Crónica de una velada especial

Nochebuena en la plaza Libertad

Más de 50 personas sin techo, sin familia o sin dinero se reunieron para una cena navideña en la Plaza Libertad, en el centro de Montevideo. La iglesia evangélica Vino Nuevo organizó la velada en la que afloró la alegría, pero también las tensiones de la "familia de la calle".

Julio César, que vive en la Plaza de los Bomberos y su nueva mascota. Foto: Miguel Bardesio
Julio César, que vive en la Plaza de los Bomberos y su nueva mascota. Foto: Miguel Bardesio

"Estamos divididos. Hay una sociedad antes de las 8 de la noche y otra después". La frase la suelta Ruben en esta sobremesa de Nochebuena. Los demás asienten y Pedro comenta: "Pero ojo, que nosotros también marginamos". De barba entrecana y bastón, Ruben tiene un aire al Señor Miyagi de Karate kid, aunque en realidad es jubilado del Poder Judicial y vive en una pensión del Centro. Pedro, de lentes con cristales gruesos, cuida autos en la calle Paysandú.

En la otra punta de la mesa, Julio César brinda con refresco con su pareja. Está contento. Luego de un desalojo en su pueblo Migues (Canelones), llegó a Montevideo hace dos meses y vive en la Plaza de los Bomberos. Han pasado noches duras, lejos de los dos hijos que dejaron en custodia de familiares mientras ellos vivían la aventura montevideana. Pero ahora tienen motivos para festejar: la venta de cachivaches en ferias les da para un alquiler y dejarán de dormir a la intemperie en 2019.

"Vinimos hoy a pasar en familia. Porque mal o bien, las personas de la calle nos conocemos y somos una gran familia", dice Julio César. Lolo se llama su nueva mascota, un cachorrito de pecho blanco e hincha de Peñarol que va y viene debajo de la mesa, se enreda en los talones de los demás y juega con el mantel navideño.

"¡Cuidado que va a tirar las velas!", se escucha. Suena la cumbia de un parlante inalámbrico: Marcela y Julio, jóvenes de Rocha y cuidacoches en Rondeau y Colonia, bailan con "Chiquiliiinaaaa, yo te quería..." a un costado de la mesa larga dispuesta en la plaza. Por 18 de Julio no pasa un alma.

Para la hora del postre, un shot de helado de dulce de leche o crema. Todavía no son las 12 de la noche, pero alguien se adelanta con la voz y el vaso alzado: "¡Feliz Navidad!", arenga y los otros se paran y repiten a coro.

Una fiesta.

En la noche del 24 de diciembre, 50 personas en situación de calle, de soledad o escasez en el bolsillo (o todo eso junto) se reunieron para una cena de Navidad en Plaza Libertad.

La iglesia evangélica Vino Nuevo organizó por segundo año consecutivo la velada aportando la logística, los voluntarios y el menú: asado de vaca o cordero con ensalada, refresco y postre. La agrupación religiosa reparte comida todos los jueves de noche en esa zona y el año pasado se les ocurrió la idea de la cena navideña.

"Pensamos en que si Jesús fuera a celebrar su cumpleaños, ¿haría un banquete encerrado en un templo o estaría festejando con quienes más lo necesitan?", se pregunta el pastor Juan Pedro.

Junto a Daniel, un taxista jubilado, asaron desde la mañana ocho pulpones vacunos y dos corderos (unos 40 kilos de carne) en el parrillero de la sede religiosa mientras otros voluntarios prepararon la ensalada rusa y los postres. El resto cargó en varios viajes las tablas, caballetes, vajilla, manteles y velas. En total, 15 voluntarios participaron de la organización, entre ellos tres fieles brasileños que viajaron especialmente a la cita. Llegaron a la plaza con la carne trozada y vistiendo una camiseta blanca con la leyenda "Una cena con Jesús".

A las 22:00 en punto, como establecía la convocatoria, comenzaron a servir la comida en platos descartables y según la regla máxima de todo operativo de beneficencia alimentaria: se sirve exactamente lo mismo a cada uno y se puede repetir.

Otros hacían de mozos para el refresco (no se dispensó alcohol en la cena) o musicalizaban la noche, mechando algún tema de cumbia cristiana como "Cristoooo, eres tan dulce, vives brindando amooor..."

A pesar de que ninguno volvería a las 12:00 para pasar Navidad con su familia, los fieles de Vino Nuevo estaban radiantes: se tomaban selfies con los invitados o hacían videollamadas para compartir el momento con seres queridos. "¡Mirá dónde estoy!", hablaba una de las jóvenes tomando una panorámica de la mesa con el celular. El pastor Juan Pedro llevó a sus tres hijos que jugaban con el cachorro Lolo y lo correteaban por la plaza.

Cuando todos los platos estuvieron en la mesa, se produjo el único ritual de la noche. El pastor tomó la palabra e hizo una brevísima, casi vergonzosa dedicatoria a Jesucristo. "Te damos gracias, confiamos en ti, vas a prosperar en nosotros, vas a cobrar fuerza en nosotros. En nombre de Jesús, amén".

"¡Amén!", repitieron los demás y se lanzaron sobre el banquete.

Marcelo, un cuidacoches del centro con una de las voluntarias de la Iglesia Vino Nuevo. Foto: M. Bardesio
Marcelo, un cuidacoches del centro con una de las voluntarias de la Iglesia Vino Nuevo. Foto: M. Bardesio

Una tregua.

La noticia de la cena había corrido en el boca a boca de la calle y al atardecer del 24 llegaron los primeros comensales a la plaza.

Al comienzo hubo momentos de tensión. Cuando Pedro, el de lentes, se levantó y volvió a la mesa, le habían ocupado la silla. El dilema se resolvió trayendo más sillas desde la sede de Vino Nuevo. Jorge pidió la comida antes de la hora establecida y se enojó por la negativa. "No me llamo un pedazo de asado", dijo sereno. Y se fue.

Marcelo, de gorro tipo turbante y cadenas y anillos dorados, no cree que la gente de la calle sea "una familia". "Nos conocemos todos; es verdad. Pero ahora esto termina y volvemos a la lucha diaria", dice.

A menudo hay peleas por el mejor lugar para dormir o para cuidar los autos. Las robos son frecuentes. "Hay compañeros propensos (adictos) que vienen de chetos (de vivos) y nos quieren rastrillar (robar) para llevar a la boca (de droga)", revela Marcelo.

Es una mesa cosmopolita en el corazón de Montevideo. En el sector central están los extranjeros. Los cubanos Ana y Javier llevan seis meses en Uruguay y se revuelven con changas. Viven sobre cartón en la esquina de Ejido y Mercedes. A su lado cena Juan, un peruano de Cuzco que lleva 18 años en el país y trabaja como chapista. "Señores, muchas gracias. Hemos pasado una noche maravillosa", se despide estrechando la mano del pastor.

Salvador no vive en la calle. Trabaja como barrendero. Estaba pasando la Nochebuena con su madre en La Aguada, pero no quiso perderse de saludar a la "barra de la calle", con la que come todos los jueves. "Opa, ¡cómo está ese asado!", halaga ya en la mesa y repite el plato.

En realidad todos repiten porque al otro día será difícil encontrar alimento. Carmen, un señora rubia bien peinada, se llevó una bandeja para estar acopiada.

Ruben, aquel parecido al Señor Miyagi, había llegado con rabia. Cuando caminaba hacia la plaza, "El Rubio" le manoteó la botella de vino. "¿Te quedaba mucho?", le pregunta ahora Pedro. "No, pero es la actitud. Hacen lo que quieren. ¿Y qué puedo hacer yo? ¿Voy a ir a la comisaría a denunciar: mirá que aquel me llevó la botella...?".

El famoso "Rubio" está también en la cena, aunque prefiere mantenerse apartado, sentado en el piso con otro compañero. Cuando Pedro lo señala, Ruben duda un instante pero finalmente mira al joven y levanta el vaso: "Eh, Rubio, ¡feliz Navidad!".

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