuestra iba a cambiar, íbamos a mejorar. Se iban a crear viviendas. Por algo nos colocaron la luz, que en aquel momento no había. Que nuestra vida iba a ser mucho más… Que íbamos a progresar en todos los aspectos.

Las treinta familias que habitan Pepe Núñez tenían grandes planes. Iban a construir establecimientos para la gente que viniera a trabajar. Las casas de chapa en las que vivían —y en las que varios siguen viviendo— iban a ser de cemento.

—Cuando las perforaciones no dieron resultado fue un bajón bastante grande. Ahí fue donde la gente empezó a irse a la periferia de las ciudades, a los barrios donde es mas fácil alquilar o comprar un terrenito. Mandaron a sus hijos a estudiar. La posibilidad de mejorar la vida no existía si no había petróleo.

Pero la vida siguió.

La comunidad es fuerte, dice Ferreira. De hecho, el salón vecinal fue construido entre todas las familias. Igual que la policlínica. Cada vecino aportó lo que tenía para su construcción y la enfermera se puso el trabajo al hombro.

Igual que en Paso Cementerio, al empezar la pandemia Ferreira hizo un trabajo de hormiga educando a los vecinos sobre los cuidados que debían mantener. En marzo, el COVID-19 era “una cosa remota” para el pueblo. Pero poco a poco fueron tomando conciencia.

—La gente está actualizada. Tienen los famosos Direct TV. Se informan a través de eso y de internet, aunque acá no hay mucha señal. Nosotras (las enfermeras) también nos informamos y empezamos a contarles la trascendencia y la gravedad de la situación. Dimos charlitas, informamos sobre no compartir el mate. Que si viene el peón el fin de semana, que no comparta mate ni vaso. Educamos en ese aspecto; que por favor se le tengan separadas sus cositas al peón que viene de trabajar en la estancia, por el mero hecho de que haya posibilidad de contagio.

Estella Maris Ferreira, enfermera de Pepe Núñez. Foto: Faustina Bartaburu.
Estella Maris Ferreira, enfermera de Pepe Núñez. Foto: Faustina Bartaburu.

En Pepe Núñez la mayoría de la población es mayor. Los jóvenes suelen irse a la ciudad a estudiar y no vuelven. Pero ahora, con la virtualidad de las clases, se vieron obligados a radicarse nuevamente en el pueblo hasta que todo pase. Dice Ferreira:

—Uno nota que están deprimidos. Pero el temor supera eso. Por ahí charlan, de lejos… Está en stand by el hecho de divertirse. Se nota, a veces dicen “qué aburrimiento”, pero también “qué miedo si me enfermo”.

Para evitar ese bajón, Ana, de 23 años, da clases de gimnasia al aire libre en la cancha del pueblo. Hasta marzo del año pasado vivía en Paysandú, donde estudiaba educación física. Ahora mismo está preparando la tesis de la carrera.

—Hace un mes empezamos con las clases al aire libre, así nos despejamos y nos movemos un poco —cuenta.

Por ahora asisten cuatro vecinas y su mamá, que se apura porque está por llegar la hora de la misa.

De nuevo, en un departamento azotado por el COVID y cercano a la ciudad de Tacuarembó, ¿cómo se explica este “oasis”? Para Ferreira, la respuesta está en el control, la educación y la unión de los vecinos. Todos “empujan” para el mismo lado. Mientras intenta explicarlo, llega a la policlínica una joven con un papel. Allí están todos sus datos escritos a mano para que Ferreira la pueda agendar para la vacunación. Al irse, se escucha un “te quiero mucho” y un “yo también”.

Ferreira guarda el papelito en una carpeta y sigue:

—Estamos siempre hablándoles a los vecinos a través de los famosos grupos de WhatsApp. Pregunto síntomas, controlo la temperatura... Ellos me informan y yo voy a sus casas. Hasta el momento nadie tuvo síntomas.

Pero no todo es COVID. También se mandan cartas entre vecinos contando qué les pasa y cuánto se extrañan. “Volvimos a los tiempos de antes”, dice Ferreira entre risas. La comunidad parece una gran familia, y una vecina lo confirma:

—Nosotros acá siempre nos saludamos, nos damos un beso, un abrazo, festejamos los cumpleaños de todos. Ahora es horrible, todo eso se terminó, ni un abrazo nos podemos dar.

Ferreira agrega:

—Nos queremos, somos amigos, pero hay que hacer el esfuerzo para evitar una tragedia en los vecinos. Por querernos es que nos aislamos.

En Pepe Núñez, el COVID puede ser una sentencia de muerte para gran parte de la población. A la enfermera se le empañan los ojos cuando cuenta las noticias que recibe de sus compañeras desde Tacuarembó. La manera de morir. La manera de (no) despedirse. Para ella no hay nada peor que no dar un “último adiós”, dice entre lágrimas. Y toda muerte que esté al alcance de evitar, la va a evitar.

Su trabajo es de lunes a sábados, pero los peones suelen volver al pueblo los fines de semana, que es cuando descansan. Entonces, para Ferreira no hay horario: sea sábado o domingo los atiende, les toma la presión y les hace controles de glicemia.

—Mi esposo falleció de un ACV. Eso me impulsa a tener la consideración de controlar siempre a cada persona que lo necesite, sea la hora y el día que fuere. Yo quisiera jubilarme, pero dadas las circunstancias quedamos dos enfermeras en la zona: Norma y yo. Por la zona mismo, la zona nuestra, donde uno nació y se crió y convivió y vivió un montón de circunstancias con todo el mundo, es que prefiero quedarme. Y me voy a jubilar quedándome acá, y si no viene nadie, voy a seguir trabajando después de jubilada.

Que no falte esperanza.

A medio camino entre Paso Cementerio y Pepe Núñez está Cerro Chato, una localidad con un par de casas desperdigadas y una escuela rural. Allí, en la escuela 47, la maestra Gabriela Stoletniy vigila a sus ocho alumnos durante el recreo. “No toques eso que te da coronavirus”, grita uno. La mayoría está en jardinera, salvo un niño que cursa cuarto año.

Cerro Chato tampoco registra casos. La explicación de Stoletniy es simple: la gente de campaña “es más conciente”, pero advierte que también pueden ser más reacios a vacunarse.

Los padres de sus alumnos, por ejemplo, esperaron a que ella se diera la vacuna para decidir. Ahora, cuenta Stoletniy, la mayoría están “convencidos” al ver que ella no sufrió ningún efecto secundario.

Para la maestra y los niños fue un año difícil. En la zona no hay conectividad y en muchas casas la electricidad escasea. Por eso, cuando la presencialidad estuvo suspendida, la maestra dictaba las clases a través de audios de WhatsApp. Además, confeccionó a cada alumno una carpeta que la auxiliar llevaba puerta a puerta. Allí los niños hacían los deberes y le mandaban fotos a la maestra. Ninguno se desvinculó, pero sí extrañaron la escuela.

Gabriela Stoletniy, maestra de Cerro Chato. Foto: Faustina Bartaburu
Gabriela Stoletniy, maestra de Cerro Chato. Foto: Faustina Bartaburu.

—Cuando retornamos no tuvimos problema, porque no hubo ni un caso. Ni en los padres. A la escuela, por ejemplo, vienen del Banco de Previsión Social a pagar asignaciones familiares y jubilaciones. Ese era el miedo nuestro, la gente de afuera. Pero tenemos la alfombra y alcohol en gel, y hasta ahora no hemos tenido ni un caso.

Este año, Stoletniy no habla tanto del coronavirus. Considera que el año pasado habló “demasiado”, y que los niños y los padres ya saben cuáles son los cuidados. En cambio, en el pizarrón y en las paredes está escrito el clima, las estaciones, la fecha patria del 18 de mayo.

Las enfermeras y la maestra confían en la gente, en su gente. Tienen la esperanza de que la inmunidad de rebaño llegue antes que el primer caso de COVID a los pueblos. En eso trabajan desde el 13 de marzo del año pasado. Dice Ferreira:

—Así quisiera. Todos queremos eso... Pasar la pandemia sin un caso. Y es más probable que llegue la vacuna antes que el COVID. Pero uno nunca sabe qué puede ocurrir mañana.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados