Un psiquiátrico como negocio

Ituzaingó, el pueblo que monetiza la locura

Los habitantes de Villa Ituzaingó, el pueblo más próximo a la colonia Etchepare, albergan pacientes en sus casas a cambio de dinero. Ya hace más de 40 años que funcionan estos hogares, que terminaron forjando la identidad de esa pequeña localidad de San José.

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Foto: Leonardo Mainé
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Villa Ituzaingó vive de la locura. Los habitantes de este pueblo de San José pasan el día hablando de esquizofrenia, bipolaridad y psicosis. También se habituaron a los gritos por la noche, a los llantos fuertes y a las risas porque sí. Es que nacieron en un lugar donde no hay casi nada cerca, salvo dos cosas: las colonias psiquiátricas Etchepare y Santín Carlos Rossi. Alrededor de las pocas casas de la localidad hay unas 700 personas internadas en los centros y la mayoría de los vecinos trabaja allí. Pero desde hace 40 años encontraron otra forma de sobrevivir y usan las habitaciones de sus casas para albergar a algunos pacientes.

La locura en Villa Ituzaingó no es solo identidad, también es dinero.

Antes de llegar al pueblo desde Montevideo hay un cartel con una cruz roja, que marca la entrada a la colonia Santín Carlos Rossi. No hay nadie a la vista, pero los pabellones son el presagio de lo que vendrá. Solo dos kilómetros más adelante aparecen unas pocas viviendas, la plaza y la comisaría, donde hay un solo policía desde hace más de un año. Cinco hombres están parados frente a una de las casas, que en realidad no es suya, tiene otro dueño. Sus familias pagan para que estén allí y los cuiden, porque no pueden hacerse cargo de su enfermedad.

Daniela Fernández (46) se crió así. Su madre era cuidadora y empezó a recibir pacientes hace más de 40 años. Se acuerda que hacía los deberes con uno de ellos, que iba a buscarla a la escuela con un paraguas los días de lluvia. Volvían caminando de la mano, merendaban juntos y compartían los caramelos y el dulce de leche que él compraba. El hombre había estado internado en una de las colonias y fue uno de los primeros en llegar al pueblo, que hasta entonces tenía tan solo 700 habitantes. Hoy viven cerca de 900 personas en la localidad y 116 son forasteros con trastornos psiquiátricos.

Uno de cada nueve en Villa Ituzaingó padece la locura.

El primer trabajo de Fernández fue como auxiliar de limpieza en la colonia Santín Carlos Rossi. Casi toda su familia pasó por el establecimiento en algún momento y su marido todavía se desempeña allí como enfermero. Dice que en su pueblo es difícil trabajar de algo más y si bien a su hija no le interesa cuidar gente, está estudiando medicina para dedicarse a la rehabilitación de las patologías psiquiátricas. Fernández siente orgullo por ella, sobre todo porque la joven podría convertirse en una de las primeras profesionales de Villa Ituzaingó.

—Un día nos pusimos a ver y notamos que acá la gente no estudiaba. Nadie llegaba a la facultad, era impensado: todos terminábamos trabajando en algo relacionado con las colonias. Hoy mi hija estudia medicina, la de otra vecina estudia química, uno está en Facultad de Derecho y otro en odontología. En un tiempo no vamos a tener uno, vamos a tener cuatro profesionales —dice y se emociona.

Al menos 50 personas se dedican a los cuidados en el pueblo. Fernández es la dueña de uno de los hogares más grandes, por lo que alberga a ocho pacientes que salieron de las colonias y 26 más que llegaron de forma particular. De a poco fue comprando casas en la misma manzana, las acondicionó y empezó a agrandar la empresa. Hoy tiene 10 empleados que cubren los tres turnos del día, además de un psiquiatra y un médico general que van una vez por semana.

Salud Mental. Foto: Leonardo Mainé
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La locura para Fernández es un negocio. Las casas del pueblo cobran entre $ 20.000 y $ 30.000 por cada uno de los pacientes particulares. También hay un convenio con la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) para albergar a las personas de las colonias, por lo que les pagan un único sueldo de $ 18.000 por recibirlos.

En estos casos, los hogares administran también los $ 9.500 de pensión por discapacidad que tiene cada uno de los pacientes, ya que cuentan con la curatela para hacerlo. Los cuidadores deben rendirles cuentas a las colonias y explicar en qué gastan ese dinero.

—¿Por qué hago esto? Un poco por solidaridad, pero también por plata. Fuimos criados con ellos, estamos acostumbrados a los pacientes psiquiátricos y sabemos cuidarlos. No hay otro lugar en Uruguay donde pase esto —sostiene.

Fernández cobra por su trabajo cerca de $ 900.000 por mes.

Durante mucho tiempo ella vivió en la misma casa que los pacientes. Ahora duerme en una vivienda al lado. De noche escucha gritos. Y aunque ya se acostumbró a despertarse con los ruidos, aclara que "no es fácil vivir al lado de un psiquiátrico".

Las personas suelen esperarla llegar, la siguen, la llaman todo el tiempo. También la buscan para darle besos y abrazos, para contarle qué almorzaron y para preguntarle cuándo van a festejar los cumpleaños del mes. Ella dice que se encariñó con algunos, que los siente como si fueran parte de su familia.

—No voy a mentir, no tengo la misma afinidad con todos. Algunos me dieron mucho trabajo, intentaban escaparse, rompían algo todos los días. Hay una chiquilina divina, que no lo hace a propósito pero se pasa rompiendo vidrios. A veces me dice: "Daniela, estoy por romper algo, por favor cuidame". Pobre, no lo hace de mala —cuenta.

Cacería de bichos.

Es difícil identificar qué casas albergan pacientes y cuáles no. Por fuera son todas iguales, pero una vivienda en el pueblo llama la atención por sus colores. La puerta está abierta de par en par y reciben al que quiera pasar, no hay por qué anunciarse. En ese gran salón comunal hay actividades todo el día, que son financiadas por los dueños de los hogares para que sus huéspedes estén entretenidos. Al menos 14 familias en Villa Ituzaingó se dedican de manera exclusiva al cuidado de otros.

Salud Mental. Foto: Leonardo Mainé
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Es miércoles y El País llega al pueblo sin previo aviso. La jornada empieza a pura zumba y las mujeres se pasean por las calles con sus calzas de colores, que les compraron especialmente para la actividad. Hay rosadas, amarillas, verdes y estampadas. Todas fluorescentes y bien llamativas. Los pacientes más jóvenes, que son la mayoría, tienen una profesora que les enseña a bailar. El reggaetón enseguida empieza a sonar.

Termina la clase y llega la hora del almuerzo. Cada uno se va para su casa. Están a poca distancia del centro. A todos ya los están esperando con la comida. En uno de los hogares les toca salpicón de pollo, en otro les sirven chorizo con ensalada. A Santiago, uno de los pacientes, le dan arroz con carne, su comida preferida. Está contento.

Fernández dice que programan tantas actividades para que se cansen y duerman la siesta. Algunos no quieren quedarse en sus casas, por lo que vuelven al centro y se ponen a pintar. Hay hojas con dibujos para colorear, lápices y marcadores. Otros se quedan sentados esperando que sea más tarde, porque llega el profesor de música y tendrán la clase en la plaza de deportes. Por suerte el día está lindo y pueden salir, ya que pasaron prácticamente todo el invierno adentro.

Entonces llega la hora de la búsqueda de bichos. Los más de 40 pacientes que participan de la cacería encuentran hormigas, caracoles, cascarudos y arañitas. Cada vez que agarran un insecto corren hasta el docente, que enseguida los felicita. Otros consiguen hojas, palitos y flores. El profesor les explica que esa no es la tarea y les da un poco de ayuda. Los bolsillos se empiezan a llenar de tierra, arena, plantas e insectos. A ninguno le molesta.

Llama la atención con la libertad que caminan por el pueblo. Los vecinos los saludan, les preguntan cómo están y los llaman por su nombre. Norma Pintos, una de las dos funcionarias de la junta local de Villa Ituzaingó, cuenta que están acostumbrados a convivir con los pacientes. Dice que desde hace muchos años viven allí, así que para ellos "es completamente natural". A veces escucha ruidos de noche, cuenta, pero no le molesta.

—Hay cada personaje. Son varios y por eso no los conozco a todos, pero es verdad que se pasan adentro de la junta. Nos vienen a visitar, conversan con nosotros. Eso es lo bueno de ser un pueblo chiquito, que están seguros y no les va a pasar nada —agrega.

En los últimos años no hubo grandes incidentes con los pacientes. Para evitarlos, las casas no aceptan personas con adicciones ni con antecedentes. Fernández afirma que no están preparados para esos casos, que requieren otras condiciones de seguridad. Les da miedo lo que genera el síndrome de abstinencia, que suele desencadenar en casos de violencia. Y en Villa Ituzaingó casi no hay rejas que puedan contenerla.

Los habitantes de Villa Ituzaingó albergan pacientes en sus casas a cambio de dinero. Foto: Leonardo Mainé
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La clase con el profesor de música —que hoy no les enseña nada que tenga que ver con música— termina en la plaza de deportes, donde hay juegos y aparatos para hacer gimnasia. Un hombre mayor se sube a un tobogán y una cuidadora le llama la atención porque se puede lastimar. Él insiste y ella lo rezonga con firmeza: "Te dije que no te subieras más". Mientras tanto, algunos se turnan en el subibaja y otros corren atrás de una pelota.

Los más jóvenes tienen energía, pero los mayores están deseando que llegue la hora de la merienda.

Pleno abandono.

En Villa Ituzaingó hay lista de espera. Todos los días llaman familias preguntando por los servicios, pero desde hace más de un año no hay lugar. Fernández cuenta que no dan abasto, por lo que algunas casas se están expandiendo para recibir más personas. ASSE no deriva gente desde 2015, luego de que una jauría de perros matara a un paciente en la Colonia Etchepare.

Federico Sacchi dirige los centros desde entonces. El jerarca considera que las casas de Villa Ituzaingó "se parecen mucho" al nuevo modelo de salud mental que se está impulsando en el país, sobre todo después de la promulgación de la nueva ley. Explica que en los últimos años no derivaron más personas porque están "repensando el programa de egreso", que evalúa qué personas están en condiciones de vivir en comunidad.

—Estamos teniendo en cuenta esta experiencia porque surgió en Uruguay, es un aprendizaje nuestro. Permitió que muchas personas no estuvieran aisladas y eso es muy bueno, pero queremos agregarle un componente más técnico —sostiene.

En Uruguay hay cuatro casas de medio camino gestionadas por ASSE. Estos hogares cuentan con especialistas que evalúan a los pacientes y trabajan en conjunto con los funcionarios del programa de egreso, que son seis. En total, 120 personas que alguna vez estuvieron en las colonias ahora se alojan en hogares de todo el país.

A Villa Ituzaingó también llegan inspecciones de ASSE y del Ministerio de Salud Pública (MSP). La fiscalización evalúa en qué condiciones están los pacientes, la infraestructura de las viviendas y se entrevista a los cuidadores. El trámite es muy parecido al que deben hacen las casas de salud para funcionar.

Pero los controles no contentan a Ruben Bouvier. El representante del movimiento de usuarios "La salud para todos" recorrió el pueblo en 2015 y vio, dice, "muchas personas muy medicadas". Sostiene que en algunas casas había cuchetas en los cuartos y mucha humedad, si bien reconoce que en el último tiempo notó una mejoría.

Lo que más preocupa a las autoridades de ASSE es el aislamiento al que fueron sometidos muchos de los pacientes con trastornos psiquiátricos. La mayoría no tiene vínculos con sus familiares y no recibe ningún tipo de apoyo, por lo que de cerrar las colonias deberían sobrevivir con los $ 9.500 de la pensión que cobran. Uruguay firmó un acuerdo con la Organización Pa-namericana de la Salud por el cual las colonias deberían cerrar en 2025.

Villa Ituzaingó. Foto: Leonardo Mainé
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—Hay personas que quieren salir y hay otras que no. Se debe instaurar un proceso de recuperación para que todos puedan generar las habilidades para salir de acuerdo con su deseo. En muchos casos hay personas que pueden reintegrarse completamente a convivir en sociedad, otras van a necesitar otros cuidados —explica Sacchi.

El abandono también lo sufren en Villa Ituzaingó. Fernández cuenta que solo 25 de los 116 pacientes que viven en los hogares reciben visitas. El resto, por más que las familias paguen la cuota mensual, ni siquiera son llamados por teléfono. Lucía, una de las jóvenes que llegó hace poco al pueblo, relata que en los últimos meses estuvo "muy angustiada" porque su abuela no la fue a ver más.

Para alegrarla, la cuidadora le promete que visitarán en Halloween el hogar de INAU en el que vivió hasta los 18 años. Se van a pintar las caras con témperas y llevarán alfajores para compartir con los más chicos que todavía no salieron. Enseguida Lucía se pone un poco más contenta y va corriendo a sacarse selfies con otra de las pacientes jóvenes del pueblo.

Fernández dice que se siente vieja. Tiene miedo de que las nuevas generaciones no quieran continuar con el negocio y se pierda la identidad de Villa Ituzaingó. A su vez, le preocupan las personas que viven en los hogares, "que no tienen a dónde ir". Muchos son muy jóvenes, como Lucía, y necesitarán cada vez más cuidados.

—Nos gustaría que vinieran nuevos técnicos y se interesaran por el proyecto. Ya lo hemos hablado varias veces entre nosotros, porque no vamos a estar para siempre en el pueblo.

Cómo manejar el deseo sexual de los pacientes más jóvenes

La mayoría de los pacientes que viven en Villa Ituzaingó son jóvenes. Daniela Fernández, la dueña de una de las casas más grandes, cuenta que algunos están en pareja y demuestran interés por mantener relaciones sexuales. Lo primero que hacen en esos casos es ponerse de acuerdo entre los hogares para separarlos, ya que buscan evitar que duerman juntos. De todos modos, Fernández explica que en algunas situaciones están en condiciones de vivir su sexualidad, por lo que tratan de darles los espacios para que puedan hacerlo. En el pueblo hay una policlínica de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE), a donde acompañan a las mujeres para que tengan una consulta con un ginecólogo. También promueven el uso de pastillas anticonceptivas y preservativos para evitar embarazos. Ahora no hay niños viviendo en los hogares, pero sí albergan padres con hijos, que llegaron hace muchos años. La diferencia de edad entre los pacientes es notoria, ya que reciben jóvenes de 18 años que recién salieron de un hogar de INAU y ancianos que fueron llevados por sus familiares. Por lo tanto, los intereses entre las personas son muy distintos y los cuidadores deben generar actividades que involucren a todos. No obstante, están planeando organizar una matiné para los más jóvenes, con el objetivo de que puedan vivir "una vida lo más normal posible", agrega Fernández. Los cuidadores los acompañarán el día de la fiesta.

Una casa que no es la suya

Los meses de verano son los más lindos en Villa Ituzaingó. El pueblo, que es bastante pequeño y está rodeado de verde, tiene una plaza de deportes a la que asisten los pacientes de los hogares. También se les permite caminar por la calle y visitar el salón comunal, donde realizan actividades todos los días. Allí festejan cumpleaños todos los meses, hacen jornadas de bingo y tienen clases de cocina.

Muchos pacientes pasaron casi toda su vida en los hogares de Villa Ituzaingó. Hace más de 40 años que funcionan los hogares y el paciente mayor tiene 88. No obstante, las casas se están llenando de personas jóvenes, que en su gran mayoría fueron derivadas de hogares de INAU. También llegan familias en busca de un lugar donde dejar a uno de sus miembros.

El desafío de cuidarlos y darles un poco de libertad
Villa Ituzaingó. Foto: Leonardo Mainé

No todos los pacientes que viven en Villa Ituzaingó tienen trastornos psiquiátricos que los inhabilite a vivir con normalidad. Algunos están bien medicados y la mayoría del tiempo compensados, explica Daniela Fernández, una de las cuidadoras. Sin embargo, el abandono al que fueron sometidos dificulta su inserción a la sociedad. De las 116 personas que viven en las casas de Ituzaingó, seis manejan algo de dinero que les dan las cuidadoras. Los dejan tomar ómnibus y viajar a Santa Lucía. El resto, que no puede valerse por sí mismo, debe ir acompañado si desea salir, por ejemplo, a misa los domingos. Los hogares organizaron un viaje a las termas en Paysandú el año pasado, con el objetivo de que los pacientes conocieran otro lugar. Cuando estaban en una de las piscinas, un grupo de turistas se quejó porque había "muchos locos", recuerda Fernández. Un funcionario de la administración habló con los cuidadores y les pidió que tuvieran más cuidado, porque estaban "molestando" al resto. Cuando volvieron, la cuidadora se comunicó con el intendente de Paysandú, Guillermo Caraballo, quien le pidió disculpas y le dijo que en el departamento fomentan una convivencia inclusiva.

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