Desempleo

El plan para reactivar a Juan Lacaze: el puerto, las playas, la imagen de "El Sabalero" y el cannabis

Cinco años después del cierre de sus fábricas, Juan Lacaze no encuentra una salida. El gobierno trabaja en la reactivación del puerto, del parque industrial y del turismo, pero el desánimo es grande.

Juan Lacaze
Pintada sobre uno de los muros de la que fue la residencia de Miguel Campomar, fundador de la textil que impulsó el desarrollo de Juan Lacaze. Foto: Estefanía Leal

Una manta de techos oxidados se extiende en el horizonte. Desde el último piso de este edificio la vista de la ciudad se tiñe de rojo, recordando lo que Juan Lacaze fue. Caminamos una cuadra entre galpones enormes, la mayoría vacíos, hasta llegar al edificio donde funcionaban las oficinas de la textil Campomar & Soulas, en torno a la cual creció la ciudad. La puerta se abre y emana el vaho fresco de los espacios inhabitados. El ascensor no funciona. En el trayecto se ven despachos que aún conservan archivos viejos, tal vez de las primeras épocas de la fábrica fundada en 1906.

La cerradura de la azotea únicamente se abre con una llave antigua. Subimos.

Se ven los techos rojos de óxido a lo largo de cuatro manzanas de galpones y también las chimeneas de Fanapel, el otro monstruo centenario que al igual que la textil —que a partir de 1993 fue gestionada por la Corporación Nacional para el Desarrollo y luego por una cooperativa de trabajadores— cerró en 2017. Hoy sus depósitos no tienen uso.

Después de los techos están las casas, construidas de a tandas, en función de las necesidades de estas industrias. Una dinámica que generó un diseño urbano laberíntico completamente distinto del resto de las localidades del interior que tienen como epicentro la plaza, la iglesia, la comisaría. En Juan Lacaze, en cambio, todo mira hacia las fábricas.

Más allá de las casas se ve el río con sus dos puertos; el deportivo y el comercial. Su reactivación es una “prioridad” para la Administración Nacional de Puertos, dice el presidente Juan Curbelo. Dos proyectos vinculados al cruce de camiones de carga y la explotación de un flamante varadero se comentan en el pueblo como una posibilidad de generación de empleo, una “necesidad desesperada” para muchos de los trabajadores de estas fábricas que aún no lograron reinsertarse en una plantilla.

Por último, junto al río se abren paso tres playas que el próximo verano los lacazinos enfocados en desarrollar emprendimientos quieren llenar de turistas. Convertirse en un polo turístico es un deseo inédito para esta comunidad cuyo corazón siempre fue industrial.

Con la mirada clavada en este paisaje están José Delgado y Gastón González, nuestros guías en este recorrido. Tienen una expresión entre melancólica y fascinada. Incluso para las generaciones más chicas es difícil hablar del futuro cuando el pasado se impone así, con todo su cuerpo frente a nuestros ojos. José tiene 34 años, pero trabajó desde sus 20 hasta los 30 en Fanapel. “Como mi abuelo, como mi padre, yo entré convencido de que me iba a jubilar ahí”, cuenta.

Pero no. Tras el cierre, trabajó en la forestal Montes del Plata de Conchillas; luego estudió en el Centro Científico Tecnológico de Rosario. Gastón, en tanto, estaba radicado en Montevideo y volvió cuando en 2018 Genexus Consulting le anunció que abriría una oficina en Juan Lacaze. Ellos son de los pocos jóvenes que, tras el declive, en vez de emigrar en busca de empleo regresaron.

La firma Abstracta también conformó un equipo local, de cinco personas. “Cuando cerraron las fábricas, el alcalde de ese momento (Darío Brugman) hizo un llamado a la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información. Se había instalado un plan piloto de la UTEC y el fin era apoyar a la conformación de Juan Lacaze en ‘la ciudad del conocimiento’, como uno de los caminos para resurgir”, cuenta Fabián Baptista, de Abstracta. Coincide con su colega Aníbal Gonda, de Genexus, en que la gran motivación para dar el paso fue el entusiasmo del alcalde.

Juan Lacaze
Gastón González y José Delgado en el parque industrial. Foto: E. Leal

José y Gastón creen que en la tecnología hay espacio para que entren más lacazinos, pero la UTEC retiró la sede de la localidad y así bajaron las matrículas.

resurgimiento

La ciudad del conocimiento: el plan que quedó opacado

Tras el cierre de las fábricas, se quiso generar un ecosistema para el desarrollo del conocimiento. En 2018, la UTEC instaló una sede con 50 cupos para su oferta estrella: Licenciatura en Tecnologías de la Información. El entonces alcalde Brugman y el concejal Bentancor salieron puerta por puerta a convencer a los jóvenes y convocaron a la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información. “Nos convenció su entusiasmo”, recuerda Aníbal Gonda, de Genexus, que considera que tener equipos distribuidos en el interior es “muy importante”. Tras la instalación de Genexus (con cuatro empleados) y de Abstracta (con cinco), en 2019 la UTEC se retiró. Aunque la carrera es esencialmente virtual, para asistir a las clases presenciales los lacazinos deben ir a San José, a 80 kilómetros. Las matrículas bajaron y, según una fuente, hay empresas que notan la falta de personas formadas en tecnología en la localidad. Desde la UTEC, Rodolfo Silveira argumenta que “siempre se planteó como un plan piloto con un principio y un fin”. No ha recibido ningún reclamo formal al respecto, dice. “Con Juan Lacaze podemos seguir colaborando si hubiera una empresa que planteara una necesidad”, dice. El alcalde Bentancor advierte que “ya movió contactos políticos” y va a “pelear” para por una tecnicatura en la UTU local.

Desde hace algunos meses, las oficinas de Genexus y Abstracta funcionan en un sector reacondicionado del edificio de la extinta Campomar: la única planta que, por ejemplo, tiene ventanas nuevas.

Las inmensas instalaciones fabriles ya llevaban un tiempo convertidas en un parque industrial que se creó para atraer emprendimientos mediante un cúmulo de beneficios. El plan no prosperó, en parte porque su mal estado inhibe a los empresarios. Hoy funcionan 15 empresas y hay mucho espacio ocioso.

Pero esto podría cambiar. La administración de la totalidad del parque acaba de pasar a manos de la Intendencia de Colonia. El intendente Carlos Moreira designó para la tarea a Hugo Durán, uno de sus hombres de mayor confianza. Le encomendó cambiarle la cara. Una parte se destinará para turismo fabril y en el resto se pretende instalar emprendimientos de pequeño, mediano y gran porte: lo que sea que traiga trabajo. Para eso se creó una oficina de inversiones.

Por estos días, en el parque se demuelen paredes y se quitan toneladas de basura de los depósitos. Eso sí, no se permite sacar fotos. “Mostrar el estado actual es poco ideal para vender a los proyectos que queremos”, se excusa Durán, y agrega: “El parque es un elefante dormido que comienza a despertarse. Hay que dejarlo atractivo para que la carpa del circo se levante y los actores vuelvan a escena”.

El día después del cierre.

En su mejor momento Campomar tenía unos 1.500 empleados. En la ciudad cuentan que algunos trabajadores eran niños de nueve, 10, 11 años. En la fábrica se podía empezar de abajo, hacer carrera y ganar sueldos astronómicos. En tiempos de posguerra, un tejedor cobraba 3.000 dólares.
Era tanto el dinero que movían, que ser un “textil” se convirtió en adjetivo. “Si había un clásico de fútbol los textiles se ponían corbata y se hacían llevar en taxi hasta el estadio Centenario; el coche los esperaba en la puerta y después volvían”, ilustra el alcalde Arturo Bentancor, quien fue textil allá por 1967.

Quienes no conseguían empleo ahí, o querían cambiar de rubro —como hizo el alcalde Bentancor en 1979— golpeaban la puerta de Fanapel, que supo tener una nómina de unos 1.000 empleados. En los años previos al cierre, rondaban los 300. El papelero tenía un perfil menos ampuloso. Bastaba con tener cuarto año de liceo aprobado para ingresar y cobrar bien. Tal es así que, hasta su cierre, el mayor poder adquisitivo de Juan Lacaze lo tenían los jubilados de estas industrias y los empleados de la papelera.

Juan Lacaze
Vista de Juan Lacaze desde la exfábrica textil Campomar, hoy convertida en parque industrial. Foto: E. Leal

Aunque hace años circulaba el rumor de que las fábricas no aguantarían mucho más la competencia en un mercado internacional textil y papelero que había cambiado, la confirmación del cierre fue traumática.

Era el salario de esos trabajadores el que hacía funcionar a la comunidad. “¿Vos viste la cantidad de comercios que hay todavía? No tenés un pueblo en el interior que consuma como Juan Lacaze. Este era el paraíso de los vendedores”, dice el comerciante Santiago Bartel.

Sin trabajo, la dinámica lacazina cambió. Si antes la ciudad despertaba a las seis de la mañana con el movimiento de los trabajadores que entraban al turno matutino de las fábricas y de los que salían del vespertino, ahora se escuchan los motores de los vehículos que se los llevan para otras localidades de Colonia. Los comercios, con menos clientes, abren sobre las nueve; la vida arranca más tarde.

Pero no todos están dispuestos a trabajar afuera. “Es inconcebible que con dos puertos, un parque industrial y decenas de galpones vacíos, acá haya cero trabajo”, dice Bartel que es el pensamiento de los pobladores. Otros, aunque quisieran probar afuera, no tienen ni la edad para reconvertirse ni los estudios suficientes ni la experiencia laboral para abrirse puertas. “Con Fanapel en el currículum no llegás a ningún lado”, plantea José, el que ahora es experto en software.

“El tema es los sueldos a los que estábamos acostumbrados por trabajar ocho horas. Eso afectó nuestra mentalidad. Hay gente que pasó años trabajando en una misma fábrica y creía que tenía la vida solucionada. Estamos intentando fomentar el emprendedurismo, pero no es fácil”, plantea el alcalde y lo expone así: “Los que tienen menos de 40 años me golpean la puerta para traerme un proyecto, los mayores vienen a pedir trabajo”.

Hace poco, cuando el municipio recepcionó las postulaciones para los jornales solidarios, 888 lacazinos (de una población de 13.500) demostraron que no tenían ningún aporte al Banco de Previsión Social. Esta es la cifra que el alcalde Bentancor cita para ilustrar la cara más dura del desempleo. Además, tras “el golpe en el piso que significó la pandemia”, le ha tocado ser testigo de escenas de pobreza que le rompen los ojos. La noche anterior a recibir a El País, le avisaron que un hombre que había sido desalojado estaba viviendo en un gallinero.

Vengan a visitarnos.

Tras el estallido no hubo pasividad. El gobierno de aquel momento, la academia, comerciantes y obreros, los vecinos y políticos de todos los partidos intercambiaron ideas para el renacimiento de la localidad. Elaboraron un plan estratégico; se publicó un libro. Pero, a pesar del esfuerzo y la ilusión, construir un futuro en base a una nueva matriz económica no ha sido fácil. Algunos buscan culpables en el gobierno anterior, otros en el nuevo. Lo cierto es que desde el “cimbronazo”, Juan Lacaze está enredado en un bucle de promesas políticas y anuncios de proyectos “salvadores” que por una cosa o por la otra no terminaron de concretarse.

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Arturo Bentancor, alcalde frenteamplista de Juan Lacaze. Foto: E. Leal

Hay lacazinos que escuchan los rumores de empresas que vendrán a instalarse y se encogen de hombros. Ya no confían. Otros creen que el pueblo está dando pasos más firmes en su resiliencia y que, en vez de esperar a que los proyectos empresariales se concreten, deben salir a buscar soluciones.

En una de las paredes de la imponente casona con lago que fue la residencia de los Campomar, alguien pintó un mural que dice: “Ya basta de decir que la vida es dura e injusta, ¡levántate! ¡Pelea y deja de quejarte! Luchar es de valientes, quejarse es de cobardes”.

Estas sensaciones encontradas confluyen en un cruce de calles. A unas cuadras del parque industrial están ubicados el Centro Comercial —que reagrupa a 207 empresarios— y la sede del que fue el sindicato de Fanapel: uno frente al otro. El Centro Unión de Obreros, Papeleros y Celulosa tiene una importancia tal para la comunidad que se reconvirtió en asociación civil sin fines de lucro y mantuvo sus puertas abiertas. Tiene 170 socios y cada mes suma entre ocho y 10 nuevos.

marcelo olaverry Juan Lacaze
Marcelo Olaverry, exdirigente sindical de Fanapel, gremio reconvertido en asociación civil sin fines de lucro. Foto: E. Leal

En su predio funciona un CAIF y un quincho donde los lacazinos festejan cumpleaños y casamientos, y dirigentes políticos de todos los partidos han hecho actos. “Yo siento que se trabajó bien. Por acá pasaron todos los sectores políticos buscando cómo ayudar. Con el intendente Moreira se salió a golpear puertas. Los compañeros que tienen los años trabajados en las fábricas pero no la edad para jubilarse lograron que se les extendiera el seguro de paro y eso es algo bueno. Pero a otros nos está costando convertirnos en dueños de nuestro propio destino, no sabemos cómo tener una empresa. Ya sabemos que el cierre de las fábricas no es el fin del mundo. Pero lo que me duele en carne propia es la falta de trabajo, no ver una perspectiva para mis hijos. Yo hago changas, cuando hay. A mí como a otros compañeros muchas veces no nos toman por la fama sindicalista que tiene Juan Lacaze”, dice el presidente del exsindicato, Marcelo Olaverry.

Camina por el lugar esquivando decenas de canastas solidarias prontas para entregar. Es una acción conjunta con el Centro Comercial. Ellos reciben las donaciones y la asociación entrega los paquetes a 160 familias. Las dos instituciones se han convertido —junto al despacho del alcalde— en los puntos de referencia para buscar una salida laboral.

María Laura Alles y Verónica Gabriel forman parte de la dirección del Centro Comercial. Cuentan que a medida de que los seguros de paro se terminan, cada vez más personas se arriman en busca de orientación para abrir empresas pequeñas, tipo monotributo. Así, comenzaron a organizar ferias en las que bajo el concepto “Juan Lacaze hace” los pobladores exponen sus creaciones —dulces, aceites, quesos, chacinados, tejidos, alimentos sin gluten— para demostrar que son “más que Fanapel y Campomar”.

Su siguiente meta es posicionar a la localidad como un polo turístico; uno de los ejes que indicaba aquel plan estratégico para rescatar a Juan Lacaze y que recién ahora tiene eco en el nuevo director de turismo de la comuna. Roque Baudean designó a un funcionario para que semanalmente se traslade al municipio lacazino. “El turismo no va a ser una solución, pero sí puede ser de gran ayuda”, dice.

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María Laura Alles, del Centro Comercial. Foto: E. Leal

Unos días atrás, como parte de un recorrido por el departamento, Baudean llevó al ministro Germán Cardoso hasta la nueva sensación de Colonia ubicada a 10 minutos de Juan Lacaze: la reserva de animales Kerayvoty que cada semana recibe 1.500 visitas. Confía en que ahí hay un punto para trabajar con el “público cautivo” que congrega Colonia del Sacramento y al que se quiere retener por más noches.

Adelanta que se apostará por difundir el patrimonio armando un museo fabril dentro de Campomar. Se promocionará el turismo náutico, las “magnificas y desconocidas” playas lacazinas y se está ideando qué relato armar en torno al hijo favorito de la localidad, José Carbajal “El Sabalero”. Motivos para mostrar a Juan Lacaze sobran, dice Baudean, “ahora hay que vestir a la novia”.

La esperanza en el puerto.

Al turismo se lo mira bien, pero en Juan Lacaze sigue pesando la necesidad de un trabajo de ocho horas para la población menos preparada. Las movidas de la intendencia le indican a Bentancor —el alcalde frenteamplista— que “ahora sí Moreira le está hincando el diente a los problemas de la localidad”. Sin embargo, en el sentir popular algunos opinan que “es política”.

“Cada vez que alguno agarra el gobierno, anuncian proyectos para generar ilusiones y que la gente no ande disconforme, pero nunca salen y eso genera frustración, porque las personas no consiguen trabajo y sienten que Juan Lacaze se va apagando”, dice Mauricio Giménez, dueño de la metalúrgica Pentágono, que acaba de ser contratada por UPM para un importante trabajo.

Requerirá de unos 50 trabajadores.
Este es el tipo de noticia que vuela de boca en boca en la ciudad. Giménez ya recibió decenas de currículum de todo tipo de candidatos cuyos oficios nada tienen que ver con la tarea requerida. Por eso, para evitar generar grandes expectativas, es que empresarios y gobernantes ahora apelan a la “cautela”.

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Desde la Administración Nacional de Puertos dicen que reactivar el puerto de Juan Lacaze es "una prioridad". Foto. E. Leal

Curbelo, el presidente de la Administración Nacional de Puertos, desliza que hay proyectos sobre la mesa que se están tratando ahora mismo, pero que “por respeto a la comunidad se trabajará en silencio”. Algo similar estaría sucediendo dentro del parque industrial, donde recientemente se instaló una procesadora de pescado. ¿Necesita personal esta empresa? Olaverry, el presidente del exsindicato de Fanapel, dice que se ha tomado gente sin demasiado ruido —él mismo participó de la obra— para evitar eso de “se habla mucho y se hace poco”.

No quieren que vuelva a pasar una escena similar a la del lanzamiento de Khiron, la empresa de cannabis medicinal que eligió a la localidad por su “cultura de trabajo” y había anunciado en 2019, a sala llena, que tras instalarse estimaban que para 2023 serían empleadas unas 700 personas; en su mayoría mujeres y que la exigencia educativa sería flexible.

“Esa era la esperanza”, dice Bentancor, en el municipio. En Juan Lacaze a este proyecto lo dan por perdido, pero no es tan así. Marco Algorta, director del emprendimiento, asegura que “no se canceló” sino que “se postergó para cuando el panorama de salida de la pandemia esté más claro”. Como prueba de estas intenciones, dice que se renovó la licencia.

legado

Campomar y su huella en la ciudad

Campomar solía traer empleados especializados desde Europa. Para entretenerlos, construyó un teatro —donde se proyectaban películas musicalizadas por un pianista en la sala— y un club social. Para los pobladores, construyó un sanatorio, una escuela industrial y “la casa del niño”. A pesar de su impronta sindical, las calles de Juan Lacaze llevan el nombre de Campomar, el de su socio, el de su esposa. Hay un monumento que reproduce sus manos.

Las otras fichas están puestas en el puerto. En la ciudad todos hablan de dos proyectos: “el del barco que se está construyendo en China y llegaría a fin de año” para llevar camiones desde Uruguay hasta Argentina, y la propuesta de la empresaria Virginia Staricco.

Esta iniciativa implicaría, como una novedad, la creación de una matrícula Mercosur que habilite a los choferes uruguayos y argentinos a manejar un mismo semirremolque. El trayecto local lo haría un chofer uruguayo, que al llegar al puerto de Juan Lacaze subiría el semirremolque al barco (que tendría una capacidad para 60). Al llegar a Buenos Aires, un chofer argentino levantaría el semirremolque y lo conduciría al lugar de destino (se aspira a llegar a Brasil, Paraguay y Chile). A su vez, volvería a subir mercadería de importación y Uruguay haría lo mismo. Esto ahorraría costos, tiempo y circulación de choferes de un país hacia otro en época de pandemia.

“Este proyecto puede ser un éxito en Juan Lacaze. Creo que será escalonable a muchas personas, porque no solo se requiere personal para operar el barco y los camiones, sino que se podría generar en los galpones abandonados un depósito fiscal y podrían instalarse empresas para agregarle valor agregado a la mercadería que se prepara para exportación, lo que conlleva mano de obra”, dice Staricco.

La empresaria confía en que pronto tendrá las firmas argentinas y uruguayas para dar luz verde y agrega las palabras claves: “Ya hay varios interesados en desarrollar emprendimientos de logística”.

Eso se traduce en trabajo.
Un trabajo, quizás, en los galpones donde un día empezó todo.
Sí, decirlo en voz alta podría despertar una vez más falsas esperanzas. Pero, como sostiene Olaverry, los lacazinos necesitan —ahora más que nunca— algo en que creer.

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