SOBREVIVIR SIN UNA GARANTÍA

Una recorrida por lo peor de las pensiones

La IMM tiene habilitadas 254 pensiones, pero sabe que hay muchas más clandestinas. Sabe, también, que el negocio crece a costa de los migrantes que llegan desde Centroamérica y no acceden a una garantía de alquiler. Lo que sigue es el relato desde dentro, viviendo donde y como ellos.

Fotogalería. Foto: Fernando Ponzetto
"Difícil es en Cuba, Acá le vamos a encontrar la vuelta", dice un cubano que llegó la semana pasada. Foto: Fernando Ponzetto
¿Casa por una noche?: las pensiones son hospedajes de paso, sin embargo en aquellas a las que fue El País había personas y familias que residían hacía varios meses. Foto: F. Ponzetto
En las pensiones de los barrios Cordón Norte y Aguada se cobra $ 400 por día. Foto: Fernando Ponzetto
Si se paga por mes la cuota baja, pero nunca es menos de $ 8.000. Foto: Fernando Ponzetto

Por la puerta entreabierta se ven los pies sucios y enormes sobre la cama. Doy dos golpes tímidos en la madera y veo cómo se levanta, lento, torpe, despreocupado. Cuando abre finge una sonrisa y me mira sin decir palabra. Luce el gordo torso al descubierto, me saca más de una cabeza y tiene los ojos enormes. "¿Hay lugar?", le pregunto. "Me queda la última", contesta, y señala con el índice de su mano derecha una escalera. Es un alivio. Esta es la tercera pensión que visito, las otras dos estaban llenas.

El negocio está en pleno auge. La prosecretaria interina de la Intendencia de Montevideo, Patricia González, dice que "cada vez son más" y que esto es por "la gran cantidad de inmigrantes" que llegaron al país en los últimos años. Asegura que son utilizadas más que nada "por quienes no pueden conseguir garantías de alquiler". El Ministerio de Vivienda tiene registradas 134 en la capital —y solo dos en el interior, en el departamento de Paysandú—, según informan desde el departamento de comunicación. La intendencia, en tanto, contabiliza 254. La diferencia responde a que algunas sacan la habilitación municipal pero luego no continúan el trámite ante la cartera.

Además, la intendencia tiene registradas 115 casas de inquilinato. Mientras las pensiones tienen más de 10 habitaciones y se rigen por el derecho comercial, estas otras pueden ofrecer solo dos o más y funcionan en la órbita el derecho civil. Y a esto hay que sumarles todas las que funcionan de forma ilegal.

En la fachada de la que tiene lugar hay un cartel de madera que dice "Pensión. Hay wifi", pintado a mano con tinta negra y despareja letra imprenta. Esto me hace pensar que fue debidamente registrada en el Ministerio de Vivienda o que cuenta con la habilitación de la comuna, pero no estoy seguro.

La normativa marca que "en las pensiones será obligatoria la exhibición en un lugar visible al público" que incluya: constancia de inscripción en el registro de la cartera, indicación del número máximo de huéspedes permitidos por habitación, reglamento interno y el contenido de esta ley, que es la N° 18.283 y fue reglamentada en 2008. No veo nada de eso. En tanto, para contar con el aval de la intendencia, se supone que las pensiones deben tener habilitación de Bomberos —puedo ver un extintor colgado en la pared; me acerco y noto que está vencido desde hace más de un año. Además, se les insta a tener "buenas condiciones de higiene", explica González, de la intendencia. Pero aquí la limpieza no existe.

La pensión está en Cordón Norte y hay 30 piezas: porque el gordo de torso al descubierto no habla de habitaciones, ni cuartos, ni dormitorios; habla de piezas. A la vuelta hay otra, sin cartel ni nada que la identifique como tal, que tiene 40 lugares y ya me dijeron que están todos ocupados.

Sin garrafa.

Mientras bajamos los desparejos escalones arreglamos las condiciones del contrato: $ 400 por día, se paga por adelantado, las puertas se cierran a las 22 horas —pero si toco timbre puedo entrar a cualquier hora—, el baño es compartido, los cuartos no tienen sábanas y no hay cocina común —"pero te podés traer una garrafa". Le confirmo que me voy a quedar y me dice que le dé unos minutos para "arreglar la pieza". Le pido si me puede calentar un poco de agua para el mate, contesta que "sí" pero me mira con cara de que será solo por esta vez, e insiste: "Te podés traer una garrafa". Le pago y le doy el termo.

La distribución es la de un viejo conventillo. En la planta baja hay varias habitaciones que forman una "U" alrededor de una escalera. El subsuelo es igual, pero en el medio hay un patio interno, que da a otro que es externo y que es donde se puede colgar la ropa.

Arriba hay una cocina y una mesa con sillas que no pueden ser usadas por los huéspedes, también hay una mesa ratona con dos relojes parados en horas distintas, algunas macetas con plantas de plástico, otras macetas con plantas de verdad ya marchitas y la habitación en la que vive el gordo encargado.

Abajo están los baños. Son tres, uno pegado al otro. Tienen el piso mojado de orín y en uno no anda la cisterna pero esto no es un impedimento para que lo usen. Son como baños de cancha de fútbol en el minuto 45 del segundo tiempo.

Tanto arriba como abajo hay arbolitos de Navidad con chirimbolos descoloridos y guirnaldas sin mucho fleco. El de arriba tiene un pesebre. Es raro, le falta el niñito Jesús.

Cuba libre.

Estoy en la pieza 25. Mis vecinos más cercanos van a ser cubanos: hay dos veinteañeros en la habitación de enfrente y un matrimonio en la puerta de la derecha. Llegaron ayer. El que parece ser el menor de todos se presenta, me dice que se llama Cienfuegos, es hijo o más bien nieto de la revolución y lleva como carta de presentación el nombre de uno de los barbudos que bajaron la Sierra Maestra. Su camino fue distinto: de La Habana a San Pablo en avión, de allí a Montevideo en ómnibus, y desde Tres Cruces vino a pie arrastrando una pequeña maleta verde oscuro con la mejor ropa que tiene. Ahora está recién bañado y viste una remera marrón, un pantalón negro y unas ojotas azules con tiras blancas; todo le queda chico, hasta el calzado lo luce dejando medio talón afuera.

"Difícil es Cuba, difícil es el comunismo, difícil es allá; acá ya le vamos a encontrar la vuelta", me dice confiado. Estamos en la vereda y lo interrumpe un trío de dominicanos que está parando en la pensión de la vuelta. Le preguntan cuánto está pagando. Le cobran lo mismo que a mí, aunque por semana le hacen un descuento: son $ 2.400, o sea que le regalan una noche. Le dicen que hace mal: "Tenés que cuidar la plata. No es fácil conseguir trabajo. Acá a la vuelta te alquilan una cama por menos". No le dicen por cuánto, pero sostienen que es por menos, y da la sensación de que pueden conseguir algún tipo de ganancia por su mudanza. Quedan en verse más tarde. A mí me miran, no me saludan y no me invitan a la otra pensión.

Después de media hora en la entrada vuelvo a tocar la puerta del cuarto del encargado. "La habitación ya está pronta, me olvidé de avisarte", me dice sin tono de disculpas. "¿Hay una llave?", le pregunto y me contesta que no, que para tener llave hay que quedarse al menos tres días, que si salgo la puerta tiene que quedar abierta. Igual, dice: "Podés dejar lo que quieras que no pasa nada, nadie toca lo que no es suyo". Desconfío pero no importa, es solo una noche, y todo lo que tengo entra en mi mochila.

"Hasta tele tenés…", dice para ilusionarme. Luego hace una pausa de comedia y me aclara "…pero es muy posible que no funcione". Le insisto con el agua caliente, asiente con la cabeza y se va. Al entrar a la habitación una nube de polvo me toma por completo. Me da un ataque de tos y siento una picazón fuerte en los brazos. Todo está sucio.

No son más de 1,5 por 2,5 metros. No hay ventanas. La madera de la cama está podrida, comida por termitas o vaya a saber qué. A la parrilla le faltan dos listones, uno pegado al otro, a la altura del centro de la espalda. Sobre ella hay dos colchones de polifón: el de abajo carece de forro y tiene una delgadez extrema; el de arriba, un poco menos flaco, es más grande que la cama, tiene varias partes rotas y aunque al parecer alguna vez fue blanco, está gris oscuro de tanta mugre.

Hay dos mesas y tres sillas viejas atrabancándolo todo. Sobre una de las mesas está la famosa tele, una Panavox de tubo de 20 pulgadas que seguro tiene más de un cuarto de siglo. La enchufo y lo confirmo: no funciona. A falta de roperos hay dos bibliotecas de pino pintadas de celeste, que están amuradas a la pared. Los estantes están todos desparejos; en la parte superior de una de ellas hay un cuadro con una lámina de La paloma de la paz, de Pablo Picasso. En el piso hay plumas de gallina que no logro adivinar de dónde proceden.

La intendencia clausuró el año pasado 13 pensiones y 6 casas de inquilinato, la mayoría por problemas de higiene —otras por dificultades edilicias, porque los dueños se quedan con las cosas de los huéspedes cuando estos no pueden pagar, o por vecinos que se quejan por ruidos molestos—. Pero González sostiene que "esta es la última opción", que "siempre lo que se trata es de que la situación se solucione, porque si no perdés el control", debido al problema de que son muchas las que subsisten dentro de la ilegalidad. Del total de las denuncias que se hicieron el año pasado al Ministerio de Vivienda, en tanto, el 80% correspondieron a pensiones clandestinas. Cuenta la jerarca municipal que muchas son realizadas por organizaciones de derechos humanos, que representan a los inmigrantes.

El gordo encargado golpea la puerta que dejé entreabierta. "Te traje el agua", dice y me la da junto a un papelito con la clave del wifi. La pruebo, anda y la conexión es buena. Los cubanos, agradecidos, no paran de hablar por WhatsApp, todos al mismo tiempo, con sus respectivos parientes.

"Acá nos dicen que hasta el 15 no hay nada, ahí es cuando se empieza a mover, mami". "¿Frío? No, no hace frío. Corre un airecito sabroso". "Mañana nos vamos a encontrar con un hombre de un mercado —es en realidad un supermercado, uno de esos pequeños que invadieron todos los barrios— a ver si nos pueden dar trabajo; hay muchos ya trabajando ahí". "Los papeles van a demorar como tres meses, pero dicen que se consiguen". "Me caminé todo Uruguay buscando, hay un parque con una construcción, me dijeron que ahí pueden dar trabajo, pero tengo que ir en dos semanas". "Dale, hermano, después hablamos, mañana te cuento cómo viene esto".

Sin excepciones.

Un rato más tarde voy y me registro en otra pensión a unas cuadras de allí, en la Aguada: mucho más grande, más linda, al parecer más limpia y con un cartel en la puerta que no está pintado a mano, fue mandarlo a hacer. Pero, se sabe, no todo lo que brilla es oro. Me dicen que me cobran $ 400 por un cuarto con baño compartido —igual que en la otra— y $ 600 por cuarto con baño. Sé que me está estafando: hace un rato se registró un compañero fotógrafo y le cobró $ 500 por esta última. No hay reclamo posible, no hay una reglamentación que regule los precios. Elijo la de $ 400.

Al igual que en la otra pensión, el encargado, de origen dominicano, no me pide ningún documento, no me pregunta ni mi nombre, solo me hace dibujar una rúbrica en un papel. Invento una firma. Ni la mira. Por supuesto que tampoco me da un recibo. Sobre el mostrador hay unos papeles de cuaderno recortados, escritos con lapicera, que dicen que el que no se pone al día el 31 de cada mes será desalojado. "No hay excepciones", aclara.

Al lado de la recepción hay una habitación llenas de cuchetas. En una de las camas, un hombre que aparenta unos 70 años duerme y ronca fuerte. La intendencia no permite habitaciones con varias camas: "El alquiler tiene que ser por cuarto, y en cada cuarto debe haber un núcleo familiar", explica González, que además sostiene que pese a la normativa "hay muchos que lo hacen", y asegura que cuando esto pasa la comuna los multa y los insta a remediar la situación.

Cuando el dominicano se dispone a llevarme a la habitación entra un hombre: delgado, de piel tostada, con el pelo tan desparejo que parece cortado a cuchillo. Carga un balde con varios trapos de piso y un lampazo viejo y sucio para limpiar vidrios. "Usted no puede estar más acá. Se me va", le dice el dominicano firme pero con buen tono, y le da una bolsa con las únicas pertenencias que le quedaban en la pensión. También le devuelve $ 300 que había pagado por la noche —a él, como al fotógrafo, le cobraban menos que a mí. "¿Y ahora qué voy a hacer?", pregunta el hombre, y el otro abre los brazos y hace un gesto ancho como diciendo que ese no es problema de él.

Cuando me lleva a la habitación —para la que hay que salir de la vivienda, entrar a otra casa que está a tres metros en la misma cuadra y subir dos largas escaleras— le pregunto por qué lo echó. El dominicano contesta con voz seca: "Ese hombre está buscado por la Justicia, ese hombre es un violador". "¿Violó a alguien acá?", lo cuestiono. "No, acá no, pero si es violador no puede estar acá, que vaya para otro lado".

En el pasillo veo niños jugando. Dos nenas y un nene que al parecer se cayó y se dio un golpazo, tiene los dos brazos todos raspados y los dos ojos morados —quiero pensar que se cayó y que se dio un golpazo. Cuando ven al dominicano se encierran todos en sus cuartos. Hay un cartel colgado en la pared que dice: "Los niños no pueden estar en los pasillos".

Suena una cumbia. Es Karibe con K a todo volumen. Yesty Prieto canta "desnúdate ahora y apaga la luz un instannn-te". Uso una aplicación para reconocer canciones, que me hace acordar que el tema se llama "La cita". Una señora que canta con Prieto me dice, mientras lava ropa en un piletón, que hace más de dos meses que está ahí, que su marido —que es a veces obrero de la construcción, otras veces hace mudanzas, y otras veces es sereno— se quedó sin trabajo, y que como no tienen garantía de alquiler no pueden hacer otra cosa. "Es esto o la calle", se resigna.

Otro, dominicano, me cuenta que "hace cinco años" que para acá. Que para él está bien. Que no necesita nada más. Que ya consiguió los papeles pero da lo mismo, no gana tanto como para tener una garantía de alquiler: trabaja en un supermercado, tiene 28 años.

Otro hombre, joven, de 21 años, me dice que está probando suerte, que viene de Rivera, que es carpintero, que si conozco a alguien que le pueda dar empleo. A los tres les cobran $ 8.400 por mes la pieza. Los cuartos son tan chicos como en la otra pensión. La señora comparte ese espacio con su esposo y su hija de tres años. "Y sí, estamos un poco apretados".

Entro a la habitación. Está aparentemente limpia. Hay un televisor, también Panavox, también de tubo, pero de 14 pulgadas. Tiene un enchufe con patitas planas y en la pared solo hay para los que son redondos —más tarde pediré un trifásico y me dirán que no hay, que si quiero uno que lo compre. No hay un ropero, solo un fierro colgado de la pared, como para poner perchas.

Es casi la una, de lejos se siente algún llanto de bebé, un poco más lejos el bochinche de un reguetón. Hay olor a frito y porro, emanan no de una, sino de varias habitaciones. La cama tiene sábanas, una manta y hasta una almohada. Parecen limpias. El colchón es digno, un poco duro, pero nada insoportable. El piso es de madera. Cuando pienso que el lugar no está tan mal veo una cucaracha, luego veo dos, luego tres. Son chiquitas y aunque muevo mis pies cerca de ellas no se asustan. Están en su casa.

Todo lo que las pensiones deben tener, pero no

La normativa municipal establece que las pensiones deben tener "habitaciones, baños, área destinada a tender ropa, cocinas, comedor...". De las que visitó El País —que eligió una de las que aparentaba ser peor, en virtud de su fachada, y otra de las que aparentaba ser mejor—, la primera tenía área para tender ropa y la otra no; ambas tenían cocina pero no podían ser usadas por los huéspedes. También se señala que las habitaciones "deberán tener una superficie mínima de siete metros cuadrados para las simples y 10 metros cuadrados para las dobles". La superficie de los cuartos era menor. "Dispondrán de un baño principal común cada seis habitaciones", continúa la norma. En cada una de las pensiones había tres baños y 25 habitaciones, o sea, una cada 8,3.

La ley marca sanciones pero evitan cierres

"Aunque no tenemos las cifras cerradas sabemos que hay un aumento, tanto en la cantidad de pensiones como en la de denuncias que se hacen", señala la prosecretaria interina de la Intendencia, Patricia González. La mayoría son por problemas edilicios o de higiene. En teoría, las denuncias deben hacerse ante el Ministerio de Vivienda, que es el que las deriva a la intendencia —en teoría, porque el cuerpo inspectivo de la municipalidad también recibe denuncias de forma directa, y cuando lo hace va a inspeccionar, sostiene González. Según los datos del ministerio, el 80% de las denuncias que se hicieron el año pasado fueron por pensiones que en realidad no estaban habilitadas —ni la cartera ni la intendencia cuentan con cifras sobre la cantidad de reclamos exactos que se presentaron. Muchas son realizadas por organizaciones de inmigrantes. Indocumentados también pueden hacer denuncias, ya que estas son anónimas y no se precisa cédula.

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