Historias mínimas

| En el local del Ministerio de Desarrollo Social se acumulan relatos de abandono, reclamos de asistencia y de trabajo, y las expectativas de la pobreza uruguaya.

Fachada. Sede del Ministerio de Desarrollo Social. 400x300
Fachada. Sede del Ministerio de Desarrollo Social.
Ariel Colmegna

Mientras llega su número, Alicia mira la cartelera pegada en las paredes de mármol del viejo Banco de Crédito, hoy sede del Mides. Un gorro fucsia de tela polar esconde su cara flaca y reseca. Lleva una polera de lana, vaqueros gastados y championes viejos, carga un niño a upa y tironea a dos más de las manos. ¡23, 24, 25! dice la funcionaria. Trabajo digno, educación para adultos se titulan unos carteles, ¡30, 31, 32! Atención a la violencia doméstica, prevención del sida, lactancia materna, titulan otros.

Sin trabajo, sin estudios, con 29 años y tres hijos, Alicia vino caminado desde Peñarol para preguntar por qué no le funciona la tarjeta para comprar comestibles. Ése es el reclamo más frecuente de la tarde del lunes.

Unas 40 personas entran y salen, la mayoría son mujeres jóvenes con sus niños, que corren y se hamacan en las sillas de la sede. Algunas personas llegan en bicicleta y la dejan afuera, a cargo de algún amigo; otros vienen caminando o en ómnibus. Siete funcionarios los atienden desde un mostrador. Ninguno quiso hacer declaraciones sin una autorización.

El celular con internet de Cristian Larrosa suena seguido. Tiene 31 años y vino con un amigo a hacer una consulta. Cuenta que empezó a cobrar el ingreso ciudadano en 2005, unos meses después se fue a trabajar a la construcción en Maldonado y le hizo un poder a su mujer para que lo siguiera cobrando. "Cuando volví se había piantado". El lunes fue a ver si podían volver a ingresarlo, pero dejó pasar demasiado tiempo. "Me dejé estar, pero ahora tengo otra mujer y otro hijo, acá son muy amables, pero no me solucionaron el problema".

Marta, de 35 años, vino desde Villa García "por el carné del almacén". Dice que lo pidió hace cinco meses y aún no se lo dieron, que le explicaron que le avisaban por teléfono cuando estuviera lista su tarjeta, pero no sabe si llamaron porque tiene roto el teléfono. "Capaz que vinieron y estaba en casa de la comadre, como no tengo nada qué hacer. Me sale caro venir, sólo tengo el sueldito de acá". Mientras espera, la funcionaria del Mides le dice a un señor que puede sacar su cédula gratis. "Viste, no sé, capaz que en el cartel dice algo", dice Marta. No sabe leer ni escribir, aprendió a manejar los números, "por la plata y los ómnibus". No tiene trabajo, se anotó para barrer en las calles y salió suplente. Cuando le toca su número se acomoda el cabello, largo hasta la cintura. "Me dicen que lo venda en la peluquería, ni loca".

Marisa, su hija y su nieta, aguardan por la tarjeta de comestibles. Fueron al comercio que les quedaba cerca y les dijeron que no servía. Marisa es de Artigas, fue a la escuela y estudió un año en la UTU y se vino a trabajar de doméstica a Montevideo. Hoy vive "de agregada" en Tres Cruces, como le dice a vivir en un casa que le prestaron. Con el Panes y lo que gana como doméstica redondea unos 4.000 pesos. A 10 cuadras de su casa está ubicado uno de los comercios adheridos al sistema de tarjeta, según le informaron en el Mides. "Había comprado harina, fideos y los pañales para la nena, pero la tarjeta no servía, pero hay que tener paciencia". "¡Qué vergüenza!", replica su hija, que lleva en un coche a una beba.

-¿Y el padre de la niña?

-Adiós, gracias.

Prolija, con pantalones de vestir y saco de cashmere, Lourdes se acerca con una amiga a preguntar por su hija, que es madre soltera y no tiene trabajo. "No te creas, el saquito engaña, tengo una pensión, mi hija, mi nieta y un hijo con esquizofrenia, vivo pagando psiquiatras y pastillas, vine a preguntar a ver si tienen algún derecho".

Al lado está sentado Walter Batistesa. Tiene 30 años y está con sus tres hijos y su mujer que está embarazada. ¡46, 47, 48!, llaman desde el mostrador. "Hoy pasan Harry Potter", dice el hijo y gira en una de las sillas de la sala. Batistesa cuenta que es hurgador y vive en una pensión en la Ciudad Vieja que le pagó el Mides por seis meses. "Queda poco para terminar, pero creo que me van a seguir pagando". Como la mayoría, vino a ver por qué no le funciona la tarjeta. Uno de sus hijos, un bebé que apenas camina, llora. Tiene el vientre seco y el médico le indicó darle mermelada de ciruela. "Pero yo no puedo".

Con varios bolsos y paquetes de galletas y caramelos Ana María Sacramento llega desde Camino Andaluz. Trabaja vendiendo en los ómnibus y fue a preguntar por un vecino a quien no le funciona la tarjeta. "Yo lo que quiero es trabajo", dice en el mostrador.

-En Canelones capaz que hay otro sorteo (de empleos), contesta la funcionaria.

-Lo más lindo que hay es trabajar, porque esto se termina.

-Ustedes lo sabían, igual ahora vamos a empezar con el Plan de Equidad.

Antes de ingresar al Panes, Sacramento era ama de casa y vivía con el sueldo de su pareja. "Él me mantenía, pero se fue". Entonces empezó a vender en los ómnibus. "El Panes es como la venta en los ómnibus, un día sí y al otro no". Sacramento dice que le pagaron 22 meses juntos, 32 mil pesos y con eso construyó su casa. Antes, "vivía de costanero", como le dice a las casas que construyen con tablones de madera. Ahora tiene una pieza de bloques, otra de madera y un baño. Como la mayoría, espera su turno y mira Gran hermano en la televisión. "¡52, 53!" dice una de las funcionarias. "¿Qué dijo?", pregunta una muchacha, porque la voz es muy baja. Otra se acerca varias veces. Saca de una mochila de tela una bolsa de nailon con papelitos y su tarjeta, que tampoco funciona, aunque la computadora dice que está habilitada. Una funcionaria da la vuelta y limpia la tarjeta con el buzo. "Andá y probá de nuevo, la otra te va demorar pila".

Al lado, Zulma San Martín está radiante: le dieron la tarjeta para los comestibles y le dijeron que en dos días la podía usar. Tiene 42 años y tres hijos. Hace 15 días que trabaja haciendo zanjas en Santiago Vázquez, de lunes a viernes seis horas por día. "Es trabajo de hombres, pero me sirve y me distrae, después no sé". Dos veces por semana va a comenzar un curso obligatorio, está contenta porque le van a enseñar a pedir trabajo. "Me anoté para trabajar y saqué el número 22, de 205 cupos, algo de suerte tenía que tener, mi marido no puede hacer mucho, ahora limpia las asaderas que se usan para los bizcochos en la panadería del hermano". En junio de 2006 le detectaron cáncer a su esposo y desde entonces no puede hacer mucha fuerza. En septiembre se inscribió en el Plan, en enero la visitaron y en marzo empezó a cobrar el ingreso. Dice que a ella no le pagaron con retroactividad.

Sebastián Peña, de 24, está echado en una silla, cansado porque caminó desde Carrasco Norte. Dice no tener trabajo, que se inscribió en el Panes hace dos años, que preguntó varias veces y aún no lo visitaron. "Todavía no almorcé". Son las 16.30. Esta vez fue hasta allí acompañando un amigo que viene por la tarjeta. Cuando se inscribió vivía en una casa precaria con su mujer y dos hijos. "Por suerte ella consiguió trabajo. Me dijeron que escriba una carta explicando. ¿Me ayudás?".

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