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El después de Las Láminas

El asentamiento que supo movilizar a todo un país con su pobreza alarmante es hoy un barrio de fachadas coloridas a punto de finalizar su construcción, con saneamiento y servicios. Sin embargo, en Bella Unión preocupa el crecimiento de otros asentamientos que vaticinan una época complicada tras el cierre de dos empresas en la zona.

Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Barrio Las Láminas en la ciudad de Bella Unión. Foto: Fernando Ponzetto.
Barrio Las Láminas en la ciudad de Bella Unión. Foto: Fernando Ponzetto.
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto
Las Láminas: de asentamiento a barrio. Foto: Fernando Ponzetto

Aquel niño que está allá, Juan Mauricio, a él los médicos me lo desahuciaron", señala José Antonio Correa embanderado con su triunfo sobre la desnutrición. El niño que pasea a su hermano pequeño sobre una patineta por las calles de cemento de Las Láminas ignora que la atención está puesta sobre él. Sentado en el patio de su vivienda, Don Correa, como lo llaman los vecinos, cuenta con orgullo que a Juan Mauricio lo conoció flaco hasta los huesos y que le salvó la vida con la receta de Popeye: la espinaca. "El médico me dijo: ‘Correa llévelo porque vamos a esperar lo peor. ¿Sabés cómo te cae eso?".

El hombre recibió a Juan Mauricio y su madre en su casa durante la crisis del 2002, cuando sus paredes estaban construidas con el desecho de los aserraderos que da nombre a este barrio del norte de Artigas. Todavía queda el esqueleto de lo que fue ese rancho, donde dormían todos apretados. Correa dice que ni muebles podían tener porque todo se inundaba. La mamá de Juan Mauricio se llama Daniela Martínez. A través de sus pómulos marcados se adivinan los rastros de la desnutrición, de esos años en que por muchos días no tuvo más de comer que lo que encontraba en la basura.

Fue en esos tiempos de crisis cuando formaron su familia. Hasta el día de hoy Correa conserva la pequeña olla donde hervían las hojas de espinaca y cada tanto le cuenta al niño cómo lo salvó del hambre. Hambre producida por la pobreza con que la crisis económica azotó a Bella Unión. En el año 2003 la tasa de mortalidad infantil en Artigas duplicaba la del resto de los departamentos, alcanzando la de los países más pobres de América Latina, según un informe publicado por Qué Pasa en 2004. Y eso, escandalizó y movilizó a los uruguayos.

Llevó más de una década sacar a Las Láminas del pozo en que se encontraba. Requirió una inversión de más de 260 millones de pesos, la construcción de viviendas para 290 familias y la instalación de saneamiento, iluminación y calles que reemplazaran los caminos de tierra y barro. En estas últimas semanas varios camiones arreglaban las calles de lo que fue el asentamiento y preparaban las últimas obras con el objetivo de inaugurarlo de una vez por todas. Desde el Programa de Mejoramiento de Barrios esperan que la fecha sea noviembre.

Sin embargo, diversos actores notaron el crecimiento de asentamientos irregulares en Bella Unión. Tras el cierre de la empresas Green Frozen y Calvinor, luego de que termine la zafra, se espera que la cantidad de personas que viven en asentamientos crezca. Según el alcalde de Bella Unión, Luis Carlos López, hay unas 190 familias viviendo en esta situación. Algunas son las que quedaron fuera del programa de reforma de Las Láminas y otras se cree que son personas jóvenes con hijos que decidieron construir su propio rancho.

De monte a asentamiento.

Cuando Mey Gerez recién se mudaba a Las Láminas, a los diez años, el lugar era un bosque con unas pocas casitas precarias. Ahora tiene 44 y vive en una casa de material que fue construyendo de a poco, sin ayuda de nadie. Allí administra su almacén y vive con siete de sus nueve hijos. Gerez recuerda que cuando se limpió el terreno de los eucaliptus y plantas que abundaban en la zona para construir una pista de aviación —que nunca se llevó adelante— otras personas aprovecharon para instalarse y se fueron aglomerando las viviendas irregulares.

Mari Lemos vive a una cuadra de lo de Gerez. Su casa, pintada de color verde estridente, luce un piso de baldosas brillantes con un diseño blanco y negro. Pero no siempre fue así. "Tenía que sacar el agua de la casa de a baldes; cuando había tormenta y lluvia sacábamos en el medio del barro", dice, y agrega que el pozo que usaban como baño ni siquiera podría calificarse como tal.

En la época de crisis no existía ni la policlínica que se empieza a reformar en estos días ni la ONG Retoños de lucha y sueños. El exsindicalista Walter González abre la puerta del lugar y se ve un espacio limpio y luminoso, con diferentes cuartos para la atención fonoaudiológica, psicopedagógica y psicológica. Tiene un salón grande que pretenden ampliar para convertirlo en una gran sala de baile, donde practican niños con discapacidad, como Raquel, la hija de González y su esposa, la pediatra María Elena Curbelo.

Ella es quien está detrás de la ONG. El trabajo de la organización comenzó a principios del año 2000, con la formación de promotores de salud que intentaban captar niños desnutridos y que, por distintas razones, se le perdían al sistema de salud. En ese entonces a las muertes de niños que se registraban no se les atribuía como causa la desnutrición sino neumonías, diarreas e infecciones que los afectaban como consecuencia del hambre. La primera niña cuyo certificado constató la defunción por desnutrición fue Talía Soledad Souza, que murió a los seis meses. Su caso fue uno de los primeros en prender la alarma, el forense la describió en ese momento como "piel y hueso".

"Había una crisis tan grande que los peludos (cortadores de caña) que habían logrado con mucho sacrificio tener una casa muy humilde de material la terminaban vendiendo para armarse otra casa de láminas", cuenta Curbelo. La doctora recuerda con claridad haber atendido a un niño que vivía del otro lado de la Ruta 3, en Las Piedras, en una casa de concreto que desde afuera parecía una linda vivienda, pero que por dentro sufría de la misma pobreza que los ranchos de láminas. "Se comían las casas", dice. "Cuando entramos no tenían un mueble, lo único que quedaba era la cama del botija que yo iba a ver. Habían vendido todo y ni un cuadrito les quedaba".

El combate a la desnutrición era niño por niño, casa por casa. Los promotores de esta organización de vecinos buscaban a los niños y daban consejos a los padres de cómo alimentarlos, además de asegurarse que asistieran a los controles. La policlínica estaba entonces establecida en una casa de familia en Las Piedras, donde se atendía a partir de las 17 horas, porque quienes lo hacían eran voluntarios.

La atención mediática que sucedió al artículo de 2004 generó una oleada de donaciones. Curbelo recuerda, todavía sorprendida, cómo llegaban los paquetes con ayuda desde todos lados del país, que luego se distribuían entre los vecinos de acuerdo a cuántos niños con problemas de alimentación hubiera en la familia.

De asentamiento a barrio.

Hoy Martínez se dedica a la costura y tiene cuatro hijos. Muestra junto a su esposo una despensa tupida de productos no perecederos, jaulas de aves y una huerta que cultiva en su jardín. Juan Mauricio tiene 12 años y su padrastro cuenta que padece de trastornos del espectro autista. Su complexión pequeña hace difícil creer que está entrando en la adolescencia.

Retoños trabaja con niños con discapacidad en nueve barrios de Bella Unión y realiza seguimiento y atención a los que sufrieron desnutrición en el pasado y, como Juan Mauricio, sufren las secuelas. Curbelo destaca que en esta organización —que está vinculada a la policlínica y además tiene un campo donde se practica equinoterapia— se busca potenciar el talento especial de cada niño. "Su discapacidad genera más capacidad en algunas áreas, eso hay que encontrarlo", explica. Retoños sobrevive gracias a donaciones, aportes del BPS que Curbelo define como "magros", y el trabajo voluntario.

Una de las que recibía la ayuda era Gerez, quien muchas veces tuvo que recurrir a merenderos con los que había acordado llevarse las sobras de comida a cambio de hacer la limpieza. "Cambió mucho el barrio", dice, aunque es una de las que rechazó la ayuda ofrecida por el gobierno y decidió reformar su casa por su cuenta.

Lemos, por su parte, se convirtió en una de las integrantes de la cooperativa "8 de Marzo", un grupo de mujeres que trabajan en la construcción. Todo lo aprendió durante la reforma del barrio, trabajando en grupos de vecinos que usaban los materiales que les brindaba el Estado para construir viviendas a través del Programa de Mejoramiento de Barrios (antes conocido como PIAI). A su vez, la fabricación de los ladrillos estuvo a cargo de los ladrilleros de la zona, para reactivar el mercado local, explica el alcalde López, que además fue dirigente sindical y siguió de cerca el proceso de Las Láminas.

Ahora, lo último que falta es la instalación de luminarias, cuenta. En los tiempos en que estuvo trabajando en el control de las obras, López sabe de tres ocasiones en que se comprobó que los vecinos vendían las propiedades. Como consecuencia, vendedor y comprador se quedaron sin casa, que pasó a manos de quienes estaban en la lista de suplentes.

Según cuenta López, el barrio creció a fuerza de movilizaciones, ya que cada vez que los materiales faltaban o demoraban, había protestas. Curbelo y González recuerdan que el gobierno intentó convencer a los vecinos de realojarse en otro terreno, ya que el lugar donde se ubica hoy Las Láminas implicaba grandes obras de saneamiento, entre otras. Los vecinos, agrupados, llegaron a llamar a un equipo de técnicos de la Universidad de la República para que probaran que allí sí se podía construir y lograron quedarse en su lugar.

Las hermanas Quimberli, Marcia y Alejandra Pintos se beneficiaron de los materiales del Estado para ampliar la casa que ya tenían construida. Eran niñas cuando llegaron a Las Láminas, durante la crisis, y hoy tienen entre 18 y 21 años. Sus recuerdos de esas épocas son borrosos, pero además de la limpieza, la nueva plaza y las calles hay un cambio que no pasó desapercibido para ellas: "Cuando tenías ranchito todo el mundo te saludaba y ahora nadie te dice nada", bromean.

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