Como en el Mediterráneo

Fantasmas apátridas en Uruguay

Dos apátridas que llegaron en los últimos seis meses y 20 indocumentados demuestran que Uruguay no es ajeno a los problemas migratorios internacionales. Esta semana ingresa al Parlamento un proyecto de ley para lograr reconocimiento y protección.

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En los últimos siete años, el Mides atendió a 5.700 inmigrantes "vulnerables". Foto: AFP.

Dice que tiene un nombre, que sabe su edad y que nació en un poblado árabe al norte de África, pero nadie lo puede confirmar. Por ahora, lo único seguro es que es mujer, está sola y desprotegida. Llegó a principios de año por la frontera seca que separa a Uruguay de Brasil. Apareció un día en la oficina de la Institución Nacional de Derechos Humanos, en Montevideo, pidiendo ayuda. Estiman que tiene entre 20 y 30 años. Habla un español entrecortado y le cuesta conjugar los verbos. Así, con un idioma que aprendió a los ponchazos, reclama que se la considere una apátrida: un ser sin identidad, sin nacionalidad. Un fantasma.

Su caso no es único. A la propia Institución llegó hace seis meses un ciudadano norteamericano de 40 años que había renunciado a su nacionalidad y pretendía obtener la documentación uruguaya. Quedaron en contactarlo y nunca más reapareció.

Como ellos, otros tantos deambulan por el país sin ninguna identidad. Uruguay no es ajeno al principal problema migratorio actual que advierte Naciones Unidas: la apatridia. Unas 10 millones de personas en el mundo viven sin estar unidas a un Estado por un vínculo de nacionalidad. En su mayoría son africanos expulsados por alguna tribu con la que no comparten religión, sirios que el gobierno dejó de reconocer, dominicanos descendientes de haitianos o pertenecientes al grupo rohinyás, al noroeste de Birmania, víctimas del apartheid moderno.

Hasta el momento muy pocos de quienes escapan a estos focos de persecución, o simplemente salen de sus países vendidos como esclavos, tocan suelo uruguayo. Pero algunos llegan. De hecho, la mujer que pidió protección del gobierno nacional dice haber caído en Brasil, sin conocer su paradero, víctima de una red de trata de personas. Es que esas imágenes de barcos cruzando el Mediterráneo o el océano con miles de migrantes no son solo una noticia que ocupa poco segundos en los informativos centrales de televisión. Ocurre acá.

Ella, la apátrida que dice venir de África, intenta pasar las noches en alguna pensión barata. Apenas tiene ropa y el Estado es el que le cubre las necesidades más básicas. Al estar indocumentada no puede trabajar legalmente, tramitar la residencia ni recibir las prestaciones de salud y educación. Tampoco tiene teléfono propio y la única forma de contactarla es cuando se aparece en la Institución. Las autoridades del organismo confirmaron que está es una situación de "vulnerabilidad importante" y no esconde su tristeza. Si no hay certeza de su origen, menos aún sobre su familia.

Previo a su aparición y la del norteamericano, los posibles casos de apátridas en el país fueron una decena de inmigrantes que perdieron su nacionalidad luego de la disolución de la Unión Soviética. Algunos de ellos quedaron en calidad de refugiados. Nunca se llegó a confirmar su condición de apátridas por falta de experiencia en este asunto, según representantes de Naciones Unidas en Uruguay.

Uruguay reconoce la apatridia tras haber ratificado las convenciones de 1954 y 1961. Sin embargo, no hay una norma nacional específica para la identificación y protección de estas personas. En la legislatura pasada no se aprobó un proyecto de ley que, según confirmó el senador Rafael Michelini, será presentado nuevamente esta semana en el Parlamento con algunas modificaciones.

La Organización Internacional para las Migraciones considera que el problema de los apátridas tiene su origen tras la Segunda Guerra Mundial, por la enorme cantidad de sobrevivientes que quedaron sin nacionalidad y sin reconocimiento oficial. Y una de las mayores complicaciones vino en la Guerra Fría por los cambios en los Estados.

Por su lejanía respecto a los principales focos de apátridas, Uruguay no parece ser un destino frecuente. Es improbable encontrar uruguayos que hayan quedado en esta condición porque aquí "se concibe la identidad como un derecho", dice Federico Graña, director nacional de Promoción Sociocultural. De hecho, al comienzo del Plan Ceibal se detectó que muchos niños no tenían su cédula de identidad y no podían, por tanto, obtener su computadora. Desde entonces hubo un proceso de regularización, en 2010 se expidieron 200 mil documentaciones, y hoy todo bebé debería ser registrado en el propio lugar de nacimiento.

Los inmigrantes tienen que gestionar la residencia. Quienes pertenecen al Mercosur podrían lograr este derecho en un mes, según el protocolo, pero el retraso es de tres meses.

Actualmente hay 20 inmigrantes que están a estudio del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) por estar indocumentadas, aunque no necesariamente son apátridas. Un ejemplo es un hombre de 70 años que nació en un barco. El capitán es quien debía certificar su nacimiento y no lo hizo. Años después, la persona se encuentra sin cédula de identidad.

"La mayoría de estos 20 casos —son un acumulado desde abril de 2008 a la fecha— vienen de localidades pequeñas, en la frontera, y pierden el documento por ir de un país al otro", explica la socióloga Patricia Gainza, funcionaria del Mides. Estas personas llegaron o fueron derivadas a ese ministerio por encontrarse en una situación de vulnerabilidad. El Mides es el encargado de dar cobijo a los inmigrantes que, tras un informe social, se comprueba que están con fragilidad socioeconómica. Puede que no tengan trabajo, vivienda o acceso a las prestaciones básicas.

En los últimos siete años, el Mides atendió a 5.700 inmigrantes "vulnerables". Más de la mitad (54%) son mujeres. Otras 17 personas son transexuales y el resto hombres. La mayoría proviene de los países limítrofes. El dato coincide con lo recabado por el Ministerio del Interior: de los 22 extranjeros que fueron encontrados por la Policía en situación de calle en Montevideo en el último año, la mayoría son brasileños y argentinos.

La idea, según las autoridades, es tratar a los inmigrantes "como un uruguayo más". Acá también hay indocumentados y fantasmas.

Un cobijo ante la pobreza y un refugio para practicar su fe

“No sabía que venía a Uruguay y de repente estoy acá”. A Obiora (33) un barco lo trajo hasta el puerto de Montevideo. Fue hace dos años, cuando escapó del conflicto de Anambra, su pueblo, en Nigeria. Su vida corría peligro luego de que un grupo musulmán atacara a su tribu Ibo, de descendencia cristiana y muy fieles a Dios. Allí murió su padre.

Obiora, que en el dialecto ibo significa “la voluntad de todos”, no tuvo tiempo ni de agarrar su título de ingeniero civil. Escapó solo hasta la costa, subió a un barco y acá está, esperando que se lo reconozca como refugiado.

Él no es un apátrida. Tiene documentación, su esposa es brasileña y la responsable de haberle enseñado portuñol. La conoció en una misión en Angola y con ella tuvo dos hijos; uno de ellos nació en Montevideo. Pero sí es un testimonio vivo de la vulnerabilidad que sufren quienes dejan sus países escapando de un conflicto.

Sila, la perra que le regalaron en una pensión de 8 de Octubre, olfatea la basura y no encuentra lo deseado. Por ahora Obiora tiene para comer, se las ingenia para llegar a fin de mes con su sueldo como peón en una empresa de transporte de soja. Pero sabe que su día a día está muy lejos de lo soñado.

Su hermano menor, quien prefirió reservar la identidad, pudo escapar hacia Uruguay hace unos meses. Su madre sigue en Nigeria. Y también allí queda aquel pasado del Obiora universitario, del moreno en buena situación socioeconómica que admiraba la selección verdiblanca que ganó el oro olímpico en Atlanta 1996, con Kanú y Okocha a la cabeza, también ibos como él.

Por eso cuando llegó a la Plaza Independencia, hace dos años, luego de abandonar el barco, sintió que el mundo se le derrumbaba. Casi no comió en las dos semanas de travesía por el océano Atlántico. Y al llegar se desplomó. Lo atendieron en el Hospital de Clínicas. “Trataron muy bien y gracias Uruguay”, dice en reconocimiento a la hospitalidad. Eso sí, todavía le falta mucho: revalidar el título, sentirse menos discriminado -a un conocido suyo africano le gritaron “Ébola- ébola” en la feria del Parque Rodó- y conseguir un “trabajo mejor”.

SABER MÁS

África y Asia: reservorio de apátridas


"LIMPIEZA" ÉTNICA


Desde 1982, los musulmanes de Birmania no son considerados ciudadanos por la hegemonía budista. Y desde hace tres años, hay una masacre en la comunidad rohingyas en el estado de Arakán, al noroeste. Hoy Birmania tiene entre 800 mil y un millón de apátridas. Otros 500 mil huyeron a Bangladesh. Y a muchos los vendieron como esclavos en barcos.

ERRANTES

A Costa de Marfil suelen llegar inmigrantes de Burkina Faso, Malí y Ghana. Quieren trabajar en las plantaciones de café, no llevan documentación y no se les reconoce su nacionalidad. Es así que en África occidental hay 750 mil apátridas. Desde 2013 el gobierno hace esfuerzos de regularización.

EN LAS MONTAÑAS


Los kurdos, esos pobladores que viven en las alturas de las montañas, dejaron de ser considerados sirios desde 1962. En 2011, cuando empezó la revuelta contra Bashar al-Asad, había 300 mil apátridas. Luego, las milicias opositoras exigieron su regularización y la cifra bajó a la mitad; aunque creen que fue porque huyeron de la guerra.

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