Misión imposible en silla de ruedas

Montevideo, la ciudad inaccesible

La intendencia reconoce que deslizarse por Montevideo es, para quien vive con una discapacidad, “casi una misión imposible”. Hay rampas, pero muchas están rotas, mal hechas u obstruidas. Solo 30% de los ómnibus son accesibles, y los taxis son apenas 10. Hay planes; también resistencias.

Jerarca de la IMM apunta contra las empresas de transporte por la falta de accesibilidad. Foto: Archivo El País
Jerarca de la IMM apunta contra las empresas de transporte por la falta de accesibilidad. Foto: Archivo El País

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Imagine unos lentes mágicos, capaces de transformarlo todo a su alrededor, que cuando se los pone no se los puede sacar nunca más. Imagine, entonces, que con esos anteojos todo el universo que lo rodea se modifica enormemente: que los cordones de las veredas se convierten en altísimas cordilleras, que las puertas de los baños se hacen tan finitas que nunca puede entrar, que los ómnibus y los taxis están reservados para una raza de gigantes que pueden abordarlos y que casi nunca lo quieren ayudar a subir, y que cuando lo hacen no disimulan su desagrado, su pereza, su fastidio. Que las escuelas, las oficinas, las pizzerías y hasta su propia casa se ven como construidas por esa raza. Y usted, aun con voluntad de superar los obstáculos, se ve impedido. Disminuido.

Ellos, los prisioneros detrás de esos lentes permanentes, se dicen a sí mismos "rengos". La jerga se usa en Uruguay, Argentina y Chile. "Es una manera de reírnos de esta situación. De tomarla con cierto humor. También es una manera de identificarnos. Somos rengos. Somos nosotros, todos nosotros, los que tenemos dificultades para participar de la vida cotidiana. Para participar sin restricciones. Hay gente que no se da cuenta de lo importante que es esto. Ven el mundo de otra manera y no logran ponerse los lentes de la discapacidad", dice Fiorella Buzeta, de la Coordinadora de Usuarios de Transporte Accesible, y también integrante del Espacio por la Accesibilidad, del Grupo de Mujeres y Discapacidad, y de la Coordinadora de la Marcha por Accesibilidad e Inclusión. Y lo dice desde su silla de ruedas.

A los 12 años, Fiorella Buzeta recibió una bala en clase. Hoy es un emblema. Foto: D. Borrelli
A los 12 años, Fiorella Buzeta recibió una bala en clase. Hoy es un emblema. Foto: D. Borrelli

Ella tiene una lesión medular a nivel lumbar. Es una paraplejia. Mueve los brazos pero no las piernas. Si usted lee habitualmente las noticias policiales posiblemente en este momento su nombre esté rebotando dentro de su cabeza. Fiorella recibió una herida de bala en 2004 en un aula del liceo N° 13. Estaba en primer año, mirando el pizarrón, y un compañero le disparó, o se le escapó un tiro, o vaya a saber qué pasó. Cuando se refiere al episodio ella habla de "accidente", y no guarda rencor contra el niño de 12 años que apretó el gatillo. "Yo soy lo que soy gracias a lo que me pasó", dice.

Un año después recibió una beca en el Liceo Francés, después consiguió otra para estudiar comunicación en la ORT, a partir de allí accedió a un empleo en una fundación y ahora trabaja como periodista en La Diaria. Hoy Fiorella tiene 27 años. Y ya lleva más tiempo con la lesión —que advierte definitiva— que sin ella. A lo que le pasó también le atribuye haber conocido a su pareja, que también está en silla de ruedas. "Yo había tenido parejas sin discapacidad y es distinto, con él nos entendemos en todo", dice y sonríe.

Los dos tienen tatuados en sus brazos la palabra "resiliencia". Y vaya si tienen resiliencia. Hace poco se fueron a buscar aventuras por Argentina, Chile y Bolivia. Cuando llegaron a Uruguay, dijeron: acá estamos mal, pero allá está peor. "En Bolivia no podés circular, no ves personas discapacitadas. No se deben animar a salir de la casa". Pero esto no quiere decir que no haya problemas acá. Los hay, y muchos. Se puede decir que hay esfuerzos aislados, pero no grandes resultados.

Federico Lezama, coordinador de la Secretaría de Accesibilidad para la Inclusión de la Intendencia de Montevideo, lo reconoce sin tapujos: "Hay dos maneras de ver esto: una es evaluar lo que está haciendo la intendencia en visión de sus posibilidades, sus priorizaciones y su concepto de derecho. Pero la otra es mirar la realidad desde la perspectiva de las personas, y ahí hay que decir que para alguien con discapacidad circular por Montevideo es casi una misión imposible".

Montevideo es el único departamento que estableció mediante una resolución que el 100% de las unidades de transporte deben tener accesibilidad. Esto se hizo en 2010. Al día de hoy, el 30% de los ómnibus tienen piso bajo o rampas elevadoras. Cada vez que se cambia un ómnibus las empresas están obligadas a que la nueva unidad tenga alguno de estos dos mecanismos para que puedan subir personas en silla de ruedas. De 1.530 ómnibus, 80 tienen piso bajo y 372, rampas elevadoras, según datos a noviembre pasado.

"Pero tenemos problemas —continúa Lezama—, porque las rampas elevadoras no tienen el resultado esperado, porque les hacen mal el mantenimiento, porque se rompen. Las empresas no hacen lo que tienen que hacer. Que eso esté bien es su responsabilidad, es como tener bien las ruedas. Hemos fiscalizado y encontrado déficits importantes en este sentido, y hemos intimado a que se busquen soluciones". Y esta no es la única dificultad: "A veces no es solo que está rota, sino que el guarda no para, o no quiere llevar a alguien en silla de ruedas, o genera una situación de maltrato".

Hace un año y medio, a partir de una serie de denuncias recibidas en la secretaría, se decidió hacer una reunión entre la coordinadora de usuarios, la intendencia, las empresas, los guardas y las defensorías de los vecinos. Allí los trabajadores dijeron que no veían bien que las personas con discapacidad viajaran solas, y ellos les retrucaron que deberían poder hacerlo. También salió el tema de las demoras que se generan por subir al ómnibus a personas con discapacidad, ya que si ellos tardan en los recorridos son pasibles de sanciones. Dijeron también que los guardas conductores no pueden dejar sola la parte delantera del ómnibus para ir a ayudar a una persona que debe subir por la parte de atrás. Sigue habiendo reuniones esporádicas, pero todavía no se llega a grandes acuerdos.

"El problema es complejo porque no se trata de soluciones mágicas. Cada persona con discapacidad tiene una realidad distinta. No es que si hay alguien con silla de ruedas esperando el ómnibus va a necesitar ayuda: si la rampa anda y puede movilizar los brazos, y no hay nadie ocupando el espacio que es para la silla, no hay problemas. Hay otras personas que sí, que si no pueden movilizar los brazos quizá necesiten ayuda. Pero no puede ser tan difícil. Hay gente que está cuatro horas esperando un ómnibus, porque no vienen los que tienen rampa, porque la tienen rota, porque los que la tienen no paran, o porque se niegan a ayudar a subir. Es terrible", dice Fiorella.

Con los taxis la situación es incluso peor. Existen solo 10 taxis accesibles en Montevideo. La intendencia, para motivar el uso de estos coches, financia a quienes van a cambiar un taxi casi el 100% de la diferencia entre uno común y uno apto para discapacidad. La idea es llegar a 75 de los 3.000 que hay en la capital antes de 2020, cuando termine esta administración. También es muy probable que la persona se enfrente a los mismos problemas que con los choferes de ómnibus. "La relación de los taxistas con quienes están en sillas de ruedas es conflictiva. Pueden estar horas tratando de que un taxi les pare. Hay taxistas que han querido cobrarles por guardar la silla en la valija. Todo dantesco", plantea Lezama.

Arquitectos hoy no tienen formación en accesibilidad

"En la Facultad de Arquitectura el tema de la accesibilidad no está presente de una manera jerarquizada, y a veces no está presente nunca en la formación", afirma el coordinador de la Secretaría de Accesibilidad de la IM, Federico Lezama. La facultad tuvo un curso de accesibilidad optativo hasta 2015, que era financiado por la comuna, pero se dejó de hacer luego de que el docente que lo dictaba se fuera a vivir a Chile. El actual decano, Marcelo Danza, que asumió en 2017, advierte que se está buscando la forma de volver a ofrecerlo (quizá por el mismo docente y a distancia) o de incluir la formación en accesibilidad en otra materia. "El hecho de que este curso no se esté dando demuestra un vacío. Este es un tema importante, tanto así que para la intendencia ya es una exigencia a la hora de presentar proyectos", admite Danza. "Al inicio de 2019 no vamos a contar con este curso. Quizá se pueda hacer algo en el segundo semestre, pero no se puede improvisar docentes. Hay que hacerlo bien".

Un nuevo mundo.

El mundo de Ángelo Perla cambió por accidente y aprendió a adaptarse. Foto: Darwin Borrelli
El mundo de Ángelo Perla cambió por accidente y aprendió a adaptarse. Foto: Darwin Borrelli

Ángelo Perla tiene 27 años y hace ocho que se traslada en una silla de ruedas. Su vida cambió para siempre el 25 de abril de 2010, un domingo que quedó grabado a fuego en su historia. Él hacía doble horario en una farmacia: trabajaba como vendedor y repartidor. Ese día estaba llegando un poco tarde, aceleró la moto en una avenida, un auto se le atravesó en una esquina, chocó y salió despedido. Tenía casco, pero no fue suficiente. Cayó consciente y se dio cuenta que no se podía mover. Luego llegó la ambulancia y hasta ahí es que se acuerda. Se despertó 15 días después en el CTI. "Sabía que era grave lo que me había pasado. Me desperté sabiendo que no iba a poder caminar", dice. Se seccionó la médula y padece una paraplejia completa, por el momento sin posibilidad de recuperación, aunque él espera que se invente un tratamiento con células madre o con electrodos que pueda curarlo.

Cuando Ángelo voló por los aires su novia estaba embarazada. Después del accidente ella no quiso volverlo a ver. Fue un año y medio de depresión. Su casa tenía escalones, no se podía trasladar solo a ningún lado y entonces tampoco podía trabajar. El universo que lo rodeaba era otro. "Todo cambió cuando desde la Fundación Forlán me consiguieron un trabajo en Radio Taxi. Me pusieron todo en casa —la computadora, los teléfonos— para trabajar desde ahí. Y eso me hizo sentir útil, porque le podía pasar también dinero a mi hija. El problema es ese: uno deja de sentirse útil, queda atrapado".

En estos años Ángelo luchó para escapar de los monstruos que ve con sus lentes de discapacidad: empezó a ir todos los días al gimnasio porque sus brazos pasaron a ser también sus piernas, ahorró plata y se compró una silla de ruedas eléctrica que logra dejarlo erguido —por poco tiempo, pero es algo—, pidió un préstamo y con su madre se mudó a un complejo de viviendas con menos escalones y más rampas. Luego pudo adquirir un auto, no para personas con discapacidad porque era muy caro, pero sí uno que un mecánico amigo logró adaptar. Trabajó casi tres años en Radio Taxi, hasta pasar a otro empleo en una empresa en el puerto, en un laboratorio que se dedica a controlar maíz, trigo y soja.

Él modificó su mundo, pero no puede cambiar el mundo.

"Tengo que elegir. No puedo ir a todos lados. Si salgo a la calle a veces tengo que dar toda una vuelta a la manzana para encontrar una bajada de un garaje por la que pueda bajar y cruzar. A veces hay rampas, pero muchas están mal hechas, o están hechas solo de un lado. O está la rampa pero están rotas las veredas, entonces tengo que andar por la calle. Todo se convierte en algo peligroso", dice.

Lezama afirma que la intendencia tiene una normativa que lleva, lentamente, a que la ciudad se vaya llenando de rampas en las esquinas. El plan consiste en que cada vez que se arregle una calle o una vereda, se incorpore la rampa. El Municipio B, que incluye los principales barrios del Centro, se propuso que el 100% de sus cruces tengan rampas en 2020.

Pero claro, otra vez, no todo es color de rosas. Además de las rampas mal hechas, hay rampas obstruidas. Hay comercios que están en esquinas y las bloquean con un cartel. Y hay —y este es un problema de todos los días— autos que paran ante ellas sin ningún tipo de reparo.

"Lo que se hace cuando alguien bloquea una rampa con el auto es ponerle una multa; es como cualquier otro lugar en el que no se puede estacionar. El tema es que lo tenés que agarrar en el momento. Estamos pensando en un sistema por el que alguien saque una foto, la mande a la intendencia, y ya con eso se pueda multar. Pero es complicado, es un sistema que tiene muchas dificultades por el tema de la confiabilidad", dice Lezama.

Mientras los controles no le logran ganar a la falta de empatía —o a la viveza criolla—, los que viven con una discapacidad intentan encontrar mecanismos para salvaguardarse de quienes no respetan sus derechos. Es el caso de Dieva Larrosa, que forma parte de Espacio por la Accesibilidad, una organización que a través de una fan page en Facebook informa sobre los espacios accesibles que existen en la ciudad y que a la vez inventó un sistema que se llama "multa ciudadana".

Dieva Larrosa inventó la "multa ciudadana": a los que bloquean rampas les pone una advertencia. Foto: F. Ponzetto
Dieva Larrosa inventó la "multa ciudadana": a los que bloquean rampas les pone una advertencia. Foto: F. Ponzetto

"La multa ciudadana la tenemos siempre con nosotros. Es un papel que les ponemos a los autos cuando están parados frente a una rampa. Es solo un papel, no es un sticker, no queríamos hacer algo violento… aunque los violentos son ellos por parar donde no deben", dice Dieva.

La multa dice: "EPA! Multa Ciudadana. La discapacidad es una situación producida por las barreras de la accesibilidad (físicas, de información y/o actitudinales) que nos impiden a muchas personas ejercer efectivamente nuestros derechos. Sumate a combatir las barreras de la accesibilidad! Respetá rampas, veredas y nuestro derecho a circular por la ciudad".

Dieva tiene 44 años y este enero se cumplen 29 del accidente que la dejó cuadripléjica. Fue a zambullirse en la playa, se tiró desde unas rocas, calculó mal el nivel del agua, cayó sobre la arena, se golpeó la cabeza y el cuello, y se fracturó a nivel cervical. "Lo que tengo es irreversible", dice ya en paz consigo misma. "Yo tengo suerte, tengo una camioneta, puedo movilizarme, pero el que no tiene un transporte está perdido", asegura.

"El tema es que está todo muy mal, no hay forma de que una persona con discapacidad se pueda sentir cómoda en la ciudad —continúa Dieva—. Vas al shopping y están usando el estacionamiento para discapacitados. Tenés que viajar en ómnibus y la rampa no anda. Se tienen que alinear los astros para que puedas llegar a algún lugar a tiempo. La cabeza de la gente está acomodada para un paradigma que no es el de la discapacidad. Ese es el problema".

Vergüenza.

Cuando empecé a hacer esta nota, Fiorella me preguntó qué bar accesible había cerca de mi trabajo para poder hacerle la entrevista. Pensé un instante y no supe qué responder. Luego debió elegir ella el lugar donde se hizo la nota. Cuando llegué le expresé mi vergüenza y le pedí disculpas.

"Es que no tenés por qué saberlo. Si no te vinculás con alguien con discapacidad no lo vas a saber. Lo que pasa es que cuando vos sos chiquito no te vinculás con personas con discapacidad, porque los discapacitados van a escuelas especiales. No tenés esa posibilidad. Tu mundo es distinto. No tenés los lentes puestos".

La hazaña de María: conseguir un liceo cercano que la reciba

María Viera tiene 26 años y no conoce otro mundo que el que puede ver desde su silla de ruedas. Padece espina bífida desde su nacimiento. Vive en Ciudad de la Costa, y movilizarse fue, es —y teme que también seguirá siendo— un suplicio.

"Acá no hay transporte. Yo quiero ser independiente, pero si quiero ir a algún lado dependo siempre de alguien. Supuestamente tengo derecho a estudiar. Pero si no hay espacio para mí, si no me reciben, no puedo hacerlo", dice.

Ella cursó hasta tercero del liceo porque después le empezaron a decir que no tenían condiciones para recibirla: o porque había escaleras, o porque no tenían baños accesibles. Pidió a la comuna canaria una solución, pero tampoco tuvo una buena respuesta. "Ellos tienen camionetas accesibles, pero no me tienen en cuenta, me han dicho que no son para las personas que las necesitan todos los días, que son para los que están en rehabilitación".

Cómo no podía estudiar en el liceo decidió hacerlo por fuera. Este año hizo un curso en la Fundación Bensadoun-Laurent, una ong que trabaja con personas con discapacidad, con sede en Montevideo. Para ir a clase María le debió pagar $ 600 todos los días a un vecino para que la llevara y la trajera: $ 12.000 de transporte. Si fuera en ómnibus gastaría unos $ 2.000, pero como estos no son accesibles no puede.

"Lo del liceo es un tema, porque cuando no es accesible no te dejan ir, y después cuando lo vuelven accesible te dicen que no te aceptan por la edad. Ahora me van a tomar al fin en Pinar 2. Tuvimos que hablar con la directora, porque es un liceo común, no es para adultos. Por suerte ahora me aceptaron. Voy a empezar cuarto. Yo quiero estudiar", repite María.

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