Un camino de armonía y sustentable

Nueva vida antigua

En Sauce, Aiguá y otras localidades son cada vez son más los que buscan retornar a un estilo de vida menos industrializado, que no contamine. Grupos de amigos comparten la propiedad de la tierra, hacen sus viviendas con adobe, preparan medicinas naturales y diseñan su gestión de residuos.

Leticia Cabrera y Leo Sala son vecinos, pero en las comunidades se intenta que los vínculos sean de tipo familiar. Foto: F. Ponzetto
Leticia Cabrera y Leo Sala son vecinos, pero en las comunidades se intenta que los vínculos sean de tipo familiar. Foto: F. Ponzetto

Al principio llegan buscando. Buscan una nueva forma de vivir, encuentran tribus modernas que promueven la regeneración del vínculo con la naturaleza y de las relaciones humanas. El propósito es que ese vínculo sea armonioso y sustentable. Quienes lo logran no hablan de vivir, hablan de caminar, y siempre lo hacen en plural: es el fin del individuo como un ser solitario y el principio de una vida donde todo se vuelve un proceso colectivo.

Aunque nadie contó todavía cuántas comunidades hay en nuestro país, ni se han realizado estudios sobre ellas, hay señales que indican que la colectivización de la vivienda, del trabajo, de la producción de alimentos, de la gestión de residuos, de la crianza de los hijos, es una opción que se volvió popular. Por razones económicas o filosóficas, o debido a una mezcla de las dos, la vida en comunidad se está convirtiendo en un movimiento fuerte, muy fuerte.

Cada vez son más las comunidades que participan del Consejo de Asentamientos Sustentables que se realiza una vez por año, y en el que se comparten experiencias organizativas para superar dificultades, porque son muchas las comunidades que se crean y muchas también son las que no logran sostenerse. Además, cada año, hay una reunión mundial de comunidades.

Hay decenas de talleres y cursos de permacultura que dictan estos mismos grupos para difundir el diseño de un estilo de vida consciente de que la continuidad de la existencia del hombre en la tierra está en duda si no cambiamos nuestros hábitos de consumo. Se basa en tres principios: el cuidado de la tierra, el cuidado del hombre y compartir los bienes con equidad.

Otro indicador es el boom de la bioconstrucción, una técnica que edifica viviendas usando adobe, madera, vidrio, cal y otros materiales no contaminantes, incluso huevo y leche. Algunos arquitectos y constructores tienen una lista de espera de hasta un año para esto.

La arquitecta Rosario Etchebarne construyó 70 casas de tierra estabilizada.
La arquitecta Rosario Etchebarne construyó 70 casas de tierra estabilizada.

Rosario Etchebarne, arquitecta con 70 casas de tierra realizadas desde 1993, explica:

-Mis clientes quieren vivir sanos en una casa de tierra, no les importa el revoque súper liso de yeso. Tienen un vínculo con la casa, porque hay que cuidarla, mantenerla: no es un objeto sino que forma parte del proceso de vida. Yo lo veo como parte de un cambio de paradigma cultural que se está imponiendo.

Las paredes de tierra eliminan los problemas de humedad y al ser térmicas reducen el consumo de energía. En zonas donde no hay saneamiento, los baños son secos: se entierra la materia fecal y luego se usa como fertilizante, y se echa aserrín sobre la orina. Se construyen cisternas que juntan el agua de lluvia, que se filtra y se reutiliza. Las aguas grises de la cocina y de la ducha tienen el desagüe en humedales con plantas que comen las bacterias. Los techos de estas casas son de pasto, que tiene la ventaja de absorber contaminantes que están en el ambiente, sobre todo dióxido de carbono. Algunas casas incorporan también tecnologías de sustentabilidad como estufas ecológicas, cocinas que funcionan con leña y colectores solares en vez de calefón.

La Comerca y La Tierrita están ubicadas a 34 kilómetros de la capital. Foto: F. Ponzetto
La Comerca y La Tierrita están ubicadas a 34 kilómetros de la capital. Foto: F. Ponzetto

En las comunidades hay quienes pagan a profesionales para que les construyan sus hogares -si la construcción se hace en regla su valor ronda los US$ 1.400 el metro cuadrado-, hay quienes contratan los servicios del constructor durante una jornada para que instruya al grupo que edificará, y están los que se guían por un tutorial de Youtube y se animan a experimentar con sus manos.

No importa la forma en que lo hagan, la regla de oro es que sea en grupo. Para convocar amigos que ayuden a construir, se usa la expresión quechua “hacer la minga”, una tradición de trabajo comunitario propia de los pueblos americanos.

Tierra prometida.

Las comunidades son como focos que van surgiendo en distintos puntos del país, en zonas suburbanas y en zonas rurales, dependiendo de qué tanto se hayan desprendido sus pobladores de la vida que tenían en la ciudad. Los focos más poblados están en Sauce (Canelones) y en Aiguá (Maldonado), aunque también hay comunidades en Lavalleja, Rocha y Colonia.
En Aiguá, en los últimos siete años se instalaron unas 100 familias provenientes de distintas ciudades. La mayoría son personas de entre 30 y 40 años, profesionales -ingenieros, profesores, biólogos, geólogos-, algunos con hijos, y también se acercan jubilados -varios extranjeros- que buscan un retiro ecológico y un entorno que los cuide si es necesario.

Sin humedad, eternas y usan menos energía eléctrica

El auge de las comunidades y la decisión de cada vez más personas de vivir de forma sustentable generó un boom en la bioconstrucción, un estilo que se popularizó en 1970 pero que tuvo sus traspiés. La arquitecta Rosario Etchebarne y el constructor Eduardo Páez coinciden en que creció muchísimo la cantidad de estudios especializados en construir con tierra estabilizada. La principal ventaja es que tienen un impacto casi nulo en el medio ambiente. Hay constructores que incluso, para evitar la contaminación de los fletes, deciden edificar usando materiales que estén disponibles en el terreno. Otros son más abiertos a combinar técnicas ancestrales con otras modernas. Es que, explica Etchebarne, “la mitad del mundo vive en casas de tierra”. De este material estaban hechas las tradicionales casas de campo de nuestro país. Sin embargo, buena parte de la población asocia esta materia prima con suciedad y pobreza, cuando pueden sostener obras de diseño sofisticadas. Otra virtud esencial de esta técnica es que elimina la humedad y tiene un excelente funcionamiento térmico que reduce en más de un 50% el consumo de energía eléctrica. Además, el techo de pasto absorbe distintos contaminantes como el dióxido de carbono. “Hablamos de construcciones serias, con mucho futuro”, concluye la arquitecta.

En una de estas comunidades se estableció hace un año Federico Álvarez, contador, exasesor del Ministerio de Economía en la Unidad de Presupuesto, ahora gestor de talleres de permacultura de la comunidad Ñacurutú.

Cuenta:

-Nos organizamos en red. Compartimos recursos, maquinarias, herramientas, semillas, organizamos proyectos que tienen que ver con la sustentabilidad. Vivimos de los talleres que damos y de la elaboración de productos que comercializamos. No somos un gueto cerrado, hay una apertura muy grande del pueblo hacia nosotros.

Aníbal Dattele, secretario del municipio de Aiguá, habla de estas comunidades con las mismas palabras de elogio que se destinan a los ciudadanos ilustres. Se siente orgulloso de que estos foráneos hayan elegido ese lugar para establecerse. “Hay que destacar que se trata de gente con formación terciaria que se integró muy bien y contribuyen a mejorar la localidad”, dice. Sin embargo, bajando la voz, apunta que no todos compraron el terreno donde se ubicaron; algunos ocuparon y esto generó problemas con los propietarios. Pero, aclara, estas comunidades suelen presentar proyectos al municipio, como construir una huerta comunitaria para todos los habitantes que deseen usarla.

Otro que está orgulloso es el alcalde de Sauce. Alberto Giannattasio dice que la llegada de las comunidades en los últimos 20 años “fortaleció la conectividad entre los pobladores” y que, además, “contribuye a uno de los temas que más ocupa a este municipio: el cuidado del medio ambiente”. Próximamente, anuncia, se les llevarán los residuos orgánicos a algunas de estas comunidades para que hagan compost, que más tarde recolectarán para distribuir en escuelas rurales y en emprendimientos agroecológicos.

Muchos de los que eligieron echar raíces en Sauce todavía tienen un pie en la ciudad. Esto se nota cuando uno llega a la puerta de entrada de las comunidades La Comarca y La Tierrita: hay pobladores que parten en sus autos para trabajar en Montevideo. Dejan detrás una tierra con bellas construcciones de adobe, perros sueltos, jardines con huertas y niños que se asoman a las puertas de sus casas para saludar a los vecinos.

Mirna Tejera lleva 48 años viviendo en Sauce. Foto: F. Ponzetto
Mirna Tejera lleva 48 años viviendo en Sauce. Foto: F. Ponzetto

El sueño cumplido.

Vital La Paz vivió 48 años entre dos viñedos en Sauce. Era lo que en el campo se llama un “medianero”: cuidaba junto a su familia las uvas de su patrón y como forma de pago se quedaba con la mitad de la producción. Pero cuando una viña envejece las opciones son dos: o se plantan nuevas o el campo se vende.
Este campo se vendió.

La familia La Paz se quedó sola en tierra ajena y temió lo peor.

Mientras tanto, a 34 kilómetros de distancia, en Montevideo, un grupo de 17 jóvenes llevaba un año revisando los clasificados en busca de un terreno que pudieran comprar todos juntos, para instalarse a vivir en comunidad. Era un sueño que habían traído de México, donde la colectivización de la tierra, de la comida, de los residuos, del trabajo, de las relaciones humanas ya se practicaba. Así querían criar a los hijos que vendrían, contaminando lo menos posible la tierra.

Era 1996 y por esos tiempos en Uruguay las experiencias comunitarias eran aisladas y casi secretas. Se sabía de la comunidad del Sur en Punta de Rieles y de Wayra cerca de donde hoy está Zonamerica. Se sabía que en Río Negro ya estaba instalada desde hacía varias décadas la colonia alemana menonita Gartental, que tiene su propia escuela, iglesia y cementerio. Y la comunidad rusa Ofir, que se negaba al uso de equipos electrónicos, y cuyos pobladores usan peinados y ropa antigua. Ahora, cuenta el alcalde de San Javier, Aníbal Facchín, “tienen hasta camionetas cuatro por cuatro”.

Vital La Paz y su esposa Mirna, los que temían lo peor, respiraron hondo cuando se enteraron de que los nuevos dueños de la tierra serían un grupo de 17 jóvenes que pagaron US$ 1.700 cada uno por un terreno al que bautizaron La Comarca. De a poco comenzaron a construir sus casas. En esta tierra prometida a la que se mudaban protagonizarían una especie de colonización.

Mirna, quien ahora provee de huevos a sus vecinos, y también realiza para ellos trabajos de costura, cuenta que su marido les enseñó a usar un tractor, a ordeñar la vaca que se habían comprado, a recoger los huevos de las gallinas y a sembrar, porque estos chicos recién llegados de la capital, acostumbrados a trabajar ocho horas, pensaban que vivir en armonía con la tierra no era cosa difícil, cuando en realidad lo que ellos estaban haciendo era aprender a poblar un espacio vacío.

Al principio las parejas vivían en “la casa grande”, una construcción abandonada que los hospedó mientras construían sus casas de tierra, madera y piedra. Algunos demoraron hasta tres años. Su guía era un libro que explicaba técnicas de bioconstrucción titulado Manual del arquitecto descalzo.

-Era nuestra biblia: había uno en cada casa -recuerda, 22 años después, Cristina Bernadá, una de las fundadoras de esta comunidad, exempleada de una agencia de viajes, actual artesana de un taller de fieltro. El taller funciona en esa misma habitación que fue su casa durante tres años.

Tras esta experiencia, 12 años después, otro grupo compró el terreno vecino y construyó la comunidad La Tierrita. Pagaron US$ 20.000 por un espacio que estiman hoy debe rondar los US$ 200.000. Las dos chacras juntas suman 27 hectáreas y una población de 60 personas, entre ellos varios niños.

Al camino que las une lo llaman Vital La Paz en honor a aquel “padre adoptivo” que les enseñó a domar el campo. Más allá de él, en la zona rural de Sauce, la experiencia de estas comunidades fue imitada por otras que surgieron y apuestan por una vida sustentable, pero sin darle la espalda del todo a la ciudad.

Lucía Bategazzore, pobladora de La Tierrita, opina:

-La gente que nos visita viene con curiosidad y con fantasía. Imaginan algo que cuando llegan se dan cuenta que no es, porque esto es la vida misma, porque es difícil vivir a contracorriente. La parte más difícil son las relaciones, porque venimos todos de una cultura súper individualista y tenemos la voluntad de hacer algo diferente pero bajo estrés reaccionamos como aprendimos: lo que es mío, parcelarlo, dividirlo. Lo del bien común es algo que cultivamos, pero tenemos diferentes momentos y formas de verlo.

Leo Sala es editor de televisión. Vive en La Tierrita. Foto: F. Ponzetto
Leo Sala es editor de televisión. Vive en La Tierrita. Foto: F. Ponzetto

El pasado perfecto.

En La Comarca y en La Tierrita todos saben cómo entrar a las casas de todos. Los que tienen auto, ayudan a movilizarse al resto. Los que tienen hijos, cuentan con sus vecinos para su cuidado. Hay huertas en los jardines, hay un reparto de pescado, frutas y verduras que recorre los 22 hogares. Luego, entre ellos, suelen hacer trueque. Hay un freezer comunitario. Entre todos ayudan a construir una casa o a realizar una tarea que uno de sus pobladores necesite.

Tienen una farmacia comunitaria cuya puerta de entrada no tiene cerradura. Allí se puede ir a cualquier hora en busca de ungüentos, cremas y medicinas naturales. Fabrican repelentes, bronceadores, jarabes expectorantes y geles para tratar las contracturas. El que puede dejar el dinero para cubrir los costos de fabricación lo hace, y el que no puede, no.

Caminos verdes y casas cada tanto: eso puede verse. El que guía por estas calles sin nombre es Leo Sala, editor en un canal de televisión, habitante de La Tierrita.

Explica:

-Nos organizamos en círculos: tenemos reuniones mensuales de cada una de las chacras y en cada equinoccio y solsticio (es decir, cuatro veces por año) tenemos las “inter chacras”, y ahí caminamos y coordinamos la intención de ser una misma cosa.

Pero, advierte, “está muy equivocado el que cree que esta es la aldea de los pitufos. Esta es una escala pequeña de lo que es la sociedad en la que nos une un relacionamiento de tipo familiar. En una familia hay una confianza inspirada en la sangre, que acá es algo que tenés que trabajar, y a lo que tenés que estar dispuesto porque la parte comunitaria habla mucho de las relaciones, de lo abierto que estés a poder compartir, escuchar y hablar; todo lo demás es ladrillo y es tierra”.

Están probando un sistema de toma de decisiones y gobierno moderno conocido como sociocracia, que apuesta a la auto organización y la auto corrección. Se busca el consenso, y para eso se trabaja en círculos. Cada círculo trata un proyecto o tema, y quienes deciden en cada uno responden frente a un círculo mayor.

“Lo estamos caminando”, dice Sala. Este experimento político y la discusión sobre qué forma jurídica sería la ideal para su estilo de vida son los dos temas que están sobre la mesa ahora, cuando ser comunitarios es más común que extraño.

Álvarez, el contador que vive en una de las comunidades de Aiguá, explica que si bien cuando un grupo compra una tierra puede elegir la figura del condominio y así lograr que un bien tenga tantos propietarios como se desee, lo ideal sería que existiera una ley de comunidades como las que tienen países con población indígena, como Perú, Brasil, Argentina, Chile y Paraguay. De esta manera la colectivización de la tierra sería la base y no deberían hacer acuerdos de palabra para desfraccionar los límites que impone la norma cuando se trata de compartir una propiedad.

Que todo sea de todos.

Es lo que necesitan para que el peso de lo individual sea erradicado de su sistema y que la colectivización sea realmente sólida.

-¿Sabés cuál es el secreto de esta vida? -dice Sala-. Que yo no camino solo.

Vivir, comer y desechar como hacían los bisabuelos

La vida sustentable forma parte de un concepto más grande llamado permacultura. Lucía Bategazzore, pobladora de La Tierrita, define este sistema como una filosofía con bases éticas “que se usa para diseñar todas las actividades que hacemos los humanos”. La bioconstrucción es parte de esto, “pero también lo es la colectivización de la tierra, el cultivo de semillas y de alimentos, la organización de la gestión de residuos, la conciencia del consumo, la organización para tomar decisiones, cómo te vestís, qué comprás, cómo comprás, cómo cuidás tu salud”, agrega. “Es cómo hacer para vivir en la naturaleza sin degradar los ecosistemas”, resume. Es habitual que parte del sostén de varias comunidades sean talleres dictados para personas ajenas que buscan ayuda para diseñar sus vidas de forma más sustentable. Algunos talleres duran hasta 12 días viviendo en la comunidad y terminan con un trabajo final. “Cuando arrancó La Comarca no era la permacultura lo que nos unía, eran esas mismas ganas pero no sabíamos”, explica Bategazzore.

Entre comunidades también se comenta que todavía no se sienten completas porque no hay miembros de todas las edades. Recién ahora están llegando algunos padres a instalarse con sus hijos, pero también hay hijos que crecen y se van. “Todos los hijos que crecieron acá (La Tierrita y La Comarca) a los 18 salieron a ver el mundo y andan y recorren a ver qué hay afuera. Pasa de todo: están los que dicen ‘esto ya lo curtí, ahora quiero un trabajo fijo’, y los que forman su propia comunidad”.

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