Al rescate de un hogar en ruinas

Los increíbles héroes de una misión imposible

La debacle del hogar de ancianos de Treinta y Tres pone en riesgo el cuidado de 48 residentes y el trabajo de 21 funcionarios. Ante la ausencia del Estado, un grupo de jubilados tomó su dirección.

hogar de ancianos de Treinta y Tres
El hogar de ancianos de Treinta y Tres es el más grande del departamento. Allí viven 48 personas y trabajan 21 funcionarios. Fotos: Mariángel Solomita

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Es una bienvenida un tanto intimidante. En un salón blanco y ventilado hay seis mujeres y cuatro hombres que se ponen de pie y se presentan, uno a uno. Vuelven a sus asientos y esperan a que dé el primer paso. Ninguno habla. Los segundos de silencio que siguen a esta recepción son un mensaje: nadie aquí debe fiarse de las apariencias. Veo a un grupo de jubilados gentiles, pero son un escuadrón que asumió el desafío de salvar una institución en ruinas. Están al frente de una misión imposible y la defienden a capa y espada.

La institución es el hogar de ancianos más antiguo y poblado de Treinta y Tres. Allí viven 48 personas y su funcionamiento les da empleo a 21 funcionarios. La mayoría de los residentes cobran jubilaciones ínfimas y no tienen familia; casi todos los empleados son mujeres jefas de hogar. En definitiva: este es un lugar que el departamento no se puede dar el lujo de perder.

Históricamente el hogar fue gestionado por vecinos caritativos reunidos en torno a una asociación civil sin fines de lucro. Durante 53 años las distintas directivas que se sucedieron habían logrado un equilibrio financiero.

La comisión que terminó su mandato en diciembre de 2017 dejó US$ 32.000 en una cuenta bancaria y un dinero apartado para pagar los aguinaldos del mes siguiente. Además de la mensualidad variable y más bien magra que abonan sus usuarios, y de una partida de $ 25.000 que envía la Intendencia de Treinta y Tres, la dirección contaba con la renta de dos bienes que habían sido donados: un campo y una casa.

Pero tras la asunción de una nueva comisión integrada en su mayoría por personas ajenas al hogar, todo se vino abajo. Una serie de malas decisiones administrativas, varias desprolijidades económicas y un intenso conflicto con el gremio de funcionarios dejaron a esta casa de salud al borde del cierre.

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La mayoría cobran jubilaciones magras (no superan los $ 12.000) y no tienen familia. Foto: M.Solomita

En dos años pasó esto:Se gastaron los ahorros.
La casa donada se remató, presuntamente de manera ilícita.
La falta de pago de aguinaldos, salarios vacacionales, despidos y otros derechos laborales generó un feroz conflicto entre la dirección y el sindicato.
Se contrajeron más deudas: con el Banco de Previsión Social (BPS), con empleados que realizaron juicios laborales, con la verdulería, el lechero, la panadería, el vendedor de carne.

Los miembros de la directiva dejaron de cumplir con sus obligaciones y uno a uno se esfumó. Finalmente, en setiembre de 2019, el presidente Rúben Llano plantó su renuncia frente a un escritorio vacío. Ya no quedaba nadie.

Unos cuantos meses antes, al constatar que no se respetaba el estatuto que rige la asociación civil y que la calidad del servicio estaba empeorando —aires acondicionados, cañerías y cisternas rotas, falta de leña para el invierno y de algunos alimentos que las cocineras comenzaron a aportar de su bolsillo— la Asociación de Funcionarios del Hogar de Ancianos de Treinta y Tres y el plenario departamental del Pit-Cnt denunciaron la situación ante los ministerios de Desarrollo Social (Mides), de Salud Pública (MSP) y de Educación y Cultura (MEC).

apoyos

¿Qué ayuda reciben los hogares?

El Banco de Previsión Social promovió convenios para ayudar económicamente a los hogares de ancianos, posibilitando tarifas accesibles en el caso de UTE, OSE y ANTEL. La comisión del hogar de ancianos de Treinta y Tres confirma que ellos no pagan por estos servicios. También reciben una partida de alimentos secos por parte del Instituto Nacional de Alimentación. Sin embargo, los gestores del hogar dicen que el azúcar y el aceite, entre otros productos, nunca alcanzan para completar el mes. Esta institución también recibe una partida mensual de la comuna, que pasará a ser de $ 35.000. Tiene unos 500 socios que aportan $ 100.

Los dos primeros actuaron y exigieron mejoras, que se cumplieron. Sin embargo, la Dirección de Asuntos Constitucionales, Legales y Registrales del MEC, organismo que fiscaliza e interviene las asociaciones civiles que sucumben al caos, jamás respondió. Tampoco lo hizo a los reiterados llamados para este informe.

El hogar sobrevivió a duras penas gracias a la buena voluntad de sus empleados. Sobrevivió, pero endeudado y desordenado. Todavía sigue al borde del cierre.

Los que aguantan la puerta abierta para evitar su fin son los jubilados que siguen estudiándome en silencio.

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La comisión casi completa que tomó la dirección del hogar de ancianos de Treinta y Tres. Foto: M.Solomita

Cinco meses atrás, una tarde de miércoles soleada como esta la hubieran pasado en clases de francés, pintando al óleo, tocando el piano o paseando al perro; dándose los gustos con los que habían fantaseado durante una vida de trabajo.

En vez de eso, enterados —parcialmente— de la magnitud del problema, uno fue convenciendo al otro de que debían unirse y ponerse al hombro el rescate del hogar. Si no eran ellos, habituados a integrar clubes benéficos, ¿quién lo haría?

Analizaron sus habilidades para ocupar los diferentes puestos y conformaron una comisión que asumió el 31 de octubre pasado. Todo lo que les sucedió a partir de ese momento no lo habrían imaginado jamás.

Ecuación imposible

Lucía Costa fue la primera en sacrificar sus plácidas noches de sueño por madrugadas de insomnio mirando el techo, preguntándose cómo resolver una ecuación que no cierra por ningún lado.

Es la secretaria de la nueva comisión. Fue a ella a quien Llano —el presidente de la directiva que quedó acéfala— fue a buscar al Rotary Club Treinta y Tres Sur para pedirle ayuda.

Rompe el silencio de forma contenida, obligándose a no hablar de más. Quiere centrarse en el futuro, pero sabe que es necesario volver al pasado, y el pasado es tan complejo que con un apretón de manos una de sus amigas le indica que mejor no vaya por ahí.

Hasta que no se aguanta:

—Cada día nos decimos lo mismo: dónde nos metimos y qué fue lo que pasó acá. Nos fuimos enterando de a poco y lo poco era demasiado para tomar contacto con todo el problema. Así que empezamos por apagar los incendios.

cómo donar

Los nombres del escuadrón

La comisión tiene 10 integrantes y está articulada por una encargada (Esther Aquino). Entre sus miembros hay maestras jubiladas (Lucía Costa y María Ferreira Chávez), una exinspectora de primaria (Nancy Silveira), una antigua administradora (Honey Robaina), un bombero retirado (Walter Pagliotti), un farmacéutico (Lino Martínez) y un policía (Shubert Barrera). Entre ellos, Leonel López es el socio más antiguo del hogar. Mientras no puedan acceder a las cuentas bancarias la comisión recibe donaciones mediante Red Pagos, en la cuenta 1.376.489-9, a nombre de Honey Robaina.

Primero los sorprendió la desaparición de los libros de actas, caja, planillas de empleados, listados de socios que aportan dinero cada mes. Luego les llegó la noticia de las deudas. Al BPS se le debe aproximadamente $ 390.000 por aportes impagos. Pronto empezaron a apersonarse abogados de al menos tres empleados que reclamaban la ejecución de suculentos juicios laborales —dos de ellos tras despidos de la última comisión—, en algunos casos amenazándolos con embargar el hogar o los bienes que ellos poseen. Después llegaron las cuentas de los proveedores: solamente a la verdulería se le deben $ 140.000.

En total, la deuda heredada sobrepasa los $ 2.000.000.

Cuando escucha los detalles del desorden, a Leonel López le cae el peso de sus 88 años en los ojos, y los cierra. Él es uno de los socios que más tiempo lleva dedicándose al hogar: décadas. Fue varias veces directivo, por eso cuenta que al anterior presidente —Llano— le aconsejó ser cauto con los gastos y no contratar más personal de los 21 funcionarios que ya estaban. No le hizo caso.

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Nancy Silveira y Honey Robaina junto al pizarrón donde llevan las cuentas.Foto: M.Solomita

Para este informe el expresidente dijo haber sumado a tres empleados, pero el resto de las voces cuentan seis. Entre ellos —dicen— habría tomado a allegados suyos y a parientes políticos.

Cuando asumió este escuadrón de vecinos se propuso como primera meta reunir dinero para pagar la deuda que se había generado con los funcionarios.

Nancy Silveira, integrante de la comisión, lo resume así:

—Hicimos hasta lo indecible.

Registraron como socios a sus familiares y dieron vuelta la ciudad para conseguir nuevos colaboradores y donaciones. En dos meses pasaron de ser 200 los socios que aportaban $ 50 mensuales, a 500 que superaban los $ 100. Vendieron bonos de colaboración. Persuadieron a un puñado de técnicos para que repararan gratis las instalaciones y electrodomésticos averiados. La intendencia aceptó subir su aporte mensual a $ 35.000.

Ariel Denis, periodista convertido en el presidente de la comisión en ejercicio, dice que entre otras cosas les donaron la ganancia de la venta de un lanar y de media vaca de pedrigee.

Todo sirve, pero todavía no alcanza. Tras pagar la deuda con los empleados, el dinero que reunieron se les está agotando. “Apagamos un incendio, pero ahora tenemos que ver qué hacemos con las brasas”, apunta Denis.

Honey Robaina solía llevarle la contabilidad a empresas como Divino y Motociclo. Ahora hace las cuentas del hogar y las registra en su computadora. Plantea que se encontraron con el enorme problema de que muy pocos residentes pagan una cifra cercana al costo que requiere su atención.

Según sus números cada mes el hogar gasta $ 17.800 por usuario —en concordancia con el promedio calculado por el Mides— pero la administración les cobra el 85% de la jubilación que reciben en mano, que en la mayoría de los casos además de no superar los $ 12.000 están diezmadas por préstamos que sacan a su nombre los familiares. Uno de los residentes tiene nueve créditos que le comen la pensión.

 Esta directiva se está entrevistando con esos parientes para explicarles que “esto no es un depósito” y las sangrías a las jubilaciones deben parar.

hogar de ancianos de Treinta y Tres
Los usuarios son expeones rurales, empleadas domésticas y costureras. Foto: M.Solomita

Honey detalló el escenario económico del hogar en un pizarrón que arroja un diagnóstico fatal: sin considerar las deudas anteriores, el déficit mensual entre ingresos y egresos les da $ 172.000. Esta es la cifra que no los deja dormir.

El monto que reunieron tras la intensa campaña solidaria les permitirá costear las pérdidas por apenas dos meses más. Desesperados por el futuro, comunicaron este escenario al BPS —que mantiene congelada la deuda anterior—, al MSP, al Mides y al MEC, pero ninguno se acercó para intercambiar ideas.

Para los valientes

El hogar de ancianos se parece más a un sanatorio que a una casa de salud. Ocupa una manzana y es vecino del hospital. El edificio fue cedido en comodato por el MSP en 1965. Era —antes de convertirse en un hogar— el espacio donde recluían a los tuberculosos. En definitiva: siempre fue un lugar necesario, pero con el que casi nadie quiere relacionarse.

—Ahora respirá hondo y preparate porque vas a ver de todo —advierte Lucía.

La higiene de los residentes y de los espacios luce impecable; su ánimo no tanto. La mayoría de estos usuarios fueron peones rurales, empleadas domésticas, tejedoras y costureras. En muchos casos el desgaste de sus cuerpos es impactante.

Digamos que allí conviven tres tipos de usuarios: los enfermos terminales, los que tienen problemas neurológicos —demencia senil, sobre todo— y psiquiátricos, las personas mayores que están lucidas y saludables. Ellas son las que la pasan peor.

Salvo la visita eventual de algún miembro de la iglesia o artista local, no tienen talleres o actividades regulares que les hagan más llevadera la rutina. Para entretenerse tienen tres televisores pequeños en salas comunes, una decena de libros rotos y alguna que otra radio.

Algunos de los residentes son más jóvenes que los directivos que velan por ellos. Walter Pagliotti —que solía ser bombero y se acercó al hogar a ayudar luego de escuchar una entrevista radial donde contaban su tétrica situación— señala a un hombre que tiene la mirada ausente.

—Él era compañero mío de escuela. Es un año menor que yo. Mirá a tu alrededor. ¿A dónde van a ir si esto se cierra?

Mientras tanto, en otro pasillo, Nancy intenta convencer a una señora de que lleve sus pertenencias a la habitación: había puesto todo en una caja y desde hace horas espera junto a la puerta que venga su hija a buscarla.

Lucía conversa en el comedor con una anciana con demencia senil que quiere entregarle $ 300 porque sí; no los acepta.

A su lado, una señora ensaya los ejercicios de respiración que la secretaria le enseñó para dejar de fumar. Se dirige a ella, le apoya una mano en el pecho y juntas inhalan y exhalan.

Dice:

—No es fácil. Pasamos ocho horas al día en el hogar y nos reunimos dos veces por semana para pensar en soluciones. Si no nos apoyan nos vamos a tener que ir, y si nos vamos sabemos que nadie va a venir a reemplazarnos.

Explicación a medias

Como siguen sin aparecer los libros que detallan los movimientos de dinero que realizó la comisión anterior, el escuadrón pretende encargar una auditoria, pero les cuesta $ 500.000.

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No tienen talleres ni actividades regulares. Esta es la biblioteca del hogar. Foto: M.Solomita

Sin auditoría nunca sabrán si el desfasaje financiero amerita una denuncia penal contra la anterior directiva, y tal vez así se podría recuperar parte del dinero que les pertenecía a los ancianos.

Por ahora presentaron una denuncia por extravío de documentación, pero tampoco tuvieron novedades.

En el hogar hay una caja fuerte que no abrieron porque desconocen la combinación. Como el MEC no interviene y falta documentación, la comisión no tiene potestad para solicitarles a los bancos que les den un detalle de los movimientos que tuvieron las cuentas bancarias. Menos aún saben a dónde fueron a parar los US$ 50.000 fruto del remate de la casa que había sido donada.

Para rematar una donación es necesario llamar a Asamblea General —según los estatutos de esta asociación civil— y contar con el 75% de los votos de los socios.

Según confirmaron para este informe varias personas, ese llamado nunca se hizo. Los funcionarios consultados aseguran que ese dinero tampoco se usó para obras nuevas ni arreglos de la infraestructura dañada.

¿Puede explicar este panorama el expresidente de la comisión? En el último tiempo Rúben Llano —profesor de historia, edil por el Partido Nacional, exintegrante de una lista de Cabildo Abierto, antiguo presidente de la comisión del hogar de ancianos— no goza de buena fama en Treinta y Tres.

Darío Mariño, del plenario departamental del Pit- Cnt, recuerda a Llano como el protagonista de una de las negociaciones más conflictivas de Treinta y Tres.

Por otro lado, funcionarias que trabajaron bajo sus órdenes hablan de persecución sindical y lo acusan de haber descuidado el hogar al pasar “de vez en cuando para ver cómo estaban las cosas”.

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Se incrementó el número de socios de 200 a 500, pero los aportes son insuficientes. Foto: M.Solomita

Del otro lado del teléfono, Llano dice que la situación que vivió en el hogar le “rompió la vida”. “Me tuve que mudar a Lavalleja porque estoy avergonzado. El mayor debe que tengo es no haber podido llevar bien el hogar. Pero las razones no son las que se comentan, nadie se imagina lo que viví en ese tiempo”.

La versión de Llano es imprecisa. A grandes rasgos dice que la comisión que lo precedió no le entregó ninguna documentación, que ya había desorden y que le dejaron deudas. A estas deudas —que nadie más que él dice que existieron— se le sumó el fallecimiento de varios residentes y al retiro de otros usuarios del hogar. “Pasamos de tener casi 50 a 20 y pocos y los números dejaron de cerrar”, argumenta.

Usó el dinero de la cuenta bancaria —US$ 32.000— y remató la casa —por US$ 50.000— para pagarles a proveedores y sueldos. “Fui resolviendo todos los problemas hasta que no pude más por la cantidad de conflictos que tenía con los empleados, y porque me dejaron solo”.

Sin embargo, dice que tampoco fue suficiente ese monto y se atrasó en el pago de aguinaldos y salarios vacacionales. “Pensé en vender una casa mía para pagarlos, de hecho si la vendo donaré la plata al hogar”, anuncia.

¿Y los aportes impagos al BPS y las cuentas con los proveedores? “No sé cómo sucedió. Jamás pasó dinero por mis manos porque siempre hice transferencias bancarias; además yo no era el tesorero, no me correspondía a mí pagar. Yo me enteré de esas deudas al final, cuando estallé porque el resto de la comisión me dejó solo y no podía más. Me superó la situación y terminé renunciando. Presenté la renuncia y dejé los libros con las cuentas en el primer cajón del escritorio”, dice.

El cajón estaba vacío.

“Habría que preguntarle qué pasó con las deudas y con los libros que desaparecieron al encargado del personal, él era quien les cobraba a los usuarios y les pagaba a los proveedores”, indica.

Aníbal Obispo dirige al personal desde hace 24 años. Contesta las preguntas a pesar de estar con licencia médica. “Recibía el dinero y pagaba porque nadie venía a hacerlo. Soy un empleado sin ninguna idea de cómo llevar una empresa. Le avisaba al señor Llano de las deudas, pero nadie aparecía. Trabajaba 18 horas por día para que no se viniera abajo el lugar y ahora todavía me acusan”, se lamenta.

Volvemos al hogar.

Terminó la recorrida y los miembros del escuadrón hablan con el corazón en la mano. Piensan en pedir una entrevista con la vicepresidenta electa Beatriz Argimón y con la senadora Gloria Rodríguez, ya que habrían manifestado su interés por los asuntos del adulto mayor. Planifican reunirse con Pablo Bartol, ministro designado para el Mides; quieren plantearle gestionar los hogares con la misma metodología de partidas que funciona en los CAIF.

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Fundado en 1965, el lugar donde funciona el hogar solía ser un anexo del hospital pública donde eran recluidos los tuberculosos. Foto: M.Solomita

—Sabemos que este problema no es raro. Estamos en contacto con el de Cerro Chato y está a punto de quedarse sin dinero para comprar alimentos —dice Alicia Barrios, que trabajó una vida entera de asistente social.

Habrá que ver si les dan las fuerzas.

Varios directivos ya tienen la renuncia redactada. La guardan en sus casas. Al llegar tras una jornada agotadora se tranquilizan a sí mismos prometiéndose que el día siguiente será el último, que darán un paso al costado y volverán a las clases de francés, pintura al óleo y las tardes de piano. Pero ninguno lo hace. Si no se quedan ellos, ¿quién más?

msp

67 denuncias  y tres clausuras en 2019

Richard Millán, director de Habilitación y Fiscalización del Ministerio de Salud Pública (MSP), apunta el nombre del hogar. Al día siguiente devuelve el llamado y anuncia que solicitó la elaboración de un expediente para analizar su situación. Tras consultar a la dirección departamental, no le consta ninguna denuncia pendiente. La última fue durante el primer semestre de 2018, y según pudo reconstruir El País, los inspectores concurrieron y exigieron reparaciones en la infraestructura, obligación con la que la polémica comisión sí cumplió. Según los registros del MSP hay 846 establecimientos de larga estadía para personas mayores, 298 ubicados en Montevideo y 548 en el interior. Del total, 327 están certificados. El resto presenta situaciones que no son de riesgo sanitario, pero se les realiza un seguimiento hasta que cumplan con todas las exigencias. En 2019 el MSP recibió y respondió 67 denuncias, y realizó tres cierres definitivos con los correspondientes realojos de los residentes. “No existen al momento denuncias pendientes”, dice Millán. Sin embargo reconoce que se han encontrado con personas que ingresan a ancianos en habitaciones de sus domicilios y cobran por cuidarlos. “Lo promocionan por el boca a boca y es difícil identificarlos”.

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