La crisis que instaló la discordia

Mil tamberos de Conaprole cobraron $ 31 mil en julio

Una empresa pende de un hilo, varias tambalean, y hasta la número uno se ve aturdida por reclamos en varios frentes. ¿Cómo cayó en desgracia la industria láctea? En medio de la crisis, la tradicional bandera de solidaridad del sector se difumina entre reclamos, suspicacias y enemistades.

La crisis en la lechería que instaló la discordia. Foto: Fernando Ponzetto
Foto: Fernando Ponzetto

Anda Ricardo De Izaguirre por el campo, como de costumbre, conversando con los tamberos. Como presidente del Instituto Nacional de la Leche, está acostumbrado a que le trasladen reclamos a él, pero en estos días lo que se encuentra es desazón y enojo, y no con él, sino dentro de las cooperativas.

"Está muy tensa la situación. El sector sindical no observa la dificultad de los productores. La gente está desmoralizada", explica De Izaguirre. Él también está angustiado. La crisis que se desató en Pili es la cara visible de una industria deprimida y los entretelones de su historia son sintomáticos de varios problemas.

Entre ellos, está el divorcio entre los productores remitentes y los operarios de la industria. Los primeros, unos 2.500, cobran lo mismo por cada litro de leche que remiten desde hace cuatro años. Los segundos, unos 3.500, han logrado aumentos salariales de 34% en los últimos cuatro años y, de aprobarse el convenio salarial planteado, habrán subido un 50% en enero de 2019. Los primeros son los dueños de las cooperativas; los segundos son los empleados. Los primeros se sienten ahogados y empiezan a apuntar a los dirigentes de las empresas para que busquen la forma de mejorar sus ingresos; los segundos presionan en los Consejos de Salarios para seguir aumentando sus haberes, amenazan con parar sus actividades y no ceden.

"Hoy por hoy, el relacionamiento es el talón de Aquiles del sector. Nueva Zelanda pasó por eso. Hay que superarlo de cualquier manera. Las empresas internacionales están al acecho de Uruguay y nosotros peleándonos por cosas elementales", plantea De Izaguirre, que si bien habla en un tono conciliador, no puede evitar ponerse en el lugar de los tamberos.

"Estamos al límite, no se puede tirar más de la piola. Nuestra situación no da para más", escribieron hace algunos días en un comunicado 10 asociaciones de productores de leche. "Por supuesto que las gremiales lecheras encontraremos la forma de colaborar con los productores que remiten a Pili (...). Sabemos el momento crítico de estos productores y somos conscientes de la cruda realidad que enfrentamos a diario, que no entiende de conflictos y problemas sindicales".

Esas palabras, expresadas en medio de la búsqueda de salidas para la empresa sanducera, es un tiro por elevación al sindicato, agrupado en la Federación de Trabajadores de la Industria Láctea (FTIL). Sin decirlo, les dijeron: nosotros sí sabemos lo que es pasar mal.

Pero la FTIL no adopta el discurso de "ellos contra nosotros". Al menos no contra "todos ellos". "Hay una leyenda urbana de que los trabajadores estamos enfrentados a los productores. Hemos demostrado que no es así. Nosotros hemos sufrido coyunturas desfavorables a la par de los pequeños y medianos productores", dice Heber Figuerola, delegado del gremio. Para él, estos últimos son, junto a los operarios, los más vulnerables del sector. "Habría que dejar ese enfrentamiento que algunos intentan instalar", sugiere.

En Pili, las tensiones dejan paso a la búsqueda colectiva de una salida desesperada. Los 70 productores llevan seis meses sin cobrar. Se les deben US$ 1.200.000 y, sin embargo, no han dejado de remitir leche a la planta. También los obreros tienen atraso en sus haberes, unos US$ 350.000, y también siguen yendo a trabajar. A los proveedores se les deben US$ 10.000. A los bancos, US$ 50 millones. El salvataje que pergeñó el gobierno y terminó de aprobar el Parlamento el jueves en tiempo récord es por US$ 1,5 millones. Alcanzará para distribuir entre los trabajadores, y nada más. En tanto, la empresa se presentó voluntariamente a concurso de acreedores. Carga con un pasivo que ronda los US$ 60 millones.

Guerra en Conaprole.

Esta semana, las gremiales rurales más representativas se retiraron de los Consejos de Salarios. Aunque no es el principal, uno de los motivos del portazo es el conflicto que tiene la directiva de Conaprole con sus empleados. A su vez, una parte de ese conflicto tiene que ver con la crisis de Pili y con un intento de auxiliar a la empresa que, al final, se le volvió en contra.

Álvaro Ambrois, presidente de Conaprole, la cooperativa láctea hegemónica y la principal exportadora del país, dice sentirse feliz de que los trabajadores tengan "salarios privilegiados". Asegura que el sueldo del operario mayoritario son $ 57.000 nominales. Trabajan seis horas y media, en su mayoría seis días a la semana. Cobran dos aguinaldos. "Yo feliz de que sea así. Pero a pesar de esto, viven enojados con la cooperativa", dice Ambrois.

El gobierno se involucró de lleno en una solución para Pili y le pedirá a Conaprole que colabore. Foto: Archivo
 Foto: Archivo

Al igual que De Izaguirre, el presidente de Conaprole concentra su preocupación en los productores. Y aporta lo que considera son "números terribles" para transmitirla. De los 2.000 tamberos que remiten leche a la cooperativa, que en su mayoría son familias, la mitad cobraron, en promedio, $ 31.000 en julio. De allí deberán deducir salarios si tienen empleados, y mantener el establecimiento. Hay 400 que directamente no cobraron porque deben más de lo que se les pagó. Hace dos años que unos 300 tamberos no cobran nada. Se endeudan. Cambian de rubro.

En Conaprole, que tiene el precio más alto del mercado por litro de leche —unos $ 10,4— no han bajado las matrículas de producción porque han entrado nuevas. Sin embargo, a nivel nacional en estos últimos años han desertado del sector unos 100 tamberos, estima Ambrois.

Conaprole es líder en el mercado interno, pero su apuesta principal es a la exportación, donde vuelca el 75% de su producción. Por lo tanto, depende de los vaivenes internacionales, de las sequías ajenas y de los acuerdos arancelarios que haga Uruguay, que según él son pocos.

En los últimos tres años las exportaciones del sector en general y de Conaprole en particular sufrieron la caída del precio del commodity y la pérdida del mercado venezolano. En 2015 hubo seis meses que la cooperativa hegemónica directamente no exportó nada. La empresa se quedó sin cobrar US$ 39 millones por aquel fallido fideicomiso que se había pensado para pagar las deudas de Ancap y apuntalar las ventas de la industria uruguaya. Esos US$ 39 millones se previsionaron y la pérdida de a poco la fueron absorbiendo los tamberos.

Exportaciones se expandieron 13% en 2017 por "notable aumento" del volumen colocado. Foto. F. Flores
Foto. F. Flores

Conaprole ahorró en épocas de vacas gordas y eso le dio espalda para aguantar el cimbronazo. Sigue creciendo —proyecta hacerlo a un 3 o 3,5% anual— y aun en un escenario que consideran adverso, invierten US$ 300 millones en tecnología y equipamiento. Eso no significa, dice Ambrois, que les sobre. De hecho, las medidas sindicales les están haciendo perder en millones. El empresario asegura que no hay margen para subir el precio de la leche, ni para ceder ante el sindicato.

Figuerola, que además de coordinar la FTIL dirige el gremio de Conaprole, está seguro de que sus reclamos "no comprometerían el futuro de la empresa". Y advierte que "el único que ha hecho algo por los productores ha sido el Estado".

Lo que piden, en síntesis, es un aumento de la prima por antigüedad, un cambio de régimen de descanso y una recategorización salarial. El aumento, del 13%, viene pautado por el Ejecutivo y es casi un hecho. Pero Conaprole rechaza lo demás: entiende que la antigüedad es alta —Ambrois alega que se paga 10 veces más que en el resto de la industria—, que el cambio de régimen para todos es impracticable, y advierte que hay una recategorización reciente. Solo acepta si el sindicato firma una cláusula de paz por tres años, y el sindicato no la lleva.

En medio de las negociaciones, se precipitó la caída de Pili y en enero Conaprole propuso a la FTIL, como medida de auxilio, remitir leche a Pili para que la trabajaran allí "a façon" y se vendiera bajo la marca Conaprole. La condición: no llenar las vacantes de quienes se jubilaran para abatir el exceso de personal identificado en la cooperativa. El sindicato no aceptó y se estuvo a un paso de un conflicto.

A principios de mes, con Pili a punto de desvanecerse, se volvió a mirar a Conaprole. Se le solicitó que remitiera 100.000 litros de leche diarios a Paysandú para revitalizar la actividad. Conaprole pidió, a cambio, la cláusula de paz. Y otra vez se trancó.

El devenir de los días trajo consigo el rescate del Ejecutivo —una "curita", dicen en el sector— y Pili, por ahora, respira.

Las otras.

La situación de las demás no es tan asfixiante como la de Pili, ni tan conflictiva como la de Conaprole, pero sí es de inestabilidad y dependencia.

La láctea es, en general, una industria que se preparó para crecer, y se estancó. El 60% del mercado solía dividirse entre Venezuela y Brasil. El primero, ya se sabe, se fue a pique. El segundo es variable y ha sido más bien bajo en el último tiempo.

Sin oportunidades en el exterior, Claldy y Calcar se concentran en el mercado interno, que está a tope. Coleme, la cooperativa de Cerro Largo, se encuentra hoy en su versión más reducida, ya que solo vende leche fluida y en una zona limitada. Si Pili desaparece, al norte del río Negro la lechería será prácticamente una anécdota.

"Ser tambero e inteligente es algo que no he visto nunca", dice algo jocoso De Izaguirre, que fue tambero mucho tiempo. Él, que últimamente se enfrenta a caras largas y a expresiones de hartazgo en los productores, sabe que debe reanimarlos y que el suyo debe ser un mensaje de esperanza. Y se esmera. Así que cuando le preguntan cómo estará la lechería en tres años, elige hablar de cómo la población mundial y el ingreso medio vienen en aumento. "Habrá mejores resultados", dice. Pero no los convence: "Hace años que venís con ese verso".

Cómo cayeron las ventas al extranjero

Conaprole es el principal exportador de lácteos del país, pero igual sintió los efectos de la crisis que vive el rubro. Mientras que en 2013 exportó US$ 585 millones, en 2017 la cifra bajó a US$ 417 millones.

Pili también sufrió la baja en las ventas al extranjero, ya que en 2013 exportó productos por un valor de US$ 46 millones y cuatro años más tarde los ingresos descendieron a US$ 15 millones.

Calcar es otra de las compañías lácteas que más dinero por año maneja, según datos aportados por Uruguay XXI. De todos modos, la crisis en el rubro no la dejó de lado: mientras que en 2013 vendió US$ 54 millones a otros países, la cifra bajó a US$ 6 millones en 2017.

Claldy tampoco pudo frenar la baja en las exportaciones, ya que en 2013 comercializó US$ 35 millones al exterior pero cuatro años más tarde recibió ingresos por US$ 11 millones.

Ecolat no sobrevivió la crisis en el rubro y anunció su cierre en el verano de 2015. La empresa había exportado US$ 135 millones en 2013.

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