DEBATEN LOS ESPECIALISTAS

La discusión pública del covid-19: ¿hay que darles voz a los negacionistas y antivacunas?

¿Deben los medios encolumnarse en el discurso sanitario oficial? ¿Los discursos que niegan la pandemia o se niegan a las vacunas deben ser regulados? 

Manifestación de un grupo antivacunas. Foto: Leonardo Maine - Archivo El Pais
Manifestación de un grupo antivacunas. Foto: Leonardo Maine - Archivo El Pais

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Todo emergía como un debate de color, porque parecía que la pandemia amainaba y daba paso a reflexiones hacia atrás, pero ahora, con la variante ómicron oficialmente circulando en el país —y globalmente instalada—, en el momento de mayor cantidad de casos a nivel mundial —y con bajísima incidencia en muertes y casos graves también, hay que decirlo—, el debate recobra brillo: ¿qué voces y qué modos ha tenido la difusión y la discusión pública de la pandemia de covid-19? ¿Deben los medios encolumnarse en el discurso sanitario oficial o deben ser flexibles para poder ponerlo en duda? ¿Dañaría eso la salud pública? ¿Es una cuestión de defensa del ejercicio democrático clave de libre expresión? ¿Con la presencia de las redes sociales los medios pueden hacer otra cosa? ¿Los discursos que niegan la pandemia o se niegan a las vacunas y medidas deben ser regulados? Y si deben ser regulados, ¿quién los regulará?

Las preguntas son clave porque no solo se ubican en los medios de comunicación masivos y tradicionales y porque lo que hoy es alrededor de esta pandemia —y los científicos de todo el mundo han venido advirtiendo que deberemos acostumbrarnos a este tipo de situaciones en el futuro a raíz del modo de producción y consumo global— puede repetirse con infinitos temas: cuáles voces sí, cuáles voces no, y, sobre todo, quién decide o tiene poder de vetar un discurso.

Hace unas semanas el periodista Gabriel Pereyra puso el dedo en la llaga cuando (se auto) cuestionó por el modo en que desde la prensa se dio cobertura a la pandemia y el modo en que había decidido ignorar o no dar sitio a voces que se oponían a medidas sanitarias oficiales —desde vacunación hasta confinamientos—. A grandes rasgos, Pereyra sostuvo en el semanario Búsqueda que había sido un error porque algunas de las preguntas podían ser válidas y porque, desde el periodismo, no cabía silenciar voces sino abrir debates e investigar los mejores datos disponibles.

Quizás hace 20 o 30 años el debate hubiera sido otro, en torno a cómo se informaba en los medios, pero ahora se repone con otro gran foco. Ya no se trata solo de qué voces se oyen en el ágora pública o qué margen tienen los medios para dar entidad, prestigio y amplificación de sus voces a determinados grupos o personalidades, sino que en pleno auge de la hiperinformación e hipercomunicación, esta es la primera pandemia que ha sido, digamos, televisada: y no solo eso, televisada y conectada a Internet, donde las 24 horas de los 365 días del año se están produciendo discursos, discusiones y tensiones entre miles de millones de personas.

En ese sentido, un detalle a veces ignorado es que la democratización de la palabra suele olvidar que esa democracia también se construye con silencios y posiciones de privilegio: como señalan expertos en todo el mundo, hay una estructura que posibilita y condiciona el acceso a la libertad de expresarse, pero también de informarse. Es decir, hay miles de millones que no acceden a una conexión, pero tampoco a otras condiciones de existencia básicas que permitan que puedan tener esa conexión y difusión de sus visiones y opiniones del mundo como primera necesidad.

Pero vayamos por partes.

En lo que a medios de comunicación respecta, con las regulaciones vigentes y la responsabilidad ulterior establecida en el artículo 13 de la Convención Americana de Derechos Humanos, los efectos de aquello que publicaran es una limitante concreta.

Según el abogado y exrelator especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Edison Lanza, “el instrumento internacional y las constituciones liberal democráticas establecen que la libertad de expresión es fundamental porque cumple funciones individuales y colectivas: individual para la expresión y elegir estilo de vida, expresarme libremente; pero colectiva porque no hay posibilidad de escrutinio o debate público y defensa de derechos sin eso”, pero advierte que “ningún derecho es absoluto”.

Gustavo Salle en una manifestación en Florida. Foto: Archivo El País.
Gustavo Salle. Foto: Archivo El País.

La libertad de expresión, sí, puede ser objeto de algunas limitaciones, pero tiene un sistema propio de límites. “Y tiene tres requisitos: que se regule o restrinja mediante una ley, que esté fundada en un interés real (nombra por ejemplo la seguridad nacional, los derechos humanos —reputación, vida privada— y la salud pública) y, a la vez, que sea necesario para que exista una sociedad democrática. Y a esos tres requisitos se le añade que la regulación sea proporcional: no puede anular todo el derecho a la libertad de expresión”, explica Lanza.

Como nunca, durante la pandemia emergieron grupos ruidosos, aunque nominalmente pequeños en América Latina —no así en Europa— que promovían una campaña a veces racional —expresada en argumentos como los que suele verter en Uruguay el especialista en Letras Aldo Mazzucchelli— y a veces más de tinte conspirativa —representada aquí por el diputado César Vega o el abogado Gustavo Salle— y que fueron fruto de arduos debates.

Desde esos espacios denuncian censura y silenciamiento, a la vez que una narrativa oficial sobre covid-19 a la que supuestamente se habrían plegado medios de comunicación de distinta vertiente editorial por el solo hecho de ser irreflexivos y estar plegados a la política sanitaria vigente. Sobre esa idea emerge luego la mea culpa de varios periodistas.

Para Lanza, todo este tema estuvo en el tapete desde el inicio de la pandemia, cuando aún ejercía como relator. “Lo que hay que medir es si hay una real capacidad de generar daño: si hay una figura pública relevante que llame a consumir medicamentos o sustancias que dañan y no están avaladas por la autoridad sanitaria, puede regularse. Siempre mi idea es que no sea una sanción penal, sino una pena proporcional y quizás pecuniaria o de retractación o bajar contenidos que notoriamente pueda hacer un daño efectivo”, señala Lanza, quien hoy es funcionario de la Intendencia de Canelones.

¿Censura?

Desde la comunidad internacional de fact checkers, aquellos periodistas y organizaciones civiles que se volcaron a chequear y verificar información en el discurso público y también en redes sociales, la argentina Laura Zommer, abogada, periodista y directora ejecutiva y periodística de Chequeado, explica que “la regulación en la Convención Americana sobre Derechos Humanos como en la regulación civil y penal en Argentina, hay contenidos prohibidos, como mensajes de apología de odio racial y religioso” y que “el resto de los contenidos en un sistema democrático nunca deberían censurarse, sino que en todo caso vale la aplicación del sistema de responsabilidades ulteriores que ya tenemos”.

La posición de Zommer y la experiencia recogida le ha mostrado que en general las leyes regulatorias han servido para acallar voces y no para fortalecer la democracia y el debate público. Y propone “generar formas inteligentes de cubrirlos y darles voz a los negacionistas sin censurarlos”. “No creo que sea estrategia inteligente que terminen siendo víctimas”, añade.

En ese sentido, propone “diferenciar conceptualmente mejor qué es un mensaje de odio y qué un mensaje odioso, que puede que no nos guste pero que sin duda tenemos que tolerar” y una serie de “estrategias combinadas que pueden llegar a ser efectivas, entre las cuales una es poner en evidencia a aquellos que de manera sistemática y regular usan esas estrategias de odio y negación en el debate”.

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Los ejemplos de regular discursos

El eje desinformación es central, varios países —no solo en temas de covid-19, sino en cuestiones de elecciones y debates políticos— han intentado regular con poco éxito la circulación de discursos. Francia creó una ley fallida contra las fake news y ahora un Consejo Administrativo que controlará la circulación de información ante las elecciones de 2022. Brasil discutió mucho sobre cómo manejar el tema de las redes y los mensajes del presidente Jaír Bolsonaro durante la pandemia. Y también apareció el otro eje: Facebook y Twitter vetando al entonces presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando se quejaba tras haber sido derrotado en las elecciones en su país.

El doctor en periodismo Darío Klein sostiene que la tarea, como periodistas, “es buscar la versión más aproximada de la verdad y publicarla” y eso implica investigaciones “en las que los negacionistas son parte, una fuente relevante y no debemos ignorarlos, es un error censurarlos”. Sin embargo, advierte que no se trata de ponerlos en igualdad de condiciones con versiones sustentadas científicamente, pero si atender, “dentro de esos grupos, a quien tiene una posición relevante y válida de analizar”.

“Muchos antivacunas o gente que integra estos grupos tiene posiciones muy válidas. Se ha ignorado mucha información sobre riesgos o efectos secundarios de algunas vacunas en Uruguay, y esa posición es válida. La posición del periodismo no es hacer campaña por una vacuna, eso deben hacerlo las autoridades. El periodismo no debería militar ni siquiera esa causa”, advierte Klein, quien a su vez prefiere que la regulación de contenidos quede en algún tipo de organismo colegiado de periodistas o algún “tipo de tribunal ético” y que no pase a manos estatales, para evitar eventuales restricciones a la libertad de expresión.

En ese sentido, ante la emergencia de desinformaciones y nuevas plataformas de difusión, la regulación ya no se discute solo en términos de medios y periodistas.

En tensión.

Para Julián Kanarek, magíster en Comunicación y Cultura y especialista en temas de comunicación política, estamos “ante uno de los desafíos más grandes que tiene la democracia y la circulación discursiva alrededor de temáticas sensibles como política, discursos de odio y la información científica y probada como en este caso con las vacunas”.

“Lo que está en tensión no es solo quién y cómo regula, sino como defendemos ante la regulación, sobre todo a la libertad de expresión. Porque hemos tenido episodios de supuesta autorregulación de las plataformas que terminan en censura. Y muchas veces la propia comunidad científica nos ha dicho que hay discusiones que es mejor darlas y no censurarlas”, dice Kanarek. “Por ejemplo discutir en tiempo real la creación más rápida en la historia de la humanidad de una vacuna que funciona, y la tensión de escuchar las voces que dicen que no se permitieron debatir argumentos o dudas en torno a eso. Tenemos las verdades a las que todos accedemos, nos vacunamos y creemos que este avance científico está bien, pero muchas veces por intentar mitigar los efectos de la desinformación sobre temáticas específicas, hay algunas discusiones que se van censurando”.

Para Kanarek “hay que estar muy atentos a la censura previa y a que los árbitros no pueden ser las redes, porque demostraron no estar preparados para eso y ya hemos visto consecuencias negativas de la autorregulación”.

Sin embargo confía en que se debe regular de algún modo, pero siempre preservando la libertad de expresión y siendo “celosos de quién decide qué puede circular y qué no porque ahí se juega uno de los pilares más importantes de la democracia como es la libertad de expresión”.

Ante la posibilidad de que la no regulación abra el camino a que las teorías conspirativas se extiendan, Kanarek reconoce eso como algo que puede suceder, pero insiste: “Ahí me gusta traer a Daniel Innerarity y la teoría de la democracia compleja. Si la realidad es compleja, asumamos esa complejidad y pensemos en más complejidad aun. Pensemos en cómo generar espacios para la discusión de determinadas temáticas que pueden ser más privadas y otros espacios públicos para otro tipo de discusiones: esta discusión no tiene por qué darse en Twitter, pero tampoco anularse porque sí”.

—¿La clave es educación, información y libertad de expresión y decisión?


—Sí.

—Pero puede esa libertad irrestricta afectar la democracia…

—Genera un gran dilema porque pone en tensión dos cuestiones clave. El primer impulso es preservar la salud o seguridad o la democracia, de hecho todos nos sentimos reconfortados cuando se censuró a (Donald) Trump desde plataformas o algún medio, pero cuando vemos el precedente que se está generando tenemos un problema. El dilema más grande es que la administración de los dilemas del presente sienta precedente para el futuro. Entonces tenemos que estar pensando siempre en una cosa y la otra. También me queda la duda de si no estamos degradando la calidad democrática al censurar algunos discursos.

El eje regulatorio.

En un paper de este año (“La necesidad de repensar la ortodoxia de la libertad de expresión en la comunicación digital”, publicado en Desarrollo Económico. Revista De Ciencias Sociales), los especialistas en medios de comunicación y discursos, Martín Becerra y Silvio Waisbord, sostienen que “la teoría y cuerpo legal sobre libertad de expresión es insuficiente para pensar la comunicación en democracia en tiempos de plataformización digital masiva del debate público” y que “hay una desconexión clara entre lo que el canon de la libertad de expresión habla, regula o inspira y las condiciones contemporáneas de la expresión plataformizada con ediciones mediadas por algoritmos y estándares desparejos definidos por compañías tecnológicas de alcance global”.

Lanza recoge ese guante cuando propone que el tema regulación sea tema de un tratado internacional que actualice la legislación vigente, en el que plataformas, academia, sociedad civil y estados puedan debatir y tomar parte en la solución. También menciona el ejemplo de consejos sociales o editoriales que funcionan en las plataformas más grandes: “Como este que creó Facebook ahora, un fondo fiduciario, con independencia de la empresa, con una consulta previa a expertos. Es una empresa que puede gastar 120 millones de dólares para esto, pero no todos pueden, claro. Este board tiene cerca de 20 expertos internacionales de primer nivel que han tomado casos de decisiones de la empresa y Facebook se ha comprometido a seguir las recomendaciones del consejo. Habrá que ver si se toman esas recomendaciones. Creo que cierta autorregulación con regulación estatal que no afecte libertad de expresión —en términos de transparencia y debido proceso— y siempre amparado por tratados internacionales, podría funcionar”.

Becerra y Waisbord son más tajantes frente a la autorregulación: “La decisión reciente de formar una Junta de Supervisión de Facebook con la participación de figuras de la sociedad civil (escogidas fundamentalmente del mundo desarrollado y algunos casos del sur global), aunque novedosa, no es una política pública. Es otra apuesta por solucionar problemas corporativos más que desafíos comunes y públicos”. Su visión es que la comunicación pública debe ser regulada por los estados y los tratados internacionales.

Para Kanarek, el problema no es si las plataformas no pueden regular, “entonces quién regula”. Y añade: “Nos vemos ante la paradoja de países que por ejemplo tienen regulada la apología del nazismo, pero discursos muy similares pueden circular por las redes y el Estado no puede llegar a regular eso. Entonces lo que tenemos es un entramado de circulación discursiva que excede a los aparatos jurídicos. Hay que tener un acuerdo que trascienda a redes y gobierno y que integre a la sociedad civil de alguna manera, que puede ser con los medios o la academia, una forma de entender que tenemos que propiciar mecanismos de generación de acuerdos democráticos sobre la libertad de expresión y sobre cuán nocivos son algunos discursos circulando por la sociedad. Deberían ser organismos independientes con representación estatal, pero también academia y medios. Puede ser lento y complejo, pero no se me ocurre otra forma de hacerlo medianamente objetivo”. El tiempo dirá qué pasa con esta discusión profunda y actual.

Rafael Radi. Foto: Estefanía Leal
Rafael Radi. Foto: Estefanía Leal
rafael radi

“Son fenómenos que ocurrieron con cada pandemia"

El pasado domingo 26 de diciembre El País publicó una larga charla con Rafael Radi, doctor en Medicina y Ciencias Biológicas, pero sobre todo famoso como excoordinador del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH). Radi fue elegido personaje de 2021, en una consulta realizada por Qué Pasa con 62 referentes y líderes de diversas áreas.
En esa entrevista en su casa, Radi contó que justo en estos días está leyendo mucha literatura sobre psicología en pandemia: “Son fenómenos sociales que han ocurrido siempre, de miedo, de inseguridad”, en referencia a otras pandemias en el pasado. “El tamaño varía de acuerdo a la sociedad, la que es más transparente, confiable, ahí ese fenómeno es más chico”, contó. Y relató que al principio de la pandemia un periodista estadounidense le preguntó si en Uruguay había gente contra los tapabocas. “Quedé sorprendido. Le dije que acá eso no pasa. Pero si bien no pasó eso, pasaron otras cosas que confrontaron con el conocimiento científico. Para mí fue una sorpresa, para la gente que trabaja en el área de vacunas no”, afirmó Radi en esa entrevista con El País. A mediados de año Radi fue amenazado e incluso hubo pintadas cerca de su casa, acusándolo de “traidor” y de “querer matar” a la gente.

—Viviste episodios violentos, amenazas. ¿Te quedan resonando?

—Son situaciones penosas —respondió Radi en la charla—. En la vida científica y en la vida personal aprendí muy tempranamente que está lo importante y lo accesorio y en la vida me trato de ocupar de lo importante. Cuando empezamos con el GACH, dije “acá tenemos que tener foco y firmeza, este camino va a ser largo” y son episodios que uno preferiría que no existieran. Pero para hacer esta tarea hay que concentrarse en lo que realmente es importante y eso es proveer evidencia científica para lograr lo mejor posible de la pandemia, o por lo menos aportar los elementos al gobierno y al sistema de salud. Eso nos mantuvo firmes. Recibimos de forma muy explícita el apoyo constante de la población. Fue un descubrimiento que no me gustó, saber que existiera eso. Traté de entenderlo mejor, por eso ahora me puse a leer. Las sociedades son más complejas de lo que uno desde su laboratorio conocía.

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