A punto de estallar.

Mal día en el tribal

Hace cinco meses, todos los ojos estuvieron posados en el Tribal, la puerta de entrada de adolescentes al INAU, por las condiciones infrahumanas en las que se supo que vivían. Se tomaron medidas, pero hoy todo sigue (casi) igual. En esta nota, el relato de una convivencia imposible.

Hogar Tribal del Inau. Foto: Leonardo Mainé.
Hogar Tribal del Inau. Foto: Leonardo Mainé.

La libertad, para Mario, tiene forma de número: 22. A esa hora llega el relevo, llega el alivio. Cuando se abre la puerta, la libertad es respirar hondo e inhalar aire limpio, mirar por un segundo la casa de enfrente, los autos pasando, la parada de ómnibus. "Qué bueno, estoy afuera".

Hoy fue un mal día en el Tribal. Su mochila va liviana pero su cabeza... su cabeza está partida en mil pedazos y varios cientos quedan en el hogar, pero otros cientos los lleva consigo a su casa. Entonces se sienta, se sirve un vaso de agua fría y pone sobre la mesa esos pedazos. "Bueno, familia, traje esto", dice sin decir. Mario siente que cuando sale de un mal día en el Tribal, su lugar de trabajo, tiene un mazo de cartas que necesita ordenar. Poner uno con uno, dos con dos, tres con tres, para volver a llevarlo al día siguiente y volver a traerlo entreverado.

Hace un año concursó para entrar como educador al INAU. Hizo una "muy buena y nutrida" capacitación en Cenfores, donde le enseñaron cosas como que el joven de hoy es el futuro de mañana y que los niños aprenden jugando. Tenía un conocido que ya trabajaba en el instituto y que le aconsejó firmemente que no fuera al Tribal. Sin embargo, había un orden de prelación para elegir y a Mario le quedaron solo dos opciones. Finalmente, se inclinó por ese hogar que fue pensado como la puerta de entrada de los adolescentes que son separados de sus familias de origen y necesitan amparo temporal. Un lugar en el que —pensaba— no cumpliría la función de padre, pero al menos ayudaría al que no lo tiene. Un lugar donde recibiría al que se le vulneraron sus derechos para que no se le vulneraran más.

"Me vine a trabajar al Tribal con globitos de colores y arcoíris y flores, y cuando entré ahí era… un balde de nada. Todo quedó en la nada". Sintió como si le hubieran abierto una jaula y le hubieran dicho "tomá, estos son los gurises". Se dio cuenta de que ya no eran tan niños, que muchas veces predominaba la maldad. "Y uno no viene a luchar contra la maldad. Y te encontrás muchas veces con que los derechos son vulnerados en la misma institución", dice Mario, que no se llama así pero pide no revelar su nombre. Mario transmite un cansancio triste en el gesto cabizbajo y resabios de aquella rebeldía entusiasta en las manos inquietas.

En el Tribal, Mario vio a un adolescente intoxicarse. Llegó un año atrás, como él. "Era una plumita, una seda; barría, lavaba. Entró por amparo, porque la familia no se quiso hacer cargo de él. Hoy tiene 14 años, está peleado con la vida, solo quiere escaparse y es totalmente transgresor, anda transando ropa, se le pegó el porro. Ve y aprende cosas malas de los otros. Claro, vio pasar tanta gente, y lo de él —una familia alternativa o un hogar definitivo— no sale, no sale".

"No sale porque el INAU está superpoblado", acota a su lado Luis, otro educador vocacional de sueños rotos cuyo nombre tampoco es real. "Pero ese chiquilín no debería estar ahí. Hace meses que el INAU tendría que haber generado otra propuesta para él", interviene ahora Carlos Salaberry, que es secretario general del sindicato de funcionarios del INAU y participa de la entrevista para respaldar a los educadores.

Explicar este fracaso es ingresar en los vericuetos del sistema de protección y el Poder Judicial. A sus trabajadores INAU les dice que si abren 20 hogares nuevos, se llenarán los 20, y que si abren 40, se llenarán los 40. "En parte puede ser cierto", dice Salaberry, porque al juez "le funciona" el mecanismo de internación "en automático". En la teoría todos saben que internar no es una buena respuesta, pero en la práctica no se ponen sobre la mesa otras opciones. El INAU quiere "desinternar" pero no consigue suficientes familias de acogida, y la demanda crece pero no se abren más hogares. Como resultado, el Tribal se sigue llenando de "gurises que no tendrían que haber estado ahí ni cinco minutos, y los echás a perder".

En abril, la Institución Nacional de Derechos Humanos (Inddhh) logró que la opinión pública se indignara con un duro informe sobre el funcionamiento de esta casona en el Centro de Montevideo. INAU anunció una serie de medidas urgentes y otras a mediano plazo. Hoy, cinco meses después, todo sigue (casi) igual.

Remolinos y bombitas.

Es viernes. Una vez más, como casi todos los días, hay que llamar a la emergencia porque algún adolescente se descompensó o se lastimó. Llega la ambulancia y estaciona en la puerta. Afuera, un grupo de adolescentes amigos o conocidos de los de adentro, que se juntan a diario para hacerles el aguante a sus "compas", empiezan a tirar piedras al vehículo. Uno de los policías que custodian la entrada los intenta frenar y se lleva un golpe con una baldosa en la cabeza. Al otro policía le intentan sacar el arma. Forcejean hasta que el efectivo consigue reducir al adolescente. Llaman al 911. Los implicados van detenidos. El juez los deja libres.

Esto pasó hace 15 días, pero hace 10 hubo otra situación violenta que terminó con una oficina completamente destrozada. Un video filmado por un funcionario registra, como quien vuelve al lugar por el que pasó un huracán, una jarra eléctrica partida en el piso, maderas arrancadas, una impresora con el vidrio estallado.

"Es una demencia. Nos van a matar a todos", solloza una educadora que hace meses pide un traslado de hogar.

Ahora hay unos 45 adolescentes viviendo en el Tribal, pero han llegado a ser 60. Cuando se inauguró, en 2012, la idea era que hubiera 30. Tras el oficio de la Inddhh, el INAU agregó cinco cuchetas (tres para el sector de mujeres, dos para el de varones) para que nadie más durmiera en el piso. Pero es inevitable: cada noche, por distintos motivos (adolescentes con distinta orientación sexual, adolescentes enfrentados entre sí, adolescentes que ingresan de madrugada), no queda otra que tirar colchones.

"Siempre fue complicado", dice Pablo, que lleva varios años trabajando en el Tribal y a cada rato se refriega los ojos extenuados. Pero el último año, además de los que pidieron traslado, hubo una enorme deserción. A fines de 2017 ingresaron 14 educadores, de los cuales en el correr de 2018 renunciaron siete. "No aguantaron", piensa Pablo, pero en los hechos nadie sabe bien qué fue lo que no aguantaron ni si se podrían haber evitado esas renuncias con algo de ayuda, porque los trabajadores no tienen apoyo psicológico.

Hogar Tribal del Inau. Foto: Leonardo Mainé.
Hogar Tribal del Inau. Foto: Leonardo Mainé.

La mayoría trabaja tres días y descansa otros tres. Esto permite rotar los fines de semana libres, pero sobre todo responde a la necesidad de desconectar. Porque después de tres días en el Tribal, el cansan- cio emocional es insoportable. Aun así, el ausentismo es alto y la tentación de certificarse, innegable.

Dicen que lo ideal sería que hubiera un educador cada cinco internos. La realidad es que son dos o tres por turno y por sector, o sea, dos o tres para 20 o 25 chiquilines. Cuando uno tiene que acompañar a otro al liceo —de los 45, estudian 10— y otro debe llevar a un adolescente al juzgado o al hospital, el educador que queda solo ya sabe lo que le espera.

Un remolino de adolescentes entrando y saliendo. Los que viven ahí y los que están de paso. Una "bombita" —como dicen los educadores— que llega del Inisa porque ya cumplió su pena y ahora necesita amparo. Una espiral de desorden. Uno que se corta con un vidrio. Otro que se quema el pelo con un encendedor. Tres que se meten en el cuarto de las mujeres. Dos que se agarran a piñas en la cocina. Cinco que "boquillan" desde afuera y alborotan adentro. Mal día en el Tribal.

¿Qué herramientas tienen para desactivar la bomba? La pregunta los deja perplejos por unos segundos. Una mezcla de "sentido común", "oficio" y esas "tres gotitas de vocación" terminan de conformar la respuesta. La casa no ayuda. No hay fondo, no hay verde, no hay ping-pong, futbolito ni play station, ni un parlante para escuchar música (aunque en un tiempo hubo todo eso, pero los mismos chiquilines lo fueron destruyendo). La solución es que un educador se aparte para hablar con los dos o tres que iniciaron los disturbios, y que otro se lleve al resto a patear una pelota a la plaza para sacarlos del encierro y la tensión.

Sobre las sombras de malos tratos que persiguen a todos los que trabajan en hogares, la respuesta unánime es rechazar el prejuicio: "Cada uno sabe lo que hace".

El nuevo tribal.

Daniel Clausen, el director de todo el sistema de protección integral de Montevideo, suelta una catarata de medidas que el INAU tiene para el Tribal. Es hábil: reconoce las carencias y anuncia soluciones para cada una.

En el horizonte está el cierre de la casa. Cerrar esa y abrir otra, como cuando en 2012 se cerró el "Centro de Atención Transitoria" y se abrió con rimbombancia el Tribal. Esta vez se abrirán dos, una para mujeres y otra para hombres, y en eso radica buena parte de la expectativa, tanto de las autoridades como de los trabajadores, que están convencidos de que así se terminará el 50% de sus problemas. También les cambiarán el nombre: ya no serán "puertas de entrada" sino "modelos de breve estadía". Al Tribal también le llamaban, al principio, "espacio de espera".

Pero conseguir los locales no es tan sencillo como idear nuevos nombres, más cuando se trata de adolescentes, y más aún si son los malafamados del Tribal. El INAU hizo —antes del llamado de atención de la Inddhh— dos tandas de licitaciones dobles y las dos quedaron desiertas. Hace poco sacaron otra para remodelar una casa propia en Lezica. Esa quinta licitación sí prosperó y está a punto de quedar firme su adjudicación. Una vez que eso suceda, se hará una obra de unos 60 días. Esperan que en diciembre esté pronta la casa que va a albergar a las adolescentes que hoy viven en el Tribal.

Y ahí sí, anuncia Clausen, estarán todas las características necesarias: logística, recursos humanos, actividades, fondo verde, baños suficientes, salas de visitas.

A los varones los piensan trasladar a una casa también propia de INAU en la que hoy funciona otro hogar. La idea es que los niños que viven allí —que no son tan resistidos por los arrendadores como los adolescentes— se muden a una casa de alquiler. En estas semanas ultiman los detalles para abrir la licitación —la sexta— pero ya se aseguraron de que hubiera un interesado firme y con papeles en regla.

Más allá de las seis licitaciones, el Tribal implicó formar una comisión con autoridades del INAU para resolver el tema locativo. A su vez, el sacudón de abril determinó que se abriera un nuevo llamado a concurso para educadores —hoy en "etapa final"—, de modo de pasar de 43 educadores a 60, llegando a cuatro por turno. Se resolvió también contratar técnicos —psicólogos, educadores sociales, trabajadores sociales— para reforzar los equipos. Esos se integrarán antes de fin de año. Y "en los próximos días" —hace al menos dos semanas que se anuncia como algo inminente— comenzarán a trabajar en el Tribal talleristas de plástica y música.

Hay más: INAU contrató a la ONG La Barca para que sus especialistas hagan un "segundo diagnóstico" de los adolescentes internados en el Tribal con el objetivo de hallar una salida para ellos. La Barca asumirá directamente algunos casos y capacitará a los técnicos de INAU para que continúen la línea. "Esto ya se hacía", advierte Clausen, pero con menos recursos.

La terca historia.

Hogar Tribal del Inau. Foto: Leonardo Mainé.
Hogar Tribal del Inau. Foto: Leonardo Mainé.

Cuenta Clausen que antes de que la Inddhh emitiera sus recomendaciones, INAU ya había realizado una inspección en el hogar a raíz de la nota anónima de un funcionario planteando varias disconformidades. En marzo se inició una investigación administrativa sin resultados conocidos hasta ahora. Hacía tiempo que se sabía que se precisaba otra casa.

Lo cierto es que fue en abril que se tomaron las medidas más contundentes que haya conocido el Tribal: se desratizó el lugar, se limpió la basura acumulada en el subsuelo, se desobstruyeron caños y se arreglaron luminarias rotas, entre otras cosas. Se sacó a la directora y a dos funcionarios y, desde abril hasta el último día de julio el centro estuvo "intervenido" por un equipo designado por el directorio. Desde julio se atraviesa un "período intermedio" en el cual una de las dos personas que asumieron esa intervención de 110 días quedó a cargo del hogar.

El sindicato del INAU y una comisión designada por el directorio conformaron una unidad de negociación. Allí los trabajadores plantean problemas y reclaman medidas; las autoridades ofrecen explicaciones y acuerdan soluciones. Les dicen que no pueden más. Les contestan que a fin de año se terminará el martirio. ¿Y mientras tanto?, preguntan.

Las mejoras de abril fueron indiscutibles, pero la terca historia hizo que todo, o casi todo, volviera a su ciclo habitual: destrucción, reparación, destrucción, reparación. Para algunos educadores fue solo una lavada de cara. Y por la decepción que se siente al volver a punto muerto, o tal vez porque las desgracias también ocurren por acumulación, el último mes el Tribal fue el peor en años. Hay un costado bueno, aclara Mario: "Dicen que si sobrevivís al Tribal, estás preparado para todo".

En abril, informe lapidario; hoy, silencio

La Institución Nacional de Derechos Humanos venía monitoreando el Tribal desde 2014, y había emitido recomendaciones ya (algunas de las cuales se cumplieron, como separar a los niños de los adolescentes). Sin embargo, lo que se encontraron las técnicas María José Doyenart y Ana María Grassi el 6 de abril provocó una reacción mayor.

El oficio emitido refiere a múltiples déficits en el mantenimiento general de la casa: humedades en techos y paredes, todas las aberturas rotas, cámaras de vigilancia fuera de funcionamiento, baños deteriorados, acumulación de basura y presencia de roedores en una planta baja abandonada, una sola ducha para 30 mujeres, entre otras cosas.

Constataron falta de equipamiento en la cocina, pocos placares y en mal estado, poca ropa interior, poco abrigo y calzado, escasos materiales de estudio. El informe incluye el testimonio de los adolescentes, que fueron enfáticos en cuanto al encierro que vivían, la falta de actividades y la angustia por no saber qué pasaría con ellos.

El informe concluye con recomendaciones para atender las carencias y el pedido de que "se proyecte, a mediano plazo, el traslado a una casa que brinde condiciones dignas" para adolescentes y trabajadores. Consultadas para este informe, las técnicas se excusaron de hacer declaraciones por ahora.

Comité de los Derechos del Niño pide "cambiar la lógica"

Hace 15 días, cuando la diputada blanca Gloria Rodríguez visitó el Tribal, se encontró a un policía sangrando y un estado de nerviosismo generalizado. Le dijeron que la situación era "incontrolable" e "inmanejable". Rodríguez, vicepresidenta de la comisión de derechos humanos, hace meses que está pendiente del funcionamiento del hogar. De hecho, este miércoles asistieron a la comisión representantes sindicales para plantear la situación en la que trabajan, la cual consideran insostenible por el grado de violencia cotidiano. Los diputados dijeron que intentarán acelerar los trámites para el cierre.

También están atentos y preocupados los integrantes del Comité de los Derechos del Niño y de Anong, la asociación de ONG. Gastón Cortés, Alfredo Correa, Patricia Lazaga y Paula Baleato, reunidos en El Abrojo, plantearon para esta nota que aunque se concrete el cierre del Tribal, "no va a cambiar la lógica". Para ellos, la readecuación que hizo el INAU hace poco "fortaleció la estructura institucional pero no mejoró la respuesta al chiquilín que llega vulnerado". La protección efectiva debe exceder al INAU e incluir apoyo económico a las familias de origen, sostienen ellos. Además, creen que la prevención de situaciones de vulneración se ha focalizado en primera infancia, pero es nula para la adolescencia. Dicen que el encierro y la violencia en el Tribal son culpa del sistema, que "hace que no haya lugar para el buen trato" allí.

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