Violencia

Quemaron a otro indigente; ataques con fuego crecen y causan 35% de ingresos al Cenaque

El uso violento del fuego está detrás de un tercio de los ingresos al Centro Nacional de Quemados. Entre los afectados hay víctimas de violencia doméstica, suicidas, privados de libertad e indigentes.

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Del total de ingresos al Cenaque, 9% son intentos de autoeliminación y 4% victimas de violencia doméstica. Foto: Ricardo Figueredo.

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Hay que animarse al fuego. Tras cuatro años al frente de la gerencia general del Centro Nacional de Quemados (Cenaque), Cecilia Hackembruch aprendió a temerle. Para demostrarlo cuenta una anécdota cotidiana: un tiempo atrás, cocinando, el aceite de la sartén se convirtió en una llamarada que todavía le impresiona recordar; aterrada, no lo pensó dos veces y llamó a los bomberos. Un accidente doméstico como este le causó la muerte en abril pasado al abogado y político Felipe Michelini. Pero esta desgracia está del lado de las quemaduras accidentales; un universo aparte son las provocadas con intencionalidad.

Según las últimas estadísticas del Cenaque, el 35% de los ingresos traen consigo una historia violenta. “Veo que la herramienta de incendiar al otro se convirtió en una forma de violencia más adquirida. No sé si es que se ven más públicamente y eso genera un efecto imitación, pero estamos recibiendo casos súper extremos”, dice Hackembruch.

El 9 de julio, un hombre de 31 años compró dos bidones de nafta en una estación de servicio de 18 de Julio y Acevedo Díaz. En plena avenida, se roció con el combustible y se prendió fuego. Un bombero que viajaba en ómnibus vio la escena y lo socorrió. Apagó las llamas con un extintor que consiguió en la misma estación, pero el joven falleció dos días más tarde al haberse provocado quemaduras en el 86% del cuerpo. Los intentos de autoeliminación de este tipo se están repitiendo: representan entre 8% y 9% de los ingresos al Cenaque.

La canalización de la ira hacia mujeres —y en menor medida, hacia hombres— víctimas de violencia doméstica usando fuego también se multiplica: entre 3% y 4% de los pacientes llegan con este relato. “Sucede más de lo que trasciende en la prensa”, dice la especialista con el fin de que estos ataques se visibilicen.

Desde el Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres) reconocen que no hay una cifra construida que pueda dimensionar ni estas agresiones ni la quema de las viviendas, otro tipo de ataque que se renueva. Hace apenas 10 días, en el Cerro, un hombre incumplió una medida cautelar de prohibición de acercamiento y en plena madrugada se dirigió a la casa donde dormían su expareja junto a tres niñas y la incendió. Las cuatro víctimas resultaron ilesas. Según aportó para este informe el colectivo La revuelta subversiva, recientemente en Salto habría sucedido un episodio similar. “Lo que pasa es que como las mujeres no se mueren, no se comunica que estos hechos se están dando”, plantea Silvina Cayetano.

Al repasar las coberturas periodísticas surge que en agosto de 2018, en Las Piedras, una mujer denunció a su pareja por haberla quemado con ácido en la zona genital —un castigo que ya le venía propinando desde hacía tiempo, entre otros abusos físicos y psicológicos. En octubre de ese mismo año, en Solymar, un hombre roció con nafta a su novia, generándole quemaduras en pecho, brazos y cabeza. Un mes después, en Treinta y Tres, otro sujeto hizo lo mismo con quien fuera su pareja desde hacía pocos meses, lesionándole una pierna entera, los dos pies, una mano y el rostro.

Cecilia Hackembruch
Cecilia Hackembruch, gerenta general del Cenaque.

Hackembruch revive las imágenes de estas víctimas y se estremece. Hace no tanto ingresó una mujer que tras pasar un período en situación de calle entabló un vínculo con un hombre que la roció con combustible y la incendió. Los análisis arrojaron que además de las quemaduras era VIH positivo y tenía sífilis. “Es una de las personas olvidadas de la vida”, dice la médica, y agrega: “El fuego fue lo último que le pasó en esa sucesión de abusos”.

Si bien el propio centro especializado presentó una denuncia, el agresor todavía está en libertad. Inmujeres prepara un lugar para acogerla una vez que egrese. Pero hay otros casos con final terrible. Por ejemplo, el de una mujer que fue ingresada por su marido en estado de inconsciencia; la familia advirtió que lejos de ser un accidente habría sido una agresión, pero la paciente falleció sin prestar declaración y el eventual delito quedó impune.

El resto de los casos que integran ese porcentaje feroz corresponde a otras violencias. “El dejar a una persona adentro de una casa o auto y prenderla fuego es algo que lamentablemente vemos con mucha frecuencia”, afirma la médica.

Además, ocurren riñas callejeras y domésticas, y diversos tipos de situaciones en las cárceles. En lo que va de 2020 hubo dos episodios. Uno de ellos, el 20 de julio, en el centro penitenciario Las Rosas, en Maldonado, terminó con cuatro privados de libertad ingresados al Cenaque. Unos días atrás, en el módulo 12 del exComcar, en el sector donde están los presos con trastornos psiquiátricos agudos, la quema de un colchón terminó lastimando a dos hombres; uno sigue internado.

Por último están los casos supuestamente excepcionales, como el de Andrés Bargas, el indigente que en la madrugada del 15 de julio fue prendido fuego. La víctima evoluciona favorablemente al tratamiento. El hombre de 23 años imputado por presunta tentativa de homicidio cumple una medida cautelar por esta causa, pero la fiscal Mirta Morales —encargada de la investigación— comunica que el hombre está preso, cumpliendo una condena por otros delitos investigados por otra fiscalía. Mientras aguarda a que Bargas mejore y esté en condiciones de declarar, Morales se apronta para analizar los últimos informes de Bomberos que buscan determinar si hubo intervención de combustible.

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Una agresión extrema que indignó a la sociedad

Andrés Bargas es muy querido por los vecinos de Ciudad Vieja. Tras la agresión que sufrió, su caso tomó estado público. Según informan desde el Cenaque, Bargas evoluciona bien. “Ya cruzó la primera barrera”, adelanta la gerenta Cecilia Hackembruch. Sin embargo, todavía no está en condiciones de declarar ante la Fiscalía. Las cámaras de seguridad permitieron identificar a un joven de 23 años que llegó en bicicleta portando una botella, se detuvo a hablar con él unos minutos y tras su partida se inició el fuego. Su defensa apeló la formalización y la medida de prisión preventiva. El Tribunal aceptó que aguarde la investigación en libertad, pero ahora fue preso por otros delitos.

Sin embargo, de acuerdo a información a la que accedió El País, el de Bargas no sería un hecho tan atípico en los últimos meses.

La ira ardiente.

El joven dormía, como cada noche, a la intemperie. En esa zona del Centro de Montevideo, hay algunos vecinos que suelen ayudarlo a satisfacer sus necesidades básicas. El lunes pasado, a eso de las 03:30, se despertó prendido fuego. Pidió ayuda. Tocó los timbres de varios apartamentos hasta que una vecina le abrió y él le mostró su pie herido. “Me hicieron algo”, le dijo.

Según manifestó el hombre, un patrullero se habría detenido en el lugar al ver el barullo de sus movimientos. Cuando él les dijo a los policías que se había despertado con el pie en llamas y encontró una botella con olor a querosén a su lado, la respuesta de los agentes habría sido “jodete por dormir en la calle”.

Esa mañana, otra vecina lo acompañó al hospital Maciel. Lo curaron. Les dijeron que no podrían tomarle la denuncia porque no tenía ni cédula de identidad ni constancia de extravío de la misma; les sugirieron que fueran a una comisaría. El hombre se negó. Finalmente cambió de idea y fue en compañía de esta vecina. El trato fue muy bueno y el agente que recepcionó la denuncia les comentó —siempre de acuerdo a su versión— que en el último tiempo han recibido varias de este tipo. De regreso al barrio, otro vecino le cedió una pieza de su local comercial para que durmiera sin temor a un nuevo ataque y para que la herida no se infecte.

Andrés Bargas
Pertenencias incineradas de Andrés Bargas.

Antes del caso de Bargas, el 25 de junio pasado, hubo otro indigente de 19 años al que un grupo de jóvenes golpeó y prendió fuego en Ciudad de la Costa, según informó Subrayado y confirmó El País. Fue dado de alta del Cenaque justo antes del ingreso de Bargas. Un hombre de 18 años fue condenado a siete años de penitenciaría por este delito y otro de rapiña especialmente agravado que había cometido unos días antes en la misma zona; otros dos adolescentes también fueron formalizados.

Si miramos hacia atrás, hay más episodios de esta índole que tomaron estado público. En setiembre de 2019, en Paso Molino, durante otra madrugada brutal, un hombre en situación de calle despertó ardiendo. Unos años antes, en 2010, otro fue rociado con combustible e incendiado en la zona de Tres Cruces; y en 2008 lo mismo sucedió en Parque Batlle. Cuatro jóvenes le volcaron una botella de querosén encima y tras encender un fósforo, filmaron el ataque con sus celulares.

Ese caso lo recuerda bien la psicóloga Cecilia Baroni, porque Alejandro Santana fue un paciente psiquiátrico que asistía a la radio Vilardevoz que ella coordina. Hoy le perdieron el rastro. “Esos ataques vienen relacionados con ideologías radicales o con la aporofobia, ese miedo y rechazo hacia los pobres. La población que duerme en la calle está acostumbrada a pelear con las agresiones —el 57% declaró haber sufrido algún tipo de violencia en el último relevamiento que realizó el Ministerio de Desarrollo Social—, pero no a un extremo de acostarse a dormir y que te prendan fuego”, opina.

En la puerta del Vilardebó suelen pernoctar antiguos pacientes. Según cuenta una enfermera, se aproximan porque saben que hay un guardia y una cámara de vigilancia. Su mayor miedo es que los incendien, y de esa forma logran dormir un poco más tranquilos.

Desde el Ministerio del Interior, el director de Convivencia y Seguridad Ciudadana, Santiago González, asegura que está en permanente comunicación con el Cenaque para seguir de cerca la evolución de Bargas. ¿Está al tanto de otros casos? Dice que no. “Durante el operativo Frío Polar salí durante 17 noches y hablé con decenas de personas en situación de calle a las que les pregunté específicamente acerca de los ataques con fuego y ninguno me planteó un solo caso”.

Además, investigó las supuestas agresiones con palos de béisbol a personas consumidoras de pasta base, de las que informó El País. “No hubo denuncias, ningún policía fue advertido de la problemática, pero tampoco surgió evidencia al realizar un barrido de las 24 horas en las cámaras de seguridad de los puntos indicados. No hay absolutamente nada”.

Consultada al respecto, la vocera del colectivo Ni Todo Está Perdido que reagrupa a personas en situación de calle, aseguró que no conoce otros casos de agresiones con fuego por fuera de los difundidos por los medios.

El hogar del consuelo.

El Cenaque, ubicado en los pisos 12 y 13 del Hospital de Clínicas, es un CTI especializado inaugurado en 1994. Su creación logró reducir la mortalidad de quemados del 60% en 1995 al entorno del 15% y 20% que se registra hoy. Allí ingresan, de forma inmediata, los pacientes con quemaduras graves en el cuerpo o en la vía aérea. El flujo es variable; 140 ingresaron en 2019.

Lo de la inmediatez es fundamental. “En otros países esos pacientes recién son trasladados entre las 24 y 48 horas luego de sucedido el evento, lo que compromete su posibilidad de sobrevivir”, plantea Hackembruch. En Uruguay, este tratamiento es gratuito tanto para usuarios del sector público como del privado (de hecho, la gerenta estima que el flujo de pacientes se divide 50% y 50%). Es el Fondo Nacional de Recursos el que devuelve el dinero gastado en el paciente al centro. Este ingreso se suma a una partida que recibe del Ministerio de Economía.

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El equipo del Cenaque incluye a una psicóloga, una psiquiatra y una asistente social que atienden a los pacientes y también al resto de los profesionales.
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¿De qué manera se debe asistir a un quemado?

Antes que nada hay que quitarle la ropa: este factor es clave para evitar infecciones. Luego, colocar a la persona debajo del agua fría por varios minutos (al menos 20). De esta manera se frena la profundidad de la quemadura. Por supuesto que también hay que pedir asistencia especializada. La principal razón de ingresos al Centro Nacional de Quemados es por contacto directo con el fuego o por electrocución, en el 65% de los casos generados de forma accidental. En invierno el número de pacientes crece, puesto que los elementos de calefacción suelen ser causantes de accidentes. También hay quemaduras con agua hirviendo. Se ve mucho el ingreso de personas que avivan el fuego arrojándole algún combustible. Las ollas deben estar siempre a la vista, porque el aceite puede prenderse fuego y también sucede de alimentos olvidados que se queman generando un incendio en el hogar. Hay que controlar las instalaciones eléctricas, ya que pueden generar cortocircuitos.

Dos años atrás, el Cenaque hizo una reforma profunda. A una persona quemada hay que pesarla permanentemente para cuantificar la pérdida del líquido y el buen funcionamiento de sus riñones. Pero las camas que había antes eran mecánicas y tenían un sistema de guincho que levantaba al paciente para tomarle el peso y, con un sistema de grúa, ayudaba a trasladarlo al sillón. “Era doloroso y traumático para los usuarios y para el personal médico que los asistía”, dice la médica.

Las 14 camas actuales salieron US$ 17.000 pero son eléctricas, tienen balanza y son reclinables. Algo que parece tan simple a golpe de vista le cambia la vida a quien sufre el tremendo dolor que provocan las quemaduras y su curación.

También se reemplazaron los muebles y puertas de madera por vidrio, para evitar que en los poros se generen cultivos. En el Cenaque todas las superficies deben ser fáciles de lavar; hay robots que lanzan un desinfectante de ambiente y las habitaciones se higienizan más que las de un CTI corriente. Es que el paciente quemado es un paciente inmunodeprimido y se lo debe proteger de cualquier infección. Por eso también se examina frecuentemente el agua de los desagües y de la que sale de las canillas.

La piel es un agente que regula la temperatura del cuerpo. Para suplir su función, el aire del espacio debe permanecer a presión positiva, como en las cabinas de un avión, y a 36°, generando así un ambiente comparable al del útero materno.

El tratamiento consta de una parte quirúrgica —injerto de piel— y otra de balneoterapia —limpieza de las heridas. Apenas ingresa un paciente hay que sumergirlo en una piscina para quitarle los restos de la ropa, el hollín y la piel defectuosa. Durante el tratamiento, esto se hará frecuentemente. El promedio de internación es de 17 días, aunque hay casos graves que superan los seis meses, por lo cual la ocupación ronda el 80%.

En el ámbito de un hospital universitario, el equipo del Cenaque lo componen cirujanos plásticos, intensivistas, anestesistas que habitualmente integran las cátedras; enfermeros preparados especialmente y un grupo de expertos en psicología, psiquiatra y asistencia social que atienden al paciente, pero también al equipo médico.

“Imagínate estar viendo permanentemente a personas que han vivido una experiencia así de traumática. En muchas ocasiones las quemaduras generan mutilaciones, o quedan inhabilitados para trabajar por tiempos prolongados y hay que hacer este proceso de aceptación con el paciente y comunicárselo a la familia. También llegan pacientes que no tienen ni la cédula. Otros con los que tenemos que hacer nexo con el Mides para conseguirles un lugar que los reciba, porque de acá egresan para una sala común, pero después del alta, ¿dónde estarán con esta nueva realidad que tendrán que asumir? Nuestro equipo lidia realmente con situaciones trágicas y extremas. A mí me pasa de estar contándote alguna y realmente sentir ganas de llorar”, dice Hackembruch.

¿Por qué el fuego?

En abril pasado, en Rivera, cuatro hombres descendieron de un auto cargando armas e ingresaron a una casa en la que había una mujer y dos niñas. Les dijeron “íbamos a volver” y rociaron con combustible las paredes. La incendiaron. ¿Narcos? Los investigadores suponen que se trató de una venganza.

También en abril, en Montevideo, una familia denunció que en cinco ocasiones distintas personas desconocidas intentaron incendiarle su hogar. En mayo, en Florida, una mujer se peleó con su pareja. El hombre se acostó a dormir y ella prendió fuego un mantel, generando un incendio que bloqueaba la única puerta de salida de la vivienda. Se fue del lugar. Él se despertó en medio de una pesadilla.

También en Florida, una joven discutió con su hermano. Él incendió una cómoda del dormitorio de ella, y se marchó. En julio, en Salto, encontraron muerto al administrador de una pensión, maniatado y con un trapo en la boca. Lo habían rociado con combustible y prendido fuego. Los asesinos dejaron las cuatro hornallas de la cocina con el gas abierto, pero el fuego no se propagó.

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Unos 17 días es el promedio de internación en el Cenaque.

Laura de los Santos es magíster en psicología clínica, docente y trabaja en el servicio de ASSE de rehabilitación psicosocial. Considera que las pasiones que hay detrás de un acto de este tipo revelan “una ira descontrolada, un sentimiento de odio, un afán de destrucción agresivo y violento”.

El uso del fuego como medio de autoeliminación no es de los más frecuentes en nuestro país, “pero está empezando a aparecer”, advierte Susana Quagliata, magíster en psicología clínica y experta en suicidio. Como es un fenómeno nuevo todavía no hay investigaciones al respecto, pero en Brasil, donde esta práctica se está instalando, sí. “El suicidio es mayormente masculino, pero en este caso sorprende que lo llevan a cabo más mujeres. Lo utilizan en dos circunstancias: cuando lo planifican y están decididas a no sobrevivir, y por impulso: ante un momento de gran estrés y sufrimiento, la mujer toma lo que tiene a su alcance y se lo vuelca encima. Usa el fuego porque lo que hace es tratar de poner un límite a algo, puede ser a su encierro por no poder salir de una situación que la oprime, o un límite a sus victimarios; es como decirles “basta”. También aleja a quienes quieran impedir su muerte. El fuego es muy contundente. Hay que animarse al fuego: para provocarlo y para apagarlo”.

Pero el fuego dice más. Implica también un llamado de atención. “Además del propio, puede generar daño en el otro, es la posibilidad de una destrucción mayor”, apunta de los Santos.

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Piromanía: un universo aparte

La piromanía es una patología psiquiátrica caracterizada por la compulsión de querer prender fuego. “Si bien hay una falla en el control de los impulsos que hace que la persona quiera cometer ese tipo de acto, acá no hay un beneficio salvo el alivio de la tensión que les da incendiar”, explica la psicóloga Laura de los Santos. ¿Qué hay detrás de este impulso? “Se debe trabajar sobre la ira y la agresividad, porque esto devela un sentimiento de autodestructividad. En la raíz tal vez haya un sentimiento de minusvalía y habría que rastrear los antecedentes en la niñez, porque esto no se gesta solo”, dice la especialista. En cuanto al tratamiento, por lo general se combina la medicación psiquiátrica con la terapia de tipo cognitivo comportamental.

Mónica Bottero coincide. Tal como lo ve la directora de Inmujeres, esa ambición de magnificar el daño está en la elección del fuego en los ataques hacia las víctimas de violencia doméstica. “Es como un giro, como una forma de ir más allá en la violencia. Evidentemente sucedió en algún caso, alguien lo observó, replicó y se está utilizando como una forma de agresión más. En vez de pegarte un tiro, te prendo fuego, porque incluso es más accesible que un arma de fuego. Pero este tipo de reacciones son muy viscerales, es un ejercicio de poder, de destruir a la persona”, opina.

Bottero identifica que hay una tendencia —“otra nueva agresión”— a prender fuego las viviendas con las mujeres —y sus hijos— adentro, o afuera. “El objetivo sobre todo es dejarlas sin protección, destruir todas sus pertenencias”.

Distintos referentes en violencia de género aseguran que en “el tornasol entre que la mató y logró zafar” hay un montón de “horrores que no trascienden”. “Muchas mujeres quedan desfiguradas y no las toman para trabajar”, plantea Valeria Rubino, exdirectora de la Secretaría de Derechos Humanos.

Según información recopilada para este informe, algunas sobrevivientes lograron una pensión transitoria que ronda los $ 8.000 por un período de dos años, pero el deterioro psíquico del trauma y las secuelas físicas del ataque son prolongados y dañan con creces su economía. Si bien la ley de violencia basada en género prevé que el condenado abone una reparación económica a la víctima, en la mayoría de los casos queda sin efecto por falta de ingresos.

En tanto, en las cárceles, los móviles que explican los incendios atraviesan todas las causas de los que ocurren en el exterior. Claudia López, autoridad de ASSE en este universo —que se encarga del 64% de la población privada de libertad— explica que hay episodios de autolesiones e intentos de autoeliminarse, pero también algunos lo hacen “con la intención de conseguir otra cosa”, como el cambio de alojamiento o el traslado a un hospital “donde pueda tener otros beneficios”, incluso el de mayor seguridad. También se queman para generar disturbios y para reivindicar una situación.

Y así el fuego crece, ardiendo por las razones equivocadas.

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