Tesoros uruguayos que el mundo quiere

¿Quién se queda con las joyas de la abuela?

Entre 1900 y 1950, cuando Uruguay era un país rico en un mundo pobre, hubo familias que acumularon alhajas y obras de arte de primer nivel. Sucesión tras sucesión, estas piezas brotan de los cofres y se venden en subastas y en comercios. Cada vez más extranjeros pujan por ellos y los compran online.

Sebastián Zorrilla de San Martín lleva 20 años entre antigüedades. Foto: Leonardo Mainé
Sebastián Zorrilla de San Martín lleva 20 años entre antigüedades. Foto: Leonardo Mainé

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Encerrados en cofres de seguridad de bancos, cajas fuertes, en muebles que nunca se abren, vistiendo paredes de casas que pocos conocen, cientos de obras de arte, alhajas, documentos históricos, monedas, medallas, artículos de platería esperan su turno para volver a ver el mundo. Son piezas que trajeron los inmigrantes y lujos que podía darse la sociedad en tiempos de bonanza, en la época de las guerras mundiales, cuando fuimos un país rico en un mundo pobre. Esos uruguayos acumularon riquezas que adquirían en viajes a Europa o compraban en joyerías que las importaban. Algunas familias de orfebres francesas todavía recuerdan las piezas que se fabricaban para enviar al Río de la Plata. Varias de estas, ahora, están volviendo a la tierra donde fueron fabricadas.

La alegría era material, hasta que la economía empeoró. Desde la década de 1950 ese pasado brillante empezó a venderse en lotes a coleccionistas y a particulares locales y del exterior, susceptibles a la tentación de poseer un objeto hermoso que perteneció a otra persona. Unos meses atrás, alguien en Uruguay adquirió dos sables del expresidente Máximo Santos, el juego de copas y los espuelines de Máximo Tajes, y algunas joyas que Lorenzo Latorre le regaló a su esposa.

Quienes organizan subastas de catálogos pasan días con el cuerpo metido en los cofres que esconden estos tesoros. Luego estudian su linaje, consultando extensas bibliotecas de libros especializados. Los tasan, y los ofrecen al mundo. Es imposible calcular los artículos lujosos que el país ya exportó en este tiempo, pero dicen que queda tanto, que es como una fuente que no se seca. Sucesión tras sucesión, la aparición de objetos históricos no se detiene. Es tanta la cantidad y la calidad que entre comerciantes, coleccionistas y aficionados extranjeros se está corriendo la voz de nuestra fama.

Una fama orgullosa de un pasado pudiente que todavía da ganancias, pero también nostálgica por estarse desprendiendo de este patrimonio. “Lo mejor se exporta”, dice Andrés Castells, rematador especialista en alhajas y numismática. Los nuevos dueños son extranjeros que compran por internet. Hay chinos que pagan hasta US$ 32.000 por un bowl oriental que un uruguayo coleccionó. Hay rusas usando las joyas de nuestras abuelas.

Andrés Castells, rematador. Foto: Leonardo Mainé
Andrés Castells, rematador. Foto: Leonardo Mainé

Preocupa tráfico ilícito de piezas arqueológicas

El arqueólogo José López Mazz opina que la práctica del coleccionismo de piezas arqueológicas por su valor simbólico, hace que estas obras pierdan su contexto y su valor científico. Esta manía de algunos coleccionistas estaría detrás de un tráfico ilícito de bienes culturales que atraviesa

América Latina y tendría a Uruguay como país de tránsito, dice Enrique Machado, del Comité Nacional de Prevención y Lucha contra el Tráfico Ilícito de Bienes Culturales. También existiría una demanda local, causa que habría motivado robos en los últimos años. López Mazz menciona algunos ocurridos en el museo Beltrán Pérez de Castillos. “Hicimos la denuncia y aparecieron en una colección privada”, recordó. Unos meses atrás, también faltaron piezas en el museo Casa Muga de San Gregorio del Polanco. Ante la consulta, personal del municipio dijo que se trató de un grupo de menores “aburridos” que ingresaron al museo, se llevaron algunas piezas y luego no supieron qué hacer con ellas. Fiscalía decidió la suspensión condicional del proceso con la condición de que las devolvieran, y así sucedió.

El lujo eterno.

Como un viaje en el tiempo a ese Uruguay que fuimos, 319 alhajas y relojes antiguos se exhiben en una vitrina de remates Bavastro. Está a punto de comenzar la subasta. Hay una cada mes: es el tiempo que les lleva armar una nueva colección. En Montevideo, al menos otras tres empresas también rematan este tipo de mercadería -Zorrilla, Castells, Prilassnig-, que además se comercializa en joyerías especializadas.

Según el anticuario Julio Rey, de los objetos que se fueron del país, las joyas son las que más tardaron en irse ya que son las piezas a las que las mujeres se aferran con más cariño. “Se desprenden de los objetos viejos, no de los antiguos, porque encierran una tradición”, dice. Así, sobreviven en familias acaudaladas o entre herederos que muchas veces ignoran el capital que tienen guardado. Hasta que llegan a las subastas. Llegan, opina el rematador Ernesto Prilassnig, porque ahí se encuentra “el precio justo” que “trae armonía cuando hay conflictos por la división de los bienes”. También llegan porque el crecimiento de la inseguridad hizo que el lujo se luzca menos en la vía pública. Todos los vendedores coinciden en que esto contrajo el volumen de ventas, pero a falta de uruguayos interesados se apostó a los extranjeros.

Las joyas más cotizadas son de estilo victoriano, eduardiano, art nouveau, art déco y retro, hechas en Francia, Inglaterra e Italia -e incluso de factura nacional-; muchas traen el sello de las marcas Cartier, Van Cleef, Tiffany, Rolex, Patek Philippe. Hay piezas únicas que justifican el viaje de un cliente desde Europa, para sostenerlas en sus manos y si les gustan, pelear por ellas, cuenta Prilassnig.

Las joyas son protagonistas eternas de las subastas porque el precio del oro es mundial, y los brillantes nunca dejaron de cotizar al alza. Por eso, quienes las venden y las compran las describen como “un refugio” inmune a las crisis. Entre los clientes están los que las quieren para invertir. Las antigüedades pagan el 2,4% de IRPF cuando su valor supera los US$ 3.600 (30 unidades indexadas) o hay varias piezas que suman US$ 10.000. Mientras están en el cofre, su precio de reventa queda intacto sin pagar ningún otro impuesto.

Están también los que las adquieren para volver a venderlas en una red de comercio internacional. Estos comerciantes compran aquí porque el precio de las piezas es inferior al de otros mercados. El joyero Adrián Facello explica que este es otra vez un caso de escala: “Como la demanda no es tanta, los precios no se dispararon”.

Esto sí podría suceder si el mercado se siguiera internacionalizando. José Bavastro, el rematador que se prepara para iniciar el remate de esta tarde, vendió en 1997 y en 2014, en unas subastas organizadas en Punta del Este, diamantes por valores que oscilaron desde US$ 40.000 a US$ 60.000. Zorrilla remató una pieza de US$ 47.000. Y hay quienes cuentan que el récord lo tiene una joya que se vendió por US$ 180.000.

La tarde del remate en Bavastro ocurrieron dos pujas importantes, ambas por relojes. Una mujer disputó con timidez un Rolex combinado con una clienta que ofertó por teléfono; ganó la que no estaba en la sala, pagando US$ 2.450. En la siguiente batalla, un caballero de gestos discretos se quedó con un Rolex de oro 18 quilates con cuarzo, por el que pagó US$ 7.000. También ganó la pulseada en varias piezas de más de US$ 1.000. Tras la puja, el hombre llevó las manos a sus bolsillos y salió plácidamente caminando hacia la peatonal Sarandí. Viéndolo circular entre otros jubilados, nadie imaginaría la cantidad de dinero que gastó en tan pocos minutos, entendiéndose con el rematador con apenas un movimiento de la cabeza, o irguiendo el dedo índice como quien le pide otro café al mozo de un bar.

Cruz rusa de oro de 22 quilates, con esmalte y con zafiros; un reloj de oro y collares de perlas. Foto: L. Mainé
Cruz rusa de oro de 22 quilates, con esmalte y con zafiros; un reloj de oro y collares de perlas de la casa de subastas Zorrilla. Foto: Leonardo Mainé

Bavastro es capaz de apretar en un segundo las palabras anillo-oro-18-quilates-con-brillantes, y llama por el nombre de pila o apellido a los que se quedan con la pieza. Los clientes de las subastas son leales. “Comprar en un remate tiene ventajas. La pieza que mostramos es única, y mientras que en una joyería el gramo de oro se vende a US$ 100 o 150, acá ronda entre US$ 30 y US$ 40”, dice.

Compradores infinitos.

Hay dos maneras de apreciar a las alhajas antes de que lleguen a una vitrina. Están las que datan entre 1900 y 1940 y cuyo estilo, diseño y material las convierte en obras de arte que puede volver a venderse, y están las que son valiosas por sus materiales. Estas van a ser destripadas para fundir el metal y reutilizar sus piedras y brillantes. Juan Picerno, director financiero de la joyería La Fontaine, dice que la relación es de uno en 100, y que son muchos los que están atrás de ese uno. Esas piezas se venden sobre todo al exterior y son expuestas en ferias internacionales, en su mayoría en Estados Unidos. Tras ellas también van comerciantes y rematadores, que compiten ferozmente sin respetar el arancel, que indica que el vendedor del objeto paga una comisión de 13,2% y el comprador, del 16,9%. Con el 99% restante, empresas como La Fontaine crearán otras piezas o sus partes se usarán para restauración; este es su principal negocio.

Hay, también, dos maneras de ver el negocio de las antigüedades. Si el anticuario Julio Rey antes tenía una treintena de colegas, ahora apenas le quedan siete, y en diciembre, tras 150 años de actividad, cerró la joyería Freccero: una de las firmas que importó, un siglo atrás, algunas de las piezas más valiosas que hoy se subastan. Cerró porque se quedó sin mercado, reconoció uno de sus dueños para este informe. “Sucede que el de las antigüedades es un negocio donde lo que rige es la moda, y hay muchos comerciantes que no se actualizaron con los gustos modernos”, opina Prilassnig.

Por otra parte, hay una rama del negocio que no para de crecer. Castells lo explica así: “Las piezas de mediano valor han tenido una depreciación y se hace más difícil venderlas porque hay menos compradores, pero las piezas buenas, las que integran catálogos, mantienen su precio y sí tienen interesados”. En esto tiene que ver la globalización de la cultura del remate. La casa de subastas Zorrilla es la primera del Río de la Plata en asociarse a la plataforma inglesa Invaluable, que trasmite remates en vivo. Además trabaja con otra que difunde el evento entre los mercados ideales para cada catálogo. “Christie’s y Sotheby’s trabajan con esta plataforma, es decir que el mismo cliente que les compra a ellos nos está comprando a nosotros”, dice Sebastián Zorrilla.

Joyería La Fontaine: solitario de platino y brillante de 4.85 gramos de 1910; solitario de platino y brillante de 7,42 de 1900; anillo de oro amarillo, brillantes y rubíes de entre 1950 y 1960; aros de oro con brillantes 4 gramos, de 1910. Foto: L. Mainé

Joyería La Fontaine: solitario de platino y brillante de 4.85 gramos de 1910; solitario de platino y brillante de 7,42 de 1900; anillo de oro amarillo, brillantes y rubíes de entre 1950 y 1960; aros de oro con brillantes 4 gramos, de 1910. Foto: Leonardo Mainé

Esto se traduce en un cambio de la dimensión del negocio. “Accedés a clientes inimaginables”, resume. En octubre pasado, cuando remató una colección de arte oriental, se vendió el 83% de las piezas, y de ese total, más del 90% fue adquirido por extranjeros, sobre todo chinos. Un coleccionista pagó US$ 32.000 por un bowl que se había estimado en US$ 1.200. Con este panorama de clientes infinitos, Zorrilla debe reajustar su habilidad de rematador para saber intuir dónde está el límite de estos nuevos jugadores.

Tal y como él lo ve, abrir las puertas al resto del mundo es una forma de eliminar intermediarios. Si antes una obra de arte se remataba en Uruguay, era adquirida por un comerciante que la revendía, y luego se volvía a rematar en Londres por un precio muy superior, ahora una casa de subastas de Montevideo puede llegar a ese cliente de Inglaterra de forma directa. Cuando se trata de alhajas, Zorrilla estima que la tentación extranjera incrementa el precio de venta entre un 50% y 100% en comparación a lo que ofrece el mercado local. Así, sube la vara y los objetos valiosos locales están cotizando más alto.

La semana pasada, durante una subasta de medallas, documentos antiguos y memorabiblia futbolística, había 120 personas en sala y 410 extranjeros en línea. La medalla de un campeón olímpico de 1924 -que una anciana había heredado 60 años atrás de un tío-, que inicialmente se tasó en US$ 500, se vendió por US$ 10.500. Esta, cuenta Zorrilla, terminó en manos de un coleccionista uruguayo, porque a pesar de la euforia de conquistar el gusto de los extranjeros, clientela local para estos objetos hay y bastante.

El señor junto a la armadura es el anticuario Julio Rey. Foto: L. Mainé
El señor junto a la armadura es el anticuario Julio Rey. Foto: L. Mainé

Gato por liebre.

Los falsificadores y embusteros abundan en este negocio, reconoce Castells, por eso hay que cuidarse. Unos días atrás, su colega Zorrilla observó la emoción de una familia mientras desenvolvía lo que pensaba que era un cuadro valioso de Pedro Figari, pero era falso. Lo habían recibido como pago de una deuda de US$ 30.000.

Para protegerse de aceptar mercadería robada, las joyerías y las casas de subastas tienen distintos mecanismos. Castells considera que el tiempo de exhibición que transcurre entre que se anuncia un remate y ocurre, es suficiente para enterarse de que una pieza fue adquirida de forma ilícita. La Fontaine envía un parte diario a Jefatura de todas las compras que realizó, y mantiene 15 días la mercadería en espera. Otras empresas se guían por la intuición, y si una pieza excepcional es ofrecida por unas manos que parecen no ser las indicadas, la rechazan. Todos, cada vez que reciben artículos, exigen los datos personales del remitente.

Aunque en el mundo la compra y la venta de obras de arte es buen amigo del lavado de activos, Daniel Espinosa, secretario nacional para la lucha contra el lavado de activos y la financiación del terrorismo, dice que en nuestro país esto no es habitual. Las firmas que venden por más de US$ 150.000 deben inscribirse en el registro de sujetos obligados. Son 23 las empresas inscriptas y fueron fiscalizadas 38 veces en 2018. No encontraron delitos.

En cambio, sí se constató cierto comercio ilícito de piezas robadas de museos locales y colecciones de otros países que son ofrecidas a casas de subastas. 

Bavastro durante un remate de alhajas y relojes del miércoles pasado. Foto: L. Mainé
Bavastro durante un remate de alhajas y relojes del miércoles pasado. Foto: L. Mainé

Entre tanta riqueza hay piezas que tienen protección patrimonial. Nelson Inda, presidente de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación, explica que cada año destina $ 3.000.0000 a la adquisición de monumentos históricos muebles, que en su mayoría se consiguen en subastas. La comisión está asesorada por Enrique Aguerre -director del Museo de Artes Visuales-, que estudia los catálogos y sugiere las piezas de interés. El día del remate, un representante de la comisión se presenta y no participa de la puja, sino que una vez que el martillo baja, el Estado anuncia que adquiere el lote por el precio pactado. Estas obras luego son donadas mediante un convenio a distintos museos y fundaciones, por un lado para “no generar un gueto de obras” y por el otro porque la seguridad de la comisión solo les permite lucir “excelentes copias, pero no originales”, argumenta Inda.

En algunos casos, esta comisión puede establecer una cautela sobre un bien cultural, es decir, le permite ser comercializado dentro del país pero no exportado, o salir del país pero estar disponible para ser exhibido aquí determinadas veces al año. Esta normativa hasta hace dos años se cumplía mal, y los avisos de piezas desaparecidas llegaban tarde. Se comenta de herederos que llevaron valiosas obras de arte de pintores reconocidos para vender en Londres o París.

Como el tráfico ilícito de bienes culturales es un problema en la región, el Mercosur y la Unasur impulsaron la creación de comités entre sus socios para prevenir y luchar contra este delito. El nuestro se creó en febrero de 2017 y comenzó a actuar a mediados de ese año. Entre sus integrantes hay dos protagonistas. Uno es la Dirección Nacional de Aduanas, que comenzó a exigir las guías aduaneras que expide la Comisión del Patrimonio para autorizar la salida del país de los bienes cautelados (autos de colección, esculturas, cuadros). “Antes de que existiera el comité, Aduanas no controlaba estas entradas y salidas”, dice Enrique Machado, delegado de este órgano. También es fundamental Interpol, que reacciona cuando se activa la alarma por robo o desaparición en la región.

Machado está convencido de que esta es una herramienta útil, “que funciona bien”. Para demostrarlo, cuenta que a los pocos meses de debutar fueron localizadas en una casa de subastas de Montevideo piezas robadas de un museo local, pero también de distintos países como Siria, Egipto, México y Perú. Ante la poca legislación que hay para castigar el robo de bienes culturales, Machado anuncia que el Ministerio del Interior estaría analizando crear una dependencia especializada en patrimonio, información que se intentó confirmar para este informe, sin éxito.

Mientras las medidas de control se ajustan, el vértigo de las subastas por catálogos no se detiene. Cada semana aparece un nuevo tesoro que los anticuarios tendrán que estudiar a toda prisa, antes de que los clientes menos pensados se lo saquen de las manos.

¿Cómo se diseña una alhaja exclusiva para un cliente?

El joyero Adrián Facello pinta el escenario actual de la joyería explicando que el 95% de las alhajas se fabrican de forma industrial. “El joyero hace el molde o retoca las piezas, pero las construyen máquinas”. En nuestro país todavía sobrevive la fabricación artesanal, ya que la dimensión del mercado obliga a que esas máquinas se ajusten a una escala menor. El 30% del negocio suyo está relacionado a la compra y venta de joyas antiguas. Algunas veces las adquiere para usar sus materiales, brillantes y piedras. Las joyas, explica, se diseñan junto a la clienta o el cliente, y se tiene en cuenta la forma de la mano, el físico, el color de los ojos, el tipo de peinado y hasta el vestuario que va a acompañarlas.

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