la frontera sufre la baja del real

Mal día para bagayear

El real devaluó y en la frontera la baja de precios se siente. La Aduana intenta desestimular que los uruguayos crucen a Brasil por el surtido y refuerza controles. Los comerciantes reclaman que se contemple su mal momento. Y los quileros, por ahora, siguen arriesgando sus vidas por unos pesos.

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Los comerciantes de Melo piden que le exoneren impuestos para bajar precios. Foto: D. Borrelli

De un lado de la calle están los comercios llenos de gente cargando sus vehículos con arroz a $ 17 el kilo y llevándose una pasta de dientes a $ 28. Allí puede verse cómo los ómnibus de pasajeros se van mucho más bajos de lo que llegaron y cómo, cuando cae el sol, los "quileros" cargan combustible, víveres y llevan hasta 14 garrafas en una sola moto. Del otro lado de la avenida hay free shops que parecen casas abandonadas. La mitad de los empleados se encuentra en seguro de paro y la otra mitad está de brazos cruzados a la espera de que entre algún cliente.

En Aceguá, el pueblo de la mayor frontera seca del país, la imagen habla por sí sola. El lado brasileño del pueblo reboza actividad comercial y contrasta con el parón pronunciado de su parte uruguaya, a la que se le hace imposible sostener sus negocios ante semejante baja en los precios norteños. Este fenómeno, que empieza con la devaluación del real, ha llevado al gobierno a realizar operativos especiales en las aduanas y a anunciar que este fin de semana largo está prohibido entrar al país con un surtido para todo el mes.

Las consecuencias están a tan solo 60 kilómetros. Es miércoles y la tormenta que cae sobre Melo, alerta naranja incluida, no logra nublar la tensión. En el centro, cada 20 o 30 tiendas hay una con los vidrios tapados por diarios y un cartel que reza "cerrado". Gracias a los motociclistas —para los que el casco parece ser una mala palabra— aún sobreviven las pocas estaciones de servicio legales de la zona. En promedio, dicen sus dueños, las ventas bajaron un 60% en dos años y más allá de que el ministro de Economía Danilo Astori diga lo contrario, para ellos "Cerro Largo está en recesión". Otros negocios, sobre todo almacenes de barrio —o boliches como le llaman los melenses— también están con las cortinas bajas. La razón es otra, pero fruto de la misma coyuntura: la Aduana anda en la vuelta.

Un día antes, el martes, tres hombres entraron a la provisión La Piraña e incautaron $ 25 mil en mercadería brasileña sin documentación. Martín Sosa, el dueño, no tuvo tiempo de reacción. Lo tenían fichado. "Llegaron con mi nombre anotado en una lista y comentaron que era parte de un operativo especial", recuerda. En esa jornada, las autoridades inspeccionaron ocho comercios y decomisaron $ 394.042 en productos de contrabando.

"Me pidieron, de buen modo, que los acompañara a la comisaría y allí me tomaron declaración". Sosa habla pausado y tiene rostro de cansado. Pero más que el mal momento, la pérdida de dinero y toda la travesía hasta la Seccional 11ª, lo que le agobia es la falta de una solución. "Yo dejo de vender productos brasileños, pero ¿cómo compito con los otros almacenes o con la gente que viaja solo unos kilómetros a comprar el surtido?", se pregunta. "Lo que vino a hacer la Aduana es simplemente llenar el ojo".

La llegada de la Aduana, con apoyo de funcionarios de Rocha y Dolores, opacó la calma de Melo. Las radios y canales de televisión locales se hicieron eco de las reacciones y ocuparon buena parte de sus emisiones para abordar la temática. Y eso, en una en una localidad cuya población apenas logra llenar el Estadio Centenario, es sinónimo de una disputa al rojo vivo.

"La Justicia consiste en tratar diferente al diferente", señala Miguel Mestre, presidente del Centro Comercial de Cerro Largo. "No estamos a favor del cierre de la frontera, sino que pedimos exoneración de algunos impuestos para bajar los precios y poder competir con Brasil".

En la capital departamental hay 2.000 comercios y 400 de ellos están afiliados al Centro que Mestre dirige. Independientemente de colores partidarios, el discurso es compartido. El comerciante explica que a las ciudades ubicadas a 20 kilómetros de la frontera se les exonera el Imesi a los combustibles. Y si bien Melo está a 60 kilómetros, para él es una ciudad esencialmente fronteriza que debería ser contemplada con alguna política específica.

Los representantes de otras localidades fronterizas sostienen lo mismo. Así lo resumió Julio Cuello, presidente de la asociación de comercios de Rivera, ante la comisión de Hacienda del Senado: "Se nos plantea el cero kilo, pero sería real si levantáramos el muro de Berlín y no dejáramos pasar a la gente. Vivimos de los dos lados y tenemos familia y amigos de los dos lados".

El 26 de octubre se reunirán autoridades del gobierno central con los intendentes de los departamentos que tienen frontera con Brasil para buscar una solución. Mestre resalta que el aporte de estas localidades a la recaudación total del IVA ronda el 1%, de modo que no haría mella prescindir de él. Los comerciantes insisten en que "urge" la necesidad de adoptar medidas y se quejan de que "siempre dicen que van a estudiar las propuestas y nunca pasa nada".

Acuerdo tácito.

En Aceguá todo transcurre en silencio. No en vano el nombre, de origen tupí, significa "lugar del descanso eterno". Hasta el contrabando es parte de la rutina y nadie pregunta. La mayoría de las matrículas del lado brasileño son blancas con letras negras y tienen la letra "E" de Cerro Largo. Es principio de mes y en los supermercados se nota que los uruguayos hacen rendir su salario tres veces más.

De regreso, todos los vehículos deben pasan por el único puesto de control de Aduana; salvo los quileros, que toman caminos alternativos en lo que parece un acuerdo tácito. Fuentes de la Aduana dijeron incluso que "tienen prohibido parar a las motos porque son puestos de trabajo que defiende la Intendencia". Los dos funcionarios que hay de turno piden a los choferes de autos que abran el baúl, miran a la volada y dan el visto bueno para pasar. Si la carga son algunas pocas bolsas, lo que puede ser una canasta básica, no hay inconveniente. A los ómnibus les revisan las bodegas un poco más a la ligera.

A las 18:45 horas del miércoles sale desde Aceguá hacia Melo una de las 16 frecuencias de ómnibus que unen por día estos dos poblados. El boleto cuesta $ 106, un precio que se cubre con solo comprar del lado brasileño una bolsa de jabón en polvo de cinco kilos. La devaluación del real "no incrementó la cantidad de pasajeros", dice el propietario de Decatur, Dardo Rodríguez, porque "con la plata que hubo los últimos años, todos se compraron su vehículo propio". Al pasar por la Aduana, ningún funcionario sube a revisar. Saben que quienes viajan son melenses que compran para "la diaria". Y algún bagayero que hace de mula para un contrabandista mayor.

Lo curioso es que desde la capital departamental hacia Montevideo haya solo seis frecuencias diarias, para Río Branco 10, y que para Aceguá —un pueblo en el que viven 5.000 personas, 1.500 del lado uruguayo—, haya 16.Allí hay cinco free shops, dos estaciones de servicio, unos cuantos supermercados, zapaterías, ferreterías y poco más. Lo justo para hacer las compras y regresar.

Unos 10 kilómetros antes de llegar a Melo, el ómnibus dobla y rebasa a otro transporte público que está parado en la esquina. De ese coche estacionado bajan unas cuantas bolsas verdes y unos muchachos las meten a prepo en un auto viejo. Un minuto después, por la Ruta 8 pasa un quilero que tambalea con su moto. Sobre las cajas colocó una lona azul que impide el pasaje del agua de lluvia. Está todo previsto.

La "caravana" de vehículos cargando productos brasileños es una postal que se repite en Río Branco, el otro puesto fronterizo de Cerro Largo. Allí hay ocho free shops, y la realidad es similar: más de la mitad de los trabajadores está en seguro de paro. Unas 3.000 personas sobreviven del "contrabando".

Según datos del Mides, el 45,5% de quienes trabajan en Cerro Largo lo hacen en la informalidad. La falta de una cultura de aportar para recibir luego (en servicios o jubilación) y la escasez de puestos de trabajos redituables, explican este escenario. Salvo por la existencia del frigorífico Pul, el departamento tiene pocas industrias. Su principal riqueza es la ganadería. Durante el auge del precio de la soja, hubo varios empresarios argentinos que adquirieron campos en la zona. Si bien no son tierras idóneas para este tipo de cultivo, los US$ 500 por los que se vendía la tonelada justificaban el intento. "Hoy, con una soja a US$ 300, no vale la pena", dice Mestre. La lechería también pasa un mal momento, en parte como consecuencia de la sequía del otoño. Y con una devaluación del real del 55% frente al dólar en un año, las secuelas están sobre la mesa.

Para Dardo Rodríguez, el dueño de Decatur, nunca mejor dicho "sobre la mesa". Es que este melense hijo de una bolichera refundó hace un año la fábrica Tacuarí, la primera empresa de refrescos del país. Hoy, la "Naranjita", como le dicen amistosamente los lugareños a esta bebida, está cada vez menos en los brindis de cumpleaños infantiles o en los almuerzos de los domingos. "La baja es del 30%", lamenta Rodríguez. De los 15 trabajadores, siete están en seguro de paro y a su regreso será el turno de los ocho restantes. "Si la mano sigue así, terminada la zafra, en enero, se tendrán que ir cuatro".

De ahí que mudarse a Brasil sea una de las opciones que baraja el empresario para no llegar a medidas extremas. No sería un paso extraño. La mayoría de los locales de Aceguá en el margen brasileño son propiedad de uruguayos. Edgardo Torres, el presidente de la asociación de comercios es, incluso, uruguayo. Torres pasa sus mejores días: en su estación de servicio las ventas aumentaron 50%.

El comerciante hace cuentas en su oficina. Por la lluvia del miércoles sabe que en la noche llegarán pocos quileros a cargar gasoil en sus surtidores. Para él, esos uruguayos que arriesgan su vida en las motos son el pan de cada día. Y hasta un emblema. Entre calculadoras y facturas, tiene un himno de los quileros y fotos de las garrafas en equilibrio.

En la frontera la alegría pasa de un lado al otro como el viento. Y en Cerro Largo, la tormenta trajo a la Aduana y la tensión. Todos, en mayor o menor medida, dicen tener la razón. Como Antón Pirulero, cada cual atiende su juego. Pero en este caso no es asunto de niños.

Funcionarios en bicicleta para enfrentar el contrabando.


En Melo hay más motos que hombres. Al menos esa es la sensación. De un lado de las calles frenan los pocos autos, del otro los birrodados. Cualquier vehículo extraño puede llamar la atención. Por eso la Dirección Nacional de Aduanas usó una estrategia de inteligencia. Dos funcionarios recorrieron la ciudad a pie y en bicicleta. Entraron a los almacenes, miraron la mercadería y apuntaron cuáles eran los que, a su juicio, tenían más cantidad de productos brasileños. Días después requisaron ocho locales: en siete había mercadería sin documentar, y en el restante, dos autos matriculados en Brasil. Pero la mayor sorpresa fue una camioneta matriculada en Cerro Largo que las autoridades frenaron en la Ruta 8. Estaba repleta de contrabando. La dureza de la medida no cayó bien en los melenses que ven al pequeño bagayero como un "laburante". Pero hay otros que exigen mano dura, como con los bolseros en Paysandú.

Intereses cruzados en la línea de frontera.


"Comprar en Brasil solo perjudica a unos pocos comerciantes de Melo", dice Edgardo Torres, propietario de una estación de servicio del lado brasileño y quien le provee gasoil a los quileros. Hijo de padres uruguayos, hace más de dos décadas que preside la Asociación de Comerciantes de Aceguá (Brasil). En estos años vio cerrar al "95% de los negocios porque desde mediados de 1990 Brasil dejó de ser tan barato". Pero la actual devaluación del real frente al dólar hizo que la frontera recobrara "lo que fue siempre". El comercio de ese lado del mostrador creció en el entorno del 50% y la diferencia la hace el surtido de comida, productos de limpieza y el gasoil. "Para un melense el sueldo se le triplica, ¿qué hay de malo en eso?", cuestiona Torres. "Será malo para el gobierno que deja de recaudar, pero no es malo para el pueblo", señala con un acento portugués.


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Miguel Mestre, presidente de la agrupación de comercios de Melo, tiene una visión diferente. "Somos los que damos trabajo a la gente y pagamos los impuestos para que haya servicios como seguridad y educación... y eso que después debemos pagarle a nuestros hijos un colegio privado".

Mestre no puede comprar en Brasil. Su rol y su ética se lo impiden. Pero es consciente de que para doña María la diferencia de precios no da chance a otra opción.

En el caso de Mestre, quien es propietario de un negocio de informática, Brasil no le compite en precio, pero sí le "quita el dinero a la gente" para que vaya a comprar a su local. Como su negocio se achicó, de siete empleados que tenía hoy solo cuenta con uno. Y no solo eso. Los brasileños, quienes en los últimos años llegaban a Melo para comprar productos en dólares, hoy no pueden hacerlo.

Los quileros:  "Uno lo hace porque no le queda opción".


Lo que en Montevideo es un delito, a poco más de 400 kilómetros es una forma de ganarse la vida. Cuando Darly cumplió 14 años, subió a su bicicleta y pedaleó los 60 kilómetros que separan a Melo del límite con Brasil. Allí, en Aceguá, compró todo lo que el dinero le permitió y regresó por la noche pronto para revenderles la mercadería a los almacenes. Cuarenta años han pasado desde entonces. Darly ya no anda en bici, sino en una moto con triple suspensión preparada especialmente para soportar hasta 700 kilos de "contrabando". Sufrió "cientos" de caídas por roturas de rueda o por agarrar pozos en los caminos alternativos a la ruta, que son la manera de sortear la Aduana. Diez veces terminó en el hospital y tres estuvo grave. En este tiempo ha visto a 13 compañeros fallecer. "Todo sea por trabajar", dice.

Los quileros —o motoqueros desde que abandonaron las bicicletas y los caballos para pasarse a las motos— son parte de la idiosincrasia de Aceguá, en el límite de Cerro Largo con Brasil. Cada noche llegan a esa frontera unas 50 motos. Cargan hasta 14 garrafas de gas, 600 litros de combustible o comida que revenden en los almacenes de Melo. Ese trayecto, que apenas son 60 kilómetros y un puesto de control de Aduana de por medio, debe realizarse entre los campos donde hasta hoy permanecen las cruces de quienes murieron en el camino.

"Una moto totalmente cargada, con el riesgo que ello implica, te puede dejar $ 900 de ganancia", cuenta Darly para comparar con un empleo formal al que, en Cerro Largo, le es difícil acceder (ahora está probando suerte en la construcción). No tiene jefe ni nadie que le controle los días de licencia. Pero tampoco tiene seguro, jubilación ni días libres: "Si hay trabajo, uno va aunque llueva… Hay que darles de comer a los seis hijos".

El mayor de sus hijos varones sigue sus pasos. Tiene su propia moto, no terminó el liceo, y si bien aprendió varios oficios "solo consigue ser quilero". Por las noches, cuando el joven de 21 años anda por la ruta a 70 kilómetros por hora con tanques repletos de gas- oil, Darly no puede dormir. "Sueño con que deje ese trabajo, pero la cosa está difícil".

Los controles de la Aduana de esta semana complicaron el trabajo de los quileros. Y hasta pensaron en hacer una manifestación. Pero Darly es consciente de que su trabajo "es ilegal" y por eso "se respeta a la autoridad". Ya lo cantó Osiris Rodríguez Castillos: "Hay un camino en mi tierra / del pobre que va por pan, / camino de los quileros / por la sierra de Aceguá".

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