a un año de su muerte

La huella de Lola

Mañana se cumple un año de la muerte de la argentina Lola Chomnalez en Valizas, el crimen que impactó a dos países. En estos meses pasaron por el juzgado unas 30 personas y la investigación sigue, pero con pocas chances. Sus padres reclaman "paz". Su espíritu sobrevuela en Rocha.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
El pescador que encontró el cuerpo, dice que quiso hacer el bien. Foto: F. Ponzetto

Cada vez que el pescador que encontró a Lola se dirige a Aguas Dulces, se sienta en el lugar donde fue enterrado el cuerpo de la joven. Busca una señal que le permita identificar al asesino. "Decime quién fue, decime quién fue", repite en un susurro. Solo escucha, persistente, el sonido del viento oceánico que sacude las ramas de las acacias y peina las dunas.

El pescador Ricardo Giamberini está obsesionado con el crimen de Lola Chomnalez. Casi todos los días piensa en el asesinato. Baraja hipótesis, ata cabos, y repasa una y otra vez ese domingo 28 de diciembre, cuando desapareció Lola. "El tema va a seguir en mi cabeza hasta que no se aclare", dice.

Giamberini cuenta que el crimen cambió su vida y la de su familia. Junto con su hijo Valentín fue a declarar tantas veces al Juzgado y a la Policía que ya perdió la cuenta. Cuando sus hijos sienten ruido de motores, corren al frente del pequeño rancho de madera para confirmar si es la Policía que va a buscar a su papá o a algún otro vecino del asentamiento de pescadores conocido como "Malvinas". El barrio queda a dos kilómetros de Valizas, y a tres del lugar donde enterraron a Lola.

El pescador reconoce que el caso lo dejó paranoico. Y repite que puede haber micrófonos ocultos en un pequeño refugio casi sin techo ubicado detrás de su vivienda modesta hecha con tablas de madera de construcción. El refugio tiene una salamandra empotrada en cemento donde se calientan dos gatos.

A Giamberini le resulta difícil narrar el día que encontró el cuerpo de Lola, debajo de ramas de acacias y entre la maleza, pero hace un esfuerzo.

"Yo seguí las huellas de un hombre cuya actitud me llamó la atención. No estaba vestido como un turista y apretaba un bolso como si llevara algo robado. Y miraba hacia atrás para ver si lo seguían", recuerda.

Ese hombre iba de Aguas Dulces hacia Valizas. Lucía un corte de pelo militar. Llevaba un pantalón camuflado con bolsillos en las perneras, remera y zapatos deportivos Nike.

El pescador le dijo a su pareja que debían seguir las huellas de ese hombre. Sus hijos adolescentes y unos amigos escucharon y se adelantaron. Las huellas se dirigían a un bañado que tiene pasto en las orillas. En el pasto las huellas se perdían. Giamberini las reencontró en una duna al otro lado del bañado.

"Dos pares de huellas, unas de número 41 y otras de número 42, flanqueaban las huellas de Lola. Otras huellas, más chicas, supuestamente de una chinela, acompañaban a las otras marcas", dice Giamberini.

Uno de los adolescentes corrió hacia el pescador y le advirtió: "Mire. Allí, abajo de las ramas de acacias, hay algo macabro". Él ordenó a los adolescentes que se alejaran. Caminó unos pasos y vio el cuerpo de Lola. Estaba semienterrado con arena y se veía parte del short de jean de la joven.

Giamberini sacó su celular de un bolsillo. Estaba tan nervioso que le temblaban las manos. Su visión quedó borrosa. No lograba acertar las teclas para llamar al Servicio 911. A 200 metros pasaba un cuatriciclo de la Prefectura. Giamberini y los adolescentes lo llamaron. El marinero se acercó y confirmó que se trataba del cuerpo de Lola.

"Yo llegué a unos metros del cuerpo. Estaba todo el detalle. Sin embargo, en los días sucesivos pisaron y borraron todas las huellas del crimen. Cuando arribó la Policía Técnica, no quedaba nada", recuerda el pescador.

A partir de ahí, Giamberini ingresó en un periplo judicial que aún no terminó. "Traté de hacer una obra de bien y quedé en la picota. En un momento la vi fea porque intuí que lo único que querían era buscar a un culpable", relata.

El juzgado.

Cerca de 30 personas —detenidos o indagados— pasaron por el Juzgado Penal de Rocha por este caso en 2015. Entre ellos se encuentran integrantes del entorno de la madrina de Lola Chomnalez, pobladores del asentamiento "Malvinas", el pescador y su familia, residentes de Castillos y Aguas Dulces, y caminantes que estuvieron en Valizas a fines de 2014 (entre ellos, un cuidacoches de Rivera).

También declararon en el juzgado un joven que dijo en una red social que Lola nunca aparecería con vida, y un carpintero que aseguró haber visto a la quinceañera argentina caminando por la playa acompañada por un hombre de 40 años.

Las pericias forenses concluyeron que Lola sufrió varios cortes en el cuello con un cuchillo de mesa y murió sofocada en la arena. Constataron, además, que la joven jamás había mantenido relaciones sexuales. Según fuentes de la investigación, ese dato descarta el móvil de un supuesto ataque de celos del entorno de la madrina, como se manejó al principio.

El cuchillo de mesa hace suponer a los investigadores que el o los asesinos eran adolescentes. O un caminante.

En esta línea de investigación se maneja que Lola fue obligada a caminar hasta una zona apartada de la playa con el propósito de violarla. Sin embargo, como la adolescente se opuso —era de complexión delgada pero fuerte; hacía deportes—, fue sofocada con la arena.

El cuidacoches de Rivera negó en la sede judicial que haya estado a fin de año en Aguas Dulces. Pero, las antenas de celulares probaron que mentía. Según fuentes del caso, el cuidacoches declaró que intentó venderle estampitas de amor a Lola. Agregó que la adolescente se mareó y él se ofreció a acompañarla hasta un lugar con sombra. Luego, al verla desmayada, huyó. Al poco rato regresó y la encontró muerta. Después cambió su versión: dijo que no había regresado al sitio porque se había asustado mucho.

La jueza Silvia Urioste y el fiscal Rodrigo Morosoli solicitaron pericias psiquiátricas para el cuidacoches, quien quedó en libertad porque venció el plazo legal de su detención. Y no fue citado a declarar posteriormente.

Una muestra de ADN extraída de las prendas de Lola que la Policía halló dentro de su mochila es lo único que genera esperanzas a los investigadores. En el correr de este año se cotejó esa muestra con el ADN de testigos e indagados por el caso. También se cruzó con muestras extraídas a presos de Uruguay y de una parte de Argentina. Todos los resultados dieron negativo.

Investigadores policiales piensan que el matador de Lola es un argentino o un brasileño que se cruzó con la joven por la playa ese domingo. El individuo, suponen, carece de antecedentes penales.

La semana pasada Policía Científica ingresó en su base de datos la totalidad de las muestras de ADN extraídas a reclusos de todas las cárceles del país en un intento por ubicar al criminal.

Niña mariposa.

"Un día salí del estado de shock inicial y caí realmente en que Lola no estaba y que ya no volvería. Estaba muy mal, angustiada y enojada. Me senté en el patio de casa y le pedí a Lola que me diera una señal. De repente apareció una mariposa, de esas naranjas, a las que llaman monarcas, y se me posó en la ropa. Se quedó ahí un buen rato y le pregunté: Lola, ¿sos vos?. Se seguía quedando, me levanté para hacer algo en la cocina y la mariposa no se movió. Tenía que ir al banco que queda acá a tres cuadras y me acompañó a upa, entró al cajero conmigo y volvimos a mi casa. Y ahí dije: ¡Es Lola!. Luego se posó otra vez en el patio y se fue volando".

Los ojos y gestos de Adriana Belmonte, la madre de Lola, transmiten fe. Su remera tiene una mariposa. Las servilletas también las tienen; las hay por toda la casa.

"Dicen que las mariposas y los colibríes te avisan que el alma de una persona está bien. Después de que pasó eso, muchas de las amigas de Lola a las que les conté la historia me empezaron a mandar fotos de mariposas que se quedaban con ellas. Con Diego (el padre de la adolescente) hemos almorzado junto a mariposas, y Michell, el gato de ella, que siempre persiguió insectos, no las toca, se las queda mirando. Es increíble", agrega.

Además de las mariposas, otros detalles de la intimidad familiar procuran conservar la memoria de Lola: fotos de ella siempre sonriente y hermosa, un dibujo en carbonilla que les hizo llegar un artista, un libro con pinturas de Chagall que la adolescente pensaba llevarse al viaje que compartiría con su abuela paterna a Nueva York —regalo por sus 15 años— cuando regresara de Valizas.

Un viaje trunco, un asesinato, una muerte inexplicable e injusta, un caso sin resolver, idas y vueltas del accionar policial y judicial uruguayo que aún no dan una respuesta, y diferentes modos de llevar el dolor. "A nuestra hija no nos la devuelve nadie. Queremos saber la verdad y que haya justicia, nos merecemos eso y aún no lo tenemos. Todo lo que tiene que ver con la investigación parece una broma macabra", dice Diego Chomnalez. Acaba de llegar del trabajo con un regalo para Adriana: una nueva mariposa. Es de un transparente azul brillante y sirve de perchero.

En su rostro se refleja el enojo y la impotencia. Lola era su hija menor y la única hija de Adriana. El dolor por su ausencia se ha expresado de diferentes formas: han bajado de peso, han tenido momentos de "no poder levantarse de la cama", problemas de salud aparejados a la pérdida, bronca, indignación, llanto, paz, felicidad al recordar una sonrisa. El duelo los encuentra juntos y cumpliendo 21 años de "novios eternos".

Reclamo de paz.

Desde el primer día intentaron no mediatizar la causa y preservar su intimidad, pero la semana pasada decidieron romper el silencio y exponer su reclamo en una entrevista con el diario Clarín. Es la primera vez que quieren repercusión. Hace un año que esperan por verdad y justicia y buscan "paz".

Dijeron que el gobierno y las autoridades policiales uruguayas les han pedido disculpas por los vaivenes con seguidilla de detenciones que ha implicado la investigación, pero para ellos eso no alcanza. Se quejaron de que el fiscal Rodrigo Morosoli ya no les "atiende el teléfono".

"No hay mucho más que agregar a lo que dijimos ya. No nos sentimos acompañados y tenemos un signo de interrogación constante", dicen ahora Chomnalez y Belmonte. Agregan que en la última comunicación se les dijo que la información se les iba a proveer a través del abogado que los representa en Uruguay, Jorge Barrera. "Yo entiendo que no se puede saltear al abogado y estamos muy conformes con su actuación, pero soy la madre, quiero y merezco saber. Estamos a la distancia y se hace muy difícil porque parece que tengo que estar sentada en la sala de espera de la fiscalía para que nos atiendan y eso es irrisorio", dice ella.

"La investigación no es un chiste macabro. Lo macabro es el acontecimiento que sucedió", les respondió el ministro del Interior, Eduardo Bonomi, tras la nota en Clarín. "Para la investigación, por más buena voluntad que se ponga, existen dificultades grandes. Una de ellas es la demora que hubo en hacer la denuncia, y otra es que se hizo en Prefectura y no en la Policía. Se creyó que era una muchacha que había demorado en llegar a la casa y se le pasa a la Policía mucho después. Cuando la Policía y la Justicia empiezan a investigar hay un escenario contaminado y hay dificultades. No por eso creo que corresponda calificarlo de chiste".

Para Diego Chomnalez, la reacción de Bonomi es consecuencia de haber recurrido a "palabras fuertes", lo cual es "muy triste". El miércoles dijo a El País: "Más que responder queremos que el ministro se ocupe. Lo único que esperamos con estas declaraciones es que sirvan para que se pongan a hacer algo. Sabemos que no existe la magia y que la gente en el juzgado debe estar haciendo lo que puede. Pero también sabemos lo que es la angustia de no saber qué es lo que pasó, de no llegar a un resultado. Y eso no pasa solo con el caso de Lola. Por eso me solidarizo con todos los que están pasando por lo mismo que nosotros en Uruguay".

Mañana, cuando se cumpla un año del asesinato, Lola será homenajeada en Buenos Aires y en Valizas. Adriana, que es católica de formación pero se siente cercana también a la filosofía budista, quiso que se colgaran grullas de origami en los lugares donde su hija transitó alegre en vida. "Queremos recordarla feliz y con paz porque su luz no nos abandona".

Sin miedo, pero con menos turismo.

Los residentes de Valizas no creen que el fantasma de Lola sobrevuele el balneario. Sin embargo, es posible que sí haya impactado: a días de fin de año, todavía hay muchas casas para alquilar y comercios que aún no abrieron. Algunos comerciantes dicen que eso se debe a dos causas: los elevados precios de los alquileres y que, aunque no se quiera reconocer, la muerte de Lola sí pesó en la conciencia de muchos turistas argentinos.

El rancho donde se hospedó Lola sufrió cambios: sus propietarios levantaron 50 centímetros las paredes, le cambiaron el techo de quincho por chapas y lo pintaron de blanco. En uno de los extremos del segundo piso hay una puerta baja de madera que da al balcón. El 27 de diciembre de 2014 Lola pasó la puerta de madera y salió al balcón. Apoyó sus brazos en el cemento y miró hacia la playa. Al otro día sería asesinada.

Florencia P, una estudiante porteña de diseño de imagen y sonido, veranea desde chica con su familia en Valizas. El martes 22 tomaba mate con su madre en el rancho donde Lola pasó sus últimas horas. "En Buenos Aires me preguntaron dónde iba a veranear. Cuando respondí que viajaría a Valizas, me dijeron: ¿Vas a ir a donde murió la chica?". La joven y su madre no sabían que Lola se había alojado en el rancho que ocupaban desde el domingo 20.

"Ese tipo de crímenes no pasa en Uruguay. El asesino no es de acá", opinó la bioquímica María P., madre de Florencia. Lo mismo cree el 99% de los habitantes de Valizas. Algunos por interés: tienen ranchos para alquilar. Otros sostienen que en 50 años no pasó nada igual en el balneario. Nancy Rodríguez, una artesana de 44 años, dijo que allí nadie habla de la muerte de la joven argentina. "El caso de Lola no se habla porque es algo de Argentina. Ella vino sentenciada desde allá", agregó.

Alexandra Vega, empleada de un supermercado, dijo: "En diciembre de 2014 había más gente. En parte por lo que le pasó a esa chica (Lola) y porque Uruguay está muy caro para los turistas". El martes 22 solo habían entrado 10 clientes a un supermercado. Uno de ellos no sabía español y quiso comprar frutas secas mediante un escrito en un papel que entregó a Vega. El cliente consideró que pagar $ 250 por un kilo de frutas secas era un disparate y se fue sin comprar.

Dos empleados de otro supermercado tienen otra opinión. "De la muerte de Lola solo se habló al principio en Valizas. No afectó la temporada pasada, menos va a afectar esta. La falta de gente se debe al clima", consideró la cajera.

La tesis de que el asesino es argentino le quitó cualquier temor al balneario. "Yo salgo de noche a todos lados. A veces ando en la calle con mi hermana, que es más chica. Lo hago en invierno y en verano. Nunca me pasó nada", dijo Agustín, de 15 años.

Una niña de 12 años caminaba por la playa casi desierta de Valizas. El fuerte viento arrastraba la arena y movía, de un lado a otro, un pequeño tráiler. Ni una pizca de miedo sintió la niña cuando dos desconocidos la interceptaron, en el medio de la playa, para preguntarle por la ubicación del rancho de un pescador.

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