THE ECONOMIST
CON LA POSIBLE EXCEPCIÓN de Sudáfrica, ningún país que haya probado una bomba atómica ha renunciado a ella. Así que no importa lo que el mundo haga ahora para castigar a Corea del Norte por la pueba subterránea que realizó el 9 de octubre, el reinado de Kim Jong Il seguramente se aferre a su bomba. Si usted es el dictador paranoico de un estado poco amigable que está todavía técnicamente en guerra tanto con Corea del Sur como con Estados Unidos, un arsenal nuclear es su política de seguridad básica.
Esto no es igual a decir que Corea del Norte no debe ser castigada. Al contrario, debe serlo aún cuando el castigo probablemente no cambie el rumbo. Porque otras naciones en el camino nuclear, con Irán a la cabeza, están observando si volverse potencia nuclear realmente es tan fácil como Kim lo ha hecho parecer.
Bush se rehusó a desechar opciones, lo que implicaría una disposición a reaccionar. Pero Estados Unidos tiene pocas chances militares. Aun sin armas nucleares, Kim tiene de hecho a la capital surcoreana, Seúl, de rehén: sus misiles convencionales pueden arrasar parte de la ciudad, matando a decenas de miles. Y aunque los estadounidenses podrían bombardear los reactores del norte, no parecen saber dónde esconde el régimen los materiales de fisión.
Las esperanzas de aplicación de nuevas presiones sobre Kim descansan por lo tanto en China. Los chinos podrían, si lo desearan, dejar sin comida y sin luz a la población norcoreana. Una estrategia de sanciones que tiene dos debilidades. Una es que Kim no se preocupa mucho por el sufrimiento de su gente; Kim sabe que China sabe que podría cortar el suministro de combustible y comida y aún así no forzarlo a abandonar su bomba nuclear. La otra es que sanciones realmente duras podrían traer consigo un colapso repentino de su régimen. Y, por más enojado que esté China con la bomba de Kim, hasta ahora parece mucho más preocupada por asegurar que su régimen no colapse. ¿Por qué? La principal amenaza que una bomba nuclear en Corea del Norte plantea a China es indirecta: puede persuadir a Japón de equiparse también con armas nucleares. En contraste, China y Corea del Sur enfrentarían consecuencias inmediatas si el régimen de Kim implosionara.
En 2002 Bush unió a Irak, Corea del Norte e Irán en un "eje del mal" y dijo que impediría que adquirieran armas nucleares. Implícitamente sostuvo que el cambio de régimen en Irak podría ser seguido por un cambio de régimen en Corea del Norte e Irán. Ahora, uno dice que tiene la bomba y el otro está ignorando las órdenes del Consejo de Seguridad de detener el enriquecimiento de uranio. La política contra la proliferación de Bush ha sido un fracaso colosal.
¿Hay alguna forma de darlo vuelta? No, si los grandes poderes siguen el libreto de Kim. Él simplemente espera de ellos que se indignen brevemente y aprendan a vivir con su bomba, igual, como viven con las de Israel, India y Pakistán.
Pero eso es un malentendido. Desde Irak, Bush ha intentado construir coaliciones contra la proliferación. China lideró las conversaciones con Corea del Norte; Inglaterra, Francia y Alemania llevaron adelante las negociaciones con Irán. El problema es que cuando la persuasión falló, las otras grandes potencias no han querido aplicar presiones. China está decidida a proteger a Kim, y China y Rusia son patéticos rechazando establecer las mínimas sanciones a un poder creciente y rico en energía como es Irán.
Si el mundo quiere prevenir las armas nucleares, rusos y chinos tendrán que dejar de lado sus intereses para causar daño real a los países que quieran construirlas. Vale la pena sacrificar las buenas relaciones con Irán por el objetivo mayor de prevenir una reacción en cadena de proliferación nuclear en Medio Oriente.