Historia reciente

En la Quinta de Santos, el Museo de la Memoria reúne los objetos que ilustran los excesos del Estado y los padecimientos de la generación que vivió la dictadura; en el mes que lleva abierto al público ya lo visitaron casi tres mil personas

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El País

CÉSAR BIANCHI

Unas 150 personas visitan por día el Museo de la Memoria (Mume), en Instrucciones casi Bulevar Batlle y Ordóñez. En 18 días desde que su inauguración, a partir del 10 de diciembre, lo recorrieron 2.680 personas. Y sólo en el excepcional fin de semana del Día del Patrimonio en octubre convocaron 4.800 curiosos. Saldo: avidez por repasar la historia reciente.

El museo lo dirige Elbio Ferrario, un ex preso político que vivió todo el golpe de Estado recluido en el Penal de Libertad. Más de 20 años después de salir de prisión vuelve a convivir entre los recuerdos de aquellos años oscuros. Se pasea como si nada y bien cómodo entre los uniformes originales de presos, fotos ampliadas de represiones, esculturas que evocan la tortura, rostros de desaparecidos.

El museo está enclavado en lo que fue la casa quinta del dictador Máximo Santos, un soldado del coronel Lorenzo Latorre que gobernó con escasa tolerancia de 1882 al 1886, y que solía arrojar a sus enemigos políticos a una fosa con leones. La idea fue resignificar este lugar como una reivindicación de la convivencia democrática, explica Ferrario.

La primera sala abarca los años previos a la dictadura, desde fines de los años 60 hasta los primeros de la década de 1970. Hay gigantografías con imágenes de la huelga de 1973, otras con represiones a manifestaciones, hay alusiones a estudiantes muertos.

Por momentos se escucha una canción de Daniel Viglietti, de a ratos se proyecta una película que a modo de popurrí tiene el célebre discurso de Wilson Ferreira ante la noticia de la clausura del Parlamento, uno de Líber Seregni cuando la fundación del Frente Amplio y un recuerdo de la toma de Pando por parte del ex tupamaro Andrés Cultelli.

Hay textos escritos en la pared que explican qué fue el Escuadrón de la Muerte o evocan la clausura del teatro El Galpón por inaugurar una obra titulada Libertad, Libertad.

La segunda sala de la exhibición se centra en los años del golpe de Estado. Hay un texto que habla de la "resistencia popular"; se ve una peluca de las que diseñaba una mujer que trabajaba para disfrazar a militantes clandestinos; hay una fotografía ampliada del "documento de fe democrática" que las autoridades hacían firmar para clasificar a los ciudadanos en A, B o C.

Del techo cuelgan cacerolas y utensilios con los que se "caceroleaba", y hay esculturas del artista Rubens Fernández Tudurí en cerámica fundidas en bronce, que ilustran poses de hombres y mujeres al ser torturados. El escultor las hizo en los años 70 y las escondió, para mostrarlas con la inauguración del Museo de la Memoria.

Hay exhibidas bolitas que los militantes le tiraban a los caballos para que resbalaran o "miguelitos" para pinchar los neumáticos de vehículos policiales.

El espacio siguiente también refiere a un área temática específica: las cárceles. Hay mamelucos originales de presos políticos: el 862 de Arturo Dubra, el 1.596 de Raúl Pittaluga, el 108 de José Santiago Possamay y el 815 que usó y donó el ministro de Ganadería, José Mujica.

Hay puertas originales de celdas del Penal de Libertad y el de Punta Carretas. Hay una pared llena de fotos ampliadas de prisiones, pasillos y recovecos de las cárceles, sacadas por un fotógrafo que estuvo preso y se llevó los rollos de souvenir. Otro que se llevó un recuerdo y lo donó al museo fue quien se escondió en un bolsillo la llave de su lugar de encierro.

Hay artesanías a modo de manualidades confeccionadas por los presos en sus largas horas de ocio. Y hasta un librillo escrito con letras muy diminutas en hojillas de tabaco para armar.

Una sala recuerda el exilio: la solidaridad de París con pancartas en francés que rezan "Alto a la tortura en Uruguay", pasaportes de exiliados, la alcancía de la CNT para recaudar fondos y un corto del realizador Mario Handler.

La sala siguiente impresiona. Del techo cuelgan réplicas de las pancartas con los rostros de 213 de los aproximadamente 230 desaparecidos. En una proyección se puede ver y escuchar a Mario Benedetti leer un poema suyo sobre ellos. Y luego un corto titulado A todos ellos. En la sala hay una enorme fotografía de cuando las excavaciones en el Batallón 13 en blanco y negro, y trozos de hormigón que tapaban el cadáver del escribano Fernando Miranda, hallado el 2 de diciembre de 2005, con los elocuentes espacios vacíos donde iban la cabeza y los brazos.

Por último, la sala final recuerda el regreso lento a la democracia: diarios de la época que hablan de la liberación de Wilson Ferreira, de Líber Seregni o el triunfo del No en el plebiscito del 30 de noviembre de 1980. Esa victoria popular también se evoca con una metáfora: un montón de papeletas por el No acumuladas y otra, menor, por el Sí al lado.

Hay un cuadro con Alberto Candeau en plena oratoria en el Obelisco el 27 de noviembre de 1983, banderas de partidos políticos y sectores específicos, y una película en el aire con el testimonio de Amaral García, un hijo de padres desaparecidos.

Elbio Ferrario, coordinador general del museo, lo recorre una y otra vez todos los días. Repasa los hechos, la violencia, la intolerancia. Este arquitecto y artista plástico se pasea del frente al fondo mientras habla con su tono monocorde; va del pasado al presente todo el tiempo. "Ahora faltaría aludir a estos años que estamos viviendo, en los que los militares están siendo juzgados por desapariciones durante la dictadura", dice. Él cree que quizás no hubieran sido enviados a prisión, si hubieran revelado la realidad de los desaparecidos mucho antes.

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