LOS DESECHOS QUE NO MUEREN NUNCA

La reencarnación de la jarra eléctrica

Hay desechos que no mueren nunca. Las barracas de demolición, los remates, las chatarrerías y las ferias comercializan lo que tiramos. El negocio crece, pero tiene enemigos feroces: las termitas, los chinos y la bancarización.

Empresas chicas recolectan y reciben fierros que venden para fundición. El monopolio de la chatarra lo tiene la brasileña Gerdau Laisa. Foto: Francisco Flores
Empresas chicas recolectan y reciben fierros que venden para fundición. El monopolio de la chatarra lo tiene la brasileña Gerdau Laisa. Foto: Francisco Flores

Es como si a la casa le hicieran una autopsia. Antes de demoler, se abre, se busca, se arranca. Los materiales sin potencial para una segunda vida se convierten en escombro. Los elegidos, en cambio, son rescatados y exhibidos en barracas de demolición como la que dirige Guido Carrara, que lleva el nombre del mármol más fino y tiene el porte regio de los cantantes de tango.

Carrara entra y sale de habitaciones atiborradas de rejas que fueron balcones de mansiones antiguas, que fueron ventanas de cárceles como la de Punta Carretas; muestra estanterías repletas de sanitarios y piletas de todos los colores, apoya las manos en tablones de madera de cuatro metros de alto que eran pisos de salas sobre las que alguien caminó por primera vez, alguien bailó, alguien murió. Son tantos y tan altos que cuando se para en medio de ellos pareciera que fueran a engullirlo.

Dice:

—¿Verdad que impresiona? Todo lo que está viendo son cosas que ya no se fabrican. Son cosas que a este país llegaron en barco hace más de un siglo.

Bajo su dirección se demolieron más de 2.000 propiedades. Tiró hoteles, clubes deportivos, casas de citas, frigoríficos, molinos, iglesias y hogares. La casa más vieja había sido construida en 1880. De la mayoría, guardó una foto en el instante previo a su derrumbe. Si era una construcción descomunal, entonces preparaba un álbum para el recuerdo. De todas se quedó con una llave. En una columna, sostenido por un clavo, un manojo reúne por lo menos a 150. Están completamente herrumbradas. ¿Es un souvenir? No. Incluso las llaves viejas y abandonadas tienen un comprador interesado.

Guido Carrara lleva medio siglo trabajando en la barraca; ahora busca un sucesor que lo reemplace. Foto: F. Flores
Carrara lleva medio siglo trabajando en la barraca; ahora busca un sucesor. Foto: F. Flores

Algunos desechos no mueren nunca. Un azulejo que sobrevive el paso del tiempo puede costar entre $ 50 y $ 500 la unidad. Un balcón antiguo, $ 6.000. Entre los objetos que esperan nuevos dueños hay faroles, espejos, animales esculpidos en yeso, durmientes que solían estar debajo de las vías de un tren y algún día darán forma a un parrillero; tirantes de madera que sostendrán techos, y puertas, cientos de puertas de hierro, de madera, de vidrio, algunas de casi cuatro metros de alto y otras anchísimas como vigilantes robustos. Una de ellas lleva la palabra "directorio" grabada en ácido sobre el vidrio. Perteneció a un banco. Lleva más tiempo en este local que su empleado más antiguo.

La ecuación de este comercio es simple. La demolición tiene un costo operativo al que se le resta el valor de los materiales, que luego los comerciantes como Carrara intentarán vender a particulares, arquitectos, diseñadores. Los que queda n.

"El esplendor fue entre 1978 y 1981", indica con precisión de cirujano. Por aquellos tiempos esta firma realizaba 12 demoliciones simultáneas para las que se empleaban entre 40 y 100 obreros. Por mes, serían unas 24. Ahora, en tiempos en que el metro cuadrado vale más que una propiedad, ahora que la majestuosidad de una casa se cambió por la conveniencia de un edificio de apartamentos, apenas ocurren 10 demoliciones en 30 días, que se reparten entre tres empresas.

Antes se exportaban materiales a Argentina, Canadá e Italia. Hoy, si alguien le compra una puerta antigua, Carrara tiene que rebanarle un metro de alto: cada vez entramos en espacios más pequeños. Clientes hay, pero pocos. Para abaratar costos, los agentes inmobiliarios prefieren recuperar menos. Solo los materiales más finos acceden al milagro de la resurrección. Los otros quedan bajo tierra.

Sin embargo, todavía quedan constructores y arquitectos como Nicolás Barriola, que son capaces de desmantelar una cocina entera y llevársela a su casa, desmembrada, antes de que un cliente la destruya para sustituirla por muebles de madera compensada importados de China.

"¿Qué historia te cuenta una ventana de aluminio? Ninguna", dice Barriola. Explica que el argumento principal para destruir es que "sale más caro recuperar que poner de cero". También, reconoce, hay un interés económico: los arquitectos cobran una comisión de 15% si los reciclajes se realizan con materiales nuevos. Pero, puede que se avecine una revancha. Barriola cree que como la construcción se está encareciendo, el uso de estos materiales podría volver a resultar atractivo.

Objetos perdidos.

En la cadena de salvar lo utilizable, hay peces grandes y peces chicos que trabajan unos para otros. Están los remates. Están las chatarrerías. Representantes de ambos negocios aseguran que, a pequeña escala, cada vez son más y la competencia es feroz.

En este mundo nadie le niega una segunda oportunidad a una jarra eléctrica, que es como decir que todo electrodoméstico que tiramos será rescatado por un recolector, que se lo venderá a un remate, que verá si funciona y, lo haga o no, intentará venderlo al mejor postor, ganando una comisión de 19,52%. Posiblemente la jarra será adquirida por un revendedor, que la colocará a la venta en Mercado Libre o sobre un paño en una feria vecinal. A esa feria irá otro revendedor, que a su vez pondrá el paño en una feria más discreta o en la vereda de una calle transitada.

Varios revendedores tiran un paño en la vereda bajo el riesgo de ser desalojados por un inspector de la IMM. Foto: F. Flores
Varios revendedores tiran un paño en la vereda bajo el riesgo de ser desalojados por un inspector de la IMM. Foto: F. Flores

Sin uso, la jarra eléctrica cuesta $ 1.200. En los remates, donde es la reina de la popularidad, se consigue por $ 300. En una feria se liquida por $ 100. Cerca de ella habrá una caja de cartón, donde será arrojada a toda velocidad si se aparece un inspector municipal advirtiendo, sin éxito, que la venta callejera está prohibida.

El remate Morales recibe lotes de empresas importadoras —materiales con defectos, en exposición o que fueron reparados— y todo aquello que no queremos en nuestro hogar. Allí, la consigna es que los artículos deben "irse" rápido. "Lo ideal es tenerlos no más de una semana. El problema es que si antes te tasaba un modular por $ 4.500, ahora vale $ 1.200", explica Diego, el dueño.

Las amenazas a este comercio son, por un lado, los minúsculos precios de la importación china, y por otro, la bancarización. Resulta que esos $ 100 que hacían falta para llevarse la jarra eléctrica de una feria no siempre están disponibles en el bolsillo, y los revendedores no aceptan pagos por débito bancario. Así, los remates están perdiendo a unos de sus mejores clientes: los revendedores.

Dice: "Se está terminando la costumbre de ir a la feria y de la espontaneidad de la compra. En este momento el rubro está pasando un momento complicado porque los revendedores están buscando otros trabajos".

Eso o venden más barato. Sobre la calle Fernández Crespo, de un lado de la acera está Luis, vendedor de bijouterie, relojes, tazas, cargadores de celular y botas. Es como si a los requeches les hiciera un tuneo. Antes de darlos por perdidos los recupera, los pule, los repara. Después los vende por $ 10 o $ 20. Los anillos que tienen un valor más alto los guarda en el bolsillo de su camisa para ahorrarse "el mal momento de los robos".

—Todos roban. Las mujeres se prueban las alhajas y se las llevan puestas —cuenta.

Del otro lado de la calle, Jorge y Marcos venden lo que antes compraron en la subasta de una iglesia. Ese es el procedimiento de cada semana. No van a remates porque no tienen el capital como para pelear un precio. Llenar el paño de mercancía les cuesta unos $ 1.500 y demoran al menos un mes en venderla. Si el día es muy bueno, pueden sacar $ 1.000. Tienen: un par de championes Nike por $ 300, teclados inalámbricos por $ 200, cargadores para el celular por $ 100.

Los cargadores los adquieren en lotes que compran en el Barrio de los Judíos. También negocian con personas que "andan ofreciendo artículos en la calle", tal vez robados, o revisan las volquetas, donde dicen que han llegado a encontrarse con dinero.

Metales sin etiqueta.

Son menos las personas que van a vender sus joyas a la joyería la Barca del Oro. Este viene siendo un año fatal. Les llevan caravanas, pulseras, relojes, hasta los dientes de oro se reciclan: todo puede fundirse y devenir en una pieza que luego admiramos del otro lado de la vidriera. Por una alianza, lo habitual es recibir entre $ 1.000 y $ 1.500.

Los metales sin elegancia llegan amontonados, de a miles, a las chatarrerías. El comercio de los fierros es amplio y competitivo aunque, al igual que los remates, también está perdiendo a los pequeños revendedores que solían revisar los contenedores en busca de latas, ruedas o cualquier traste candidato a la fundición. Wilson Méndez lleva 14 años hundiendo las manos entre chapas, hierros, aluminios y, cuando tiene suerte, cobre: el tesoro de la chatarra. Lo explica así: el cobre se paga $ 120 el kilo, el resto en torno a $ 1,20.

El negocio era un placer hasta que llegó un enemigo intocable. "Desde que la Intendencia de Montevideo (IM) empezó a reciclar la basura en contenedores nos metió la mano en el bolsillo", dice. Primero Méndez tuvo que despedirse del comercio del plástico y del cartón, pero ahora que la IM también recoge metales, peligra el buen negocio de los fierros. "Teníamos 20 carros que nos traían material cada semana, ¿sabés cuántos quedan ahora? Quedan dos. ¿Sabés por qué no trabajan más? Porque no pueden abrir los contenedores metálicos de reciclaje y les hacen problemas si ensucian al revisar los verdes".

A falta de pequeños suministradores, el negocio cambió de estrategia. Ahora los chatarreros compiten entre sí para transar con talleres mecánicos y empresas a punto de la quiebra para que les vendan los trastes pesados. Cada 10 días Méndez debe llenar una enorme volqueta azul con 4.400 kilos de chatarra. Por ese volumen cobrará entre $ 7.000 y $ 12.000. Lo ideal es llenar tres o cuatro de estas por mes. Luego, ese material se vende a la única empresa que compra toda la chatarra de nuestro país, Gerdau Laisa, que funde los fierros para construir varillas, que luego se usan en obras. Todo lo que se va, vuelve.

El aluminio, cobre, bronce y plomo tendrán un camino más sofisticado. Se venden a la empresa de reciclaje Werba, que exporta nuestros desechos más nobles a destinos como Israel, Brasil y China.

La eternidad.

Un remate también puede ser un bastión romántico. Roberto — evitó dar su apellido— lleva tres años a cargo de un negocio similar al que una vez tuvo su abuelo y que le permite dar "una última oportunidad a los objetos". Los describe con adjetivos cariñosos, como si pudieran oírlo. Al negocio lo bautizó "Estilo antiguo". Dice cosas como: "Esto es una galería del tiempo" o "la historia se va acariciando en cada artículo".

Es como si a los objetos les hiciera un test nostálgico. Antes de darlos por muertos los estudia, los resignifica, los trabaja. Por eso remata cada mes y medio y no una vez por semana, como se acostumbra. Por eso, todos los sábados el fundador del remate Castells —el más célebre del país— lo visita y juntos estudian el origen de los muebles que recibe.

En la avenida Giannattasio, Roberto dirige el remate  “Estilo antiguo”. Foto: F. Flores
En la avenida Giannattasio, Roberto dirige el remate “Estilo antiguo”. Foto: F. Flores

Su filosofía de venta apuesta a que el comprador tenga una conexión emocional con los objetos: una radio vieja es una radio que transmitió las noticias de la Segunda Guerra Mundial; un piano de 80 años es un instrumento que perteneció a una familia durante décadas; un ropero con espejo y sin puertas fue el fiel testigo de la vida de un matrimonio.

—Todo es romántico. Los muebles, los clientes, las historias que los traen acá. No todo en este negocio es por lucro. Su valor no es lo que vale, es a lo que lo podés vender en el mercado. A veces una herramienta vale más que un armario tallado a mano —dice.

En los últimos meses el remate de Roberto consiguió nuevos clientes. Hay cubanos, dominicanos y venezolanos que vienen a comprar colchones, camas, roperos, una mesa para el comedor. El intercambio es permanente. Cuando no es un vecino el que trae sus cosas, lo llaman por una sucesión o por el cierre de una empresa. Aquello que tiene un valor se desprende, se desarma y se carga al camión para ser depositado en el escenario donde comenzará una nueva vida.

En estos tiempos, las sillas, las butacas y los sillones antiguos están de suerte. El reciclaje de muebles de época es una tendencia mundial tan grande que incluso los chinos empezaron a fabricar modelos nuevos con moldes viejos.

"Los remates son necesarios como una farmacia, como un taller mecánico, como un supermercado. ¿Qué haríamos si no para desprendernos de lo que queremos tirar pero sabemos que vale?", dice Roberto. También pueden ser un lugar donde sobreviven objetos malditos. Como una camilla que subastó y "mató" a su primer comprador, volvió y "mató" y al segundo, y al tercero. Roberto se agarra la cabeza. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio de resucitar a todos estos objetos que se niegan a desaparecer.

La basura (sin termitas) hecha arte
Gustavo Fernández Cabrera. Foto: Mariela Benítez

En el Museo Nacional de Artes Visuales se expone la muestra Diálogos con nuestra bestia que incluye pinturas y esculturas de Gustavo Fernández Cabrera, un artista que crea utilizando desechos que recoge de volquetas y de la calle. Construye retratos y figuras a partir de trozos de maderas viejas, clavos torcidos y herrumbrados, rejillas de artículos en desuso, telas envejecidas y huesos de animales. "Lo que tiene trabajar con elementos de desechos es que vos los podés resignificar. En mi caso les doy un tono dramático y los convierto en parte de un viaje religioso. Creo que me ayudan a transmitir esa tradición católica del sufrimiento, del sacrificio para obtener algo", explica. "Cuando necesito, salgo a buscar materiales como un cazador, me tengo prohibido ir a remates y ferias porque para mí Tristán Narvaja es como si fuera una droga".

¿El mayor riesgo de su técnica? Las termitas. "Son mis enemigas. Si agarro una madera infectada, por más linda que sea, con el dolor del alma, la tiro. Tengo dos obras comidas por las termitas: quedaron hechas un colador".

Foto: Retrato de Gustavo Fernández Cabrera. Autor: Mariela Benítez

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)

º