A TRES MESES DEL HOMICIDIO

Datos falsos, algunos sospechosos y un padre que no ve a su hijo: el enigmático crimen de Luciana Bentancur

A tres meses del crimen, su familia reclama ver el expediente y celeridad en la investigación. Los vecinos de su pueblo piden justicia. Y la expareja tiene una urgencia: que lo dejen ver al hijo.

Luciana Bentancur
Hogar y consultorio de Luciana Bentancur en Estación Castellanos. Foto: Marcelo Bonjour.

Estación Castellanos es un pueblo de esos donde nunca pasa nada. En realidad, ni siquiera llega a pueblo. Es una vecindad, un apéndice de San Bautista que se define más por lo que carece que por lo que tiene. No cuenta con oficinas públicas, ni una. Tiene iglesia, pero no tiene cura. No hubo ni una mesa de votación en las elecciones, y tampoco hay una comisaría, pero en cambio tiene una subcomisaría donde casi nunca hay nadie. Tampoco hay hospitales, apenas una policlínica, pero el médico suele estar atendiendo en San Bautista.

Lo que sí tuvo —este año— Castellanos, una localidad humilde de 750 habitantes que aspira llegar a pueblo algún día, es un crimen sangriento e inexplicable que puso a los lugareños en pie de guerra. Y a Castellanos en el mapa de la crónica roja uruguaya.

Luciana Bentancur, una odontóloga de 35 años muy querida en la zona, fue encontrada muerta en el piso de su consultorio el miércoles 4 de setiembre. El o los matadores le habían propinado 28 puñaladas. Nadie hasta el día hoy puede explicar la saña con que fue asesinada. Ni Fiscalía, que descartó el móvil del robo, pero a tres meses del crimen continúa con una investigación que desde mediados de octubre quedó en reserva, tan estricta que ni el abogado de la familia ha podido acceder a los expedientes.

A tres meses del homicidio, la gente de la vecindad se movilizó. Fue la séptima movilización pacífica en reclamo de novedades en la investigación del caso y en protesta por lo que entendían una inadecuada respuesta policial.

Ese día, el padre de Luciana alzó su voz ante los micrófonos presentes: "Queremos que se levante la reserva. El abogado no pudo leer el expediente, es nuestro derecho. Esto debió resolverse en una semana, acá nos conocemos todos", dijo Ricardo Bentancur, un comerciante jubilado.

Fue la primera vez que Bentancur, de 67 años, se armó de valor para acompañar a los lugareños exigiendo justicia. En las anteriores seis, él y su esposa, Luján De León, se excusaron de asistir. "No fuimos a ninguna de las anteriores por impotencia, porque no estábamos en condiciones. Por una cuestión de sentimiento", resume Bentancur, en diálogo con El País en una mesa de hormigón al costado de la casa y el consultorio —encastrados en la misma finca— donde vivía y trabajaba Luciana.

dolor

Castellanos, la vecindad que se quedó sin festejar

Estación Castellanos es una vecindad que tiene a sus más famosas localidades vecinas de San Ramón al norte y San Bautista al sur. Castellanos es algo así como un anexo de San Bautista. Allí viven 750 personas aproximadamente y son casi 1.500 si se cuentan los habitantes del área rural. Ricardo Bentancur explica que Castellanos fue fundada el 19 de setiembre de 1890, día en que pasó el primer tren por allí, con destino al norte. Fue fundada —dice—, por el abuelo de Pintín Castellanos, un consagrado pianista y letrista de grandes tangos y milongas como “Meta fierro” y “La Puñalada”.
“Este año, en setiembre, íbamos a festejar los 129 años de la vecindad, pero se nos cortó con todo esto... También estábamos juntando firmas para que este lugar fuera declarado pueblo. Pero se cortaron todos los festejos por el crimen de mi hija”, dice Bentancur.

El diálogo había sido pactado con Luján De León, la mamá de Luciana, pero en el lugar esperaba Ricardo Bentancur. Dijo que su esposa había preferido no atender a la prensa para no remover recuerdos, que ni a sus mejores amigas quería ver y les pidió encarecidamente que no fueran a visitarla.

De León, Bentancur, su hija Cecilia y el pequeño Genaro (hijo de Luciana, de 3 años) están bajo atención psicológica. De León y Bentancur están juntos desde hace 45 años, y son oriundos de allí, de Estación Castellanos. Tenían cuatro hijos, pero dos se murieron recién nacidos en un confuso caso de mala praxis médica, y hace tres meses debieron velar a Luciana. "Nos queda una hija viva", dice Ricardo, con la mirada al piso en alusión a Cecilia, de 39 años.

Luciana Bentancur
Luciana Bentacur tenía 35 años. La mataron de 28 puñaladas.

Ricardo no quiere hablar de su hija asesinada. Dice que no le corresponde, que mejor hablen otros, que toda la vecindad la quería y cualquier poblador de ahí puede dar fe de la bondad y don de gentes de su hija.

Mucho menos quiere hablar de su exyerno, el padre de su nieto. “Me va a tener que disculpar, pero yo no voy a hablar de él”, dice Bentancur. Ahí, quizás, radica uno de los conflictos laterales al enigmático crimen sin resolución.

Los padres de Luciana y el ex de su hija no se llevan nada bien. El mismo 4 de setiembre fueron a buscar al pequeño Genaro a la salida de su guardería y el padre de la criatura no lo ha vuelto a ver. Luego le ofrecieron ver al niño dos días a la semana, miércoles y sábados tres horas por día, pero Fernando Álvarez, la expareja de Luciana, no lo aceptó.

El 11 de setiembre iniciaron un trámite de ratificación de tenencia y finalmente un juez de menores dejó al niño en manos de sus abuelos maternos y su tía Cecilia.

"Hace tres meses que no veo a mi hijo. Estoy desesperado. El 11 de noviembre fue su cumpleaños, cumplió 3. Mi abogado quiso hablar con ellos, para que me permitieran verlo el día de su cumple y dijeron que no, porque sería 'exponer al niño'. ¿Exponer al niño a que se vea con su padre?", dice Álvarez a modo de pregunta retórica.

Álvarez, de 42 años, habla en un café montevideano, y cada tanto interrumpe su relato para mostrar una foto del pequeño pateando una pelota en un video en el celular, y periódicamente se quiebra y rompe en llanto.

La Fiscalía no lo ha descartado como sospechoso del crimen. “Es la expareja. No se puede descartarlo completamente, porque todavía el caso está abierto. Hay varias líneas de investigación, pero la evidencia reunida apunta hacia otro sospechoso”, dice una fuente de Fiscalía que habló con la condición del anonimato.

Es más, la noche del 3 de setiembre en que fue asesinada Luciana, Fernando Álvarez estaba en su casa con su hijo. Ella debía recogerlo el día 4 a las 8 de la mañana, y a las 10 llevarlo al médico, pero nunca lo pasó a buscar.

La fiscal de Canelones, Alicia Schiappacase, se limita a decir que el caso está “en reserva”. “El señor (Ricardo Bentancur) está diciendo cosas que no corresponden, así como gente de la manifestación. Una entiende el dolor, entiende los reclamos, pero si yo no tengo la prueba categórica, no puedo hacer una formalización”, dice la fiscal a El País.

Luciana Bentancur
Ricardo Bentacur. Foto: Marcelo Bonjour.

“Se está trabajando y muchísimo. Yo no puedo estar diciendo qué líneas de investigación se están siguiendo, por eso se decretó la reserva. Porque andaba circulando información falsa, proveniente de la misma gente del pueblo, de los alrededores, no de la prensa. Pero le hacían saber a la prensa cosas que no correspondían”, dijo la fiscal.

¿Tienen algún sospechoso en la mira?

—Cómo no, cómo no. Claro que tenemos. Los hay. Nótese el plural: los hay. —¿La expareja de ella es uno de ellos?

—Eso no se lo puedo decir. Pero hay sospechosos. Más de uno.

Otras fuentes del caso insisten con que el entorno familiar de Luciana Bentancur está bajo la lupa. “Por algo la familia no puede ver los expedientes. Por algo es”, dijeron.

"Un monstruo humano".

Ricardo Bentancur y Fernando Álvarez, su exyerno, tuvieron varios encontronazos cuando Fernando y Luciana eran pareja. “Más de una vez le tuve que recordar que el padre de Genaro soy yo. Se tomaban atribuciones que no les correspondían, cuando yo estaba presente”, dice Álvarez, quien trabaja en una barraca en San Bautista.

Esas rencillas personales tuvieron que ver con el pedido de tenencia completa, y con que hoy Álvarez esté peleando en el juzgado de familia para poder ver a su hijo. “Ahora se viene la feria judicial, y no lo voy a poder ver... Van a pasar las fiestas, y no lo voy a poder ver”, dice el muchacho, y vuelve a emocionarse.

Pero en algo coinciden Bentancur y Álvarez. Los dos dicen que Luciana era más buena que el pan, que no tenía enemigos, que era una mujer trabajadora que vivía para su hijo y para su trabajo como dentista. Y ambos están indignados con la demora judicial en resolver el caso.

“Lo que nos dijeron acá es que era un caso para resolver rápido, pero... no sé. Han pasado tres meses ya. No me imagino quién pudo haber sido, no tengo hipótesis. Sospecho de todos, pero estoy dejando que actúe la Justicia... si es que está investigando, no sé, porque a mi abogado no le dejan ver el expediente. Claro que genera impotencia... que te arrebaten una hija de 35 años, con todo un futuro por delante, porque a un señor mal de la cabeza se le antojó que tenía que hacer lo que hizo”.

¿Por qué dice “señor”?

—Bueno... una persona, un monstruo humano. Ojalá supiera quién es.

Aunque la recuerda con amor y cariño, Álvarez hoy tiene una preocupación más urgente: volver a ver a Genaro. El 23 de noviembre a las 10:27 de la mañana, Álvarez recibió un mensaje por Whatsapp de Luján de León, su exsuegra: “No tuviste madre. Ahora tu hijo tampoco la tiene”. Una semana después, el 30 de noviembre, a las 10:57, le escribió: “Puedes dormir?”. Álvarez no le contestó.

Dice que puede dormir sin ningún sentido de culpa, que se separó de Luciana en marzo cuando el amor se había terminado y la pareja desgastado, y que, en todo caso, si algo le quita el sueño son las ganas de ver a su hijo.

Ricardo Bentancur, quien insiste en que no hablará ni una palabra de su ex yerno, apenas tira un par de frases sobre su hija Luciana. “Era una profesional, una odontóloga y mecánica dental que estaba haciendo especializaciones en implantes. Como persona, era una gran madre y una excelente hija. Pero pregunte por ahí, va a ver. Se supo ganar el afecto de todos”, señala, aún con la mirada perdida en el piso, y mientras repite un tic nervioso: mientras habla refriega permanentemente la pantalla de su celular, como si así pudiera exorcizar en parte su dolor. Si la pantalla del celular fuera un papel, al minuto lo habría roto.

“Pregunte acá enfrente, en el supermercado. Fabiana fue la primera que la vio. Nosotros estábamos lejos. Y la Policía vino mucho después. Nosotros la llamamos a ella, porque Luciana no atendía el teléfono y ella vino hasta acá”, narra Bentancur.

Una mujer querida.

Fabiana Cotelo (41) es la encargada del supermercado (cooperativa agraria) que está en la esquina de la vereda de enfrente al consultorio de Luciana. Ella recibió una llamada telefónica de la madre de Luciana el 4 de setiembre a las 10:50. Le dijo que Luciana no había pasado a buscar a su hijo por la casa de Fernando Álvarez, y tampoco contestaba el celular.

“¿Podés ir hasta ahí, a ver si está el auto de ella?”, le pidió. Cotelo dejó sus tareas y cruzó la vereda, vio el auto de Luciana, avanzó y notó que estaba el portón entreabierto. Caminó el pasillo al costado de la casa y advirtió que también una puerta que da hacia la cocina estaba abierta, el baño tenía la luz prendida y estaba encendido el aire acondicionado. “Ahí me preocupé. Así que volví a pedirle ayuda a mi compañero Walter”, cuenta.

Luján De León volvió a llamar a Fabiana y le pidió que por favor entraran. Desde la puerta del consultorio vieron el cuerpo tirado de Luciana. Fabiana se alejó para llamar al 911 y para pedir auxilio en la policlínica de enfrente. Walter sí entró al consultorio, le tomó el pulso y notó que estaba helada. Debajo del cuerpo había un charco de sangre.

Fabiana Cotelo, su compañero de trabajo Walter, la auxiliar de servicio de la policlínica de enfrente y una enfermera, fueron las primeras cuatro personas que ingresaron a la casa con el crimen consumado y vieron el cadáver. Advertido por una llamada de Cotelo, llegó Fernando Álvarez con su hijo Genaro, pero no lo dejaron entrar a ver la escena. Casi una hora después llegó la Policía. Curiosamente, justo frente a la casa y consultorio de Luciana está la subcomisaría de la 12a. sección de Canelones, pero rara vez hay policías. “

No había nadie. Casi nunca hay nadie ahí. A veces vienen y prenden una luz”, se queja Fabiana Cotelo, y coincide Ricardo Bentancur. Tampoco el jueves 12 a media tarde había alguien en la subcomisaría, prácticamente ornamental.

Aquel día llegaron policías de San Bautista, pero al día de hoy, los lugareños están molestos con el accionar de los uniformados. “No nos gustó cómo actuaron. Se la jugaron a un femicidio o algo puntual... Retiraron el cuerpo de Luciana sobre las tres de la tarde (del 4 de setiembre), levantaron la cinta y la casa quedó limpia, para que pudiera entrar cualquiera. Después no encontraron nada y ya era tarde”, se queja Cotelo, una de las vecinas administradoras del grupo de Facebook “Todos por Luciana. Castellanos”.

Luciana Bentancur
La vecindad realizó siete marchas en su nombre y creó una página de Facebook para intercambiar información.

“La localidad se movilizó porque era una mujer querida, era especial, no tenía problemas con nadie, era cálida. Ella atendía a la persona que lo necesitara, tuviera plata o no, los atendía a todos. Viste que para llevar un niño al dentista tenés que andar luchando, sin embargo todos querían ir a atenderse con ella”, cuenta Cotelo entre las góndolas.

Cuando ella le dijo a su sobrino de 4 años que algún nene malo había matado a su dentista, el niño le dijo: “Vayan a buscar a quien mató a mi dentista, porque mi dentista era muy buena”.

Fabiana nunca vio la sangre ni las marcas de las 28 puñaladas en el cuerpo de Luciana Bentancur. Ni bien vio que estaba tirada, salió hacia afuera para tomar aire y llamar al 911. Después de que la Policía actuó en el lugar, le preguntó a un oficial qué había pasado, y el hombre le dijo: “La masacraron”.

Dice que no se explica tanta maldad contra una persona tan buena. “Acá rún rún hay muchos. Todo el pueblo opina, y todos son sospechosos”, dice.

Ricardo Bentancur dice que en “el portal de Luciana” —se refiere a la página de Facebook “Todos por Luciana. Castellanos”— se dijeron “bolazos”, y leyó algunos hasta que se alejó de esa página por completo. Dice que lo llamó un vidente y le dijo que Luciana le había hecho siete implantes dentales a alguien, que quedó enojado por el servicio y por eso la atacó brutalmente. Que otros en la página de Facebook dijeron que ella tenía deudas y así se las cobraron, que otros apuestan 50 pesos a quién puede haber sido el asesino. “Dicen cualquier estupidez”.

Mientras la Justicia sigue investigando —bajo estricta reserva y con algún sospechoso en la mira “con evidencias reunidas”—, Ricardo Bentancur dice que ahora él y su esposa tienen una misión: cuidar de Genaro. “Pregunta por la mamá todo el tiempo, todos los días. Le decimos que no está, que se fue de viaje, que se fue lejos, que está descansando”, explica Bentancur.“Estamos haciendo lo mejor posible”, agrega.

¿No cree que parte de hacer lo mejor es permitirle al niño que vea a su padre, ya que se quedó sin madre?

—Eso no depende de mí. Eso lo decidió un juez de menores y un equipo de psicólogos que entendieron que el niño está recibiendo la atención que tiene que recibir. Yo tengo una misión: cuidar a Genaro, y formarlo como persona.

Fernando Álvarez, la expareja de Luciana Bentancur, también tiene una misión: volver a estar con su hijo antes de que termine el 2019. Y la fiscal Schiappacase tiene otra: aguantar la presión de Estación Castellanos y encontrar al culpable de un crimen tan difícil de entender.

investigación

Crónica de un enigmático crimen

El miércoles 4 de setiembre Luciana Bentancur tuvo que viajar a Montevideo por un curso de cirugía. Al volver, pasó a buscar su auto por la casa de sus padres en San Bautista —a ocho kilómetros de Castellanos— y llegó a su casa cerca de las 21 horas. A las 8 de la mañana del jueves 5 tenía que pasar a buscar a su hijo Genaro por la casa de su expareja, Fernando Álvarez, en San Bautista. Pero nunca fue. Álvarez, quien estaba separado de Luciana desde marzo, le escribió a la madre de su ex sobre las 10 de la mañana para avisarle que Luciana nunca había ido a buscar al niño, y decirle que tampoco había leído los mensajes. Los padres le escribieron a Luciana y tuvieron la misma suerte. Entonces, la madre se comunicó con Fabiana Cotelo, quien trabaja en el supermercado de enfrente, y le pidió si podía ir a ver qué pasaba. Cotelo y un compañero fueron los primeros en ver el cuerpo en el consultorio. Según recreó Cotelo: “No se le veía la cara, había un cajón arriba del escritorio de ella, y cosas tiradas”. Cuando la madre de Luciana volvió a llamarla, Cotelo no se animó a decirle la verdad. Le dijo que la estaban atendiendo enfermeras, pero que fuera cuanto antes. Cuando dos horas después llegó su padre al lugar, la Policía no quiso dejarlo ver el cuerpo de su hija, pero él insistió. “Sentí la necesidad de verla. No me hizo bien ni mal ver el cuerpo. Pero ante algo tan increíble, necesitaba verla con mis propios ojos para saber que eso realmente había sucedido”, dijo.

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