EVAN THOMAS, RICHARD WOLDE, NEWSWEEK
La cASA BLANCA TENÍA más que una leve sospecha Era el tercer libro de Bob Woodward sobre la administración Bush desde el 11/9, y seguro sería menos amigable que los primeros dos. Esta vez las preguntas de Woodward habían sido más agresivas. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld parecía ser uno de los objetivos del reportero de The Washington Post, que sigue siendo, tres décadas después de su debut con el caso Watergate, el mejor excavador de historias de la política. Los asesores de la Casa Blanca recomendaron que el presidente y el vice no dieran entrevistas, pero era obvio que Woodward podía conseguir testimonios de casi todo el resto de las posiciones de autoridad.
Cuando State of Denial (Estado de Negación) llegó a la Casa Blanca la mañana del viernes 6, un equipo de asesores fue a trabajar en deconstruir el volumen de 576 páginas. Algunas de las revelaciones de Woodward, como las escenas de Bush rechazando las súplicas por más tropas en Irak, la Casa Blanca las trató de desechar como viejas noticias. No era verdad, dijeron a los periodistas los ayudantes de la Casa Blanca, que la primera dama Laura Bush quisiera ver afuera a Rumsfeld.
Escuela de terrorismo
Más difícil de desmentir fue el relato de Woodward del rol jugado por el ex jefe de personal, Andy Card. La Casa Blanca no hizo ningún intento serio de refutar la campaña de Card para desplazar a Rummy. (El mismo Card sugirió la palabra "campaña", diciendo que las discusiones sobre Rumsfeld necesitan verse en "contexto más amplio".) El voceroTony Snow, utilizó un tono como de "esto-también-pasará". El libro de es como "algodón dulce", dijo Snow. "Se derrite al contacto".
Una orquesta de libros ha levantado una cacofonía de dudas sobre el manejo que hizo la administración Bush de la guerra de Irak. Llegando luego del Cobra II de Bernard Trainor y Michael Gordon, del Fiasco de Tom Ricks, de La doctrina del uno por ciento de Ron Siskind, y de Hubris, de Michael Isikoff y David Corn, el State of Denial de Woodward resonó entre el coro de críticas a la administración como un golpe de címbalos.
Con las elecciones legislativas cerca, Bush y su séquito han estado trabajando duro para dirigir la atención de los votantes lejos de Irak y hacia la amenaza de un ataque terrorista. Pero Irak sigue volviendo a los titulares. Antes que el libro de Woodward aterrizara en las tiendas, fragmentos de las estimaciones de inteligencia nacional (NIE) empezaron a salir a la luz, sugiriendo que la guerra en Irak era contraproducente para la guerra contra el terror. Los puntos divulgados, de un documento que representa un consenso de la comunidad de inteligencia de Estados Unidos, revelaron la conclusión, de alguna manera poco sorprendente, de que Irak estaba volviéndose un terreno de entrenamiento para terroristas. Bush respondió autorizando la revelación de otras partes de la NIE, que sugieren que si las fuerzas de Estados Unidos se retiraran el problema crecería. Pero "seguir el curso" en Irak puede no satisfacer a los votantes que no ven más que oscuridad al final del túnel.
Los demócratas y algunos republicanos renovarán sus pedidos de la cabeza de Rumsfeld, pero es muy dudoso que Bush desplace a su secretario de Defensa antes de las elecciones. Eso podría ser visto como una concesión a los "derrotistas", como los republicanos llaman a la oposición. Rumsfeld no tuvo ningún comentario sobre el libro de Woodward. Pero un alto oficial, bajo la usual capucha del anonimato, dio una hermética garantía de la seguridad laboral de Rumsfeld. El presidente, normalmente apoyado en un círculo íntimo, había estado consultando afuera. El oficial no dijo quiénes, pero es sabido que Bush habla en ocasiones con Henry Kissinger y con el ex secretario de Estado de su padre, James Baker.
El consejo de los consultados, dijo la fuente, "hasta ahora ha sido que Rumsfeld debería quedarse. Pero no puedo predecir el futuro".
El Rumsfeld retratado por Woodward es bravucón y mezquino. Bush no sale mejor parado. El presidente es chistoso y campechano, además de poco curioso hasta la negligencia. Su gabinete de guerra es profundamente disfuncional. Condoleezza es casi una figura patética, quejándose de que Rumsfeld no recibe sus llamados.
Rápido y furioso
La administración no tuvo sólo mala suerte. Fue casi voluntariosamente ciega a los riesgos que conlleva invadir y ocupar un gran país árabe. Rumsfeld, que empujó a Rice y al secretario de Estado Colin Powell a asumir el control hasta de los planes para la posguerra en Irak, quería una fuerza que entrara y saliera rápido. Esto estaba bien siempre que las fuerzas de Estados Unidos pudieran delegar el trabajo de dirigir el país en locales.
Pero este plan fue paralizado por las discusiones sobre el rol en la posguerra de los iraquíes exiliados. Cuando Irak empezó a desenredar el tema, la administración -con poco debate- arrancó en otra dirección. La Casa Blanca instaló a Paul Bremer como una especie de gran gobernador de todo Irak, pero Rumsfeld no quiso darle fuerzas que necesitaba para una larga ocupación.
Una de las fuentes mas obvias y prominentes de Woodward es el ex director de la CIA, George Tenet. En State of Denial, Tenet es profundamente ambivalente sobre ir a la guerra en Irak, pero no parece que expresara sus preocupaciones en voz alta en el Despacho Oval.
El libro de Woodward está lleno de documentos y memorandums del interior de la administración Bush que pintan una visión mucho más oscura de la guerra que la de las declaraciones públicas del presidente en ese tiempo.
Después de los primeros dos volúmenes, en general positivos, de su serie Bush y la guerra, Woodward (objeto de fascinación y celos entre la prensa) fue blanco de burlas por jugar al taquígrafo del presidente y sus héroes los asesores. En State of Denial Woodward expresa descreimiento en las entrevistas con Rumsfeld, ante aparentes negaciones y equivocaciones.
Entrevistado por el crítico de medios de Washington Post, Howard Kurtz, Woodward consideró su nuevo tono, más crítico, como simple resultado de los hechos. "Encontré nuevas cosas, como siempre que se remueve el piso", dijo. "La mayoría las descubrí este año".
El nuevo libro de Woodward es un temprano esbozo de la historia. Pero con cada nueva revelación, con cada descripción de los caóticos eventos dentro de la Casa Blanca y el Pentágono en los meses antes y después de la invasión de Irak, el dibujo del liderazgo de Bush se vuelve más refinado y más decepcionante.