AL MENOS 15 DESDE DICIEMBRE

La peor plaga de la quinta: ola de copamientos violentos golpea en el sector productivo

La muerte de Carolina Damián fue la cara más trágica de una seguidilla de copamientos muy agresivos en la zona rural de Canelones y Montevideo. La Policía no ha logrado frenarlos y pide tiempo

Copamientos en Canelones
Al menos 15 copamientos se registraron en seis meses en el norte de Montevideo y el sur de Canelones. La mayoría de las víctimas son productores. Foto: Leonardo Mainé

La primera vez que Ricardo Moizo supo realmente cómo invade la violencia en lo más íntimo fue el domingo 15 de diciembre. Eran las 21:30 cuando su hijo de 14 años salió a darles de comer a los perros, y volvió a entrar a la casa acompañado por un extraño que lo apuntaba con un arma en la cabeza. De un segundo al otro, Moizo pasó de estar descansando cómodamente en el sillón de su hogar, en Melilla, a recibir golpes en el suelo y sentir la dureza de un precinto en el cuerpo. Los inmovilizaron a él, a su esposa y a tres de sus cuatro hijos de ocho, 14 y 21 años. A la hija mujer, de 17, la dejaron suelta. Una inequívoca señal de poder que acentuó el terror.

Eran cinco. Profesionales, muy eficientes, violentos. Llevaban máscaras, estaban encapuchados, tenían chalecos antibalas y armas grandes. Se movían a toda velocidad. Sabían bien qué hacer. Con un marrón, destrozaron los muebles en busca de plata escondida. Se llevaron el dinero recién cobrado de la cosecha de manzana, una chequera de Moizo sin firmar y cheques de terceros, entre otras cosas.

Un mes después fue el turno de una pareja de unos 30 años que tomaba mate junto a un amigo en el frente de su casa, como previa de un asado de verano. Fue en una vivienda sencilla de la ruta 46, que une a la ciudad de Canelones con Los Cerrillos. En la zona creen que los delincuentes se equivocaron y que en realidad querían asaltar a un vecino que sí maneja dinero en efectivo. Lo cierto es que allí no había plata: el peor de los escenarios.

El dueño de casa, Baltasar, padre de una de las víctimas, es un hombre de campo acostumbrado a disparar a los pastizales para ahuyentar a “los pichis” que le roban los animales. Pero con esto que le pasó a su hijo quedó “mal”. “Asustado”, dice. “Profesionales”, susurra sin soltar más. Pide que consultemos a Federico, el amigo que estaba con su hijo ese día.

Federico atiende una casa de electrodomésticos en el centro de Los Cerrillos. No quiere tocar el tema hasta que el local queda vacío de clientes. En sus ojos, más que susto hay rabia contenida. Rebeldía. Dice: “Al que no le pasa, no sabe cómo se siente”.

Copamientos en Canelones
A fines de enero Federico fue víctima de un copamiento junto con un amigo y su novia. Sufrió cortes en los ojos y le quebraron una costilla. Foto: Leonardo Mainé

Recuerda que primero vio un auto irse hacia la cuneta. Luego dio la vuelta y se adentró despacito hacia el portón que, hasta ese día, siempre estaba abierto. Entonces bajó caminando un hombre vestido de policía. Federico lo vio y se rió; pensó que era una broma, y eso le valió los primeros golpes. Los metieron en la casa y los acostaron en el piso. Ante cada respuesta indeseada, una patada o una amenaza. Pedían por la caja fuerte. Preguntaban por el patrón. Nicolás, el hijo de Baltasar, les mintió al decirles que no había armas en la casa, y la violencia aumentó. El más lastimado resultó Federico, que sufrió cortes en los ojos, fractura de una costilla y en un momento quedó casi desvanecido. A la chica le tiraron del pelo y la pisaron en el suelo.

Estuvieron 20 minutos. Se llevaron pocas cosas —el asado entre ellas— y dejaron un infierno de papeles tirados. Ellos, atados y encerrados, al final pudieron soltarse y encontraron un viejo celular que milagrosamente tenía carga. La telefonista del 911, según Federico, estaba más preocupada por saber cómo había logrado llamar con las manos inmovilizadas que por asistirlos.

Quince días más tarde la ruleta señaló a la familia de un productor frutícola de Los Cerrillos que prefiere que su nombre no figure en este artículo. Fue el 5 de febrero pasadas las 21 horas. El hombre salía de jugar al fútbol en Lezica cuando la vecina lo sorprendió con una llamada. Su mujer, su suegra y su hijo de tres años estaban bien, pero habían sido copados. Fueron cinco hombres, fuertemente armados, vestidos de negro y protegidos con pasamontañas y guantes. Al oír el ladrido de los perros y vislumbrar una luz extraña, la dueña de casa abrió la puerta y entonces los tuvo enfrente. “Vamos para adentro”, le dijeron, y ella obedeció. Les dijo dónde estaba la plata, que ese día era más de lo habitual. Era dinero que habían cobrado por su trabajo en el Mercado Modelo, y que en parte debían entregar a otros productores. También pedían por “la camioneta grande”, lo cual revelaba que los habían estudiado pero no lo suficiente, porque esa noche el vehículo lo tenía el dueño de casa. Se llevaron, en cambio, el auto de ella.

El relato de lo que sigue, en boca de este productor, es cinematográfico. Porque mientras emprendía camino a su casa por la ruta 5, se cruzó con el auto de su mujer, con los delincuentes al volante, circulando en dirección contraria. En una rotonda pegó la vuelta y los empezó a seguir. Iban a 130 kilómetros por hora. Procuró dejar distancia para que no lo detectaran.

Mientras manejaba rumbo a Colón, llamó al 911. Eran las 22:30. Demoraron tres minutos en atenderlo, contó lo que estaba pasando y le dijeron que lo volverían a llamar. En eso quedaron los tres en un semáforo, y ahí se percató de que había un tercer vehículo en juego, que era el que habían usado inicialmente para el ataque. Aun así, continuó. Y solo se arrepiente de no haberle sacado una foto a la matrícula de ese auto. Pensó en tocarlo para que despistara; pensó, incluso, en maniobras más arriesgadas como lograr que un camión se les tirara encima. No hizo nada de eso.
Siguió. Cuatro minutos después, a la altura del Hospital Saint Bois, lo llamaron del 911. Para ese entonces se había dado cuenta de que los delincuentes se dirigían a una “zona picante”. Los persiguió hasta la entrada del Complejo América y los vio ingresar despacio en otro complejo de viviendas más pequeño. Pensó que estaban entrando a su barrio. Se le “acabó la guapeza”.

Pero no se quedó quieto. Siguió bordeando el área hasta que se encontró con un patrullero y le explicó al oficial lo que había pasado. Se molestó de que le quisieran tomar los datos otra vez. Su mujer lo llamó y le dijo que volviera, que ya era suficiente. Y él acató con la convicción de que los agarrarían, de que bastaba con esperar porque la Policía sabía dónde se habían escondido. “Llegué a casa con la sensación de que el trabajo estaba hecho. Casi que esperando una medalla”, dice.

Luego vendría la tarea de la Técnica, que diría lo obvio, según él: “¿Tenían guantes? Ta, sin huellas no podemos hacer nada”. Después, la “apatía” de preguntar seis veces el modelo y la matrícula del auto robado. A la medianoche sonó el teléfono y era la Policía, pero no para avisar que los habían agarrado: era para preguntar qué valor estimado tenía el coche. “Unos 200 mil dólares”, respondió él, ya sin paciencia. “Buscalo en Mercado Libre”, le agregó.

“¿Eso es la investigación? Un conjunto de preguntas a destiempo. Protocolos, formularios, pero no un intento de resolver”, se descarga.

Copamientos en Canelones
Persiguió a los delincuentes que entraron a su casa y llegó hasta que se escondieron en un complejo de viviendas. La Policía no pudo hacer nada. Foto: Leonardo Mainé

Al día siguiente, un oficial de Investigaciones fue a la casa. Y otra vez las mismas preguntas. No sabía ni el modelo ni la matrícula. Quince horas después de la persecución, el funcionario se dirigió al complejo de viviendas adonde habían entrado los delincuentes, y desde allí llamó al denunciante. “Acá está todo tranquilo”, le dijo.

Su rabia aumentó al ver que su caso, incluso con el monto que había declarado como robado, estaba en un medio de prensa. Quiso hacer dos denuncias: una por fuga de información, que puede llegar a configurarse como abuso de funciones, y otra por el operativo infructuoso. Esto último al final no lo pudo concretar: “La inoperancia no es un delito”, ironiza.

Fue a la Fiscalía a declarar. Le dijeron que no podían hacer nada. Y a los días, en una página de Facebook que reúne casos de autos robados, apareció uno similar al de su mujer. Cuando fue al lugar, ya no estaba. Con el tiempo, este productor fue adquiriendo la convicción de que no pasaría más nada. Y, hasta el momento, sigue así.

“Es tan fácil copar, nadie puede combatirlos. Es agarrarse uno contra cinco”, piensa ahora, que conoce una decena de casos como el suyo, y especialmente uno que terminó mal. “Me queda de aprendizaje tener 20 o 30 mil pesos de cambio, un reloj paraguayo y una caja fuerte de supermercado”.

Al cinturón productivo.

La segunda vez que Ricardo Moizo sintió cómo invade la violencia en lo más íntimo fue el 13 de febrero. Tras el copamiento de diciembre se habían ido de Melilla para calmar la angustia y toda la familia había empezado a recibir atención psicológica. Al cabo de un mes, volvieron. La gente les decía “no les va a pasar dos veces”, pero igual tomaron medidas. Pusieron alarma perimetral y sereno; además, Moizo hizo un curso de armas.

Eran cinco otra vez. Saltaron el cerco y metieron al sereno en la valija del auto. Con la alarma sonando, usaron un marrón para destrozar la puerta de madera hasta tumbarla. En cinco minutos estaban adentro. Se llevaron lo que había a la mano: celulares, relojes, computadora.

Tras este segundo episodio, Moizo salió en una nota con Subrayado. “Estamos vivos, pero no sabemos en qué va a terminar todo esto”, comentó. También dijo que si bien la respuesta policial había sido “rápida”, creía que los efectivos no tenían “los medios suficientes” y comentó cómo había cambiado Melilla.

Él también había cambiado. Al igual que su pueblo natal, había perdido la paz. Dejó de trabajar los fines de semana y redujo el personal de su empresa prácticamente a la mitad. Asegura que, si pudiera, quizás la vendería. “Yo soy un tipo emprendedor, me encanta laburar, pero estas cosas te dejan... desanimado”, dice.

Claudia, su hermana que también vive en Melilla, fue quien organizó a los vecinos. En 24 horas consiguió 100 firmas para pedir una reunión con las autoridades entrantes y, una semana después, recibieron a quien luego asumiría como subdirector nacional de Policía, Héctor Ferreira, a quien sería el director de Planificación y Estrategia, Jorge Berriel, y al ahora director de Convivencia y Seguridad Ciudadana, Santiago González.

Fue el 27 de febrero. Les pidieron más patrullaje e iluminación. Les contaron que la comisaría de Lezica estaba “desarticulada” y que no les quedaba opción que recurrir a la del Cerro, a 15 kilómetros de allí. Hablaron de las condiciones de la zona, de la posibilidad de escapar por campo abierto y de los caminos de huida, pero también de la facilidad con que, según ellos, podría controlarse la situación. Pidieron operativos y seis cámaras de seguridad.

A los pocos días, viendo la reunión que habían mantenido en Melilla, los vecinos de Los Cerrrillos (a unos 20 kilómetros) también solicitaron y consiguieron un encuentro similar.

Dice Claudia Moizo que después de aquella reunión se armaron grupos de Whatsapp en los que se comenta que el patrullaje aumentó y que han hecho controles sorpresivos de documentos, lo cual es celebrado por los vecinos, que saben bien quién debe andar en la vuelta y quién no.

Pero hubo dos copamientos más y al menos un intento en Melilla. El 1° de abril entraron al hogar de una pareja joven. Otra vez eran cinco hombres, bien tapados, fuertemente armados, con chalecos antibalas, muy violentos. Los ataron y les exigieron la llave de un local próximo, que había sido alquilado a un club cannábico. Como no la tenían, la tensión aumentó. Se llevaron la poca plata que había.

A los dos días regresaron y fueron directo al club. Seguramente no imaginaron que, tras la denuncia policial, el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (Ircca) había destruido toda la producción.

Esta pareja también debió dejar su casa por un tiempo y aún sufre las heridas del miedo. Se han contactado con abogados, han estado en Fiscalía y han aportado datos a la Policía. Ella, que pide permanecer anónima, dice que la camioneta en la que se trasladaban sus victimarios circuló mucho en la zona y se usó para copar otras viviendas. Asegura, también, que el vehículo fue abandonado en El Colorado, Canelones, donde también ha habido copamientos similares. La clave, a su juicio, está en el eje de la ruta 36, que conecta Melilla con otras zonas productivas de Canelones.

Insiste en que se necesita más patrullaje y pide que sea especialmente en los momentos del año asociados a la cosecha. “Esta es una zona de abastecimiento de alimentos. Una crisis en el cinturón productivo de Montevideo puede afectarnos a todos como sociedad y más en este contexto (de pandemia). Melilla siempre fue un lugar pacífico”, expresa.

Algunos cuentan que en el grupo de Whatsapp ya no se comparten datos precisos porque temen que haya “un soplón”. Y a su vez, ante la sensación de que se trata de una banda organizada, y la certeza de que no han sido capturados, crece la hipótesis de que hay algún policía involucrado. Sospechan que están “arreglados” con los mandos. Hablan incluso de “polibanda”.

Ahora, a seis meses del primer copamiento y cuatro del segundo, Ricardo Moizo prefiere no hacer comentarios sobre el accionar policial, aunque desliza su decepción: a pesar de haber denunciado todos los cheques robados, e incluso a pesar de que los ladrones intentaron depositar varios de ellos en distintos bancos del país, no pudieron agarrar a ninguno.

Hasta la muerte.

Llegó mayo y, con él, el Día de los Trabajadores. Para celebrar, Ruben —empleado en un frigorífico— y su esposa Carina, que viven en sobre el camino Cuatro Piedras que conecta Los Cerrillos con Progreso, invitaron a algunos familiares a comer un asado de noche. Al día siguiente continuaron con una buseca y se preparaban para merendar unas roscas en la barbacoa cuando irrumpió el terror.

Eran las 18:30 horas, ya estaba oscuro. Como esperaban más gente, al ver unas luces en la entrada Carina abrió la puerta del fondo y se encontró con dos hombres tapados y con armas largas. “Ya saben a qué venimos; al piso”, ordenaron. Mientras tanto, el hijo menor, de 14 años, jugaba al play en su dormitorio que da al frente de la casa. A él, un tercer hombre le abrió la ventana, le apuntó y le indicó que se le acercara. El niño corrió hacia adentro y cuando alcanzó a ver que su familia estaba en el piso, se escondió detrás de una mesa. Duró poco. Cuando lo agarraron, lo “abrazaron”, le hicieron apagar las luces y le dijeron “ahora vas a colaborar con nosotros”. Una de las tareas que le encomendaron fue señalar el equipo de registro de las cámaras de videovigilancia, el cual vaciaron y luego destrozaron.

Les pegaron, al niño y a su padre, con las armas y con un palo de hockey. Los ataron con el cable de una rulera. A los que estaban en el fondo los hicieron acostarse uno arriba del otro en el baño. Amenazaban con llevarse a los menores, que eran cuatro en total; el más chico, de tres años.
“Esperamos un rato hasta que mi tío se animó a salir. Mi esposo estaba atado y todo lleno de sangre. Nosotros estábamos aterrorizados. Nunca nos había tocado algo así y no lo deseo a nadie”, dice ella.

Copamientos en Canelones
Carina y Ruben no aumentarán las medidas de seguridad porque creen que no cambiará nada. Lo único que modificaron es que ahora colocan un candado. Foto: Leonardo Mainé

El copamiento duró media hora. Se llevaron el dinero que había ganado Ruben por la carne vendida para el 1° de mayo y unos cheques que, al igual que en el caso de Moizo, fueron denunciados. Y se les llevaron la paz. Los hijos de la pareja estuvieron viviendo 20 días con sus abuelos. Ya volvieron pero cada día, cuando baja el sol, sus corazones se aceleran de miedo.

Ese 2 de mayo, la misma banda perpetró dos copamientos más. Uno en Los Cerrillos y el siguiente en la ciudad de Canelones. Este último fue registrado con claridad por las cámaras de la casa.

Quince días después, en la zona de Canelón Chico, cerca de la localidad de Santa Rosa, hubo otro copamiento en una casa sencilla de Mevir, donde el dueño tenía la caja de un almacén y una carnicería de su propiedad. Esta vez, la violencia fue mayor porque el hombre se defendió, y el desenlace fue trágico. La muerte de Carolina Damián, con 40 años y dos hijos, fue el corolario de esta saga de copamientos. Algunas de las víctimas consultadas para este informe dicen reconocer en las imágenes de los matadores de Carolina a sus mismos victimarios. Y piensan que el hecho de que no haya habido más copamientos desde entonces es una reacción esperable de los delincuentes porque el crimen impactó fuerte y desencadenó manifestaciones. Creen que será cuestión de tiempo que retomen.

jefe de policía de canelones, víctor trezza

"El crimen de Carolina no puede quedar impune"

Carolina Damián murió el 18 de mayo de un disparo en la cabeza, luego de que una banda de cinco delincuentes entrara a su hogar y su marido los repeliera a tiros. Una semana después, ante la ausencia de detenidos, sus vecinos de Santa Rosa se manifestaron en la ruta 11. La hija mayor del matrimonio, de 14 años, escribió en Instagram una carta al presidente Luis Lacalle Pou pidiendo justicia por su madre. Para esta nota, el jefe de la Policía canaria, Víctor Trezza, aseguró que el dolor atraviesa a toda la fuerza policial. “Estamos de acuerdo en que no puede quedar impune. Estamos trabajando en Homicidios de zona 1, 2 y 4, en coordinación con Crimen Organizado y Jefatura de Montevideo. Está toda la Policía en alerta”.

Investigaciones abiertas.

De acuerdo con el relevamiento de las autoridades policiales, entre diciembre y marzo se dio la mayor cantidad de copamientos en la zona, y aunque perciben que se han vuelto más esporádicos, no han cesado. Entre el norte de Montevideo y el sur de Canelones hubo unos 15, además de intentos fallidos.

En diálogo con El País, el jefe de Policía de Canelones, Víctor Trezza, dice que a su juicio no es solo un grupo sino varios. Observando la seguidilla de hechos, ven diferencias en cuanto a la “organización” y encuentran que algunos manejan información del lugar al que van, mientras que otros “van más al rumbo”. Hay similitudes entre los episodios, admite Trezza, pero prefiere no dar detalles. Se está analizando.

“La investigación de los copamientos es compleja. Tenemos que aportar pruebas a Fiscalía para que se logre una orden de detención”, dice Trezza. Admite que una investigación sin frutos habilita a los vecinos a sospechar, por ejemplo, de la colaboración de algún policía con los criminales. Y responde: “No lo descarto; no sería la primera vez. Lo que puedo afirmar es que esta administración ha tomado muy seriamente estos casos”.

Aunque no puede dar más datos porque las investigaciones siguen abiertas, asegura que cuatro personas están identificadas como partícipes de los copamientos. Dos fueron imputadas y están en prisión preventiva; otras dos fueron abatidas en circunstancias de enfrentamientos o huidas.

La Policía de Canelones y la de Montevideo han compartido información en torno a esta ola de copamientos porque los investigadores manejan indicios de que se roba en un departamento y se comercializa en el otro, aprovechando que son circunscripciones distintas.

A los ojos del jefe de Montevideo, Erode Ruiz, los hechos registrados en la campaña capitalina son pocos y más si compara con los ocurridos del lado canario. Además, tiene la sensación de que los delincuentes notaron el mayor patrullaje en la zona y se han ido corriendo hacia el norte, algo que ha analizado junto con Trezza.

De todas formas, Ruiz reconoce que no pudieron detener a ninguno de los involucrados en los hechos de Melilla. Maneja información de que no es gente de la zona y relativiza la postura de los vecinos en cuanto a la “profesionalización” de los delincuentes: “Son ladrones comunes y corrientes. El riesgo que corren al robarle a un productor que maneja plata en efectivo es mucho menor que, por ejemplo, al rapiñar a un taxista”, dice a El País.

Han detectado maniobras para despistar, como cambiar el color de los vehículos que usan. Pero eso no significa que sean una banda de crimen organizado, afirma. Y concluye: “Cambiamos información permanentemente con Canelones. En algún momento van a caer”.

Abigeatos y copamientos: la seguridad rural "en el debe"

El jefe de Policía de Canelones, Víctor Trezza, tiene algunos resultados para exhibir en su combate a la delincuencia, sobre todo en lo que refiere al robo de animales. Trezza cuenta que Canelones es el departamento “tal vez con más abigeato”. Menciona algunos operativos exitosos, como uno en San Luis tras el cual se desmontó una carnicería clandestina que funcionaba intensamente. Hubo procedimientos en Empalme Olmos y en Toledo, donde también funcionaban comercios ilegales. Hace poco se enfrentaron a tiros con los conductores de una camioneta que llevaban una vaca y un ternero. También se incautaron un BMW con tres animales faenados, que habían sido robados en Los Cerrillos. “Ha habido un gran trabajo pero somos conscientes de que estamos en el debe con la seguridad rural de Canelones, no solo en cuanto a abigeato sino también con copamientos y robos”, dice Trezza.

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