PATRIMONIO EN RUINAS

Isla de Flores: nos salvó de cuatro epidemias, pero no encuentra inversores para renacer

Se hicieron cuarentenas y fue una cárcel. Aunque hay operadores que le ven un enorme potencial turístico, los inversores le repelen. Pero un grupo de admiradores está decidido a que esto cambie.

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Isla de Flores. Foto: F.Ponzetto.

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El marinero Ernesto Venini se enteró de la llegada del coronavirus viendo el informativo en una televisión que funciona siempre que el generador se lo permite y con una señal intermitente, dos variables a las que cualquiera termina por acostumbrarse si vive, al menos la mitad del año, en una isla desierta.

A 37 metros de altura, desde la cúpula del faro de la Isla de Flores, el más importante de nuestro país, Venini observó la silueta de Montevideo. Desde allí, de la pandemia ni rastro. El impacto lo sintió recién cuando la embarcación de la Armada lo recogió para el relevo.

Llegó al puerto del Buceo, enfiló hacia Tres Cruces y volvió a su hogar en Tacuarembó. En las calles, en la terminal, en el ómnibus: nadie.

Entonces Venini, el marinero que despierta 15 días al mes en una roca que fue testigo directo de un centenar de naufragios; en la que bajaron a esclavos agonizantes traídos por los barcos en la época colonial y sobre la que murieron cientos de inmigrantes que eran aislados tras haber contraído una enfermedad contagiosa; en el lugar donde fueron recluidos presos políticos bajo las órdenes de José Batlle y Ordóñez, Gabriel Terra y Jorge Pacheco Areco; el marinero que lleva cinco años trabajando en una isla en la que dice que se escuchan ecos de gritos, golpes y portazos entre graznidos de gaviotas, recuerda la sorpresa de ver la ciudad vacía y dice: “Fue una escena surrealista”.

El confinamiento por la epidemia limitó más que nunca las visitas a la isla. Los cuatro fareros que trabajan en duplas, en guardias quincenales rotativas, no recuerdan cuándo vieron al último turista. Ni siquiera están recibiendo al personal del Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), que va asiduamente a recoger muestras, ni a los directivos del Instituto de Investigaciones Históricas y Sociales del Plata, una ONG que suele llegar en el barco de la Armada para documentar el deterioro de las construcciones.

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Foto: Federico Maiorano y Sebastián Olivera.

Pero, a pesar de la soledad, por estos días la Isla de Flores está sacudiéndose el polvo de su fama siempre discreta. El repaso de las epidemias que el país ya superó conduce ineludiblemente a la historia del lazareto que se construyó en su terreno y de 1869 a 1930 ofició como centro de cuarentenas.

Observando con orgullo cómo la atención se posa momentáneamente sobre ella, hay una serie de operadores turísticos, biólogos y arquitectos, historiadores, investigadores autodidactas y turistas que llevan años ideando proyectos para rescatarla del olvido y convertirla en una gema del turismo nacional. ¿Por qué no? Después de todo, se dice que en cada familia de inmigrantes hay un ancestro que atravesó con terror el control sanitario de la Isla de Flores.

Ese faro tan ansiado.

La historia de la isla es tan larga y relevante que inspiró la escritura de al menos dos libros —uno de Juan Antonio Varese y Eduardo Langguth, publicado en 2000; otro de Juan Antonio Pérez Sparano, editado en 2019—. También fue material de varias exposiciones y estudios académicos. A grandes rasgos, para demostrar su magnitud, los expertos la separan en tres capítulos: la construcción del faro, la del lazareto y su reconversión en cárcel.

Del primero, se recoge que fue el mortífero banco inglés —apodado el “tragabarcos”— el que impulsó la colocación de un faro en la isla más próxima. El Capitán de Navío Javier Silva, director del Servicio de Iluminación y Balizamiento de la Armada, describe a este conjunto de rocas cubiertas de arena como “una playa que se forma en el medio del río”: una trampa mortal que provocó continuos naufragios en la época colonial.

Desde fines del siglo XVIII, afectados por los cientos de ahogados y por la pérdida de dinero y mercaderías que no llegaban a destino, los pobladores y comerciantes de Montevideo les reclamaron a las autoridades españolas la colocación de una alerta en la oscuridad del mar. Fue concedida, pero la debacle del imperio —en parte debilitado por las invasiones inglesas— le impidió cumplir.

Algunos años y varios naufragios después, la misma solicitud se planteó ante los referentes lusobrasileños que entonces dirigían el territorio. Finalmente, en 1819, mediante el Tratado de la Farola, a cambio de la entrega de una gran porción del territorio nacional, se acordó la construcción del faro en Isla de Flores, que desde el 1° de enero de 1828 alumbra el camino de entrada al puerto de Montevideo y el primer acceso al de Buenos Aires.

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Faro de la Isla de Flores. Foto:nF.Ponzetto.

Uno de los encargados del mantenimiento del “faro más caro del mundo” es el marinero Venini. Lo enciende, controla, limpia, pinta. Una tarea que, según el Capitán Silva, se convirtió en una competencia entre los dos equipos de fareros que se alternan su custodia. Esta es la única construcción de la isla que se mantiene en pie. El resto es pura ruina.

Que no pasen las pestes.

El segundo capítulo de esta historia surge como una solución a una emergencia sanitaria. Sandra Burgues, experta en historia de la medicina, asegura que esta parte —“la científica”— todavía no se escribió; ella pretende publicar próximamente un libro que recoge la investigación que inició en 1998 junto al fallecido doctor Fernando Mañé Garzón.

Resume: “Las primeras epidemias en Uruguay datan de 1830. Las principales eran la peste negra, la fiebre amarilla y el cólera. En 1838 nuestro primer reglamento sanitario establece la importancia de hacer cuarentenas”. Esto llevó a la creación de lazaretos, establecimientos para aislar, tratar y desinfectar a los pacientes.

Hacia 1865 se encargó la construcción de uno en la Isla de Flores para conformar así una frontera epidemiológica para los buques de ultramar. A fines de 1867 un brote de cólera aterrorizó a Montevideo. Unos meses después, se montaron carpas en la isla y allí hicieron la cuarentena los pasajeros y tripulantes de los barcos que habían partido de un puerto infectado o se habían detenido en alguno en el trayecto.

El lazareto se inauguró en 1869 y funcionó cada vez que hubo empujes infecciosos hasta 1930. Antes de arribar al puerto, todo buque se detenía en la isla para una inspección sanitaria. El médico decidía quién continuaba viaje y quién debía cumplir con cuarentenas cuya duración oscilaba de dos a 40 días.

Pronto el terreno se llenó de construcciones. En la primera parte de la isla estaba el alojamiento en el que se hospedaban los pasajeros sanos que de todas formas debían pasar un período aislados, con comodidades que variaban de acuerdo a la clase en la que viajaban; los de tercera dormían en galpones. Allí también se ubicaba el edificio de desinfección, la comandancia, el correo y el telégrafo.

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Foto: F.Maiorano y S.Olivera.

Los pasajeros con síntomas de enfermedades infecciosas pasaban a la segunda parte de la isla, donde había una capilla y un hospital con una vista poco feliz. Juan Antonio Pérez Sparano, un extrabajador del Palacio Legislativo que visitó la isla en 1998 y desde entonces se dedicó a reconstruir su historia a través del Instituto de Investigaciones del Plata, cuenta:

—Digamos que si tomabas un mate en el hospital y abrías la ventana para tirar la yerba, caía sobre el camposanto.

Los moribundos, en tanto, eran conducidos hacia la cola de la isla, donde se edificó un crematorio en 1890.

La doctora Burgues estudió los registros de las personas que pasaron por allí. Leyó autopsias, investigaciones y crónicas de publicitados descubrimientos científicos que luego terminaron no siendo tan notables. Estima que en los años en que el lazareto funcionó “a full”, es decir entre 1869 y 1900, retomando la actividad en 1918 con la gripe española, habrán pasado más de 1.000 inmigrantes por semana. “Fue tremendamente efectivo, un modelo de control epidemiológico a nivel mundial”, dice Burgues.

¿Los muertos? “Cientos, tal vez miles”. Según le relató un reconocido militar a Pérez Sparano, en la década de 1970, cuando iban a practicar tiro a la isla, retiraron 45 urnas improvisadas en antiguas latas de kerosén que habrían entregado al departamento de Necrópolis de la Intendencia de Montevideo. “No hemos tenido suerte en saber qué sucedió con esos restos”, lamenta el investigador.

Tras la revolución de 1904, el lazareto empezó a usarse como cárcel, por momentos conviviendo reclusos y enfermos. Aunque allí fueron enviados criminales comunes, principalmente se usó para mantener aislados a presos políticos de la Guerra Civil, de la dictadura de Terra y unos 50 obreros de UTE y Ancap que habían provocado un apagón para protestar contra las medidas prontas de seguridad que instauró Pacheco Areco en 1968.

presos políticos

Una isla hecha cárcel, ¿qué presos pasaron por allí?

Algunos estudiosos de la Isla de Flores sostienen que los primeros presos políticos fueron enviados en 1904 bajo mandato de José Batlle y Ordóñez, tras la revolución comandada por Aparicio Saravia. Sin embargo, otros estiman que la primera tanda habría arribado antes, en 1897, durante el primer levantamiento revolucionario nacionalista. Gabriel Terra también recurrió a la isla durante la dictadura de 1933, enviando al menos a 150 cautivos del régimen —entre ellos al futuro presidente colorado Andrés Martínez Trueba— que permanecieron allí durante más de un año. Por esa época, también cumplieron condena varios miembros de la banda criminal de origen polaco Zwi Migdal, acusados de trata de blanca. Durante la Segunda Guerra Mundial fueron recluidos 55 marineros de la embarcación alemana Tacoma, en represalia por el hundimiento de un carguero nacional en el Caribe. En 1968, 50 obreros de UTE y Ancap pasaron dos meses detenidos en la isla tras haber provocado un apagón como protesta a la instauración de las medidas prontas de seguridad.

La isla tiene una historia oscura, pero sus restos se mezclan con una naturaleza esplendorosa. Por eso el operador turístico Adrián Stagi promocionaba las excursiones así: “¿Quién dijo que viajar en el tiempo no es posible? EcoTour te ofrece un viaje al pasado, una caminata por el 1800”. Y le funcionó. Mientras organizó visitas, la lista de espera era de cinco meses. Todavía hoy, en pleno confinamiento por el coronavirus, hay gente que lo llama para saber “si salen viajes a la isla”.

“Tiene un potencial enorme porque combina el turismo náutico, el ecológico y el cultural, los tres que están en boga, a una hora y media del puerto del Buceo”, dice. Sin embargo, los intentos del Estado por atraer inversores privados fracasaron, y los apoyos públicos todavía no han surgido. Pero la Isla de Flores enciende pasiones, y ahora más que nunca hay distintas figuras decididas a evitar que su memoria siga cayéndose a pedazos.

Sueños de grandeza.

Hubo un tiempo en que Enrico Caruso, Carlos Gardel y Alfredo Zitarrosa visitaron la isla. Pero fue a partir del 2000, cuando la Prefectura autorizó las excursiones, que José Luis Fernández puso la lancha Alba al servicio de las distintas agencias de turismo que comenzaron a llevar a sus clientes. Trasladó a más de 2.000 personas, y se retiró del negocio en 2018, a pesar de que había más demanda que nunca. Aunque los interesados siguieron llamando el año siguiente para viajar a la isla, no había cómo trasladarlos.

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Unas 40 personas integran la ONG Instituto de Investigaciones Históricas y Sociales del Plata. Esta imagen registra el momento en que "descubrieron" tres escalones.

En ese tiempo se hicieron despedidas de soltera, books de fotos de quinceañeras, se grabaron programas radiales, escenas de cortometrajes y películas; fueron radioaficionados, delegaciones diplomáticas y empresarios que compraban el paquete para mejorar el relacionamiento entre sus empleados. Eso sí: la advertencia era no acercarse a las ruinas en peligro de derrumbe.

Como un gesto de cariño a la isla en la había ido a pescar, en 2006 el expresidente Tabaré Vázquez la declaró Parque Nacional y pidió que se generara una comisión interinstitucional que se hiciera cargo de su mantenimiento. Tras este mandato se realizaron jornadas de limpieza y se propuso su ingreso al SNAP, que recién se concretó en 2018. Por eso es que ahora la visitan biólogos.

“Allí se mantiene el ecosistema costero que cambió rotundamente hacia 1980”, describe Mario Batallés, jefe de gestión del SNAP. También hay más de 30 especies de aves, una curiosa colonia de conejos y recientemente se conformó otra de lobos marinos, además de que es una zona rica para la pesca deportiva.

¿Tiene potencial turístico? “Si fuera de los argentinos, hasta en helicópteros estarían bajando los turistas”, contesta Batallés. “Es un espacio natural conservado a menos de dos horas de distancia en agua de la capital. Hay por lo menos dos millones de posibles visitantes. Pero hubo mil ideas para desarrollar el turismo ahí y ninguna se concretó”, advierte.

Según se pudo reconstruir para este informe, en 1990 y en los 2000 el Estado se ilusionó con la construcción de un museo marítimo y otro de la inmigración; un muelle para el atraque de barcos (el que hay está roto y solo permite que se detengan embarcaciones pequeñas); un helipuerto y un club náutico; una instalación de primeros auxilios y otra de observación ecológica. Sin embargo, cuando el Ministerio de Turismo realizó este llamado, quedó desierto.

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Cada 15 días una embarcación de la Armada releva a los dos fareros, que trabajan en duplas, en turnos quincenales y rotativos.

La misma escena se repitió en abril de 2018. Daniel Martínez, el exintendente de Montevideo, visitó la isla y, preocupado por su deterioro, decidió sumar su transformación a un plan estratégico para impulsar el turismo en la capital. Esta vez se apuntó a mejorar la infraestructura para desarrollar actividades deportivas y ofrecer un servicio gastronómico. Nada muy ambicioso, digamos. “Tras consultar a distintos operadores, no existió interés en avanzar en la idea. La intendencia evaluó que realizar una inversión 100% pública no era adecuado”, responden ahora desde la comuna.

origen

Universo confuso, ¿qué fue cada ruina?

Aunque es cierto que existen estudios acerca de la Isla de Flores, también se repite que hay poca precisión para asegurar qué fue cada ruina en su estado original. Esto provocó ciertas rencillas entre expertos y aficionados. De los escombros fueron rescatadas 57 piezas que forman parte de un pequeño museo montado por el Instituto de Investigaciones Históricas y Sociales del Plata. Se inauguró en enero pasado, dentro de una habitación del viejo alojamiento de inmigrantes, que sigue parcialmente en pie.

Los interesados en que este terreno se revalorice creen que detrás de tanto proyecto frustrado hay “un problema de indefinición” entre los actores que tienen potestad en él. El faro es responsabilidad del Ministerio de Defensa, y el aspecto biológico depende de Vivienda, pero ninguno puede precisar quién tiene la propiedad sobre las ruinas: nombran al ministerio de Ganadería, al de Transporte y al de Economía.
A esta altura, ese es otro misterio que encierra la isla.

Una luz a la vista.

“Estuvimos pensando, ¿por qué no hablar con López Mena para ver si no le interesa hacer algo?”, plantea Pérez Sparano, el investigador determinado a que a estas ruinas no se las lleve el viento.

Un poco de esperanza le genera el entusiasmo de Federico Maiorano y Sebastián Olivera, cuyo trabajo final de la carrera de arquitectura es construir un memorial en la isla, en forma de banda que recorra la totalidad de su largo, con baños, sectores techados y un refugio donde habría un servicio gastronómico. Conociendo la mala suerte que la persigue, en paralelo diseñaron una versión más económica de su propuesta, que se entregó en la Dinama, que cuenta con un fondo específico para el SNAP.

discusión

Mantener las ruinas o soñar con restaurar los edificios

En Youtube hay varios relevamientos en 3D que reconstruyen virtualmente los derrumbados edificios de la Isla de Flores. En tanto, entre los allegados a la isla hay algunos como Juan Antonio Pérez Sparano que sueñan con su reconstrucción material, y otros, como los profesionales Federico Maiorano y Sebastián Olivera, que opinan que las ruinas deben apuntalarse para evitar su derrumbe, y nada más. “Hay que respetar una ruina como parte de la historia”, dice Maiorano. William Rey, arquitecto experto en patrimonio, considera que se podría pensar en generar un centro de interpretación en un edificio que podría ser reconstruido, pero no todos. “Las ruinas son bellas de por sí”, opina.

¿Están pensando las nuevas autoridades en la isla? Remo Monzeglio, el flamante subsecretario de Turismo, reconoce que por el momento recuperarla no es una prioridad. Pero, como esta isla siempre supo despertar pasiones, no todo está perdido. El arquitecto William Rey —aquel que luchó férreamente para evitar que se desmantelara el hotel San Rafael— fue designado presidente de la Comisión de Patrimonio, que oficia como custodio de este territorio.

Rey conoce la isla.

Fue parte de la comisión que preparó el dossier para ingresarla a la lista indicativa de la Unesco, un paso preliminar para aspirar a convertirse en Patrimonio de la Humanidad. Este estatus no le aportaría dinero, pero sí un compromiso mayor, porque el país asumiría una responsabilidad mundial de conservar el bien.

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Isla de Flores. Foto: F.Maiorano y S.Olivera.

Tal y como él lo ve, la inversión que hasta ahora falló hay que redireccionarla “en acciones pequeñas e inteligentes”, que apunten a un turismo “controlado”.

“Se podrían hacer convenios para consolidar las ruinas y crear un centro de interpretación, tal vez reconstruyendo alguno de los edificios emblemáticos”, proyecta en voz alta. En conclusión: “La comisión no está en condiciones de hacer una inversión directa, pero sí haremos estas recomendaciones a los organismos responsables”, asegura.

A la espera de que se termine el tiempo muerto del coronavirus, otra buena noticia se asoma. El excapitán mercante Álvaro Bernet, dueño de la firma Nautitour, puso a punto una embarcación para retomar las suspendidas excursiones a la isla. Dice: “Es que no logro entender qué nos ha llevado a esconder algo tan valioso. ¿Sabés qué pienso? Que el problema con esta isla somos nosotros”.

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