Una mamá contra la indiferencia

Perdida en el laberinto de la apatía

Perdió dos hijos, tiene discapacidad intelectual, fue víctima de violencia, pasa hambre y vive sola bajo un techo de chapa. Sin embargo, conseguir ayuda del Estado para lograr un final feliz en su tercer intento por ser mamá ha sido una odisea. ¿Cómo cuida Uruguay los embarazos de riesgo?

Joven busca ser madre por tercera vez. Foto: Fernando Ponzetto
Joven busca ser madre por tercera vez. Foto: Fernando Ponzetto

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Leticia Vázquez quiere ser madre. Tiene 21 años, cursa un embarazo de 17 semanas, y si bien preferiría que fuera varón, el sexo es lo de menos mientras "venga bien y con bastante salud". Sonríe, conserva la dulzura de una niña y se muestra optimista. En principio, nada revela la tragedia que esta mujer carga en el pecho.

Con 17 años engendró una niña fruto de una relación de dos años con un novio del barrio. Ya sobre el término del embarazo, Leticia llegó con fiebre a la emergencia del Hospital de Clínicas y un ecografista advirtió que algo andaba mal. Le hicieron una cesárea de urgencia porque tenía una infección en el útero. La bebé debió estar 20 días en la unidad de cuidados intensivos y se salvó. La llamó Natasha Soledad.

A los seis meses, Natasha hizo fiebre y Leticia la llevó al médico. El pediatra no le encontró nada y la mandó a la casa; ella no protestó. Esa noche, Leticia estaba muy cansada y le pidió a su pareja que se quedara con ella porque temía no sentir el llanto de la bebé, pero él salió con sus amigos. Cuando amaneció, la niña estaba muerta. La necropsia no arrojó resultados concluyentes, por lo que la respuesta de la patóloga fue "muerte súbita".

La ginecóloga Marie Lourdes González atendió a Leticia en su segundo embarazo. Foto: Fernando Ponzetto
La ginecóloga Marie Lourdes González atendió a Leticia en su segundo embarazo. Foto: Fernando Ponzetto

A sus 19, en pareja con otro hombre —20 años mayor que ella—, quiso volver a intentarlo. Quedó embarazada de un varón al que llamó Hugo Adrián. Todo iba bien hasta que, llegada la semana número 41, su ginecóloga tratante en policlínica, Marie Lourdes González, le indicó el final del embarazo. Pero como no tenía contracciones ni dolores, no fue al hospital. A la semana siguiente, una dupla de Uruguay Crece Contigo fue a visitarla y se la encontró con el niño aún en la panza.

Apenas recibió el aviso, la ginecóloga urgió a Leticia a internarse de inmediato. Llegó de tardecita al hospital, esta vez el Pereira Rossell. La monitorearon, y como todo estaba bien la resolución quedó para el día siguiente. Al amanecer, pese a que ella pedía cesárea, le pusieron oxitocina para inducirle el parto. El niño pesaba 4.200 gramos. Ella tenía miedo. Al cabo de unas horas, Leticia empezó a sangrar a chorros porque se le había roto el útero. La anestesiaron para hacerle una cesárea de urgencia, pero esta vez fue tarde. Al despertarse, supo por su pareja que Hugo Adrián había nacido muerto.

Una vez más, Leticia no protestó. Pero la ginecóloga hizo una denuncia penal contra el Pereira Rossell por presunta mala praxis, que aún está en trámite. Alega que no se cumplieron los protocolos, porque teniendo una cesárea previa no le pidieron su consentimiento para la inducción y fueron contra su voluntad. Aunque no lo puede probar, González tiene la sospecha de que se confundieron de paciente: ese día había otra parturienta de apellido Vázquez.

Ahora, sentada sobre el cordón de la vereda de su casa, a la sombra de un árbol, Leticia vuelve a ilusionarse, habla del movimiento del bebé en su vientre, y dice que si bien a veces la invade una sensación de angustia y temor, intenta sacar ese pensamiento de su cabeza, concentrarse en otra cosa, ir a la casa de su prima para "charlar, joder, escuchar música". Olvidarse de su desgracia. Evadirse.

—¿En algún momento se te fueron las ganas de ser mamá?

—Sí, pero después me entraba de nuevo la ternura con los bebés y me volvían las ganas. Necesito un bebé en mi vida. Ahora que estoy embarazada, no quiero perder la oportunidad y ojalá que no me vuelva a pasar lo mismo. No creo que me pase. Espero que no.

Tema tuyo.

En la calle Espuelitas, en Malvín Norte, hay casas lindas y prolijas. También hay una pequeña entrada a un corredor del que originalmente iban a salir cuatro casas, pero con el tiempo se fueron agregando más, una pegada a la otra. Una especie de asentamiento en fila.

Leticia vive en una de esas viviendas. Una cortina de nailon, piso de material, techo de chapa, un water a la izquierda, una heladera a la derecha, una mesa, dos sillas, dos televisores viejos, una garrafa con cocinilla, otra cortina de nailon, dos camas, un pequeño ropero y dos perros.

Allí vivía con su mamá y algunos hermanos, pero hace unos meses todos se fueron a la casa del novio de la mujer, y Leticia quedó sola. Un hermano la acompaña por estos días porque va a pasar la Navidad con ella. Otros dos hermanos y dos primos están presos. Cuando se murió su hija, toda la familia la juzgó. "Decían que se había muerto por mi culpa", cuenta. Ella también se culpó, a ella y a su exnovio, por no acompañarla aquella noche. Cuando murió el segundo, parecía que caía sobre ella una maldición: "Se te mueren los hijos porque sos una mala madre", la acusó su propia mamá. Leticia se distanció de todos. Estuvo un tiempo en tratamiento por depresión, pero un día se tomó un blister entero de pastillas, y después ya no quiso volver a consultar.

Leticia Vázquez vive sola bajo un techo de chapa. Foto: Fernando Ponzetto
Leticia Vázquez vive sola bajo un techo de chapa. Foto: Fernando Ponzetto

Con el tiempo fue dejando de lado el rencor y la búsqueda de culpables. A veces, los desencuentros o las tensiones cotidianas le hacen sentir una rabia profunda que solo logra contener aislándose, quedándose en silencio porque —ya se sabe— a Leticia no le gusta protestar. La mayoría del tiempo elige estar así, sin que nadie la "atomice". A su expareja, padre del hijo que espera, también lo prefiere lejos. En abril lo denunció por violencia doméstica; dice que se pone "pesado".

Leticia es casi analfabeta. Como tiene una leve discapacidad intelectual, solo cursó hasta cuarto de escuela. Y aunque lo ha intentado, nunca consiguió un trabajo. Su único ingreso es la Tarjeta Uruguay Social, con la que hace un surtido al comenzar el mes. Cuando se le acaba, circula por el corredor a ver si su abuela, su tía o su expareja, que viven en casas vecinas, le dan algo para comer.

Ante tanta soledad y vulnerabilidad, la ginecóloga González —que ya no la atiende como médica pero se ha vuelto su único sostén— hizo gestiones para que Uruguay Crece Contigo (UCC) la incorporara. Le dijeron que no: los usuarios pueden acceder solo una vez al programa. "Esta situación familiar fue trabajada dos veces por equipos de UCC. Ya la segunda oportunidad fue en forma excepcional, dado que por nuestro protocolo no volvemos a trabajar la misma etapa vital con la misma familia. En esta oportunidad, se suma que no tenemos dupla en la zona, para trabajar un tercer embarazo (...) No podrán contar con nosotros en esta oportunidad", respondieron por mail.

Decepcionada, González fue al Banco de Previsión Social (BPS), con la intención de que Leticia volviera a percibir una pensión por su discapacidad intelectual, tal como sucedió antes. Le dijeron que no: dijeron que era un caso leve y que debía recibir atención psiquiátrica.

Consultó en el Programa Nacional de Discapacidad del Mides, a ver qué solución podían darle. Le agendaron una hora en la policlínica, pero Leticia no fue. La fueron a buscar a su casa, pero no la ubicaron. Adujeron entonces que ella "no se dejaba ayudar", y la gestión quedó trunca.

González volvió entonces al BPS para tramitar la asignación familiar prenatal, un derecho de todas las embarazadas con bajos ingresos. Le dijeron que no: de acuerdo al protocolo, necesitaban que se presentara con el padre del bebé. La exasperación de la doctora, sumada a la existencia de una denuncia por violencia doméstica, desencadenó la primera respuesta positiva. Son 1.400 pesos mensuales que cobrará desde enero.

Las prendas que tiene por el momento eran de su hermana chica. Foto: Fernando Ponzetto
Las prendas que tiene por el momento eran de su hermana chica. Foto: Fernando Ponzetto

La doctora también se movió para que Leticia se atendiera en la policlínica de alto riesgo obstétrico del Clínicas, para así evitar que volviera al Pereira. Con este embarazo, iniciado a menos de dos años de su herida en el útero, su vida peligra.

Sin embargo, la sucesión de abandonos también llegó al hospital universitario. Hace unos 20 días tenía un control, al que fue en ómnibus con plata prestada. Se sacó sangre, entregó una muestra de orina, la vieron una ginecóloga y una psiquiatra. Le dijeron que fuera al servicio social a pedir para el boleto de vuelta, pero allí le contestaron que como tenía el carné de asistencia vencido (por dos días), no le podían dar. Le explicaron que tenía que hacer el trámite con una constancia de domicilio que Leticia no tenía consigo. Según su relato, la asistente social le dijo: "Cuando termines de hacer esto, te podemos volver a dar los boletos", a lo cual ella contestó: "¿Me tengo que ir caminando?". La funcionaria se levantó y le respondió: "No sé, eso es tema tuyo".

Leticia caminó seis kilómetros hasta su casa. Como estaba en ayunas, se mareaba a cada rato y se sentaba en las paradas. Llegó a su casa dolorida y extenuada.

Indignada, González hizo esta semana una denuncia en la Institución Nacional de Derechos Humanos. Y en nombre de Leticia, protestó: "¿No podemos hacer nada por esta pobre mujer cuyo único deseo es volver a ser madre? ¿Cómo es posible tanta insensibilidad y burocracia? ¿Dónde está el Mides? ¿Dónde está el departamento de servicio social del Clínicas? ¿Dónde está el equipo de salud que no se preocupa por la vida de esta mujer? ¿Quién va a cargar con esa muerte, o con las dos muertes si volvemos a perder al niño?".

Leticia no tiene casi ropa propia, pero se las ingenia para ir juntándole a su bebé. Foto: Fernando Ponzetto
Leticia no tiene casi ropa propia, pero se las ingenia para ir juntándole a su bebé. Foto: Fernando Ponzetto

En el radar.

En el equipo de UCC recuerdan bien a Leticia. Saben que tuvo dos pérdidas, "dos duelos". Pablo Mazzini, director del programa, ratifica que las intervenciones son "por determinado período de tiempo" y que la apuesta es a "dejar fortalecidas las capacidades", "chequear que haya un mínimo de herramientas para sostener la crianza" y "establecer un buen vínculo" entre madre e hijo. Como criterio general, "un primer contacto ayuda a enfrentar los riesgos, y si bien la repetición sostenida podría ser una ruta, muchas veces se prioriza a quien por primera vez cursa un embarazo".

No significa que no haya excepciones. Eso "ya quedó demostrado" cuando se hizo con Leticia una segunda intervención, destaca Mazzini. "Pero comprenderás que pueden iniciarse muchos otros de igual o mayor riesgo", advierte.

El problema son los recursos. Uruguay Crece Contigo está diezmado. Actualmente hay cinco zonas de Montevideo suspendidas por falta de operadores: Piedras Blancas, Carrasco y Malvín Norte, La Teja, Las Acacias y Casavalle.

La mayoría de las operadoras son mujeres en edad reproductiva, entonces las licencias maternales son muy habituales. Y desde que el programa pasó al Mides, ya no contratan suplentes. Además, la regularización de funcionarios que realizó ese ministerio provocó más deserción. Según dijo Mazzini, en 2014 UCC tenía 225 operadores en territorio. Al entrar al Mides, en 2015, quedaron 200. "Después, por la regularización y la vida misma, se redujo a 168", explicó. Si todo sale bien, el proceso de reposición —que se inició en 2016— culminará en marzo. El programa llega hoy a 4.700 embarazadas de alto riesgo socio-sanitario, como Leticia. Estiman que es el 35% de la demanda potencial.

De todas formas, Mazzini afirma que Leticia no está sola. "Está en el radar", dice, y entonces anuncia que, según figura en su registro, en noviembre fue aceptada como beneficiaria del programa Cercanías, también del Mides, que "se propone mejorar la eficiencia de las intervenciones del Estado ante situaciones de extrema vulnerabilidad social". A ella todavía no le avisaron. Según Mazzini, Cercanías repasará las prestaciones de las que se podría beneficiar Leticia y, dada la precariedad de su vivienda, tal vez la conecte a un plan del Ministerio de Vivienda.

Tras escuchar esta historia de Leticia, Gerardo Vitureira, que hasta hace poco dirigía la policlínica de alto riesgo del Clínicas, coincide: en caso de haber sido así, es indignante que nadie le haya dado $ 36 para el boleto, que nadie le haya preguntado si había comido o si se sentía bien.

Sin embargo, afirma que este caso, "que rompe los ojos", es uno. Y que el hecho de que no salgan más a la luz se debe a que se hace "todo lo humanamente posible" con las 50 "Leticias" que ven cada semana, o las 200 que atienden cada mes, "con riesgo real, del que asusta". Los médicos allí organizan colectas, van a buscar a las mujeres a sus casas cuando llueve, viven haciendo excepciones y "buscándole la vuelta", asegura.

La historia de Leticia, tal vez, sea una cadena de fatalidades.

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