HISTORIA DE VIDA

¿Quién es Delgado, el fiel escudero de Lacalle Pou y su voz en la crisis por el coronavirus?

El secretario de Presidencia comenzó su carrera política hace tres décadas, pero hoy vive en medio de una fama inoportuna. Es, también, el nexo del presidente con el FA, siindicatos y empresarios. 

Álvaro Delgado
Delgado fue uno de los primeros en apoyar el proyecto de Lacalle Pou (Foto: El País). 

Quienes mejor conocen a Álvaro Delgado lo definen como un hombre de oídos abiertos, actitudes prudentes y palabras certeras. Tres virtudes que se anticipan en su rostro, uno de esos que por naturaleza o por entrenamiento parecen tener la gestualidad bajo control. Cuando desde la Torre Ejecutiva le toca dar las últimas novedades de la peor crisis de esta generación, lo hace con unas dotes de comunicador que a muchos ha sorprendido por la entereza que demuestra y la tranquilidad que transmite. Lo elogian, incluso, desde filas opositoras.

Sin embargo, quienes lo acompañan desde hace décadas detectan los destellos de estrés y angustia que él intenta neutralizar. “Le vi un tic nervioso en el cuello. Es muy discreto. No es nuevo. Es por su forma de ser, de absorber y no sacar para afuera. Yo reconozco ahí el dolor que está atravesando”, dice Carmelo Vidalín, con quien Delgado trabajó en 2008 y 2009, cuando el intendente evaluaba la posibilidad de presentarse como precandidato.

Otros mencionan una molestia vieja y conocida en una rodilla, que ahora se extendió a las dos. Hace un año, en plena campaña rumbo a las internas, cuando las encuestas mostraban el avance de Juan Sartori y una caída por parte de su amigo Luis Lacalle Pou, le aconsejaron que saliera a correr para liberar tensiones. Terminó con una rodilla rota y el médico le indicó que debía realizarse una operación de meniscos. La pospuso primero por las elecciones internas, después por las nacionales, por el balotaje, la asunción del gobierno, y ahora para cuando termine el caos que trajo el coronavirus.

Cada día el secretario de la Presidencia llega a su despacho a las 7:00 y es el último en irse, ya sobre las 23. Sus tres secretarios intentan organizar una agenda indescriptible en la que se superponen llamadas de ministros, reuniones con sindicatos, sectores empresariales y trabajadores que golpean a su puerta. “La frase que más estoy escuchando es ‘te llamo a vos porque no quiero molestar al presidente’”, confiesa Delgado.

A quienes trabajan con él les ha dicho que, pese a la situación que se está viviendo, las excusas no existen: la orden es que todos los reclamos que llegan a su despacho deben ser respondidos.

Sus asistentes lo ven quejarse en silencio por el dolor en las piernas. Le recriminan que tiene que operarse de una vez; al rato él les miente y les dice que ya se siente mucho mejor. “Lo que pasa es que es un hombre que no admite la palabra ‘no’. Cree que todo puede ser analizado y resuelto, y con esta crisis esa forma de ser está agudizada”, dice Juan Álvarez, uno de sus secretarios.

No hay tiempo ahora para problemas personales. Y tal vez tampoco lo hubiera antes, porque el trabajo siempre fue una prioridad en su vida. Una vida en la que intentó combinar su amor por el campo con el forjamiento de una carrera política que comenzó 30 años atrás junto a figuras como Alberto Volonté y Juan Carlos Raffo.

Y es Raffo el que advierte: “Si quieren reconstruir la historia política de Álvaro para contarle a la gente quién es, prepárense, porque van a tener que seguir una pista muy larga”.

Uno de los legisladores que juró ante dios

Álvaro Delgado asumió hace poco más de un mes su banca, para enseguida renunciar, pues era una condición para tomar el cargo de secretario de la Presidencia. Cuando lo hizo dijo “prometo y juro”: la promesa es ante el país y el juramento ante Dios. Desde 2007 los legisladores ya no deben jurar para tomar sus cargos, pues ese año un proyecto de ley del expresidente Julio María Sanguinetti retiró el juramento aduciendo que era algo que se encontraba “en disonancia con el espíritu laico del Uruguay”. Fueron cuatro los legisladores —todos del Partido Nacional— que juraron haciendo valer su fe católica. Delgado fue alumno del Seminario primero, y del Juan XXII, después. No es de ir mucho a la iglesia, pero sí acompaña a uno de sus tres hijos cuando este se lo pide. El 2 de marzo, a un día del cambio de gobierno, participó junto al presidente Lacalle Pou de la “Oración interreligiosa por la patria” que dio el cardenal Daniel Stural en la Catedral de Montevideo.

Volver al origen 

Cuando volvió la democracia Delgado tenía 15 años y dos test vocacionales que le anunciaban un empate entre su gusto por la veterinaria y la abogacía. De un lado, estaba la pasión por el campo, los animales, la producción ganadera; del otro, la adrenalina que le despertaba la política estudiantil. “El fenómeno Wilson en esa época tuvo un arraigo muy especial en los jóvenes”, recuerda. Fue gremialista universitario y llegó a ser parte del consejo de la Universidad de la República por la CGU, movimiento estudiantil históricamente vinculado a los blancos.

El segundo apellido de Delgado es Ceretta. Los 200 Ceretta mantienen la tradición de reunirse una vez al año para celebrar el aniversario de la llegada de sus bisabuelos desde Venecia. A fines del siglo XIX desembarcaron en Montevideo e iniciaron una nueva vida, rural, en Paysandú. Fue en ese departamento, durante las visitas a su familia materna, que Delgado empezó su actividad política bajo el ala de su primo Hugo. Aunque su madre era cívica y su padre batllista, Delgado vio en el Partido Nacional un canal para saciar su vocación política.

Juan Ceretta —el abogado que ganó fama defendiendo a pacientes que reclaman medicamentos de alto costo— es primo de Delgado y cuenta que Hugo les resultaba un hombre aventurero y magnético. “Empecé con él. Con cada ahorro que tenía compraba animales y a veces los ponía en su campo. Él influyó mucho en mis dos vocaciones”, asegura Delgado.

El salto a la política profesional lo dio junto a Juan Carlos Raffo, que había ganado popularidad en Paysandú con la lista 904. Delgado —que entonces tenía 19 años— trabajó con él en la campaña de las elecciones de 1989. Raffo resultó electo senador y se lo llevó al Palacio Legislativo, como su secretario.

“Alvarito se convirtió en mi incansable compañero de viajes. Yo le enseñé a recorrer los barrios, a golpearles la puerta a los vecinos y sentarse a tomar mate con ellos; a entender que nadie tiene 100% de la verdad y que no hay que tener una mirada bicolor. Y él aprendió a negociar, a conectarse con los que tienen los votos. Ya en esa época era muy hábil para saber cómo organizar una agrupación política”, cuenta Raffo.

Un dominio del arte de conciliar y convencer, dice que son las virtudes que le demostró cuando asumió el Ministerio de Transporte y Obras Públicas (1993-1994) y delegó en él el vínculo con los intendentes. Tras las elecciones de 1994, y sin que Delgado se lo pidiera, Raffo lo propuso como secretario de la bancada del Partido Nacional. “Allí brilló”.

La segunda etapa en la vida política de Delgado es junto a Alberto Volonté. Del otro lado del teléfono, el exdirigente acepta la entrevista, pero advierte: “Alvarito es como un hijo para mí y yo soy puro sentimiento. Vi desde chico que era distinto. Vi en sus ojos el candor. Le vi una condición política que rompía los moldes. A mí me encantaba aprender de él porque siempre supo leer a las personas. Era como el cordón eléctrico que me comunicaba a mí con el mundo político”.

Delgado cursó un posgrado en gerencia agropecuaria junto al hijo del exdirigente, Romeo; a su vez la familia Volonté era cercana a la de su esposa. “En ese momento él lideraba a los blancos en la coalición con Julio María Sanguinetti. Se vinieron las elecciones de 1999, en las que el Partido Nacional sacó el 22% y le dio su apoyo. Cuando se reparten los cargos, Volonté me ofrece con 29 años la Inspección General del Trabajo”, cuenta Delgado.

En esa época surgió su frase de cabecera, una máxima que conocen de memoria todos quienes han trabajado con él, y que aprendió de los sindicalistas que conoció durante esos años: “Nada está arreglado hasta que todo esté arreglado”.

“Comencé con mucho susto, pero con mucha convicción. Ahí tuve una de las experiencias más formidables de mi vida en cuanto a mi aprendizaje, no solo porque manejaba una estructura de más de 300 personas, sino porque lo hacía en la protección de los derechos de los trabajadores, pero a su vez vinculado con los empresarios”, dice Delgado.

Veinte años atrás, un joven Fernando Pereira integraba el secretariado ejecutivo del Pit-Cnt (que hoy preside). A Delgado ya lo conocía porque se lo había presentado José D’Elía, quien acostumbraba a reunirse con Volonté, que siempre estaba acompañado por el actual secretario de la Presidencia. Los cuatro solían cruzarse en los actos del 1° de Mayo: “Te diría que en los últimos actos ha sido uno más en la tribuna”, dice Pereira. “Siempre le vi una actitud parecida a la de Volonté. No importan las diferencias, Delgado valora la importancia del movimiento obrero. Si pienso en figuras dialoguistas, él se me viene a la cabeza. Ha sido quien juntó las piezas en momentos que estuvieron separadas o mal comprendidas. Tengo una amistad con él y una confianza construida a lo largo de 20 años en la que siempre, de una parte y de la otra, cumplimos”.

¿Cómo recibió su designación al frente de la secretaría de Presidencia? “Es una garantía. Incluso ahora. Te diría que perdí la cuenta de la cantidad de reuniones que llevamos en estos días”.

Delgado y Pereira
Pereira reconoce en Delgado a alguien que respeta al sindicalismo (Foto: Fernando Ponzetto).

Ascenso político

Hay otra frase típica de Delgado, pero no la tomó de los sindicalistas sino de Winston Churchill: “El gran problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”. “Yo quiero ser útil”, dice. Esa determinación la reconocen los de su círculo más cercano. “Él es, ante todas las cosas, un servidor público”, resume su amigo Heber Paguas, director general de la Presidencia.

En 2004, Manos a la obra, de Volonté, fue uno de los sectores fundadores de Correntada Wilsonista. Delgado fue el segundo candidato a diputado por Montevideo —el primer puesto lo ocupó la ahora vicepresidenta Beatriz Argimón—: ese lugar para su protegido fue la única condición de Volonté para sellar el acuerdo.

“En los cinco años que pasé como embajador en Argentina (2000-2005), Alvarito me llamaba casi a diario y cada 15 días iba a verme. Cuando se acercaban las elecciones de 2004, Francisco Gallinal, que era muy popular dentro del Partido Nacional, me tienta para hacer un acuerdo con él. A mí me quedaba poca gente. Yo le dije, ‘Pancho, con lo que me queda te apoyo, pero mi única condición es que pongas a Alvarito como suplente tuyo o de segundo candidato por Montevideo”, reconstruye Volonté.

Luego de que Gallinal aceptara, lo llamó a Delgado: “Le dije ‘vas a ser candidato’. Él nunca me pidió nada. Nunca estuvo a los codazos con nadie por un cargo”.

La lista 33 de Correntada Wilsonista apoyó para esas elecciones a Luis Alberto Lacalle Herrera, que perdió la interna con Jorge Larrañaga, quien luego fue vencido en primera vuelta por Tabaré Vázquez. En el Parlamento Delgado fue miembro de la Comisión de Industria Energía y Minería, que presidió en 2006, y también lo haría en el siguiente período, de 2011 a 2013.

Durante esos años continuó con una vieja costumbre adquirida en el Ministerio de Trabajo: una vez por semana visitaba una empresa, a veces muy grandes, otras chicas. Por eso en el ambiente empresarial, igual que en el sindicalismo, lo sienten un hombre de confianza. Hoy es el nexo del gobierno con los empresarios, y algunos de ellos advierten que ante el caos que estamos atravesando, le han planteado a él inquietudes que iban dirigidas al Ministerio de Economía. Fue Delgado quien gestionó con los supermercadistas determinar horarios exclusivos para la población mayor de 65 años. “Es difícil decirle que no porque es un tipo que siempre te pide las cosas bien”, confiesa hoy un empresario.

Pero volvamos al pasado. En 2007 Gallinal ya no se encontraba tan fuerte políticamente, por eso el líder de Manos a la obra le aconsejó a Delgado irse con Vidalín. “Carmelo me llamó y me preguntó si lo acompañaba a recorrer el país, Le dije que yo no, pero que le mandaba a Alvarito”, recuerda Volonté.

Delgado comunicó en abril de 2008 su salida de Correntada; en mayo esta agrupación dio su apoyo a Lacalle Herrera; en junio Delgado dijo que se iba con Vidalín, y ese mismo mes Gallinal le reclamó la banca, y este se la negó. “Yo me dedico a hacer política positiva y no a canibalizar blancos”, declaró en ese entonces a Montevideo Portal. Un tiempo después, ya en 2009, Vidalín anunciaría su apoyo a Lacalle Herrera, y Delgado comenzaría con Lacalle hijo el camino que lo puso el pasado 1° de marzo en la Presidencia.

Antes de invitarlo a militar con él, Lacalle Pou charló con Volonté. Según relata el exdirigente, fue un encuentro imprevisto en un restaurante: “Se me acercó y me dijo: ‘Tú tenés una joya que es Álvaro Delgado. Me gustaría que se incorporara a mi grupo’. Yo, que soy bastante irónico, le dije que no tenía joyas porque soy un hombre pobre y que Alvarito no tenía dueño”.

Tras ese encuentro, aconsejó a Delgado: “Tenés que pedirle ir de segundo o de primer suplente en la lista de diputados por Montevideo, porque él va a entrar por Canelones”. Así fue, y volvió a salir diputado.

Los primeros apoyos que el hoy presidente tuvo para formar Aire Fresco fueron los de Delgado y Amin Niffouri; el primero diputado por Montevideo y el segundo por Canelones. “Agarrábamos mi camioneta o la de Luis y salíamos a recorrer. Yo con Luis debo tener más de 100 kilos de mate compartidos. Dos años después tendríamos ocho diputados y algún intendente”, dice casi emocionado Delgado.

Si Lacalle Pou es de esos hombres con ideas firmes y objetivos claros, Delgado es de aquellos que buscan consensos, que negocian, que intentan que todos se vayan más o menos contentos. “Es el que muchas veces le allana el camino”, resume Graciela Bianchi.

Cuando el hoy presidente decidió que iba a competir en las internas de 2014, a uno de los primeros que se lo comunicó fue a su compañero de ruta. Fue a la vuelta de un viaje a Fray Bentos; “me voy a largar”, le lanzó. “En ese momento no tenía ni el 5% de intención de voto. Yo le dije que me parecía bien. Ahí pasé a estar al frente de Aire Fresco y Luis a ser el candidato de Todos”, recuerda Delgado.

Delgado
Delgado fue uno de los primeros en denunciar irregularidades en Ancap (Foto: Francisco Flores). 

La mano derecha

Tal vez porque su liderazgo se luce en esa faceta más íntima y menos pública de la política, o porque su carisma es más aplacado que el de otros dirigentes extrovertidos, él no suele ser el encargado de atraer a los jóvenes.

Pero siempre hay excepciones.

El actual edil Diego Rodríguez acababa de conseguir trabajo en el diario El Observador cuando empezó a escuchar el nombre de Delgado insistentemente. Era 2008, el dirigente estaba en su primer período como diputado y tenía la costumbre de llamar a la redacción para comentar algunos temas. Muchas veces esas llamadas terminaban en el escritorio del “nuevo”: Rodríguez. “Me pareció un tipo muy estudioso y proactivo, y eso de a poco me conquistó”, cuenta. Unos meses después, renunció, se presentó en su despacho y le dijo que quería hacer política con él. Delgado le dio la bienvenida y lo convirtió en uno de sus secretarios. “Siempre fue abierto, buscaba mi consejo sin importarle que yo fuera un chiquilín y eso es muy valioso”.

En estos días en que una pandemia azota al país y en los que se suelen escuchar elogios hacia Delgado por su capacidad de síntesis sin perder precisión ni claridad, resulta curioso enterarse de que su destreza para la oratoria era material de chistes: “Era habitual que le hiciera señas para que por favor redondeara la idea”, dice Rodríguez. Delgado escucha este comentario y asiente: “La circunstancia me puso en este rol. Quizá yo no era una persona muy comunicativa en este aspecto. La verdad es que te tocan los momentos, y en los momentos más duros hay que ponerle corazón”.

En la pasada campaña, en el último debate entre Lacalle Pou y Daniel Martínez, el candidato frentista nombró a Delgado advirtiendo que el Instituto Nacional de Colonización (INC) le había rescindido un contrato. Dijo que había obtenido un campo en 1994, cuando era secretario de Raffo. Fue en abril de 2018 que el INC lo apartó aduciendo “incumplimiento de las obligaciones como colono”. Entre las irregularidades a las que el organismo se refirió figuran que los colonos deben hacer una explotación directa de la tierra y no pueden poseer más terrenos.

Esa noche, en la sede de la 404, no perdió la calma. Apretó los labios apenas develando algo de angustia, y aceptó la mano que Bianchi apoyó en su espalda. Luego dijo: “Él (Martínez) sabe cómo son las cosas. Es un campo que tengo desde el 97. Es un campo abandonado que yo exploté y pagaba 70% más de renta al Instituto por ser legislador. En 2018 lo entregué y presenté una denuncia al Tribunal de lo Contencioso Administrativo”.

Desde el entorno de Delgado sostienen que la denuncia del exintendente tuvo una sola razón: pegarle al legislador que más había trabajado en el pasado gobierno en la investigadora que indagó irregularidades en Ancap. “Lo vi mal. Pero él sabe dar vuelta la página. Al día siguiente a las 9 AM ya no había espacio para ese tema”, dice Álvarez, su secretario.

Martín Lema, compañero en la 404, dice que las chicanas políticas no son parte de la esencia de Delgado. “Cuando llevó adelante la comisión investigadora de Ancap, denunció lo que tenía que denunciar pero sin entrar en el terreno personal. Esta actitud le ha permitido generar una gran cantidad de vínculos, incluso con personas que piensan diferente”.

Una prueba de esto, es la buena relación que mantiene con Juan Castillo, senador por el Partido Comunista. “Es un articulador político. Tiene buen diálogo con todo el Frente Amplio”, dice.

En la anterior legislatura ambos pertenecieron a la Comisión de Legislación del Trabajo. Era común verlo a uno en el despacho del otro, compartiendo un mate mientras discutían acuerdos antes de que los proyectos bajasen a las cámaras. “La política se compone en base a gestos y afectos, y eso es algo que él entiende bien”, explica Castillo.

Esta manera de ser es la que hoy lo lleva a tener el teléfono a pleno casi que las 24 horas del día. Cuando alguien del gobierno recibe su llamada, sabe que su voz es también la voz de Lacalle Pou. Un ministro sostiene que “en estos días de trabajo infernal, más que un secretario de Presidencia, más que un vocero, ha sido un primer ministro”.

Es ahora que muchos aplauden la decisión acertada del presidente, que en vez de nombrarlo ministro de Industria como se esperaba, prefirió mantenerlo a su lado. Lacalle Pou le comunicó su plan cuando ya iban camino al balotaje. Delgado lo habló con su familia, porque aceptar implicaba renunciar como legislador. “Renunciar al Senado no es fácil, pero el desafío por delante era histórico. Acompañar a Luis en este proceso valía mucho más”, señala.

En cuanto a sus aspiraciones políticas, poco se sabe. Hasta que el coronavirus aterrizó en Uruguay había pocos que lo pudieran imaginar como un sucesor de Lacalle, pero ahora… Cuando se le pregunta esto a Bianchi, suelta: “En política no te tienen que ver venir”. Raffo va un poco más lejos: “Algunos ya estamos pensando, después de este período, ¿quién?, y entonces mirás, y empezás con las comparaciones que siempre son crueles, y está él. Eso se lo he dicho”.

Delgado por el momento solo piensa en salir de esta crisis, y en operarse finalmente las rodillas una vez que el viento amaine: “Ahora estamos en el medio del huracán. Ahora hay que estar en el puente de mando, al lado del capitán del barco, poniéndole proa al huracán, y a las olas, y a la tormenta”.

Buen humorado y memorioso

Según las anécdotas que relatan algunos militantes jóvenes de Aire Fresco, en la campaña que pasó, Delgado siempre era el último en llegar a las reuniones acordadas en la sede de la 404: su agenda estaba —sigue— a tope. Su llegada silenciaba risotadas y como un acto reflejo alguien bajaba la música. “Nos inspiraba respeto. No es que no sea simpático, pero lo asociábamos a una forma de militancia más tradicional y pragmática. Es que Delgado nunca pierde el tiempo”, dice una militante.
Esa imagen de “tipo serio y protocolar” con la que carga no es la que expresa en la vida cotidiana, asegura Javier Álvarez, militante y secretario:“Tiene mucho humor y suele reírse de sí mismo”. Lo mismo opina Siboley Arbilla, también secretaria de Delgado. “Durante las giras de campaña es más habitual verlo entre la gente que sobre los escenarios”, cuenta. En esas instancias, suele pedirle que apunte los pedidos que le hacen los vecinos. “Es muy meticuloso y hace un seguimiento personal de las solicitudes, ya sea ver en qué anda un trámite en el Banco de Previsión Social, o averiguar tal o cuál cosa en el Ministerio de Trabajo”. Arbilla revela que otra característica del secretario de la Presidencia es su buena memoria. “A veces llega y dice ‘hoy es el cumpleaños de tal dirigente o de tal militante’; acierta, y se hace un tiempo para llamarlos o enviarles un mensaje. Esta es una costumbre que mantiene incluso en medio de los días caóticos que estamos viviendo”.

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