MEDIO AÑO

Dudas y certezas a seis meses del COVID-19 en Uruguay

En la vorágine de la información, en la carrera por la vacuna, en la ansiedad por el encierro, ¿qué sabemos? Expertos en salud destacan los aprendizajes clave superados desde aquel 13 de marzo.

Foto: Archivo El País
Foto: Archivo El País

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Hace seis meses empezó un año nuevo. Febrero fue nuestro diciembre. En la memoria colectiva, todo lo que pasó antes del viernes 13 de marzo es de otro tiempo, de un lugar hoy inalcanzable. En la semana previa a aquel viernes, cuando se registraron los primeros casos de Covid-19 en Uruguay, WhatsApp ardía con rumores de que el virus al fin había cruzado la frontera. Todos los días había un supuesto caso nuevo. ¿Cómo podíamos estar libres cuando en Argentina y Brasil ya empezaba a arrasar?

Pero no fue hasta ese viernes 13 que llegó la confirmación definitiva en la voz del presidente de la República: empezaba la emergencia sanitaria.

Desde esa tarde, Uruguay se sumó al fin del mundo, a la discusión de cuarentena obligatoria o voluntaria, a los surtidos de supermercado, a las publicidades emotivas, a la psicosis colectiva. Las conferencias de prensa reunían religiosamente a los uruguayos cada noche frente al televisor. En esta película de ciencia ficción, un altoparlante pedía a los ciudadanos permanecer en sus casas.

Hubo escenas en las que se aplaudía al personal médico desde los balcones. Las redes sociales se colmaron de expertos en contar cuánta gente había en la calle en esos meses de mayor incertidumbre. Hasta que un día, y porque no hay nada más humano que la costumbre, se aplaudió por última vez en algún balcón.

Como lo sabe el mundo entero, Uruguay supo controlar la pandemia en un contexto regional desolador. Y ese manto de quietud, tan familiar y tan histórico, volvió a tenderse sobre los uruguayos. Con mascarilla y alcohol, pero quietud al fin.

¿Qué aprendimos en seis meses? ¿Acaso aprendimos algo?

La respuesta de los expertos en salud es unánime. Aprendimos, sí, y es posible que las enseñanzas hayan venido para quedarse, mucho tiempo después de que al fin llegue la vacuna. No solo en cuanto al uso de la mascarilla, sino también en lo relativo a lo que entendemos por salud, por comunidad, por solidaridad. Las incógnitas siguen siendo más que las certezas, como en cualquier pandemia en tiempo real. Pero algunas respuestas, aunque pocas, están a la vista.

“Esta no será una carrera de 100 metros llanos, será una maratón de 42 kilómetros y la debemos correr todos sin excepción”, escribió el director de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de la República, Julio Medina, en su cuenta de Twitter aquel 13 de marzo.

Desde occidente, Medina miraba con atención todo lo que pasaba en China. Nunca subestimó el virus. El infectólogo sostenía que, aunque la letalidad de este coronavirus fuera baja, no significaba que la mortalidad también iba a serlo. En ese entonces, las seguridades eran pocas. Pero hoy, Medina enumera lo que la comunidad médica aprendió en seis meses: que es un virus “muy eficiente y exitoso al transmitirse”, que se aprovecha de la forma de vida que tenemos y de nuestras conductas de socialización.

Entre los aprendizajes, el infectólogo descarta una de las “armas” contra el Covid-19 que se volvió corriente en nuestro lenguaje, pero que se comprobó que no era la mejor opción: la inmunidad de rebaño -en forma natural, por pacientes infectados y recuperados. Sobre esto, Medina opina que “no es un objetivo posible dado el costo enorme en muertes y saturación del sistema. Se necesita un 60% por lo menos de personas inmunizadas para lograr ese objetivo, y aún los países que han vivido la epidemia de forma más intensa, no logran pasar del 10% o del 20%”.

Por otro lado, el experto puntualiza que la “contagiosidad” del SARS-CoV-2 aumentó por una mutación que se dio en el virus. “No hay evidencia de que haya cambiado su patogenicidad (severidad) ni en más ni en menos”, comenta. Además, Medina destaca otro aspecto: la sintomatología. “Ahora sabemos que el virus también puede determinar una persistencia de los síntomas luego de la etapa aguda, lo cual es frecuente y determina pérdida de calidad de vida. Los síntomas persistentes que pueden durar hasta 90 días -o incluso más- pueden ser: fatiga, falta del gusto o del olfato, dolores musculares, falta de aire, dolor torácico, tos, dolor de cabeza, etcétera”.

Pero además, el virus deja una estela más invisible tras su paso. El experto comenta que en estos seis meses se pudo ver que las secuelas del virus no solo afectan a los pacientes que estuvieron más graves. Quienes cursaron la enfermedad pueden sufrir daño a nivel respiratorio, como por ejemplo, fibrosis pulmonar. También puede haber daño cardiovascular -por ejemplo, una lesión miocárdica, ejemplifica Medina.

Pero hay otra dimensión, quizá menos explorada, que el infectólogo también menciona: el daño psicológico debido al impacto social por el distanciamiento y las secuelas neuropsiquiátricas, que se manifiestan a través de deficiencias en la atención y en la memoria.

Sobre esto, Luis Villalba, presidente de la Sociedad de Psiquiatría del Uruguay (SPU), comenta: “Evidentemente la salud mental se vio afectada en relación a la pandemia. Primero hubo una disminución de las consultas de psiquiatría, por el temor de la gente a concurrir a hospitales y sanatorios. Pero después empezó a crecer, y ahí empezó lo más interesante porque aparecieron las líneas telefónicas”.

En ese sentido, Villalba destaca que hubo un aprendizaje acelerado sobre cómo gestionar consultas psiquiátricas a nivel telefónico y virtual. Además, menciona que la aplicación CoronavirusUY también fue efectiva en esta área de la salud, ya que si bien está diseñada para el monitoreo y el control de casos de Covid-19, muchas personas que estaban padeciendo depresión o ansiedad encontraron allí una primera aproximación al sistema de salud, a consultas con distintos tipos de especialistas.

“Se dio un incremento de consultas a través de la línea telefónica del Ministerio de Salud Pública (MSP), no directamente vinculadas a la pandemia, que se expresaron en la medida que la gente pudo empezar a comunicarse”, señala Villalba.

A través de un relevamiento bibliográfico, la SPU empezó a investigar qué había pasado en otras pandemias, qué tipo de trastornos eran prevalentes. A diferencia del resto del mundo, en Uruguay prevaleció la depresión por encima de los trastornos de ansiedad, comenta Villalba.

Entre los aprendizajes a destacar, el psiquiatra comenta que las consultas virtuales, telefónicas y a través de aplicaciones son sistemas eficaces y que deberían continuar desarrollándose. Pero esto trae, a su vez, un desafío: discernir cuándo es estrictamente necesaria una consulta presencial. “En lugares de difícil acceso, una atención virtual puede dar una primera aproximación. Las personas incapacitadas también pueden tener tratamientos virtuales”, dice.

Pero no todo se reduce a la virtualidad, y así como los profesionales aprendieron rápido a utilizar esta herramienta, también hubo consenso sobre la importancia de la presencialidad de las primeras consultas. “Todo esto se aprende con la experiencia misma”, comenta el psiquiatra.
De lo que no quedan dudas es que la telemedicina, con los aciertos y errores esperables de una tecnología que se impone a prepo, llegó para quedarse.

Observaciones de los modelos matemáticos predictivos

Los modelos matemáticos predictivos de epidemias no adivinan el futuro, pero pueden aproximarse. En Uruguay se conformó un equipo liderado por Fernando Paganini para trabajar en estos modelos. El doctor Juan Gil, integrante del mismo, comenta que la primera inquietud fue saber si para un determinado número de casos activos en un momento en el tiempo se iba a contar con capacidad de respuesta en el sistema de salud. Pero se dieron cuenta de que esos modelos matemáticos representaban, en realidad, la capacidad de replicación del virus sin factores mitigantes -el uso de mascarilla, por ejemplo-, ni atenuantes -como pueden ser las reuniones sin distancia social. Por otro lado, reafirma otro aprendizaje: “La medida arcaica y de siempre de la epidemiología básica en vigilancia es la detección exhaustiva de los contactos”. Por lo tanto, “el aprendizaje fue que mientras el país tuviera la capacidad de poder hacer esa medida con eficacia, la epidemia se maneja en bajos números “.

¿Qué aprendimos de los niños?

El médico microbiólogo e infectólogo Álvaro Galiana, jefe del Servicio de Infecto contagiosos del Centro Hospitalario Pereira Rossell, cuenta que pasó el 13 de marzo respondiendo mensajes de madres y padres: “¿Qué hago con el nene? ¿Lo llevo a la escuela, no lo llevo?”, le preguntaban.

Galiana comenta que la suspensión de clases le dio tranquilidad. No sabíamos nada de los niños -y en buena parte seguimos sin saberlo-, pero anular esa posible diseminación del virus era importante. Con el tiempo, y a medida que se tenía más información, Galiana observó que privar a los niños de concurrir a la escuela podía ocasionarles un daño mayor; que asumir el riesgo de enviarlos era menos prejudicial, “porque algunos niños comen en la escuela”, dice Galiana, “y porque tienen más posibilidad de contagiarse o es más perjudicial si están ocho horas mirando el techo en el lugar de trabajo de sus padres”.

Para el infectólogo, el aprendizaje más importante en su área fue la disminución de consultas por otras patologías respiratorias en niños, y esto está asociado al uso de alcohol en gel y al tapabocas. “Cuando tomamos todas las medidas de precaución para evitar la diseminación del coronavirus, logramos una franca disminución de las diseminaciones virales no coronavirus, y tuvimos una grata sorpresa porque disminuyó la frecuencia de infecciones por VRS (virus respiratorio sincitial) -que es el más común-, o por influenza”, comenta Galiana.

En cuanto a la “contagiosidad” de los niños, el experto sostiene: “Nos basamos en lo que va saliendo de investigación científica, pero no es que uno aprieta el botón y sale todo. Sin duda, como el problema mayor del Covid fue para los adultos, en principio el tema de los niños quedó un poco relegado”. Galiana comenta que en principio veía que menos niños se infectaban, que transmitían menos. “Eso es un hecho tomado de la realidad, de los números, no hay un tema científico que lo explique. Esta fue la interpretación que hicimos de los números que surgían”. Pero después, cuando se empezaron a hacer evaluaciones virológicas en el aparato respiratorio de los niños, los estudios detectaron que estos tienen la misma cantidad de virus. “Pero el hecho real sigue siendo que no infectan”, explica Galiana. Aún así, surge una advertencia: no es que los niños no porten el virus, como se pensó en un momento. “Tenemos que ir reubicando esa información en la realidad, que sigue siendo la misma. No hay tantos niños (contagiados) si miras en Uruguay o en el resto del mundo. Porcentualmente siguen siendo los menos infectados, los menos graves, los que menos se mueren”.

Aprender a convivir.

Para Henry Cohen, médico e integrante del Grupo Asesor Científico Honorario, la “vacuna” que tenemos hoy en día son las medidas de precaución ya conocidas. Esa es la “nueva normalidad” con la que tendremos que convivir hasta que llegue “la vacuna que se inyecta”, dice el experto, que a su vez, enfatiza la importancia de tener una comunidad científica sólida. “Cada país debe tener a sus científicos preparados para las emergencias sanitarias.

En este caso, Uruguay los tuvo, pero esto no estaba dado. Resultó del esfuerzo de diferentes personas e instituciones como la Udelar, el Instituto Pasteur, el Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable y el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria. Y de esto se desprende la necesidad imperiosa de que el país siga apostando por la ciencia e involucrando a científicos en las actividades públicas y privadas”, enfatiza Cohen.

Pero para él, el aprendizaje preponderante está lejos, quizá, de lo técnico: “En un mundo dinámico, vertiginoso y que en ocasiones tiende al individualismo, esta pandemia reforzó el sentido de comunidad, a nivel global y local. Nos mostró del modo más evidente cómo la acción de cada uno de nosotros afecta al resto y cómo no podemos ser sin nuestra comunidad. En otras palabras, evidenció que nuestro bienestar depende de los demás y viceversa. Y que esto sucede con mi familia, con el vecino y con el país vecino”.

Los ensayos de la vacuna se retomaron, pero el freno era "esperable"

“No es un fracaso”, sentencia el inmunólogo Alejandro Chabalgoity. Se refiere a la suspensión temporal de las pruebas clínicas de la vacuna contra el coronavirus desarrollada por AstraZeneca y la Universidad de Oxford, que está entre las más avanzadas de las cientos de candidatas que se investigan. Ambas instituciones anunciaron ayer el retorno a los ensayos clínicos “después de que la Autoridad Reguladora de la Salud de los Medicamentos (MHRA) confirmara que no era peligrosa”, afirmó la empresa farmacéutica. “La existencia de efectos adversos durante el ensayo clínico de una vacuna no solo no son algo extraño, sino que son comunes y en cierta manera esperables”, agrega Chabalgoity, que explica el proceso de creación de una vacuna: “Cuando se detecta un efecto adverso, inmediatamente se paran los ensayos clínicos hasta investigar, en primer lugar, si el efecto tiene relación con la vacuna. Lo que aparece no es estrictamente un efecto adverso vinculado a la vacuna, sino, en principio, sobre algo que no tiene explicación. Se asume que puede estar relacionado, se para el ensayo y se investiga por qué”, señala el especialista. Esto demuestra que “se están haciendo las cosas bien”. Chabalgoity es enfático al señalar que se están siguiendo correctamente esos procedimientos, que para eso se hacen los ensayos clínicos. “Es imposible detectar los posibles efectos adversos sin haberlos probado. Lo razonable es que aparezcan”, sentencia.

Por su parte, el médico microbiólogo e infectólogo Álvaro Galiana, jefe del Servicio de Infecto contagiosos del Pereira Rossell, elige también bajar a tierra las manifestaciones de deseo, la ansiedad en la carrera por la vacuna. “El tema de que venga la vacuna este año y resuelva el problema es una aspiración, no es un hecho. Es implanteable que (el virus) se estudie en febrero y que a fin de año tengamos la vacuna”, dice Galiana. Cuando leyó la noticia de que las pruebas en Oxford se habían detenido, pensó aliviado: “¡Por fin! Me quedo tranquilo”. El infectólogo señala que lo “lógico” es que este episodio “pase muchas veces”, que se empiece y se vuelva atrás. “Es nuestra expresión de deseo tener la vacuna, pero la realidad es la realidad. Y la realidad es que la vacuna genera muchos problemas cuando se empieza a estudiar”, enfatiza Galiana. Y comenta que, por más dinero o ganas que se tenga, los procesos biológicos tienen su propio ritmo y las respuestas inmunitarias no se pueden apurar. Al mismo tiempo, si los ensayos de la vacuna de Oxford -o de cualquiera de las otras que se están desarrollando alrededor del mundo- arrojan un resultado positivo, la ventaja con la que se cuenta es el proceso de desarrollo para producir la misma. Chabalgoity destaca que, al mismo tiempo que se realizan los ensayos, ya se están haciendo las plantas para producir las vacunas. “Con ese criterio se maneja que a mediados del año que viene se podría tener la vacuna, pero siempre y cuando los ensayos den positivo”, dice el inmunólogo.

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