proyecto A futuro

Resistencia al cambio climático

Vázquez pretende crear una secretaría dependiente de Presidencia y la oposición se niega porque se duplican los cometidos. De todas formas, Uruguay ya está embarcado en un proyecto con metas concretas para 2030 que contribuya a frenar el cambio climático global (y hacer su negocio).

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Uruguay pretende que en el acuerdo de París se contemplen emisiones por generar alimentos. Foto: AFP.

Las postales son un cliché: un oso blanco descansa sobre el último trozo de hielo que queda a su alrededor; sobre un cucurucho de helado el planeta Tierra comienza a derretirse o unas manos sostienen un globo terráqueo prendido fuego. Otras imágenes, sin embargo, pueden dar cuenta de un fenómeno que ya está presente en Uruguay: unas vacas comen pasto al borde de una ruta porque la sequía ha acabado con el verde de sus campos; una familia es evacuada en bote luego de reiteradas inundaciones; y la playa de Kiyú, en San José, tiende a desaparecer. No es una película apocalíptica. Es uno de los desafíos —y parte del negocio— que el país tiene por delante en los próximos años.

No en vano, en su discurso de asunción, el presidente Tabaré Vázquez hizo mención tres veces al cambio climático y puso la temática ambiental como una prioridad en la agenda del gobierno. El proyecto de ley del Presupuesto propone la creación de una oficina especial, dependiente de Presidencia. Funcionaría junto a los programas ya existentes en los ministerios de Ganadería y de Vivienda. Para todo lo vinculado al cambio climático se planea gastar US$ 1,1 millones en el quinquenio. Es el 1% de la inversión prevista para las políticas ambientales.

La "excusa", dice Ramón Méndez, presidente del Sistema Nacional de Respuesta al Cambio Climático, es que "el cambio climático es un asunto transversal que involucra a siete ministerios". La otra versión, la que manejan algunos científicos y confirmaron fuentes del gobierno, es que "los cargos jerárquicos en la temática de ambiente están en manos del MPP y Vázquez quería a un equipo técnico y de confianza para liderar estos proyectos".

El jueves, la Comisión de Presupuesto de Diputados discutió el articulado y la oposición manifestó su desacuerdo con la creación de una secretaría que dependa directamente de Presidencia. Es una "tendencia de crear o inventar funciones y competencias en el ámbito de la Presidencia de la República, en un temperamento inclusive dudoso desde el punto de vista de su constitucionalidad", señaló Pablo Abdala. El diputado nacionalista recordó la vigencia de "la ley 17.283, de protección ambiental, por la cual ya le compete al Ministerio de Vivienda esta función. "¿Cuál es el sentido de duplicar funciones y cometidos que corresponden a un área ministerial?", cuestionó el representante por el Partido Independiente, Iván Posada.

Por su parte, el prosecretario de Presidencia, Juan Andrés Roballo, aclaró que los organismos internacionales aconsejan la creación de un ministerio específico sobre ambiente, pero que la inversión sería muy elevada. Por tanto, defendió, la propuesta del gobierno: "tiene costos mínimos porque utiliza la infraestructura y los gastos de funcionamiento de Presidencia". Y, de hecho, "es una prioridad del presidente".

¿Por qué la preocupación? Una primera lectura tiene que ver con la calidad de la vida humana. Investigadores de la Facultad de Ciencias estiman que la temperatura media de Uruguay aumentó entre 0,5 y 1 grado, dependiendo la zona. Si a esto se le suma la probabilidad de que ocurran lluvias más abundantes en épocas del año en las que eran poco frecuentes y, a la inversa, sequías en épocas de lluvias, hace que algunas enfermedades puedan prosperar con mayor facilidad. En especial, aquellas asociadas al agua como la hepatitis A (hoy controlada en el país gracias a la vacunación).

Una segunda mirada pone el foco en el provecho económico. La última sequía ocasionó pérdidas cercanas a los US$ 1.000 millones. Méndez explica que las "políticas que impulsa el gobierno son de ganar-ganar", porque "a mediano plazo implican un ahorro". A modo de ejemplo cita la modificación de la matriz energética. En los últimos seis años, Uruguay gastó US$ 7.000 millones para que hoy más del 50% de la energía que se consume provenga de fuentes renovables. La energía eólica, una de las más impulsadas, cuesta tres veces menos que la térmica.

Uruguay ha sido un "buen alumno": así lo definió Alejandro Nario, director nacional de Medio Ambiente. "En 2010 logró reducir en su totalidad las importaciones de productos con clorofluorocarbonos", lo que le valió el reconocimiento de las Naciones Unidas el pasado miércoles, en el día internacional de la preservación de la capa de ozono. Y ahora, entiende Méndez, "el país debe garantizar modelos de desarrollo sustentable". El día de mañana no alcanzará con vender la carne más sabrosa, explica el jerarca, sino que también deberá ser la que por kilo emitió menos gases causantes del efecto invernadero.

Con esa idea, el gobierno pretende viajar a París, el 30 de noviembre, cuando dé comienzo la conferencia mundial sobre cambio climático con la que se busca alcanzar un acuerdo vinculante entre todos los países.

Pour lamour.

A París, la ciudad del amor y las luces, llegarán representantes de los gobiernos con las ilusiones de plasmar en un papel el compromiso de hacer un cambio a escala mundial. Todo hace pensar, dice Méndez, que "difícilmente se alcance un acuerdo". Hace dos años y medio que comenzaron las reuniones y el conflicto es siempre el mismo: los países en vías de desarrollo señalan que los países ricos son quienes ocasionaron "el desastre" y, por tanto, deben reparar el daño. Los países ricos sostienen que hay una deuda histórica, la reconocen, pero exigen limitaciones para todos los firmantes y que haya un gasto del dinero controlado-auditado.

Uruguay integra el G77, el grupo de los países en vías de desarrollo. Pero en este bloque participa en forma independiente. Por un lado están las islas —las que ante una crecida considerable del nivel del mar corren riesgo de desaparecer—, y, por otro, los países más pobres cuyas principales preocupaciones son el acceso a los alimentos y servicios básicos. De hecho, los "más vulnerables son quienes más sufren el cambio climático", dice Méndez. Y luego hay dos grandes bloques: Europa por un lado, y por el otro Estados Unidos, Canadá, China y Brasil.

Más allá de la posibilidad de un acuerdo en la COP21 —como se conoce a la conferencia—, hay otras luchas que Uruguay pretende dar. Si bien las emisiones a nivel país de gases que causan el efecto invernadero son bajas en relación al promedio mundial (contribuye con 0,04% del total), la inmensa mayoría son en el sector ganadero. Cada uruguayo para generar energía eléctrica emite 30 veces menos gases que lo que sucede en promedio en el mundo y el gasto es, sobre todo, para generación de alimentos.

"En carne vacuna no estamos tan bien pero tenemos posibilidades de mejorar los números, porque producimos sin deforestar y un campo bien manejado puede secuestrar carbono en el suelo y aumentar la productividad bajando las emisiones de gases de efecto invernadero", aseguró Walter Oyhantcabal, integrante de la Unidad de Cambio Climático del Ministerio de Ganadería.

La huella de carbono es la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero (responsables del cambio climático) que se emitieron para generar un kilo de carne, un litro de leche o un kilo de arroz. Se cuantifica desde que empieza el ciclo de vida de un producto hasta que llega a los mercados de destino, midiéndose en qué puntos de todo ese recorrido se generan más gases de efecto invernadero.

En la producción de carne, el ganado produce metano cuando el pasto es fermentado en la digestión. "Entre el 70% y el 95% de los gases de efecto invernadero de la carne vacuna se producen en la chacra, no están en el transporte, ni en el frigorífico", dijo el experto uruguayo.

Ante este panorama vale recordar el cuentito escolar: Uruguay tiene cuatro vacas por habitante y produce alimento para 28 millones de personas. La fermentación de una sola vaca puede parecer insignificante, pero no así el conjunto.

La meta que fijó el gobierno y fue aprobada por la sociedad civil, es la reducción de un 31% de la intensidad de emisiones de óxido nitroso respecto del kilogramo de carne para 2030, tomando como base el año 1990. Y la baja del 33% de emisiones de metano para la misma fecha.

Además del metano y el óxido nitroso, hay un tercer gas causante del efecto: el dióxido de carbono. Es el que, típicamente, desprenden los combustibles fósiles. Las últimas mediciones revelan que el 92% es emitido para uso energético y el restante para procesos industriales.

La forma más conocida para revertir el daño es la forestación. En Costa Rica algunas empresas de transporte se encargan de la plantación de árboles que equiparen el deterioro causado, y eso es publicitado como atractivo turístico. En Uruguay la cantidad de bosques nativos aumentó en los últimos 30 años. Hoy ronda las 752.000 hectáreas, 14 veces la superficie de Montevideo. Como incentivo, el Estado renunció a cobrar US$ 5 millones anuales por concepto de impuestos.

Para 2030, el documento que presentará el gobierno en París señala que habrá una reducción del 25% de la intensidad de emisiones respecto del PBI.

Como en casa.

El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU prevé que el nivel del mar suba entre 26 y 82 centímetros antes de 2100. El organismo considera "extremamente probable" que la influencia humana sea la principal causa del calentamiento global observado desde mediados del siglo XX.

"La base científica es clara: con el cambio climático, la atmósfera atrapa más calor, más energía. Como resultado, los eventos climáticos ya son más extremos y más frecuentes", dice Holm Tiessen, director ejecutivo del Instituto Interamericano para la Investigación del Cambio Global. "No viene (en el futuro próximo) nada que no se pueda manejar, pero esto necesita algunos ajustes en la práctica".

En Uruguay, la influencia del cambio climático no es tan visible, pero sí existe, aseguran los científicos. Justamente, el aumento del nivel del mar es una de las variables a tener en cuenta. En las últimas cinco décadas hubo pocos fenómenos extremos en torno al mar, aunque desde 1971 hasta 2002 hubo un aumento "más fuerte" en el nivel del mar en Montevideo, el que casi se estabilizó desde 2004, dice el oceanógrafo Gustavo Nagy.

Los estudios más recientes de la NASA dicen que, en promedio, el nivel de los océanos en el mundo creció siete centímetros. El científico Josh Willis aseguró a El País que "un tercio de este aumento es consecuencia del calentamiento del mar". Los hielos de los polos tienden a derretirse y el mar sube, más aún porque el calor siempre es más liviano que el frío. "En el Atlántico Sur, cercano a Uruguay, las aguas han calentado un poco más rápido que en otros lugares". En sintonía, Méndez explica que científicos intuyen que dentro de los próximos 100 años los hielos de Groenlandia desaparecerán y el mar subirá "de golpe". ¿Cuándo ocurrirá este hecho? "No se sabe y tampoco con qué velocidad lo hará". Una crecida así puede suponer que parte de la rambla desaparezca, como pasó en la tormenta de 1923, o bien que el 50% de las aves migratorias que descansan donde el Santa Lucía da lugar al Río de la Plata, ya no tendrán tierra firme.

Lo positivo dentro de este panorama es que así como pueden aumentar algunas infecciones, otras podrían disminuir. "Las inundaciones y los inviernos fríos disminuyen el dengue en la región", explica Nagy. En Paraguay, por ejemplo, hubo mínimos históricos tras las heladas del año pasado. "Los huevos y larvas no prosperan con tanta agua".

—El terremoto que ocurrió en Chile, ¿tiene relación con el cambio climático?

—Nada que ver. Lo que sí tiene relación es que la actividad volcánica, que siempre existió, emite azufre a la atmósfera, lo que causa enfriamiento en vez de calentamiento.

Parece que la propia naturaleza se va adaptando al cambio, aunque Méndez insiste en que también hay responsabilidad de cada individuo. Un problema latente en Uruguay es el uso del aire acondicionado, explicó la coordinadora residente de Naciones Unidas, Denise Cook. El desafío es disminuir el nivel de los hidroclorofluorocarbonos (HCFC), presentes en este tipo de equipos eléctricos.

Como estas medidas hay otras vinculadas a cómo Uruguay "vende" su imagen de país natural, a cómo los arquitectos construyen con materiales más "amigables" con el ambiente y resistentes al cambio climático, o a cómo se reduce el gasto innecesario de energía, explican los científicos. Porque puede que un día de calor en medio del verano sea sinónimo de alegría... pero en el fondo debiera "dar miedo", dice Nagy. PRODUCCIÓN: NATALIA ROBA

Las metas de uruguay para 2030.

Bajar con energía. Uruguay se compromete a remover anualmente 13.200 Gg. La idea es reducir 25% la intensidad de emisiones de dióxido de carbono del PBI respecto a 1990. Para ello se deberán mantener las emisiones para la generación eléctrica por debajo de 40 gramos de dióxido de carbono por kw/h.

La carne en el asador. El sector ganadero es el que emite mayor cantidad de gases que causan el efecto invernadero. La previsión de Uruguay es reducir 33% las emisiones de metano por cada kilogramo de carne y 31% en el caso del óxido nitroso.

El reciclaje. Los desechos representan el 7% de las emisiones de metano. De ahí que muchos países usen la basura orgánica para producción de energía. Uruguay quiere reducir un 44% las emisiones respecto al PBI.

Ganar sin querer poner un solo peso.

Ramón Méndez, exdirector de Energía y hoy presidente del Sistema Nacional de Respuesta al Cambio Climático, está de viaje por Nueva Zelanda. En ese país, con características similares a Uruguay, pretende generar lazos y estrategias para acceder a mejores mercados. Es uno de los pedidos que le han hecho saber los empresarios. El otro reclamo fue: “no queremos perder”. El gobierno insiste en que las medidas son de ganar-ganar y que es una inversión que “rápidamente dará sus frutos”. Mientras, hay estrategias para que el sector agropecuario pueda enfrentarse a los fenómenos climáticos. El Banco de Seguros del Estado diseñó un sistema especial: si hay 10 días consecutivos de lluvia por encima de un umbral, se dispara automáticamente un seguro -más barato, claro. “Se está desarrollando uno para la ganadería que empieza en octubre de este año con ganaderos familiares”, dice Walter Oyhantcabal, del Ministerio de Ganadería. “Se basa en un índice de vegetación medido por satélite. Los satélites nos indican el estado de salud de la vegetación, por ejemplo por falta de agua. La idea es que cuando se llegue a determinado valor dentro de un rango se pueda disparar para recibir un apoyo con base del BSE”.

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