SALIÓ DEL POZO

Milvana cumple otra vez un año

Para Milvana Salomone, esta semana fue especial: empezó con el festejo de su cumpleaños y continuó con la rememoración del primer año de su liberación. Si bien en los últimos 11 meses optó por hablar lo menos posible del secuestro, en estos días le fue imposible.

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Milvana llega a su casa. Foto: Marcelo Bonjour

Esas imágenes de ella encerrada en un pozo, con la sola compañía de una bombita de luz, el jueves terminaron convertidas en palabras. A 365 días de que la ginecóloga pusiera fin a su calvario: ¿cómo rehizo su vida? ¿En qué andan sus captores? ¿Qué aprendieron la Policía y la prensa?

El jueves pasado Milvana Salomone no pudo dormir. Reunida con toda su familia, la "médica del secuestro", mote del que no puede escapar, recordó el aniversario del final de un infierno que, en su caso, duró 29 días. El 20 de mayo de 2015 el nombre de esta ginecóloga de 49 años estaba en todos los noticieros después de que, tres días antes, dos personas armadas la secuestraran frente a su casa de Parque Batlle. Exactamente 365 días después de su liberación, Milvana lleva una vida muy similar a la que tenía antes de verse obligada a sobrevivir en un pozo con una bombita de luz como única compañera, a pesar de que hay marcas que no se borran con el tiempo.

Un mes después de haber sido liberada, vacaciones mediante, Milvana se sometió a una pericia psiquiátrica que la habilitaba para volver a trabajar. El resultado fue positivo y solo se le advirtió que, llegado el caso, podía sufrir alguna fobia. Nada de eso sucedió y la ginecóloga optó por hablar del tema lo menos posible. De hecho solo esbozó una sonrisa cuando esperaba en la cola de un supermercado y una cajera le comentaba a otra compañera: "Esa señora se parece a la pobre que secuestraron". Sus allegados recuerdan que pasó de hablar del secuestro "todo el tiempo", al silencio.

Pero las fechas redondas traen nostalgia, y esta semana a Milvana le fue imposible permanecer callada. El sábado festejó su cumpleaños en el club Noa-Noa, una excusa para reunir a las 60 personas más allegadas y, sin decirlo, brindar por su primer año tras el calvario.

Solo hay un detalle que la ginecóloga aún no logra superar, según un amigo: no haber podido acompañar a su padre cuando falleció su madre. Después del secuestro, Milvana se aferró más a su familia y pasó a leer su historia como si la protagonista fuese otra. En su nueva casa —se mudó hace 20 días porque la anterior le traía mala vibra a su hijo y al esposo— guarda el expediente de su caso, los recortes de prensa y un informe con las casi siete horas de cobertura que su secuestro ocupó en los informativos centrales de televisión, según cuantificó la web Sala de Redacción Julio Castro. Cada tanto acude a esos recuerdos, sin que nadie la vea, y ríe, con esas sonrisas cómplices en que la felicidad encierra el dolor o la incomodidad.

Le da pudor que sepan qué comió, cómo se higienizó o lavó su ropa interior. Le molesta la insistencia de la prensa para que ella misma ponga punto final a este guión y sigue sin aceptar una entrevista. Le asombra las mil y una hipótesis que rodearon a su caso. Y le preocupa que en el colectivo permanezca la sospecha de que alguien de su familia tuvo algo que ver.

Porque hay algo que la Policía tiene claro un año después: Milvana no era el blanco. El operativo estaba montado para un empresario médico de la zona que, los delincuentes sabían, tenía lingotes de oro en su casa. "Todo fue planificado cuando (Gustavo) Lepere y compañía estaban en la cárcel e ideaban un delito mayor al que ya habían cometido con anterioridad", recuerda Mario Layera, que encabezó la investigación y hoy es director nacional de Policía. Pero los incidentes del clásico de fútbol el domingo 17 de mayo y la presencia de policías a pocas cuadras de la casa de la ginecóloga, cambiaron los planes de los secuestradores. "Ellos querían recuperar dinero y para eso pretendieron llevarse la camioneta blanca", comenta el director.

Cuando la fueron a asaltar, a punta de pistola, Milvana aclaró que la camioneta era automática. Esa fatídica frase motivó que la secuestraran y que su caso haya desvelado a las autoridades. Durante los primeros 15 días la Policía no tuvo idea alguna del paradero de la médica. En ese período los secuestradores no se comunicaron ni una sola vez para pedir un rescate, haciendo de este caso único y diferenciándolo, incluso, de la captura del excorredor de bolsa Ignacio Rospide.

El aprendizaje.

Hay quienes llevan las fotos de sus hijos en la billetera. El director de Policía prefiere como talismán un mapa de Montevideo. El enorme plano con marcas de drypen negro y zonas señaladas con fluorescentes, es uno de los pocos "tesoros" que Layera mudó de su despacho de la Jefatura de Montevideo a la Dirección Nacional. Hoy mira al cuadro —que está enmarcado— para que le dé fortaleza, pero hace un año lo observaba horas enteras intentado dar con la pista de la desaparición de Milvana.

La Policía había rastrillado por tierra y aire cada uno de esos rincones que, creían, podían tener que ver con la desaparición de la ginecóloga. La presencia de la camioneta incendiada y la filtración del video de una estación de servicio en que supuestamente Milvana ya era perseguida, no hizo más que despistar a las autoridades. Hubo 50 efectivos de distintas unidades abocados a la investigación, y uno de ellos estuvo a punto de haber sido baleado en una pierna.

La frase que aquel oficial anunció por el intercomunicador —"me hirieron, me hirieron"— hoy es una broma interna. Mientras la ginecóloga era liberada en la Ruta 32, el 16 de junio, la Policía se tiroteó con los captores y una bala fue a parar al tanque de combustible de una moto. Al sentir un líquido caliente corriéndole por la pierna, el uniformado se asustó y dio aviso a sus superiores. Por un instante pensaron que había pasado lo peor y que aquel hecho había llegado demasiado lejos.

Un año después Layera está tranquilo de que todo resultó como lo "planeado" y que "los actores clave están presos". Piensa que "hay otros allegados que también deberían ser procesados, pero es muy difícil probarlo a nivel judicial".

La casa en que la ginecóloga estuvo cautiva está intacta. Tiene las persianas bajas, no vive nadie, y la madre y el padrastro de uno de los secuestradores que habitan la vivienda lindera, solo la usan para guardar la ropa que venden en la feria de los domingos. Ambos están dolidos y sienten que su hijo "no sabe vivir fuera de la prisión". Pero ese enojo pasa desapercibido en la calle Watt, en el barrio Peñarol. La zona es tranquila, de familias trabajadoras, y los vecinos buscan refugiarse en la rutina por más que hace un año fue noticia.

Desde la liberación de Milvana, la Policía solo registró dos denuncias de secuestro. La primera fue una persona que dijo haber visto cómo capturaban a otra en una camioneta, pero nada de eso se comprobó ni se reportó desaparición alguna. La segunda fue la retención de un hombre, en noviembre, que un grupo de delincuentes detuvo pensando que era el familiar de un narco. Antes de que la Policía empezara a actuar, fue liberado porque los captores se dieron cuenta de su error.

Layera recuerda que el caso "Milvana era visto por la Policía como un punto de inflexión", porque en ese momento se jugaba que los secuestros entre narcos pasaran a afectar al resto de la sociedad. Las autoridades ya habían registrado extorsiones entre narcotraficantes y, por lo sucedido en otros países, temieron que se replicara en Uruguay. Desde el Ministerio del Interior mantuvieron contactos con especialistas de la región y contuvieron a la familia de la médica. Julio Guarteche, por entonces director de Policía, fue el nexo con el círculo íntimo de Milvana y quien les pidió que aceptaran todo lo que querían los captores. Fue así que el esposo de la ginecóloga tiró por el barranco del Molino de Pérez, en Punta Gorda, los US$ 300.000 que reclamaban para la liberación.

El pacto fue poco antes de que circulara la versión de que Milvana estaba en Paraguay o internada en el Hospital Británico. La Policía, dice Layera, no podía dar información pero tampoco validar las versiones de prensa. Esa fue una línea muy fina de la que, un año después, también las autoridades aprendieron.

"Sabemos que en una situación crítica la prensa juega un rol clave y en el 80% de los periodistas se puede confiar", señala el director. En el contexto uruguayo "no podemos prohibirle a la prensa que publique o que de lo contrario tendrá una sanción… es una relación de confianza". Como la enseñanza oriental: "Hasta de lo malo se aprende".

Delincuentes en El rincón "más seguro" del país

A un año de su liberación, Milvana Salomone no teme. Un allegado confirmó que la ginecóloga se siente igual de expuesta que cualquier otro ciudadano. Y parte de su tranquilidad deriva de la exitosa captura de sus secuestradores. La Justicia procesó con prisión a siete de los 12 detenidos en una primera instancia. A pocos metros de los secuestradores encarcelados está preso el líder del cártel mexicano Los Cuinis. Entre ellos no hay contacto, asegura la Policía, porque cada uno tiene su celda con baño; no comparten horarios de recreación, no trabajan, y las visitas también son individuales con una mampara de por medio. El módulo 12 del Comcar es el sitio "más seguro" del país, señala Layera. Este sistema de reclusión es otra de las particularidades que dejó el secuestro de Milvana. Este secuestro que fue pensado para un empresario, "había sido ideado en la Cárcel Central (cuando los autores estaban presos por otro delito) y concluimos que a esta gente había que dejarla separada del resto", dice Layera.

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