EL BARRIDO COMO SALIDA AL MUNDO

Expedición Tacurú

Unos 500 jóvenes cada día salen de sus barrios carenciados y van a barrer a otras zonas de la ciudad. Para muchos es su primera experiencia laboral y también la primera vez que pisan Pocitos o Carrasco. La experiencia suscita distintas reflexiones y aprendizajes.

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Cada día los camiones de Tacurú levantan a 500 jóvenes de entre 18 y 29 años. Foto: D. Borrelli

Se encuentran 6:15 AM en Bernardo Poncini y Aparicio Saravia, en la Casa Tacurú. Vienen de 40 semanas, Marconi, Unidad Casavalle, Las sendas, Gruta de Lourdes, Cerrito de la Victoria, La Teja, Colón.

Por cada 10 jóvenes que llegan ese día hay uno que no lo logró porque no pudo con el madrugón, no encontró con quién dejar a sus hijos, se complicó la noche en el barrio o llovió y se le mojaron los championes. A su vez, por cada 10 que logran sostener el trabajo durante todo el tiempo que dura el convenio con la Intendencia de Montevideo —entre un año y dos—, hay otros 10 que abandonan en el camino.

Cada día los camiones de Tacurú levantan a 500 jóvenes de entre 18 y 29 años de zonas marginales de Montevideo y los llevan a barrer a distintos puntos de la ciudad. Calculan que la experiencia, que se repite todos los años desde 1992, ya la han vivido unos 15.000. Para la mayoría es su primer trabajo y la primera vez que pisan barrios como Pocitos, Carrasco, Parque Rodó o Malvín. Algunos nunca habían visto la playa hasta entonces.

En la amplia zona de acción de Tacurú —calculan que nuclea a unas 60 mil personas— hay una calle que se presenta como un límite inquebrantable: Propios. Hacia el norte están ellos y hacia la costa, los otros. Se da, entonces, un fenómeno de "segregación residencial" para ambos lados, dice Alejandro López, que integra el consejo directivo de la ONG hace 20 años. Muchas veces son los jóvenes de Tacurú los que se animan a cruzar esa frontera y desafiar su "destino".

La vivencia es "buenísima", continúa López. Tacurú no los rescata del entorno de pobreza y bajo nivel educativo del que provienen, pero sí los fortalece. "Esos chiquilines rompen con la frontera del barrio y pueden vivir a través del trabajo la experiencia de conectarse con lo que es la ciudad, que es una ciudad para todos", dice.

—Y el hecho de limpiar en zonas de alto nivel adquisitivo, ¿les hace sentir resentimiento?

—No lo sé, pero no lo dudo.

Toda gente.

Jimena y Laura, de 19 y 20 años, barren sus últimas cuadras en una preciosa zona de la calle Prudencio Vázquez y Vega, en Pocitos. Jimena viene de Unidad Casavalle y Laura de Lavalleja, a pocas cuadras de la Casa Tacurú.

Sus vidas están increíblemente emparentadas: las dos dejaron los estudios por complicaciones familiares (aunque a ninguna le gustaban los libros), las dos quedaron embarazadas de sus novios y las dos fueron abandonadas, una cuando aún tenía panza y la otra un año después.

Tacurú las cruzó y ahora, más que compañeras, son amigas. Dicen que cuando se cuentan sus cosas y descargan sus rabias contra los padres ausentes, barren más rápido.

—¿Cómo es la gente de este barrio?

—Jimena: La gente es atrevida. Tira mugre donde ya barriste y te dice ¿para qué estás vos, conchuda?

Entre las dos explican que "las señoras" son las más ofensivas y a veces desconfiadas. Las mayores suelen negarles un vaso de agua, algo que vale como indicador de amabilidad. Muchos se creen que porque pagan "los impuestos" tienen derecho a exigirles a ellas que les den bolsas o que les barran la vereda (algo que no está entre sus tareas; a ellas les corresponde solo la calle). También hay quienes se acercan a conversar e incluso quienes ofrecen posteriores salidas laborales.

—Laura: Hay gente atrevida pero también hay gente bien, que te dice buen día, niña, ¿precisás algo?

Dice, y agrega que quienes viven en Pocitos, Carrasco o Casavalle, "es toda gente". Jimena no está tan convencida. Para ella, en barrios acomodados hay varios que las discriminan o les "toman el pelo" solo por "ser de Tacurú".

A unas cuadras de allí barre Javier, de 21 años, que tiene otra mirada. Para él, que no conocía Pocitos por dentro hasta hace unos meses, ese es "un barrio de gente trabajadora" y de muchas personas jubiladas que con frecuencia agradecen el trabajo. Los que "te miran de arriba a abajo" son, según él, solo unos pocos.

Lo que sí le llama la atención a Javier es la mugre de Pocitos. Siendo que "se supone que hay gente de plata", no parece lógico "para uno, que viene de barrio carenciado".

Susana, de 25 años, hoy trabaja como auxiliar de cocina en el comedor de la Casa Tacurú. Pero en su larga historia de trabajos y luchas por salir adelante —el sacerdote director del movimiento, Ruben Avellaneda, la presenta como una "resiliente"— pasó unos años como barrendera y le tocó limpiar en distintos barrios. Cuenta Susana que Carrasco fue el lugar donde se sintió más incómoda porque ahí sí que las miradas acusadoras eran una constante. Lo "bueno", recuerda, era lo que recaudaban casa por casa a fin de año.

El asunto no es si te toca barrer en una zona "linda" o no, sino que "te apropies" de ese sitio que es "tu lugar de trabajo", dice Hugo, de 32 años, que después de mucho tiempo barriendo pasó a ser coordinador de un "cantón". La experiencia de este hombre que formó su familia con el sueldo de barrendero (unos $10 mil hoy) le permite otras reflexiones.

—Yo aprendí mucho. En el barrio no salís mucho al exterior. Eso al principio te da temor. Pero después, si te apropiás de la zona, sentís que sos parte y te dejás de sentir uno de afuera. Empezás a ver que no es barrer nomás: que es una contribución a la sociedad.

Para Hugo, no es por barrer en zonas acomodadas que uno se siente "excluido", sino "por la sociedad misma que excluye".

Estas anécdotas y consideraciones suelen volcarse en los grupos educativos que también forman parte de sus obligaciones. Allí se conversa sobre distintos temas, desde cuidados de salud hasta discriminación o religión. Dice Hugo —que como coordinador también asiste a estos espacios— que se trabaja con cuidado tratando de no invadir. El foco es darles herramientas y valores para el mañana.

Tienen cinco convenios vigentes y se cayeron dos


El sacerdote Ruben Avellaneda, director de la ONG, no habla en términos de trabajo sino de "proyecto educativo de acompañamiento laboral", porque además de las seis horas de barrido que hacen de lunes a sábado, los jóvenes deben asistir a tres horas semanales para reflexionar y aprender en grupo; por eso no son trabajadores sino "educandos", y sus jefes no son capataces sino "educadores" y "coordinadores". En los hechos, se trata de un trabajo remunerado y el que paga es el Estado. Los salarios llegan a ser de $ 10 mil para los que no faltan.

Los convenios con la intendencia se firman, renuevan o rescinden cada año. Actualmente hay cinco vigentes con los centros comunales 13 (que abarca Sayago, Peñarol, Lavalleja, entre otros), 3 (Reducto, Aguada, Jacinto Vera), 15 (Prado, Cerrito, Joanicó), 16 (Arroyo Seco, Bella Vista, Capurro) y 5 (Punta Carretas, Pocitos y Parque Batlle).

Cuenta Avellaneda que el 30 de junio se cayeron dos convenios: uno con el comunal 6 (que incluye Malvín Norte, Unión, Villa Española) y otro con el 8 (Carrasco, La Cruz, Jardines). Eso implicó que 46 jóvenes "se quedaran sin la posibilidad de dar el salto". Antes esa decisión le cabía a la intendencia a nivel central pero ahora la toman los alcaldes y concejales de cada municipio. A Avellaneda le explicaron que los vecinos habían evaluado mal el servicio, lo cual no coincide con la "muy buena evaluación" que hicieron los coordinadores. Como sea, la conclusión del director de Tacurú es una: "Estos alcaldes no comprenden la obra social o les falta información o hay otros motivos. Vamos a tener que entrar más en diálogo. Está bien que se exija limpieza, pero también hay que conocer quiénes son, cómo vienen, en qué condiciones.

SABER MÁS

El 80% de los fondos proviene de la intendencia


Tacurú es una palabra guaraní que refiere al hormiguero que crece hacia arriba ("como mirando al cielo") y cuya estructura no se desploma con facilidad. El movimiento surgió en 1981 por la inquietud de algunos novicios salesianos preocupados por el alto nivel de mendicidad infantil que había entonces. Primero se organizan "oratorios" dirigidos a esos niños y luego se busca una sede donde asentarse.

Un privado cede el terreno donde hoy está la Casa Tacurú, una estructura inmensa que se ha ido ampliando en etapas. El punto de inflexión ocurre en 1992, cuando se firma el primer convenio con el entonces intendente de Montevideo, Tabaré Vázquez. Los acuerdos con Tacurú para limpiar y mantener distintas áreas de la ciudad de adoptan como política social de la intendencia.

El presupuesto de Tacurú proviene en un 80% de los convenios que se firman con la Intendencia de Montevideo para el barrido, mantenimiento y limpieza de distintos sitios de la capital. Otro 15% lo aporta el INAU por los centros juveniles, la escuela de oficios y el apoyo pedagógico que también funciona en la Casa Tacurú.

El Ministerio de Turismo y Deportes paga el 5% restante por mantenimiento de las plazas de deportes. En total, los tres organismos aportan entre 12 y 13 millones de pesos mensuales. Se reciben donaciones de empresas y particulares que rondan los 100 mil pesos por mes. Actualmente hay unas 1.450 personas vinculadas a distintos proyectos y 130 funcionarios.

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