Frutas y verduras bajo lluvia

Perdieron todo

La tormenta del 30 de diciembre dejó a trabajadores rurales en jaque. Cayeron frutas y se derrumbaron invernáculos. Algunos perdieron el 100% de su producción. Los que tienen seguro, esperan cobrar lo justo. Los que no, buscan la forma de volver a plantar. 

Foto: Fernando Ponzetto
Vea el video. Foto: Fernando Ponzetto

Era la madrugada del 30 de diciembre cuando Javier García, de 60 años, tuvo la certeza de que iba a perderlo todo. Unos segundos antes, el chillido del viento a más de 100 kilómetros por hora fue como un presagio. Así dejó lugar a la esperanza, que se desvaneció enseguida cuando escuchó los palos que se quebraron, el nylon que se desplazaba sin rumbo por todo el campo y los truenos cada vez más ensordecedores. Ya no le quedaba nada.

El temporal dejó a los García sin los cuatro invernáculos que tenían: uno de 500, dos de 700 y otro de 800 metros cuadros. Reconstruirlos les costaría lo que para ellos es una fortuna: $ 40 por metro cuadrado para desarmar y limpiar los restos que quedaron y $ 60 para armar todo de vuelta. O sea, $ 200.000. A eso hay que sumarle los palos y el nylon, que ni saben cuánto les podría salir. Esperan la visita del inspector del Banco de Seguros del Estado (BSE) para que les digan cuánto van a cobrar. Pero ni Javier ni su familia tienen expectativas de que les den el dinero suficiente.

Pero esto no es todo, porque los García también se quedaron sin la posibilidad de hacer plata para afrontar los costos. En los invernáculos tenían acelga, perejil y lechuga. Se echó todo a perder. Unos metros más lejos tenían plantadas papas. Se echaron a perder. También tenían tomate. Se echaron a perder. Y zapallitos, y zapallos, y chauchas, y remolachas… Y el mismo desenlace.

“Yo me quedé sin nada. Primero el temporal, y después la lluvia que no para. Así no nos podemos levantar. Nos pusimos contentos de que nos quedaba el tomate, pero lo agarró un viento, lo revolcó para un lado, después lo revolcó para el otro... había quedado algo, pero por el exceso de agua agarró bacteriosis. La lluvia, el viento, la humedad es lo peor que nos puede pasar”, dice Jonathan, hijo de José. Él cuenta 27 años y la tierra que lo rodea es lo más importante que tiene en este mundo. Cursó solo hasta primero de liceo y después ya se puso a trabajar. Su padre lo puso a cargo del negocio familiar. Trabaja de sol a sombra. Pero ahora es todo sombra, y entonces no puede trabajar.

Jonathan García espera la visita del BSE y que le digan cuánto le van a pagar por lo que perdió en la tormenta. Foto: F. Ponzetto
Jonathan García espera la visita del BSE y que le digan cuánto le van a pagar por lo que perdió en la tormenta. Foto: F. Ponzetto

“Un día antes del temporal…”, empieza y se corta Jonathan, antes de ocultar sus ojos tristes detrás de unos enormes lentes negros. Enseguida sale al rescate su padre, que retoma la frase, como si fueran una sola persona, un solo pensamiento, un solo dolor, y dice: “…estuvimos limpiando todo. Hacía un calor espantoso. Después nos agarró dolor de panza. Nosotros acá pusimos toda madera buena…”. Y sigue Jonathan: “…toda curada, muy buena”.

Por el temporal del 30 de diciembre el BSE recibió 380 denuncias: 70% por fruta caída, 15% por invernáculos que se rompieron o derrumbaron, y 15% por viñedos que corrieron la misma suerte.

Carlos Núñez, ingeniero agrónomo del Banco, señala que tanto en este año como en el pasado se batieron récords: hacía 25 años que no había tanta sequía como en el verano de 2018, y hacía al menos 10 años que no recibían tantas denuncias como a esta altura de 2019. Y expone un dato: del primero al 15 de enero todos los días, menos dos, el Instituto Uruguayo de Meteorología (Inumet) lanzó alguna alerta por tormentas.

El BSE recibió, además, desde noviembre hasta la semana pasada, 850 denuncias desde el sector agrícola extensivo, por ciento de hectáreas de soja y maíz que deberán ser resembradas.

“Este fue un evento muy grande. Son en total 1.230 denuncias entre la tormenta del 30 de diciembre y las lluvias. La gente se pone nerviosa, pero yo quiero tranquilizarlos y decirles que estamos inspeccionando, que se está trabajando, pero esto va a llevar tiempo. Son muchos”, señala Núñez.

Los productores, en tanto, advierten otro récord: desde la tormenta del 24 de agosto de 2005 que no recuerdan haber tenido pérdidas como las de ahora. En ese entonces hubo vientos de hasta 200 kilómetros por hora, 10 muertos y fue catalogado como un ciclón extratropical.

La tormenta del 30 de diciembre rompió los invernáculos de la familia García. Foto: F. Ponzettto
La tormenta del 30 de diciembre rompió los invernáculos de la familia García. Foto: F. Ponzettto

Una tormenta inimaginable.

No hay viento que le gane a la ancha y blanca sonrisa de Alejando Gonzáles. Él se ríe, pese a que perdió más de la mitad de su producción. Cuando se fue acostar en la noche del 29 de diciembre lo hizo feliz por la gran cantidad de duraznos que iba a cosechar. Los árboles estaban tupidos como nunca, calculaba poder llegar a sacar entre 1.000 y 1.500 planchas. Cada plancha son dos kilos: entre 2.000 y 3.000 kilos. Y cada una se vende a $ 200: entre $ 200.000 y $ 300.000. Pero el temporal pasó y arrasó con el 60% de su producción. Y después la lluvia, que llenó a muchos de los duraznos de hongos. Espera, ahora, al menos, recuperar los costos.

Verlo sacar los duraznos de los árboles es desolador. “Este está podrido, este también, este también, este se lo comieron los pájaros… acá hay uno… no, tampoco. ¡Este sí!”, dice, y grita “¡Este sí!” igual que quien grita un gol en el minuto 94. También es horrendo verlo esquivar los duraznos hechos a perder en el suelo, algo que hace solo por compasión, porque ninguno sirve para nada. “Además pudren la tierra, con mi señora y mi papá vamos a tener que levantarlos todos. De a uno”, y casi que se pone serio.

Tiene 45 años. Empezó a trabajar aquí, en Sauce, donde también está su casa, de chico. Su padre le enseñó el oficio. Aprendió a sembrar, a cosechar y a guardar para el invierno. Pero para este invierno no podrá guardar nada. “Va a ser un año difícil. Vamos a ver qué pasa con el seguro. Desde 2005 que no vivíamos algo así”, sostiene y sonríe de nuevo.

“Estas todo el año trabajando para esto -continúa-, todo el invierno podando, dejando todo limpio, y cuando llega este momento nos topamos con esto: una tormenta inimaginable que rompe todo”, dice.

González también perdió higos, la misma cantidad más o menos que los duraznos, y lechugas, “que no repollan, que salen chiquitas, que las llevás al mercado y nadie las quiere; con este clima es imposible”.

Cuando se pudre todo.

Felipe García sabe de crisis. Y de malos climas. Y de frutas y verduras que se echan a perder. Pero como hoy, como ahora, dice que hace mucho tiempo que no está. “Yo pago 60.000 pesos por mes de UTE, tuve que sacar ahora un préstamo para pagar la luz. ¿Y ahora con esto qué voy a hacer? Se pudrió todo”, dice enfático. Tiene 82 años, es pelado, corpulento, y cuando habla lo hace con mucho gesto, con mucha furia, y con la boleta de la electricidad en una mano. “Yo no miento, yo tengo pruebas”, casi grita sin que nadie lo haya desafiado.

“Acá la lechuga y la acelga se destrozó toda. Perdí el 50% de la pera. Perdí la manzana. Yo que sacaba 300 cajones de lechuga por día, ahora no saco 70. Pago 5.000 dólares al BSE por año, hice la denuncia y todavía no vino nadie. La lluvia es solo algo más, porque yo ya hace meses que tengo un déficit de entre US$ 1.500 y US$ 2.000 por mes. Así no se puede seguir”, se queja y pega un golpe con puño cerrado sobre una mesa.

Él tiene 17 hectáreas, cinco empleados -que advierte que en breve serán menos-, y la chacra está en manos de sus hijos. A veces García da una mano. “Lo que puedo, porque estoy grande pero estoy bien. Porque con una jubilación de 10.000 pesos no se puede vivir”, advierte.

García vive en una casa grande, como de cuento de hadas, con techo de tejas, con flores afuera, con un caminito que lleva a una puerta marrón, y las ventanas con cortinas a los costados. A simple vista uno no piensa que tenga un mal pasar. Y él dice: “Es que esto funcionó bien, pero ahora está bravo, y si el seguro no nos cubre lo de la lluvia va a estar peor”.

Una de las cosas que más nervioso lo ponen son los costos que tiene para poder vender su mercadería en el mercado. “¡Son 3.000 pesos por día!”, dice y enumera: “1.000 para el puesto, 1.000 para el gasoil, 500 para el elevador que carga lo que llevamos y 500 más para darle al que te cuida el camión. ¡No nos da!”, grita.

Lo que no se puede vender.

Andrés da Silva muestra cientos de lechugas que no va a poder vender porque las hojas se pusieron feas. Foto: F. Ponzetto
Andrés da Silva muestra cientos de lechugas que no va a poder vender porque las hojas se pusieron feas. Foto: F. Ponzetto

La suerte de Andrés da Silva es otra, tiene una porción de tierra que es considerada de mediana a grande, casi 60 hectáreas. Y por eso tiene también una mayor espalda para soportar el temporal. Igual si uno recorre sus cultivos se da cuenta de que lo del 30 de diciembre le pegó y feo. “Hay cosas que abandoné, como esto”, dice, ante una cantidad infinidad de lechugas. Y cuando se le pregunta cuantos hay él baja un poco la cabeza, esconde sus ojos en un gorro con visera gris y larga: “más de lo que yo quiera imaginar”.

Toma una, le saca las primeras hojas y abajo se esconde una lechuga reluciente, de un verde luminoso, pero a decir verdad es un poco chica. “La gente no la quiere, si las primeras hojas no están bien en el mercado no la compran. Lo mismo pasa con la remolacha, tengo una gran cantidad a las que les quedaron las hojas feas, pero aunque la gente no coma las hojas, salvo alguno que se haga una tarta, y aunque el resto esté bien, tampoco las quieren, no las compran. Todo para tirar. Es feo tirar comida, pero no hay otra”, señala.

Aquí, en su campo, en Los Aromos, Canelones, trabajaron sus abuelos, su padre, y ahora él. Tiene 37 años y mientras da la entrevista da órdenes. “Andá a levantarme 12 casilleros de cebolla”, le dice a un joven. Son más de 30 los empleados que tiene. Algunos recogen remolachas, otros envuelven en bandejas repollitos de Bruselas, más lejos están los que en metros y metros de zapallitos tratan de rescatar los que están bien. “Uno en cien, con suerte”, arriesga él. Y basta acercarse un poco para ver a la mayoría en mal estado.

“Con el exceso hídrico -explica- lo que complica es que el pasto entra a ganarle al cultivo, y esto atrasa todo el trabajo. Las lluvias además traen pestes, hongos, te quedan feas las hojas, quedan manchadas. Por ejemplo, ese cuadro de perejil -dice y señala cientos de perejiles-, con tanta agua se jodieron las raíces y lo abandoné, me sale más tratar de recuperarlo que lo que me van a pagar por él. Y no ha salido por suerte un sol fuerte, porque cuando salga va a ser peor, porque agarra los cultivos débiles y quema todo, descompensa todo”.

Él no tiene seguro. “¿Para qué?”, pregunta. “Si después no te dan nada; nunca te recuperan el dinero. Siempre te dan menos”, asegura, y dice que lo sabe porque una vez se le incendió su auto y el seguro no se lo cubrió.

BSE: “Esto es un récord, todos los días hay tormentas”

“Es una situación récord la que tenemos. Hay un exceso de precipitaciones en todo Uruguay. Si mirás los históricos de alertas en los primeros 15 días de enero Inumet emitió 45. Solo dos días no hubo alertas. Todo los días hubo tormentas. Seguramente, según las denuncias que hemos recibido, este ha sido el evento más grande que hemos tenido”, señala a El País el ingeniero agrónomo del Banco de Seguros del Estado (BSE), Carlos Núñez.

Al 15 de enero, y desde noviembre pasado, el BSE procesó un total de 1.230 denuncias. De estas, 380 fueron por la tormenta del 30 de diciembre. Se registraron roturas en espalderas de viñedos, caída de frutas (en especial ciruelas, duraznos, peras y manzanas) y daños en estructuras de invernáculos y criaderos de cerdos y aves. El resto de las denuncias, 850, que pertenecen al sector agrícola extensivo, es por cultivos de invierno (trigo, cebada y colza) y de verano (soja, maíz y sorgo), que se vieron afectados por las lluvias.

“No tenemos ideas de montos, de cuánto vamos a tener que pagar, porque todavía se están haciendo las inspecciones. Eso es incalculable aún”, advierte Núñez. El ingeniero, sin embargo, señala que como máximo se pagan US$ 150 por hectárea de soja resembrada y US$ 220 por la de maíz.

Seguro sí, seguro no.

“Una vez contraté un seguro, perdí un invernáculo en una tormenta y me pagaron US$ 45. A partir de ahí ando sin seguro y no me arrepiento”, dice Alberto Curbelo, que tiene 56 años y desde que tiene memoria trabaja en este, su campo en Canelón Chico. Pero esta vez no fue un invernáculo el que perdió, sino cinco.

“Se rompieron mucho las estructuras, todos los postes; pero también el nylon. Para arreglarlos voy a necesitar una buena guita, cosa que no tengo. Tenía lechuga, que la estaba sacando. Una bien buena te la pagan $ 250 la docena, pero están saliendo flacas, feas, las que pueda rescatar no las voy a vender ni a $ 100. No sé, me estoy divorciando, capaz que es una señal para salir de acá”, dice desconsolado Curbelo.

Vive a un par de kilómetros de la chacra de José y Jonathan García. Esta zona fue una de las más afectadas por el temporal. Graciela Pereyra está al frente de la Sociedad de Fomento Rural de Canelón Chico, y es la que se encarga de canalizar las posibles ayudas que puedan venir del Ministerio de Ganadería, la Intendencia de Canelones, embajadas u organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para los pequeños productores. “Desde acá se les trata de dar una mano, sin color político, sin preferencias, sin parientes; para mí acá son todos iguales. Nadie va a pasar hambre. Esto se va a solucionar”, dice.

“Tenemos apoyos. No somos un bastón constante para la gente, lo que hacemos es ayudar cuando están en situaciones difíciles, para salir de ese momento. Tenemos máquinas, las prestamos a los que más necesitan. Hemos obtenido invernáculos, semillas, herramientas, gasoil. Todo sirve. Yo como madre gallina trato de organizar, de hacer recorridas, de ver lo que la gente necesita”, agrega.

Pereyra también vivió el temporal de cerca: perdió zapallos, chauchas, zanahorias, morrones. “El 30 de diciembre me lo volcó para un lado. Después vino el sol fuerte y lo agarró tierno y el morrón se quemó todo, una lástima. Pero ya vamos a salir adelante”, confía.

Es corpulenta, de carcajada ruidosa y saluda con un apretón de gruesos brazos. Tiene la esperanza intacta de que va a poder ayudar a los productores de situación más crítica para que salgan adelante, al mismo tiempo que advierte que a veces las malas decisiones pueden llevar a que un momento como este se viva de una manera mucho más dramática. Ella dice: “Una hectárea de morrones que está valuada en US$ 8.500 la asegurás por US$ 35. A veces la dejadez de la gente, el no querer afrontar que estas cosas pueden pasar, es lo que hace estos problemas más graves”.

Si no para de llover, suben precios
Foto: Francisco Flores

Alfredo Pérez, presidente del Mercado Modelo, advierte que si las lluvias no cesan los precios se podrían ver afectados, pero dijo que confía en que el clima mejore. Cultivos como zapallitos, melón y lechuga ya están más caros debido a las consecuencias del temporal del pasado 30 de diciembre.

“Hasta este momento estamos en un escenario de altísimo nivel de oferta y muy buena producción para la mayoría de los cultivos, que es algo que se arrastra desde el comienzo del verano. Pero lo cierto, también, es que algunos productos empiezan a sentir las consecuencias de los excesos de agua, y empiezan a aparecer algunas enfermedades, como hongos, como bacterias, que afectan la mercadería y entonces hay cosas que faltan. Yo igual no sería tan determinante y diría que hay que esperar. Creo que esto puede mejorar”, dice optimista.

Pérez advierte que los cultivos que se han visto más afectados hasta ahora por el clima son los zapallitos y los melones, además de los cultivos de hoja en general, como lechuga, acelga y apio.

“Hasta ahora el escenario es de buena oferta, y precios relativamente bajos, salvo en estos cultivos particularmente”, sostiene.

“Con los zapallitos las pérdidas han sido importantísimas -continúa-. Pero esperamos que esto mejore, que el tiempo se comporte como el de un verano normal. Si es así no habrá consecuencias mayores, pero si esto sigue evolucionando negativamente, con lluvias continuas, la producción frutihortícola se va a haber resentida. Y nuestro mercado, que como en otros mercados la oferta y la demanda es la que determina los precios, va a tener consecuencias. Al haber una oferta más menguada los precios se podrán incrementar”, advierte.

La tormenta del 30 de diciembre afectó particularmente a los productores de Montevideo, Canelones y San José, que recibieron un golpe de gracia con las lluvias que no se detienen. Inumet no tiene pronosticadas lluvias ni tormentas al menos hasta el lunes en estos departamentos. Son 380 los productores que debieron denunciar lo sucedido al BSE y están a la espera de que les digan cuánto cobrarán. Otros, sin seguro, viven una situación más desoladora.

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