Guantánamo, hotel chévere

| Cuesta 100 millones de dólares al año. Tiene la ventaja de estar lejos del control. Los reclusos son números, la tortura está permitida y los abogados son innecesarios.

YOLANDA MONGE, EL PAÍS DE MADRID

Alguien debería explicarle a Mohamed al Qahtani que la guerra contra el terrorismo de George W. Bush tiene como fin último promover los valores del mundo civilizado contra la barbarie. En nombre de la civilización, Qahtani llegó encapuchado y encadenado de pies y manos con grilletes a la base naval militar estadounidense de Guantánamo en enero de 2002. Le arrebataron todos sus derechos y se le otorgó un número: el 063. Los carceleros de Guantánamo y las autoridades militares de Washington le consideraban el piloto "número 20", el hombre que debería haber redondeado la cifra de 19 terroristas suicidas en los atentados del 11 de setiembre de 2001 hasta las dos decenas. Pero Inmigración no le permitió la entrada en Estados Unidos menos de un mes antes de los ataques .

El reo 063 fue capturado en Tora Bora (Afganistán) por las tropas del comandante en jefe George W. Bush en diciembre de 2001. Y de Afganistán a Guantánamo, donde en nombre de la civilización se torturó a Qahtani. Durante el tiempo de su cautiverio -o lo que se le supone, porque nadie sabe hoy si el preso 063 sigue en Guantánamo o no-, a Qahtani le arrancaron la ropa mientras una mujer se le insinuaba; se le obligó a colocarse unas bragas en la cabeza y un sujetador en la cara; se le dijo incontables veces que su madre era una puta; se le afeitó la barba y la cabeza; se le puso una correa al cuello y se le obligó a ladrar como un perro; fue aislado durante cinco largos meses en una celda que tuvo encendida durante todo el tiempo una penetrante luz; se le hizo pasar frío; se le hizo pasar calor; se le inyectó líquido hasta que su vejiga estaba a punto de reventar, pero no se le permitía ir al baño. Qahtani se orinaba encima, se cagaba encima; cuando no quería beber agua, los soldados se la echaban por la cabeza (la técnica es conocida como "o la bebes, o te la pones"); los interrogatorios comenzaban a las cuatro de la madrugada -se le despertaba con música altísima de Christina Aguilera- y duraban hasta medianoche; se le condujo a un cuarto de interrogatorio empapelado con fotos de víctimas del 11 de setiembre, banderas estadounidenses e iluminado por luz roja. Allí tuvo que permanecer firme mientras sonaba el himno estadounidense.

Éste es un relato al que, si se pudieran aportar fotos, el parecido con Abu Ghraib sería asombroso. Abu Ghraib, dictaminaron las autoridades, fue responsabilidad de soldados rasos. Pero la cárcel de Guantánamo fue diseñada al milímetro en los despachos de Washington. Para poder obtener información relevante había que esquivar la incómoda Convención de Ginebra. La administración de Bush definió a los terroristas de Al Qaeda capturados como "combatientes enemigos ilegales" (por tanto, razonó alguna mente privilegiada, no sujetos necesariamente a lo que estipula la Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra, ya que no luchaban bajo ninguna bandera). A renglón seguido se hacinó a esos "combatientes ilegales" en la prisión de la base de Guantánamo, que antes había alojado a refugiados cubanos y haitianos. Como la soberanía de Guantánamo reside en última instancia en Cuba, el gobierno de Bush creyó encontrar una solución: los detenidos no están en territorio estadounidense, con lo que en ningún caso disfrutarán de los derechos constitucionales que tendrían en Estados Unidos.

El 11 de enero de 2002, un avión militar de carga, modelo C-141, con la bandera de Estados Unidos pintada en el fuselaje, partió de Afganistán rumbo a Guantánamo. A bordo viajaban los primeros 20 detenidos vestidos con chalecos de color naranja y antifaces. Al aterrizar en la base fueron encerrados en celdas individuales de 1,8 por 2,4 metros hechas de malla de alambre y techo de madera. Eran unas instalaciones temporales, según dijeron las autoridades en aquel momento.

Hoy, Guantánamo es una prisión de máxima seguridad. Ha costado al Departamento del Tesoro estadounidense 100 millones de dólares, y el presupuesto anual de funcionamiento oscila entre 90 y 100 millones. A pesar de las decisiones judiciales y la polémica, el Pentágono construyó un nuevo centro para reclusos de 30 millones. La empresa a la que se adjudicó la obra pertenecía al conglomerado de Halliburton, el negocio privado del vicepresidente Dick Cheney.

Guantánamo es mucho más de lo que declara ser. Es un centro de tortura por el que han pasado al menos 750 personas -entre ellos al menos dos menores de 16 años-, donde hoy permanecen sustraídos al mundo en un limbo legal más de 500 seres humanos, pertenecientes a 40 países. No tienen derecho a un abogado. Sólo diez han sido formalmente acusados de crímenes de guerra. Los datos sobre sus identidades son vagos, y se tuvo que llegar a los tribunales para que el Pentágono los hiciera públicos.

Las organizaciones de derechos humanos no tienen acceso al recinto. Las visitas concedidas al Comité Internacional de la Cruz Roja han sido mínimas. En su último informe, Amnistía Internacional recoge el caso de Sean Baker, un guardia militar que se ofreció voluntario para hacerse pasar por un detenido. Sus compañeros, ajenos a su identidad, le golpearon hasta provocarle lesiones cerebrales permanentes. El único español encarcelado -y luego liberado- recordaba una frase del general al mando: "No sois seres humanos, sino cerdos con un número de expediente".

El preso 063, quien resistía bien los interrogatorios, para desesperación de sus verdugos. Corría el otoño de 2002. A punto de comenzar el invierno, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, aprobaba una amplia serie de "métodos coercitivos" más exitosos.

Ahora los interrogadores podían ir un poco más allá y emplear técnicas consistentes en aplicar una toalla empapada sobre la cara del detenido para provocarle una sensación de asfixia o sumergirle en agua hasta el límite de sus fuerzas. Las fuerzas de Qahtani flaquean. Encapuchado, pies y manos rodeados de grilletes y atado a una camilla, es conducido en ambulancia a su celda desde la sala de interrogatorio.

Cuatro años secuestrados a la realidad. Ha habido quien no pudo más. Sin acceso a lo más básico, donde el tiempo sólo tiene dos ritmos: el de las comidas y el de los interrogatorios. Tres detenidos se suicidaron ahorcados con sus propias sábanas en junio de este año. Fue "una tragedia anunciada", según denunciaron organizaciones de derechos humanos.

Durante los más de 1.500 días que lleva Guantánamo en funcionamiento se han registrado 41 intentos de suicidio por parte de 25 presos, según el Pentágono. Uno lo intentó 12 veces. Pero la administración de Estados Unidos tiene una visión distinta y llegó a calificar las muertes de junio de este año como "una buena operación de relaciones públicas para llamar la atención". Para el comandante del mayor campo de detención de Estados Unidos en el extranjero, el contraalmirante Harry Harris, los suicidios "no fueron un acto de desesperación, sino un acto de guerra asimétrica contra América".

Guantánamo ha sido desde el principio un factor de choque entre el poder judicial y el ejecutivo en Washington.

El vicepresidente Cheney descartó en su momento su cierre y dijo que los prisioneros reciben "bastante mejor trato" que el que tendrían bajo cualquier otro gobierno, incluidos los suyos, a los que no les quieren repatriar porque, irónicamente, allí sus derechos fundamentales "no están garantizados".

A finales del mes de junio, el Tribunal Supremo propinaba un fuerte revés a la política de la Casa Blanca y fallaba que Bush se extralimitó en su autoridad cuando ordenó que los detenidos como presuntos terroristas en Afganistán y otros lugares y retenidos en Guantánamo fueran procesados en tribunales extraordinarios, las llamadas comisiones militares. Esas comisiones "violan los acuerdos internacionales sobre prisioneros de guerra y las normas militares de Estados Unidos", afirmó el Supremo.

La primera consecuencia directa del fallo del Supremo no se hizo esperar. El Pentágono anunciaba una semana después que todos los detenidos en la prisión de Guantánamo y en otras instalaciones bajo custodia militar estadounidense verían reconocidos los derechos y las garantías que otorga la Convención de Ginebra en su artículo Tres.

Para que nadie se llamara a engaño, el Pentágono reproducía en su comunicado de dos páginas el citado artículo, que prohíbe, entre otras cosas, la violencia, el trato cruel y la tortura sobre prisioneros de guerra, así como los atropellos de la dignidad de los detenidos y los tratos humillantes y denigrantes.

Pero lejos de clausurar el "gulag de nuestro tiempo", como lo ha definido Amnistía Internacional, y contra sus propias y anunciadas intenciones, la Casa Blanca anunciaba a principios de setiembre el envío de 14 nuevos inquilinos a la base militar, provenientes de cárceles secretas que la CIA mantenía esparcidas por el mundo. Puede que compartan interrogador con Qahtani, el preso 063 al que nunca se le ha imputado ningún crimen, y no tiene abogado.

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