LAS LETRAS OCULTAS DE LA CÁRCEL MÁS GRANDE

La historia inédita del Comcar y sus presos bibliotecarios: ¿Cuáles son los libros que más se piden y qué cambios generan en ellos?

Un tour literario por la cárcel más grande del país permite descubrir cuáles son los autores más populares tras las rejas, y lo que son capaces de generar allí.

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Mauricio fue bibliotecario en tres oportunidades. Es fanático de la obra de Mario Benedetti y estudiante de Derecho. Foto: Leo Mainé

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No existe en el exComcar un espacio más ordenado y pulcro que la biblioteca que administra Gutiérrez. El perfume del desinfectante se siente desde el corredor del centro educativo, ubicado en el polo industrial. Este reino de historias está bajo llave. Gutiérrez, su guardián desde hace seis meses, está ocupado cumpliendo con la tenaz tarea de recuperar los libros que no fueron devueltos en fecha. Recorre las celdas de los que están en falta recordándoles que los siete días del préstamo ya se vencieron y el libro debe volver a su estante para quedar a disposición de otro recluso.

Mientras lo aguardo, me asomo por una ventana que dejó abierta. No hay peligro: allí nadie se mete sin su permiso. Para Gutiérrez, el orden lo es todo. Cientos de libros están milimétricamente apilados, numerados y organizados por categoría. Algunos de los carteles están escritos a mano, con una letra en imprenta chueca, insegura, infantil. El dueño de esa letra se aproxima trotando por el corredor. Tiene 53 años y el cuerpo de un oso. Era albañil; ahora se convirtió en una especie de librero.

Llega agitado. Toma aire, y suelta:
—Tengo de todo. Tengo novelas, tengo historias de aventuras, tengo cuentos, tengo enciclopedias y libros de estudios. Tengo en inglés, en alemán, en portugués, en italiano, en polaco, en francés. Tengo diccionario de lo que quieras. Tengo poesía, medicina, sociología, biología...

Cuando le encomendaron poner a punto la biblioteca, los libros no eran lo que son hoy. Él les puso tapas a los que ya no tenían y encintó a los que estaban deslomados. Los enumeró, les pegó en la solapa una ficha de préstamo y los organizó en los estantes. También sacó de circulación aquellos que le parecían peligrosos.


—Los gurises no saben que están acá, los tengo separados. Son cosas de religión que no les van a hacer bien. Hablando mal y pronto, son libros de cultos satánicos. Ya hablé para sacarlos de la cárcel.

Los tiene ocultos detrás de los 70 ejemplares de la Biblia, que sí es lectura recomendada. Ese es uno de los tres libros que conserva en su celda.

Antes de estar preso, ¿te gustaba leer?
—La verdad que no.
¿Así que empezaste en la cárcel?
—La verdad que sí.
¿Tenés algún título preferido?
—No, porque cuando termino uno que me gustó, agarro otro que me gusta más y así me pasa siempre.

Los usuarios de esta biblioteca son privados de libertad de los módulos mejor conceptuados de la cárcel más grande del país. La mayoría trabaja en las distintas empresas que integran el polo industrial o son estudiantes de primaria, secundaria o educación terciaria. La fachada del edificio de esta comunidad educativa anticipa la prolijidad de su interior: está decorada con diseños en hierro pintados de blanco, el césped luce perfectamente cortado y las rejas de los portones están pintadas de azul. En la entrada, un letrero reproduce la más famosa de las citas de Artigas: “Sean los orientales tan ilustrados como valientes”.

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Gutiérrez lleva seis meses administrando la biblioteca del centro de estudios del polo industrial. Foto: Leo Mainé

Entre estos reclusos, el libro más solicitado es Papillon. La novela autobiográfica que el francés Henri Charrière publicó en 1969 prácticamente no se consigue en librerías. Tiene tan buena fama rejas adentro, que también la piden prestada los guardias.

—No enseña la delincuencia. Es un libro sobre un hombre inocente que fue encerrado en prisiones terribles y busca la libertad —describe Gutiérrez.

La libertad a él le llegará en cuestión de días, y eso lo tiene algo contrariado.
—Me da pena, sí, porque cuando llegué esto era puro libro roto. No sé por qué, pero me gustó este oficio.

No roto, pero inevitablemente manoseado luce el único ejemplar de Hasta la última gota, la biografía de Fabián O’Neill. Este es el libro que Gutiérrez les recomienda a los que se acercan por primera vez a su despacho y los nota desnorteados en busca de alguna ficción que les permita alejar el pensamiento del encierro, de las deudas, de lo que pasa adentro y les espera afuera.

—Se los doy para que aprendan cómo empezó y a dónde llegó.

Así, la vida del ídolo de Nacional se convirtió en un improbable manual de autoayuda para los presos.

Si pasan la prueba de O’Neill, Gutiérrez los introduce en los libros de aventuras, o de misterios de la colección de Agatha Christie, o de los que él designó como “literatura selecta”. En esta sección se encuentran nueve desgastados ejemplares del clásico de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, El lazarillo de Tormes, las obras de Federico García Lorca La casa de Bernarda Alba, El romancero gitano y Yerma; Fuenteovejuna, de Lope de Vega, y joyas de las letras inglesas como Romeo y Julieta, de William Shakespeare y la novela El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence.

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La biblioteca tiene libros de cuentos ilustrados, que Gutiérrez recomienda a los reclusos que son analfabetos.

Pero también está el universo de los cuentos ilustrados; los cuentos para niños que Gutiérrez les entrega, con discreción, “a los gurisitos que no están bien de la cabeza y necesitan aprender a leer”. Dice esto mientras pasa las páginas de un ejemplar de La cabaña del tío Tom.

Los libros de estudio está prohibido llevárselos a la celda. Para evitar que les quiten pedazos a las hojas —que se usan para hacer un “achique” del tabaco—, solo los entrega para leer bajo su supervisión, sea en las aulas que están alrededor de la biblioteca o en el pupitre que hizo colocar frente a su escritorio. Desde allí, lleva la cuenta de los libros prestados en un fichero escrito a mano que luego, cada tarde, pasa a la computadora. En el monitor, una calcomanía muestra una versión un tanto hippie de Jesús tomando mate y un texto que dice: “Esta es nuestra certeza. Volvió para quedarse, siempre”.

—¿Te cuento lo más insólito que vi acá? Fue un libro de leyes que adentro tenía tres fotos viejas y una carta —lanza.
¿Y qué hiciste?
—Se las entregué a las autoridades.
¿Qué decía la carta?
—No la leí. Se las di cerrada. Te lo juro por mis hijos.

Cargo de confianza.

El exComcar está organizado en cinco zonas donde se erigen 12 módulos. Es como una pequeña ciudad con más habitantes —3.527 — y con más visitas —unos 200 funcionarios, talleristas y docentes cada día, sin contar a los familiares— que el barrio que la contiene, Santiago Vázquez.

Para la directora técnica Leonela Parentelli, las arterias de esta prisión son sus tres comunidades educativas: la del polo industrial, la “vieja” y la que fue inaugurada un mes atrás, duplicando las horas docentes — y por lo tanto los cupos de estudio y de los talleres— que fue bautizada como “la nueva”.

En la planificación penitenciaria, cada una refiere a un grado distinto de la “progresividad” en la rehabilitación del recluso. La que integra Gutiérrez es la que tiene mejor reputación; después le sigue “la vieja” y por último “la nueva”: allí asisten los que están alojados en los módulos más “complicados”. De todas formas, los internos que transitan en ellas son los que han demostrado buena conducta y “un interés por mejorar”.

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Carlos y José Luis rearmando la biblioteca del módulo tres. Foto: Leo Mainé

Por eso integran comisiones. Las comisiones son un vistazo a la libertad, o “a la calle”, que es como se refieren los presos a la vida que tenían afuera de la penitenciaría. Quien integra una comisión, así como el que estudia, trabaja o está ocupado en alguna tarea para el funcionamiento del recinto, descuenta pena, pero además se le permite estar afuera de la celda: abandonar por algunas horas, lo que ellos llaman “la tranca”.

Entre los puestos a los que se puede aspirar, el de bibliotecario es de los más solicitados. Pero no es para cualquiera. Es algo así como un cargo de confianza.

En una habitación oscura del módulo tres, Carlos intenta transmitir que él es, justamente, un hombre confiable. Está ordenando los libros que donó Juan Miguel Petit, el comisionado parlamentario penitenciario, para apoyar la iniciativa de algunos reclusos que quieren rearmar la biblioteca del módulo. Había dejado de funcionar debido a vandalizaciones.

Además de la donación de Petit, familiares de reclusos, funcionarios y el propio director de la penitenciaría aportaron ejemplares. Juan Carlos Pérez, al frente de esta unidad, asegura que los libros son una compañía añorada para los que están “trancados” sin televisión ni radio. El bibliotecario que había sido designado para reformular el espacio fue liberado y ahora Pérez analiza quién podría reemplazarlo. “Implica caminar por todo el módulo y este es un módulo que se caracteriza por tener un alto nivel de conflictividad, entonces tenemos que elegir a alguien que se lleve bien con todos”, advierte. Todos son 547 personas.

Carlos sigue con la tarea mientras Pérez lo observa de brazos cruzados. De conseguir el puesto podría estar en un lugar tranquilo, mejorar su problema con las faltas ortográficas e integrar una comisión. Para lograrlo le pidió ayuda a Dios.
—Hoy por hoy, si no fuera por Dios yo no estaría acá. Me encontré en una situación muy difícil y un compañero de celda me asesoró y empecé a creer. Y me pasaron cosas que solo yo sé que eran pruebas. Se me abrieron puertas. Quiero cambiar. Solo yo sé por qué quiero cambiar.

A Carlos, como a la mayoría de los reclusos entrevistados, le interesan los libros de historia. De toda la historia, su período predilecto es “el de los romanos”. ¿Por qué los romanos? “Por la Biblia”, explica: el libro más popular de la cárcel.

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Los principales donantes son los familiares, funcionarios, escuelas, liceos, bibliotecas que cambian su acervo. Esta donación es del comisionado parlamentario, Petit.

La historia se lee sobre todo en las enciclopedias que hay en las distintas bibliotecas —cuatro manejadas por el Instituto Nacional de Rehabilitación y una por ASSE—, y en los libros de estudios, protagonistas absolutos de la mayoría de las donaciones que recibe la prisión. Los libros de geografía y de ciencias naturales también son populares, “por sus ilustraciones y fotografías”.

Sobre la mesa, en medio de un revoltijo de libros, espera ser apilado un ejemplar de la autobiografía de Jorge Porcel titulada Risas, aplausos y lágrimas, otra obra con potencial para terminar convertida en un inesperado manual de autoayuda. A modo de despedida, con un gesto amablemente tosco, Carlos pregunta:

—Y a vos, ¿qué te gusta leer?

Un pez en el agua.

Este tour literario por el exComcar nos conduce a la “vieja” comunidad educativa: la original. El paisaje se diferencia del que suele aparecer retratado por la crónica policial. Cuando no hay malas noticias, por las calles sin nombre que conducen a los distintos módulos se ven reclusos que construyen bloques y otros que cargan palets en camiones de carga.

Otros juegan un partido de fútbol en una clase de recreación y deportes; otros están construyendo una plazoleta. Dos presos trabajan en una especie de planta de reciclaje que recepciona las botellas de refrescos que ingresan de a cientos en los días de visitas; otro grupo arranca yuyos y da vuelta la tierra para plantar verduras en un taller de huerta.

En el supermercado —que en realidad luce como un kiosco— se forma una fila de clientes. En frente, un hombre en silla de ruedas y otro con gesto de desconfianza hacen guardia en la entrada de una preciosa capilla a la que llaman “centro interreligioso”. Allí se organizan reuniones de narcóticos anónimos y se celebran distintos cultos.

El hombre desconfiado está molesto. Aunque adentro todo se ve en orden y el ambiente es pacífico, se queja de que le rompieron dos vidrios, le robaron portalámparas y se llevaron bancos para desarmarlos y hacer quién sabe qué con los tablones. “Cada vez que no estoy pasa algo”, se lamenta.

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Libro de prácticas de ajedrez que se utiliza en uno de los talleres. Foto: Leo Mainé

Unos metros más adelante, en la entrada de la “vieja” comunidad de estudio, nos espera Mauricio con las llaves de su pequeño reino en las manos. Tiene 31 años y estudia derecho. Este es su tercer ingreso a un recinto penitenciario y esta es su tercera gestión como bibliotecario. Es ágil, entusiasta y un fanático acérrimo de la obra de Mario Benedetti.

—Yo entre los libros soy como un pez en el agua. En la calle ya leía. He leído a diversos autores para no ponerme un balde en la cabeza, pero cada vez que leo a otros me gusta más Benedetti.
¿Qué es lo que tanto te gusta?
—Sus finales. Sus finales trágicos. Cómo cuenta la idiosincrasia. No me gusta por ejemplo la ciencia ficción. Leí Dos años de vacaciones, de Julio Verne, porque en una entrevista Benedetti contó que fue el primer libro que leyó, pero no me convenció. También leí a García Márquez, pero no me gusta el realismo mágico. Galeano sí me gusta, cuando habla con cierto sarcasmo de las raíces de América Latina. Ya no como novelista; a mi sano juicio, me dejó mucho que desear.

En la biblioteca de Mauricio hay tres cuadros de Artigas colocados uno al lado del otro, y dos de Varela. Es la única de las del exComcar que tiene un nombre; por supuesto: “Mario Benedetti”. Incluso, en su honor, organizó un concurso literario. Pero la calidad de la convocatoria no le satisfizo demasiado.

En esta sala también pululan los libros de estudio, las enciclopedias y los libros históricos; hay tantos que una sección se llama “Artigas y Uruguay”. El área más pobre —que Mauricio anhela reforzar— es la de narrativa.

Destacan títulos como Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, de Mario Levrero, Los regresos de Anderssen Banchero, Los inmortales de Hugo Burel y Boquitas pintadas, de Manuel Puig. Pero las que arrasan son las novelas de Paulo Coelho. “Porque son espirituales y hablan de ir en busca de las cosas”, opina el encargado. Algunas fueron regalos de docentes a Mauricio, quien si el libro no lleva dedicatoria lo dona a esta colección.

—Un segundo es un segundo acá y en Hong Kong, pero varía según cómo emplees el tiempo. En siete meses y medio que estuve en la calle leí tres libros, y acá tres libros te los leo en un mes. Y aparte de leer yo escribo, ¿te conté?

Mauricio es más flexible que Gutiérrez, y como sabe que en una cárcel el caos está a la vuelta de la esquina, otorga dos semanas de tiempo de lectura. Además prevé que el 10% de los préstamos no volverán. Los libros suelen romperse en una requisa, o en un altercado con otro interno, o se los lleva un liberado.

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Reclusos piden que les hagan llegar más libros de ficción. Foto: Leo Mainé

Dice:
—De 10 libros, uno no vuelve. Y ese que no vuelve tiene detrás una historia.

La nueva colección.

Un mes atrás, cuando se inauguró la “nueva” comunidad educativa a la que asisten presos de los módulos violentos, ocurrió una escena simbólica. La docente entregó un repartido a los nuevos alumnos y a poco de comenzar la lectura, la interrumpieron.

—Maestra yo no sé leer —le dijo uno.
—Yo tampoco sé —sumó otro.
—Ni yo —confesó un tercero.

Algunos reclusos analfabetos toman clases con otros internos a los que se les llama “monitores”. Ricardo es un monitor pero de ajedrez, un juego que aprendió en su juventud, “en la calle”. Reunidos en torno a un tablero, 13 hombres sostienen fotocopias con ejercicios para practicar cómo mover las piezas.

Observan con admiración “al profe” —como le apodan— mientras repasa los autores preferidos que leyó en prisión. “Graham Greene. Sidney Sheldon. Mario Puzo. La ilíada y La odisea”, enumera.

—Yo quiero leer historia. De Roma, de Grecia, de la Edad Media. Quiero leer Robison Crusoe, de Daniel Defoe —se apunta Ruben, uno de los alumnos de ajedrez.

Otro de ellos, Jorge, prefiere el fútbol. Y como le rumorean que acaba de llegar una donación que trajo un libro del Barça, abandona el grupo y va en dirección a la biblioteca para hacer la reserva antes que alguien se le adelante.

Lo recibe Marco Antonio, el flamante bibliotecario que administra un acervo incipiente, que recién está tomando forma. Marco Antonio lleva cuatro años en el exComcar. Tiene 30, está bien vestido, se expresa con solvencia; su caligrafía es bellísima. Para su entorno, es un enigma.

Dice:

—Carecemos casi por completo de libros de narrativa. Debemos tener unos 50 títulos. Nos gustaría tener la posibilidad de que más personas miren hacia acá y vean que realmente hay gente que quiere salir adelante, que se quiere cultivar y aprender. Quisiera pedirles a los que puedan aportar algún libro, que lo hagan.

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La "nueva" comunidad educativa está armando su nueva biblioteca. Aquí, de pie, Marco Antonio junto a otro recluso que lo ayuda.

En la repisa, de cara a un rayo de sol que entra por la ventana, reposa Mi último suspiro, las memorias del cineasta Luis Buñuel. Sobre el escritorio hay un ejemplar de Ariel, de José Enrique Rodó. A espaldas de Marco Antonio, la comparsa de reclusos Madiba toca el tambor. Él retoma la lectura de un ensayo que el erudito mexicano Alfonso Reyes escribió acerca de la trayectoria de Goethe. La tragedia Fausto y la obra del filósofo alemán Max Weber son dos de los más notorios descubrimientos que hizo en la cárcel. En sus aulas, cursa cuarto año de liceo. Quiere ser actor. O locutor. O periodista.

"Un libro, una oportunidad"

Una campaña solidaria que se volvió masiva

En el exComcar también funciona una biblioteca formada en 2011 por los funcionarios del área de Salud Mental del Sistema de Atención Integral de las Personas Privadas de Libertad. Algunos días atrás, esta dependencia de ASSE lanzó la campaña solidaria “Un libro, una oportunidad”, para ampliar el acervo que gestionan las cárceles. Por lo general, las donaciones llegan por parte de escuelas, liceos, UTU, bibliotecas que renuevan sus colecciones o particulares, pero los usuarios reclaman mayor volumen de obras de narrativa para equilibrar la abundancia de los libros de estudios que suelen recibir. Florencia Márquez y Patricia de Castro son las coordinadores de esta área y cuentan que semanalmente los técnicos recorren los módulos y, asistidos por un privado de libertad seleccionado para esta función, distribuyen libros entre los internos que tratan. La biblioteca está en el consultorio central, pero el proyecto que tienen es poder generar mini bibliotecas en los pequeños consultorios que existen en cada uno de los módulos. Márquez explica que la biblioteca se creó con una “finalidad terapéutica”, tanto para un abordaje grupal como individual. La lectura es una “estrategia importante”, dice la experta. “Logramos trabajar muchas cuestiones que tienen que ver con la historia de vida del paciente”. Otras veces, agrega, también se recurre a la escritura. Algunos usuarios llevan diarios de su vida cotidiana y otros cuentan por escrito vivencias traumáticas del pasado. Si bien anteriormente ya habían desarrollado campañas, “ninguna fue tan masiva como esta”. De hecho la respuesta los sorprendió. Además de los envíos de privados que llegaron a Camino Colman y Pororó, la librería Las Karamazov hizo un aporte y la Biblioteca Nacional aportó 104 títulos. Su director, Valentín Trujillo, explica que la selección se hizo de acuerdo a los distintos perfiles de los privados de libertad. Enviaron varios libros infantiles (para los menores que están con sus madres en la unidad 9), best sellers, ensayos, novelas latinoamericanas y anglosajonas de autores reconocidos como Jane Austen, John Grishman, Isabel Allende, Paulo Coelho, Stephen King. Incluso, a futuro, planifican generar un concurso literario.

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