El debate infumable

La marihuana nunca me cuadró bien. Puedo decir con auténtica sobriedad que no promuevo su consumo. Me consta que para muchas personas es una experiencia placentera. Es que las sustancias no son buenas ni malas. Y pueden ser legales o no, dependiendo de construcciones sociales. Las drogas son una experiencia muy personal. El problema es cómo esas sustancias se conectan con las emociones, con el sistema nervioso y con nuestra escala de valores.

Los informes sobre los efectos de la marihuana son contradictorios. Según algunos, incrementa los riesgos de cáncer pulmonar y faríngeo, produce deterioro en la memoria, infecciones bucales y despersonalización. Informes favorables establecen su bajo nivel de adicción (7% en fumadores esporádicos, 30% en fumadores habituales). En Estados Unidos -el mayor consumidor y el mayor abanderado mundial contra el narcotráfico- se aplica legalmente en tratamientos del dolor, glaucoma y anorexia.

En otros países que prefieren enfrentar la realidad de sus adictos, se usa como parte de la estrategia de reducción de daños para drogodependientes de sustancias más tóxicas. En Uruguay es un debate que recién comienza. La aparición de la pasta base lavó las culpas a la marihuana, que hace 20 años era una "droga mala". Un caso típico de condena social a la uruguaya le ocurrió a Horacio "Tato" López, que en pleno apogeo de su carrera deportiva estuvo preso 50 días por fumar marihuana. Las autoridades de la época (1982) lo internaron en un hospital psiquiátrico.

Las cosas han cambiado bastante. Los expertos y la Policía ven el consumo de marihuana como un mal menor. La prefieren a los efectos devastadores de otras sustancias legales como el cigarrillo y el alcohol. Discutir la liberalización (o no) del consumo de marihuana sería una buena forma de no darle la espalda a un problema que está entre nosotros. Una encuesta de hogares de 2001 reveló que más de 100.000 uruguayos reconocieron haber fumado marihuana. Hoy deben ser algunos más. El olor de la marihuana es familiar para cualquiera, aun para los que jamás la consumieron. La foto de tapa se sacó en un mostrador de Montevideo, no en Jamaica.

Uruguay es el segundo país en consumo per cápita de América Latina. No es un territorio productor, pero sin embargo es un centro de intenso narcotráfico. Despenalizar en Uruguay no terminaría con la cartelización de la droga, que es un fenómeno complejo, dinámico y millonario. Debería ser parte de un acuerdo regional que parece difícil, especialmente dentro un Mercosur ya casi imposible por otros motivos.

Muchos se preguntarán con razón por qué legalizar la marihuana y no otras sustancias. ¿Hacer más accesible la marihuana podría salvar a futuros adictos a la pasta base? Los jóvenes usan una poderosa anestesia para caballos llamada ketamina. Al no estar prohibida como droga de uso social, ¿está permitida? Sucede frente a nosotros. Pero de eso no se habla.

Ya conocemos el resultado de mirar para otro lado. El Partido Socialista y la Vertiente Artiguista son sectores oficialistas abiertos a buscar soluciones. Grupos de consumidores lanzarán en mayo una campaña social. En un universo apto para todo público como el del Carnaval 2007 varios conjuntos dedicaron su atención a la marihuana. Mucho del rock nacional alude al consumo de la droga y hasta en el nombre mismo de las bandas. Uno de los aspectos más llamativos de la reciente autobiografía de "Tato" López (*) es la narración sobre sus experiencias con el "porro", una práctica que abandonó luego de sufrir "malos viajes". El autor no es un reventado, sino uno de los grandes deportistas de la historia. El suyo es el único testimonio de carne y hueso en un debate técnico, impersonal.

Tratar el problema con soltura parecería tener sus propios efectos tóxicos. Consultamos políticos, intelectuales, artistas y conductores de televisión. Cuando se les preguntó si alguna vez consumieron marihuana todos prefirieron que sus nombres no se vean publicados. El consumo no está penado en Uruguay. Pero podrían quedar fichados en un imaginario padrón de drogadictos, asumido sin cuestionar por este país de santurrones que hemos construido entre todos.

(*) La vereda del destino. Santillana, 2006. Esta semana sale la segunda edición al mercado.

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