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Forestales: mujeres de buena madera

El país se destaca del resto de la región por el volumen de mano de obra femenina empleada en el sector primario y de servicios vinculados a la producción forestal. Tres mujeres cuentan sobre su trabajo en diferentes partes de la cadena productiva.

Flor de María Sigvardt es ex motosierrista. Foto: Fernando Ponzetto
Flor de María Sigvardt es ex motosierrista. Foto: Fernando Ponzetto
UPM en Paysandú. Foto: Fernando Ponzetto
UPM en Paysandú. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en UPM en Paysandú. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en UPM en Paysandú. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal. Foto: Fernando Ponzetto
Vicenta Maluk, operaria de maquinaria forestal. Foto: Fernando Ponzetto
Vicenta Maluk, operaria de maquinaria forestal. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan para la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan para la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan para la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan para la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Flor de María Sigvardt es ex motosierrista. Foto: Fernando Ponzetto
Flor de María Sigvardt es ex motosierrista. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Mujeres que trabajan en la industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
La industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
La industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
La industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
La industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
La industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
La industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
Lucía Lemos, capataza de vivero Santana. Foto: Fernando Ponzetto
Lucía Lemos, capataza de vivero Santana. Foto: Fernando Ponzetto
La industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto
La industria forestal en Uruguay. Foto: Fernando Ponzetto

En el vivero Santana, a pocos kilómetros de Guichón, en Paysandú, crecen los eucaliptus que dentro de diez años se convertirán en servilletas, revistas o cartón. Son 10 hectáreas en las que trabajan unas 150 personas y es allí donde ocurre la excepción a la regla. En una industria donde predomina el género masculino, los viveros son el único lugar donde la cantidad de mujeres que trabajan supera a la de hombres. En este, de la empresa Forestal Oriental, son más de la mitad.

Según datos del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, el 54% de la mano de obra de viveros —se contabilizaron 22 en un resumen de agosto de la Dirección General Forestal— son mujeres. Por el contrario, para otras partes de la cadena, como la siembra, la cosecha o la poda, no hay cifras oficiales, pero fuentes del sector estiman que podrían llegar a ser un 15%. Puede parecer un porcentaje marginal, pero se trata de un dato que distingue a Uruguay del resto de los países de la región.

Natalia Marius es ingeniera agrónoma, gerente de certificación forestal para la empresa SGS. Desde hace 10 años realiza auditorías para la empresa en Latinoamérica y ha recorrido la región evaluando cómo funciona el sector en los diferentes países. En América del Sur, dice, Uruguay es una excepción. "Tiene los índices de participación de la mujer en el sector primario de producción forestal y servicios asociados más altos de la región". Por el contrario, en países como Chile, especialmente al sur, difícilmente haya espacio para mujeres.

La presencia femenina no solo se da en los viveros. También en maquinaria pesada o en plantaciones hay varias que trabajan a la par de los hombres. No son la mayoría, pero están." Se las ve en tareas de plantación o asociadas a la cosecha y hay una preparación para trabajar con maquinaria que es casi inexistente en otros países", indica Marius.

"Forestal Oriental ha tenido una política innovadora que ha sido emulada por algunas de las empresas", dice el secretario general del Sindicato de Obreros de la Industria de la Madera y Anexos (Soima), Fernando Oyenarte, quien cree que el permitir que algunas mujeres trabajen en el campo responde a una mera necesidad de personal y desde la empresa lo confirman. Se contrata por capacidad, no por cuota.

El dirigente aclara que mujeres y hombres cobran el mismo dinero, usan los mismos materiales y tienen las mismas protecciones pero que hay formas de discriminación que pueden ir más allá de lo salarial. Habla de campos en los que ambos sexos deben compartir baño y de que si bien en los viveros hay varias mujeres en mandos medios, esto no se cumple en el resto de la cadena productiva.

A pesar de no contar con la misma fuerza que los hombres, actores dentro del sector dicen que las mujeres pueden aportar minuciosidad y detallismo a sus tareas, y aunque en ocasiones no produzcan los mismos volúmenes, cuando se trata del trabajo con maquinaria pesada suelen tener un mejor cuidado de los equipos. Sin una política específica de las empresas para la contratación por cuestiones de género, las mujeres se han hecho un pequeño espacio en un ámbito donde todo parece estar hecho para los hombres, aunque todavía les quedan muchas barreras por romper.

La rutina del jardín.

A Lucía Lemos la contestación la tomó desprevenida. Hasta el día de hoy puede recordar la respuesta que su subordinado dentro del vivero Santana le dio. "A mí no me gusta recibir órdenes de una mujer". Como encargada al mando de un grupo de trabajo le había puesto una sanción por una tarea mal hecha y el operario recurrió a un superior de UPM, también hombre, para que se la quitara.

El resultado fue la doble sanción. "Le hice dos boletas de acción correctiva. Una por mala calidad y la otra por desconocerme", cuenta y luego aclara: "Después nos entendimos".

Lemos tiene 55 años y fue delegada sindical de los trabajadores de Guichón dentro del Soima. Tiene siete hijos y una tecnicatura forestal a medio hacer. Empezó hace dos años como peón pero creció en poco tiempo. Incluso llegó a tener a cargo a los 90 funcionarios de la empresa tercerizada para la que trabaja durante un tiempo, razón por la que tuvo que dejar su cargo como delegada sindical.

Mientras Lemos cuenta parte de su historia, sus subordinados mueven bandejas con pequeños plantines y se preparan para una de las tareas más difíciles: "el cincuenta".

Los trabajadores deben revisar cada una de esas plantas para ver si tienen o no raíces y así clasificarlas en cuatro categorías. Es difícil encontrar las raíces y un error es una planta desperdiciada porque las que tienen raíces crecen y las que no, mueren. "Les genera mucho estrés y agotamiento físico. Son personas grandes, que vienen cansadas de otros tipos de trabajos bastante exigentes".

De hecho, la empresa lleva, una vez por mes, a un oculista para que revise a los funcionarios y detecte problemas de visión que pueden venir de la mano con la tarea. "No es que la instalación de luz sea mala, pero compite con la luz de día y se hacen sombras, entonces a veces no pueden ver con claridad".

Lemos no solo tiene que asegurarse que hagan bien su trabajo, sino que además puedan cumplir con la demanda diaria. Cada empleado debe llenar una cuota de trabajo por día y esto a veces cuesta. "Un segundo que ellos pierden es dinero que no cobran".

Las filas de hojas verdes se extienden dentro de los llamados "mini jardines", que a medida que avanza la tarde van quedando vacíos. Cuando se acercan las cinco de la tarde queda todo armado para empezar con "el cincuenta" al día siguiente. Llegan las cinco de la tarde y los empleados del vivero se concentran en la puerta. Esperan. Cuando suena el timbre, pueden salir, pero la norma es clara: está prohibido correr. Apenas se escucha el timbre que marca la salida y las decenas de funcionarios de uniforme azul empiezan su correcaminata por el camino de piedras con el increíble mérito de no despegar los pies del piso. El objetivo es la puerta de salida.

En Guichón las fuentes de trabajo no son muchas y el sector forestal se convirtió en los últimos años en el principal empleador, no solo para la pequeña ciudad, sino también para otros pueblos. Según explica Marius, parte de las razones para la inclusión de mujeres en los viveros es que abarcan una gran parte de la demanda de trabajo en la zona del litoral del país, donde muchas veces los hombres del rubro forman parte de lo que ella denomina "migrantes internos": viajan de departamento en departamento a trabajar con sus cuadrillas. "La mujer cuando es madre suele quedarse en su localidad y la oportunidad de trabajo está en lo forestal".

La mujer de la motosierra.

A Flor de María Sigvardt la espalda ya no le da para sentarse mucho rato. A sus 42 años dice que tiene hernias de disco, pero no quiere pasar el riesgo de una operación. De todas formas, a la hora de agarrar la motosierra para trozar la madera no hay quien tenga más oficio que ella.

Sigvardt trabajaba en épocas en las que no había uniformes especiales, certificaciones de seguridad y ni siquiera salario vacacional o aguinaldo. Empezó en campos a los 13 años con sus siete hermanos. "Éramos un sustento más que ayudaba a la olla, a la casa", recuerda.

Si para los empleados de los viveros es obligatorio parar el trabajo para estirar la espalda dos veces al día en recreos de siete y ocho minutos, en el campo el casco y el chaleco son hoy parte obligatoria de la jornada laboral. Sin embargo, esto no siempre fue así.

El amor de Sigvard por su marido, con quien se casó a los 18 años, va en paralelo con su relación con la motosierra. Fue por él que empezó el trabajo duro, recorriendo 20 minutos en bicicleta para llegar al monte y acompañarlo. "Para mí era una cosa nueva. Eran las motosierras 08, que recién habían salido y pesaban como 15 kilos. Le dieron un monte para cortar, él me preguntó si yo me animaba y le dije que sí. Así trabajábamos, hasta en patas llegamos a estar adentro del monte de Caja Bancaria", cuenta.

Decían por ahí que Sigvardt era un "macho". Ella dice que no escuchaba y seguía, fiel, acompañando a su marido. Tanto, que llegó a sacrificar su salud y la de su hijo adentrándose en medio del monte con ocho meses y medio de embarazo. No alcanzó con que la echaran del trabajo para que dejara de meterse escondida con su compañero.

"Vas a parir a lo chancho, en el medio del monte", le advertía el patrón. "Y sí, no tengo nada, pero a mi marido no lo voy a dejar solo", insistía, tozuda, hasta que la inminencia del parto la obligó a abandonar a su esposo. "Hasta acá te acompañé", recuerda haberle dicho. Poco después del primer mes consiguió quien le cuidara al bebé y volvió al campo.

"Siempre trabajábamos mano a mano, decían que nosotros éramos locos para trabajar. Nos habían puesto la cuadrilla del tulipán porque nosotros andábamos siempre de madrugada", dice. Pero el tiempo y la temeridad pasaron factura, no sabe si por levantar los postes de 12 metros o por una acumulación de esfuerzos, pero la espalda le puso el freno y ahora está de licencia médica, esperando que un tribunal médico decida si pasará a recibir una pensión. Igual advierte que si tiene que volver al monte caza la motosierra y no lo duda.

A varios kilómetros de donde Sigvardt corta madera y cuida unos panales de abejas trabaja Vicenta Maluk. Tanto ella como su marido son la versión moderna de lo que hacía Sigvardt hace varias décadas, pero la diferencia es abismal.

El salto tecnológico que ha dado el sector hizo que ya casi no queden motosierristas como Sigvardt. Son unos pocos, en el este del país, donde las características del terreno impiden el ingreso de la maquinaria pesada, que junta en el día mucho más de lo que una cuadrilla de 50 personas podría hacer en varios. Mientras Sigvardt llegó a sufrir las heladas de invierno y el sol fuerte de verano, Maluk pasa sus ocho horas en la cabina de la máquina que opera. Cuenta que cambió de la silvicultura a ser operaria porque se le dio la oportunidad y significaba un mejor salario. Ahora sabe que tiene un salario fijo de alrededor de $ 27.000. Del campo a la cabina, dice que sintió el cambio. "Si no tenés otra cosa, no hacés ejercicio, te empezás a achanchar". Los peligros que enfrenta son pocos, aunque debe ser cuidadosa con el movimiento de troncos y los días de tormenta, ya que el barro puede causar accidentes, algo que la empresa Forestal Oriental se empeña en reducir al mínimo.

Al igual que Sigvardt, Maluk trabaja en lo mismo que su esposo. Maneja una maquina Forwarder, que levanta los troncos que se cosechan para la compañía. La condición de la pareja es tener turnos diferentes para que uno de los dos pueda hacerse cargo de su hijo. Maluk y otra mujer más son las únicas entre un grupo de unos 20 hombres. Pero el trato es de igual a igual, dicen que hay que hacerse un lugar.

Un año de negociaciones lentas para los forestales.

El año comenzó con medidas de "brazos cansados" para los trabajadores de los viveros, que decidieron asistir a sus lugares de trabajo para no producir, como forma de hacer escuchar sus reclamos salariales en plena negociación colectiva. Recién en junio de este año se firmó el convenio, que establece un salario mínimo de $ 566 por día (en el acuerdo anterior era de $ 475) y una partida variable de acuerdo a lo que produzca cada trabajador. Según dijo el dirigente del Sindicato de Obreros de la Industria Maderera y Afines (Soima) José Sena, el acuerdo logrado no satisface a los trabajadores porque las empresas no aumentaron los montos de lo que ganan por esas partidas variables. Por otro lado, el secretario general del sindicato, Fernando Oyenarte, dijo a El País que "se impuso la lógica de las empresas" y que en los viveros hay trabajadores que llegan a cobrar entre 12 mil y 13 mil pesos. "Se quejan de que cuesta retener a los trabajadores en los puestos, pero no es un trabajo atractivo y menos con esos salarios", indicó. Oyenarte criticó además que las empresas no permitan a los trabajadores realizar asambleas en sus lugares de trabajo fuera del horario laboral.

Algunas cifras del sector forestal.

El sector forestal da trabajo a más de 15.000 personas que forman parte de unas 1.800 empresas.

El 17% de las exportaciones de bienes del país en 2015 corresponden al complejo forestal (madera, productos de madera, celulosa, papel y cartón) y se espera que las cifras sigan creciendo.

Para este año, un estudio de Uruguay XXI prevé que las ventas externas del sector alcancen el 19%, junto con la soja y la carne.

El 93% de las empresas vinculadas al sector forestal son emprendimientos pequeños que tienen al menos 20 empleados, publicó Uruguay XXI.

Las empresas principales, UPM y Montes del Plata instalaron sus plantas en 2007 y 2009, respectivamente.

El 54% de la mano de obra que trabaja en la producción de plantas (viveros) son mujeres. En 2015 se produjeron casi 69 millones de plantas. Paysandú es el departamento con mayor producción del país, un 42% del total, seguido por Río Negro, Durazno, Rivera y Lavalleja. Cada uno de estos departamentos cuenta con tres viveros.

Las recolectoras de hongos de Paysandú.

Ellas tienen el ojo entrenado. Son capaces de divisar, entre los matices de marrón y verde, el anaranjado de los hongos que en algunos momentos del año son su sustento. Son varias mujeres que se agruparon para recolectar hongos en bosques de la empresa Forestal Oriental, una actividad que se solía hacer de forma irregular y sin autorización de los propietarios de los bosques, y que hace cerca de una década pasó a realizarse en coordinación con la empresa. Con permiso en mano, chaleco fluorescente y zapatos que aguantan la caminata, Myriam Calderón, de 38 años, sale a recorrer con Mayra Mayea, de 27. Aprovechan a hacer unos pesos más —Calderón es jefa de hogar y tiene dos hijos y Mayea es ama de casa— y juntan los hongos que crecen entre los bosques para venderlos a quienes los cocinan para venderlos. En el año hay dos momentos para la recolección, en otoño y primavera. Las jornadas son de ocho y media de la mañana hasta las cuatro y media de la tarde. Los comerciantes pagan el kilo de hongos a los recolectores entre $ 15 y $ 30. Ellas no tienen que pagar nada a nadie para juntar. Pueden llegar a conseguir unas cinco bolsas llenas de hongos. Mayea recuerda que llegó a cargar 97 kilos en bolsas en su bicicleta, casi el doble de su peso.

Rodolfo Beasley es el coordinador de la región dos de la empresa UPM y conoce de punta a punta el área en que trabaja. Según explica, la empresa decidió capacitar a las mujeres para que aprovecharan un recurso que se perdía en el proceso de producción de la celulosa y que sirve como ingreso a quienes viven cerca de los campos.

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