El renacer de un edificio con mil historias

La fábrica que fue barrio

La fábrica Martínez Reina fue un hogar municipal durante 17 años. Alojó a 700 personas que vivieron en absoluta pobreza. Algunos van a visitarla y sueñan con volver. El edificio es cuidado por guardias que escuchan fantasmas y esperan que el gobierno comience a construir viviendas.

El edificio de Uruguayana 3747 fue depósito de lanas de la textil Martínez Reina. Foto: Darwin Borrelli
El edificio de Uruguayana 3747 fue depósito de lanas de la textil Martínez Reina. Foto: Darwin Borrelli

Para recordar el poderío que durante seis décadas tuvo la fábrica textil Martínez Reina hay que mirar hacia arriba. El cielo de Capurro tiene impreso este nombre y el de su marca, La Aurora, en una torre de agua que se mantiene erguida entre los tres edificios que quedan de aquel tiempo de esplendor. Ocupan dos manzanas de cada lado de la calle Uruguayana, junto a la estación de trenes Yatay. Uno de los inmuebles está a la venta, otro tiene dueño y está parcialmente ocupado por un depósito, pero el tercero permanece vacío desde 1995.

Repasar la historia de este último es como abrir la caja de Pandora. Si los planes que tiene el gobierno prosperan, en poco tiempo volverá a renacer como un mega reciclaje con un centenar de alojamientos que prevé financiar el Ministerio de Vivienda, según informa Inés Giudice, asesora de la dirección de esta cartera.

Evitará así la tarea titánica de encontrar un inversor dispuesto a arriesgar en un vacío industrial de enormes dimensiones. Los promotores inmobiliarios prefieren apostar a complejos de entre 30 y 50 unidades en zonas estimuladas por la Ley de Promoción de la Vivienda de Interés Social (en barrios del centro de la ciudad), que ofrece exoneraciones tributarias. "El modelo de negocios preferido es encarar más de un proyecto en simultáneo y financiarlos en etapas, en lugar de lanzarse a financiar de una sola vez uno de más de 100 unidades", explica Alfredo Kaplan, asesor financiero de la Asociación de Promotores Privados de la Construcción del Uruguay (Appcu).

El llamado a licitación se realizará en los próximos meses. Entonces, tal vez el futuro sea luminoso; por ahora todo es abandono.

Romina Ledesma y su abuela y su abuela Blanca Ancheta en el Martínez Reina actual. Foto: D. Borrelli
Romina Ledesma y su abuela Blanca Ancheta en el Martínez Reina actual. Foto: D. Borrelli

El edificio embrujado.

Los guardias que se animan a pasar la noche allí entran y salen desanudando una cadena colocada en una de sus tres puertas de hierro. Dicen que cuando oscurece se escuchan risas de niños y el ruido de alguna pelea: ecos fantasmales de su pasado como hogar municipal donde vivieron 700 personas sin techo —la mitad niños— a lo largo de 17 años.

El vigilante al que le tocó hoy cumplir su tarea en este edificio está sentado frente una pared de ladrillos con agujeros. En los agujeros colocó bolsas para tapar la vista hacia la habitación contigua.

—Me dijeron que se ven ojos que te observan y que se escuchan ruidos de cadenas en los pisos de arriba. Yo si sale un fantasmita le muestro la 38 y se terminó.

A sus espaldas se despliega el escenario ideal para una película apocalíptica: Martínez Reina es un mundo en ruinas. La inmensidad es oscura y cada tanto hay espacios con luz que llega de un techo en el que ya no existen claraboyas. Alguna vegetación creció en medio del desastre. Escaleras imponentes conducen a tres pisos con habitaciones sin puertas ni ventanas: son bocas negras que en su interior todavía tienen rastros de colchones improvisados con basura. También hay rampas que llevan a más cuartos. Todos los vidrios están rotos. En la planta baja, pasando dos salones inmensos, están los baños destrozados, restos de una cocina y algunas máquinas de la fábrica tiradas entre cenizas de fogatas. El piso, cuando no está inundado, es negro por el hollín de tanto fuego prendido.

Oscuridad, basura y hollín dentro de la fábrica. Foto: Darwin Borrelli
Oscuridad, basura y hollín dentro de la fábrica. Foto: Darwin Borrelli

En medio de este basural, Blanca Ancheta se agarra el pecho para sostener tanta alegría y señala un agujero tapeado, con huellas de tiros sobre el muro, que fue, durante 10 años, su hogar.

La suya era la habitación número 19. La 19 de un total de 105. Dentro de estos espacios, chicos, la mayoría sin ventanas, vivían familias de cuatro, ocho, 11 integrantes. Un barrio creciendo en una fábrica, compartiendo tres baños que constantemente estaban tapados y una cocina en pésimas condiciones higiénicas. Analice Berón, actual directora de Salud de la Intendencia de Montevideo (IM), antigua médica de la policlínica que funcionó en este hogar entre 1989 y 1995, recuerda que los niños tenían constantes infecciones en la piel debido a las malas condiciones del agua y de la cantidad de basura que los rodeaba.

En los últimos tiempos los pobladores de este hogar municipal no estaban censados. Llegaban amigos, parientes, liberados de la prisión y desconocidos que se hacían un lugar para dormir donde fuera. Y así, a medida que se fue perdiendo la presencia del Estado, se convirtió en una cueva donde los ladrones entraban, escondían sus botines y se iban.

Para evitar que ingresara la Policía, se rompían las bombitas de luz de todos los espacios comunes. Silvia González, asistente social de la IM que llegó en 1986 para poner un poco de orden a tanto abandono, restaurar algunos de los servicios perdidos y preparar el traslado de sus habitantes cuando se cerró el hogar en 1995, recuerda que el comisario de la seccional séptima la llamaba siempre: "Más que mi marido".

—Yo no podía delatar. Muchas veces ahí adentro uno olvidaba de qué lado estaba. Martínez Reina era una burbuja de exclusión que se alimentaba a sí misma. Le tenían miedo al afuera. Allí se ennoviaban y tenían hijos entre los propios vecinos, en la más dura de las pobrezas.

Ancheta recuerda que al final ya no cerraba la puerta para dormir porque los ladrones la pasaban despertando para atravesar su pieza, la única con una ventana que permitía el pasaje al patio trasero del edificio. Pero también la unión que había entre vecinos y los festejos que se hacían en Navidad y Año Nuevo. Todo se celebraba: los cumpleaños, el Carnaval, un casamiento, los partidos de fútbol de los niños.

Basura, vidrios rotos, hollín y marcas de tiros le dan un aspecto apocalíptico. Foto: Darwin Borrelli
Foto: Darwin Borrelli

Eso es lo que la memoria salvó y ella, al igual que muchos de los que allí vivieron, idealiza. Para demostrarlo exhibe fotos que compartió en un grupo de Facebook que tiene 136 miembros y se llama "El viejo y querido edificio Martínez Reina".

—Están diciendo que acá van a hacer viviendas, ¿sabés si es cierto? Si te enterás avisame, porque yo dejo todo y me vengo —sostiene.

Su nieta, Romina Ledesma, que creció entre estas paredes por las que en algún momento escalaron gusanos de las cañerías desbordadas, dice: "Yo también".

La espera eterna.

El último estudio específico sobre áreas vacantes industriales que realizó la Facultad de Arquitectura junto al Grupo Promotor para el Desarrollo de Montevideo es de 2004, y dice que unas 500 hectáreas del suelo urbano están ocupadas por antiguas fábricas en estado de abandono o subutilizadas. El ingreso de China como nuestro principal proveedor fue un nocaut para una industria agonizante desde 1980, que dejó decenas de mastodontes de cemento ubicados en barrios poco atractivos para vivir.

Cuando la fábrica de Martínez Reina cerró, su dueño pagó su deuda con el Banco de Previsión Social (BPS) entregándole el inmueble que ahora creen embrujado. El BPS lo reformó para hacer un hogar de ancianos —por eso tiene rampas— pero terminó convertido en uno de los tres hogares municipales de emergencia que la intendencia creó para cumplir con un decreto que emitió el Poder Ejecutivo en 1978. El decreto le encomendaba desalojar —sin intervención judicial— a los habitantes de fincas ruinosas y con peligro de derrumbe, darles alojamiento y luego reubicarlos.

Basura, vidrios rotos, hollín y marcas de tiros le dan un aspecto apocalíptico. Foto: Darwin Borrelli
Foto: Darwin Borrelli

Así la fábrica se transformó en una telaraña que durante 1978 y 1995 hospedó distintas tandas de familias. Las primeras fueron las desalojadas de los conventillos Medio Mundo y Alsina. Tras poco tiempo, las realojaron en viviendas que se construyeron en la periferia de la ciudad.

Al principio el hogar tenía servicios: un comedor de INDA (que permaneció hasta el final), policlínica, limpiadoras, un policía 222 y porteros. "Había horario de salida y de llegada y había que firmar una planilla. Las visitas se permitían en determinadas horas", cuenta Mabel de Silveira, una de sus pobladoras. Pero con el tiempo el perfil de la población cambió y el período de estadía se eternizó: a la última tanda le prometieron tres meses de espera para la vivienda y se quedaron 10 años. El relacionamiento con los guardias de la intendencia se hizo insoportable y la comuna retiró los servicios. El último portero partió el día en que, tras una trifulca por un robo, asesinaron a un joven de 21 años, uno de los hijos de De Silveira.

Los pobladores empezaron a "comandar" el lugar. "La exclusión y los códigos de exclusión fueron más fuertes en este edificio que en un cantegril que había a pocas cuadras", dice Paula Baleato, de la ONG El Abrojo. La presión de distintas organizaciones civiles que se acercaron a esta población y las quejas de los vecinos de Capurro pusieron el tema en la agenda. "Era la espinilla en el zapato de los políticos", opina la asistente social González.

Tabaré Vázquez incluyó el cierre del hogar entre una de sus promesas electorales cuando asumió como intendente en 1990, y unos años después cumplió. Ayudados por distintas organizaciones, algunos habitantes conformaron tres cooperativas de vivienda y se fueron allí, pero la inmensa mayoría terminó en el barrio Nuevo Ellauri de la Cuenca de Casavalle, en ese entonces lejano y desierto.

En una calle que todavía no tiene nombre, aún viven Ancheta, De Silveira y decenas de vecinos del Martínez Reina. Aunque lograron la casa propia nunca se adaptaron al barrio. La mayoría preferiría volver al edificio que dejaron.

Los edificios que nadie quiere.

Siete años después de firmar un convenio con el BPS, el Ministerio de Vivienda adquirirá este edificio. Fue un arduo trámite notarial, dice Salvador Schelotto, director Nacional de Vivienda. A cambio la agencia construirá viviendas para pasivos. Pronto se llamará a licitación para desarrollar un proyecto de reciclaje y se prevé que en la planta baja funcionen distintos servicios.

Este proyecto, explica Giudice, asesora de la Dirección de Vivienda — y que años atrás trabajó en el hogar Martínez Reina—, forma parte de la estrategia nacional de acceso al suelo urbano que prevé actuar sobre los vacíos industriales para recuperarlos y volverlos funcionales organizando proyectos caso a caso, tal como se está haciendo con el antiguo predio de Raincoop en el barrio de La Unión y con la exfábrica textil Paylana en Paysandú.

"Combinamos convenios con gobiernos municipales y con cooperativas de viviendas. Prevemos que en esos reciclajes también podrán integrarse realojos y que algunas unidades podrán integrar el programa de subsidio de alquileres, al tiempo que en el mismo espacio queremos incluir servicios que pueden ser policlínicas, CAIF, centros de estudio", detalla.

Pero la suerte de los vacíos industriales no siempre es buena. Algunos funcionan como depósitos y centros de distribución, mientras que los que están abandonados, aunque estén localizados en zonas de vivienda promovida, no encuentran inversores que se arriesguen a desarrollar un proyecto a mega escala. Incluso cuando es en sociedad con el Estado, como fue por ejemplo la fábrica de alpargatas. "Ese fue un proyecto exitoso pero único, me temo, porque la experiencia de privados con el Estado ha sido nefasta, ya que los tiempos de uno y de otro son distintos", opina el asesor inmobiliario Julio Villamide.

Basura, vidrios rotos, hollín y marcas de tiros le dan un aspecto apocalíptico. Foto: Darwin Borrelli
Foto: Darwin Borrelli

Kaplan, el asesor financiero de Appcu, dice que el principal factor de desinterés es la ubicación en barrios no predilectos para proyectos residenciales, y que las mega construcciones exigen un pago inicial grande. Además, asegura que desde que en marzo de 2017 se modificó la ley de vivienda de interés social estableciendo que el 10% de las unidades deben ser vendidas al Ministerio de Vivienda — a un precio que estima 30% inferior al del mercado—, se redujo 50% la actividad constructiva.

También influye que los empresarios prefieren comprar, tirar y construir, en lugar de reciclar, condición de muchos de estos inmuebles con valor patrimonial.

Por último importa quién es su propietario. Si es el Estado —muchos están en manos del Banco Hipotecario— suele jugar en contra la burocracia. Para Kaplan faltan medidas para fomentar esta sociedad, como permitir que se construyan unidades más pequeñas o lanzar una línea de préstamos a compradores con una tasa de interés más baja. "El Estado hasta ahora no hizo políticas para fomentar la recuperación de los vacíos industriales. No es casualidad que estén así, es causalidad", concluye.

Lo mismo piensa el arquitecto Gonzalo Bustillo, quien realizó —junto a su colega Mariana Ures— un relevamiento de las fincas en desuso de los municipios B y C. "Aunque está en la agenda el tema y acabada de aprobarse una ley para recuperar estas viviendas, Montevideo no tiene programas de gestión a escala de las dificultades que representan este stock vacante", opina.

Desde 2001 Sergio Oberlander, propietario del edificio de Martínez Reina que es un depósito, presentó distintos proyectos para construir 600 viviendas de uno a cuatro dormitorios, un estacionamiento subterráneo y tres locales comerciales. En 2001, Mariano Arana declaró de interés municipal la iniciativa. En 2012 Ana Olivera lo volvió a promocionar. Anunció a la prensa: "Vamos a volver a tener gente viviendo en Martínez Reina", pero nunca apareció un inversor.

—Todo el mundo quiere hacerlo pero nadie pone la plata— dice Walter de Souza, administrador del bien de Oberlander.

Mientras tanto, la antigua fábrica sirvió incluso para que la Policía y Bomberos realizaran prácticas. Por eso están cubiertas de tiros las rampas y las paredes que tienen escritos en medio de corazones los nombres de adolescentes que ahora Romina Ledesma y su abuela leen en voz alta, llenas de emoción por reencontrarse con el pasado.

Son muchos los viejos habitantes que vuelven para sacarse fotos, recorrer el que fue su hogar y celebrar, el 24 de agosto, la nostalgia. Sueñan con volver al lugar que, a pesar de haber sido el escenario de un pasado terrible, sienten que pertenecen.

Tal vez esa ilusión esté más cerca.

Los vecinos que nunca se conformaron con Casavalle

Paula Hernández (junto a su hija), criada en Martínez Reina, y su madre Ana Comelli. Foto: Darwin Borrelli
Paula Hernández (junto a su hija), criada en Martínez Reina, y su madre Ana Comelli. Foto: Darwin Borrelli

Cuando ya nadie creía que iba a ocurrir, la asistente social Silvia González recibió la noticia: finalmente la intendencia iba a mudar a los habitantes del hogar municipal Martínez Reina. Era fines de diciembre de 1994 y las 100 viviendas estaban prontas en la zona de Teniente Rinaldi y San Martín, barrio Nuevo Ellauri, en la Cuenca de Casavalle.

—Nosotros teníamos un recorte de la promesa electoral de Tabaré Vázquez y siempre la recordábamos, pero pasaba el tiempo y empezamos a desanimarnos. Me había ido de vacaciones. Era un 26 de diciembre y Jorge Basso (en ese entonces director de la División Salud de la comuna), que trabajaba conmigo en esa época, me llamó y me dijo: "Venite que se mudan".

Unos meses antes, para preparar a la población a un cambio tan grande luego de una década de vida en el edificio, donde estaban acostumbrados a que los servicios vinieran a ellos (comedor, policlínica, jardín de infantes), González organizó paseos por el nuevo barrio y talleres de todo tipo para que se visualizaran como personas independientes del Estado.

—Había algunos que trabajaban, pero en muchos casos creo que no pudimos romper la institucionalización. Los hábitos no existían. La intendencia fue una mala madre que los mantuvo excluidos con asistencialismo y así les impidió crecer —reflexiona González.

Mientras se iban los últimos pobladores con sus pertenencia en los camiones municipales, a González la llamaron para que apagara un incendio dentro de una de las piezas. Entró y se encontró con dos jóvenes que la prendían fuego.

Mabel de Silveira; de fondo, la foto de su hijo Washington Eduardo, su hijo asesinado en el hogar municipal. Foto: Darwin Borrelli
Mabel de Silveira; de fondo, la foto de su hijo Washington Eduardo, asesinado en el hogar municipal. Foto: Darwin Borrelli

—Me dijeron: "Silvia. Nunca más". Y yo los entendí, porque ellos se veían alegres porque había respeto y unión entre los vecinos, porque se apoyaban, pero habían crecido en una situación de abandono extrema. Habían pagado un precio muy alto viviendo en esas condiciones.

Los acompañó a sus nuevas casas y se despidió.

—Cuando cerré la puerta de Martínez Reina me puse a llorar como nunca en mi vida. Para mí también era la incertidumbre porque estuve con ellos 10 años. Pensé, ¿y ahora qué hago?

También perdió contacto con ellos Analice Berón, actual directora de Salud de la intendencia y su antigua médica entre 1989 y 1995.

—La época de la mudanza fue horrible. La vivieron con miedo porque estaban siendo desvinculados de su comunidad, de su barrio, para ser insertados en un lugar que no eligieron.

LLegar al barrio.

Verónica Balta llegó con su familia a su casa nueva y se dio cuenta de que ellos y los muebles no entraban en el hogar: eran unos o los otros. Dejó los muebles en la vereda. Las casas eran igual de chicas que las piezas del Martínez Reina, es decir, un solo ambiente, pero con baño y cocina.

—Me puse a llorar. Me di cuenta de que nos habían mandado al lejano oeste.

Esa noche ninguno comió: por esa época Nuevo Ellauri era un desierto sin almacenes y no había donde conseguir alimentos. Los vecinos de la zona los recibieron mal. "Nos decían ladrones y putas. Nos esperaban con piedras en las manos por la fama de delincuencia que tenía Martínez Reina", recuerda Balta.

Mabel de Silveira y su vecina Ana Comelli cuentan que les molestaba que sus hijos jugaran en las calles, "todo era quejas".

La ONG El Abrojo trabajó con esta población en el hogar municipal en la última etapa de su estadía, y acompañó el proceso de traslado a través de los proyectos "Cachavache" y "Tejiendo redes". En ellos participó la trabajadora social Belisa Martínez, que notó el enojo que estos vecinos sentían hacia el Estado. Investigó y realizó una tesis de grado en la que reconstruyó la historia del hogar. Este material, y algún documental que ya no se encuentra, eran los únicos registros que quedaban de esa época, hasta que en 2018 El Abrojo celebró su 30° aniversario con un libro que reunió parte de esta historia.

Paula Baleato, socióloga de El Abrojo, llegó a Martínez Reina guiada por los niños que mendigaban en las calles de Capurro.

—Era un tugurio, pero estaban insertos en una zona con servicios, comercios, lugares de trabajo, esparcimientos públicos y los mudaron de una forma traumática. Ellos querían una casa propia, pero no querían irse a un lugar lejos que no conocían. Advertimos de lo perjudicial que serían los traslados masivos, implantando comunidades enteras en zonas que no tenían los servicios para recibirlos. Así fue que la Cuenca de Casavalle se convirtió en el patio trasero de la ciudad, a donde se iban sacando bolsones de personas que ya estaban viviendo en pésimas condiciones: ahora vemos el resultado. Ahí hay 60 años de omisión del Estado en integración social de estas poblaciones.

Querer volver.

Puede resultar contradictoria la añoranza de la vida en Martínez Reina, pero Paula Hernández, de 33 años, lo explica diciendo que su infancia allí fue feliz. Ella recuerda los partidos de fútbol en el patio, a las madres lavando ropa en las piletas, los festejos de Navidad y de Año Nuevo en el que todos bailaban.

—Yo jugaba afuera con el resto de los niños y eso en este barrio es imposible. Allá había delincuencia sí, pero había respeto entre los vecinos. Acá hasta tus conocidos te roban.

Blanca Ancheta está de acuerdo:

—Extraño la camadería con mis vecinas, en "La Villa" (Nuevo Ellauri) tenés que cuidarte todo el tiempo. Te roban hasta la respiración.

Para explicar hasta qué punto eran unidas Mabel de Silveira dice que así como se prestaban una olla, Ancheta terminó amamantando a una de sus hijas para que ella pudiera cumplir su horario laboral como maquinista en una fábrica textil. Todo era juntos, y eso se perdió en el barrio nuevo. Algunos culpan a la mudanza a Casavalle de un futuro amargo. Balta dice que a ella el barrio le arruinó a los hijos.

La calle donde están las viviendas de los exMartínez Reina todavía no tiene nombre. En el barrio dicen que ese es el pasaje más tranquilo del lugar.

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