UNA FRONTERA INESPERADA

Crónica desde la isla Martín García: así es la única frontera seca entre Uruguay y Argentina

De un lado Martín García, del otro Timoteo Domínguez. Esta es la crónica de un fin de semana en una isla cargada de historia, ahí en el medio del Río de la Plata y frente a las costas de Colonia.

Isla Martín García. Foto: Fernando Ponzetto.
Hoy Martín García y Timoteo Domínguez comparten 2,5 kilómetros de orilla. En el lado argentino está el pueblo. Foto: Fernando Ponzetto.

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Camino sobre un muelle de listones que corre apenas por encima del suelo mientras tiro de un kayak amarillo bajo este sol tremendo, el sol de la Isla Martín García.

En realidad no es un muelle, se parece más a un camino, un largo deck que se abre como un pasillo entre los juncos y promete llevarnos hasta el río, donde vamos a botar nuestros kayaks y vamos a salir remando. Pero la bajante ha sido tenaz y lleva décadas restando agua, así que cuando llego al final del muelle lo que me espera son otros veinte metros de barro hasta poner el kayak a flotar.

Detrás de mí viene Héctor Alonso, treinta años de canotista, dueño de los botes y habitante de la isla. “Saltá tranquilo”, me dice.

Caigo y me hundo en 45 centímetros de un fango destemplado, negrísimo, de consistencia fecal y sobrevolado de insectos que morirán con la caída del sol. Leo el fondo con los pies, así que voy a llamar “palo” a esas cosas que me pican la planta. El segundo paso no hace más que multiplicar la experiencia del primero.

Además de lo que piso está lo que escucho, el ruido chirle que hace la pata desnuda entrando y saliendo del lodazal. Es como dar zancadas en la nieve profunda, solo que la nieve es blanca y hermosa.

Unos minutos después, como premiando mi marcha, el Río de la Plata se abre ante mí en toda su majestad. Mi kayak flota, yo floto sobre él. Clavo el remo en la sábana dorada de la superficie y avanzo. Tengo en la espalda una orilla que se aleja. Ese barrial es, todavía, la Argentina.

Argentina y Uruguay tienen 887 kilómetros de frontera común y siempre hay un río entre ellos. Somos naciones entramadas en la contingencia del puente y el humedal. Para eso vine a Martín García, para conocer la única frontera seca, terrestre, que existe entre nuestros países.

Pero cuando, recién llegado, pregunté cómo cruzarla, me hicieron volver al agua, subir a un kayak y remar hacia el norte bordeando la isla. Seca, me habían dicho: terrestre. Está la literatura de los tratados y las cancillerías, el enunciado geopolítico. Y después está la verdad de donde ponés el pie.

Hay dos caminos para llegar al otro lado de la isla: salir a río abierto, o meterse por los arroyos interiores. Son las cuatro de la tarde, nos quedan unas horas de luz, así que Héctor nos lleva por adentro.

Una garza blanca, dos metros de alas abiertas, nos ve venir y se va. O no, porque eso no es irse, solo se aleja hacia adelante en la misma dirección en la que estamos navegando. Cuando ya casi volvemos a alcanzarla, la garza repite su vuelo y así terminamos siguiéndola.

De golpe, la deserción de las aguas nos gana la cuerda y el kayak encalla. Según el Tratado del Río de la Plata y su Frente Marítimo firmado entre Argentina y Uruguay en 1973 —el documento que regula todo lo que ahora nos rodea—, el suelo que me tranca es argentino y el agua donde floto es uruguaya.

Entonces, la pregunta se arma sola: ¿dónde estoy ahora mismo, en qué país de los países que hay en la Tierra? Si sacara un arma y disparara sobre alguno de mis acompañantes, ¿la justicia de qué república me juzgará?

Envuelvo mi brazo derecho con un manojo de juncos, hago lo mismo con el izquierdo y tiro con fuerza. Saco el kayak del arenal y vuelvo a las aguas del Río de la Plata. Entonces a mi derecha va girando la isla.

Cuarenta minutos después, cinco remeros braceamos en el ancho del río y a velocidad crucero mientras charlamos nuestras cosas de una canoa a la otra. Dice Héctor que hay unas cien personas viviendo en Martín García, quizás ciento veinte. Que nadie es dueño de su propiedad porque esto es una reserva natural, que tampoco nadie paga servicios, ni se eligen autoridades locales, ni se aceptan nuevos habitantes -a no ser que tengan familiares aquí. Que la máxima autoridad, el director, es una designación directa del gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Que desde que abrís los ojos a la mañana, dice, hasta que los cerrás a la noche vivís envuelto en la historia del lugar, que en todo momento los presos célebres —el cacique Vicente Pincén, Hipólito Yrigoyen, Juan Perón, Arturo Frondizi— y las batallas épicas están volviendo a ser contadas, aunque nadie las esté contando. De golpe ya no hay orilla, solo mar dulce, mar marrón, dejándonos avanzar buenamente.

Una aparición cambia la remontada: un barco del tipo mole, como el que pasa por la espalda de Tom Hanks en Náufrago, aparece por la izquierda, al otro lado de una boya de fierro que nos marca el límite noroeste.
La boya nos obliga a timonear y entonces vemos arena blanca, una boca de playa brevísima que se abre justo frente a nosotros.

Metemos los kayaks de trompa y nos bajamos. El barro negro ha desaparecido y lo que pisamos ahora es una arena clara de grano fino que chilla como un parqué recién lustrado cuando le clavás el talón. Entre árboles, mirando al río de frente, un cartel se eleva sobre nuestras cabezas. Dice “Bienvenidos”, dice Isla Timoteo Domínguez. Un poco más abajo está la bandera del país y otro poco más, su nombre: Uruguay.

Isla Timoteo Domínguez. Foto: Alejandro Seselovsky.
Un solitario cartel en la playa de la isla Timoteo Domínguez. Foto: Alejandro Seselovsky.

Apariciones en la isla.

Cien personas, ciento veinte, y ninguna de ellas es uruguaya. Como el río, la población oriental de la isla está en el punto crítico de su retirada.
Para bucear una explicación hay que considerar que este Uruguay insular no es habitable: la isla Timoteo Domínguez no es más que sedimento crecido, un fondo que emergió con las bajantes. Tiene la arena que trae el río Uruguay y el barro que llega con el Paraná. Sobre ninguna de las dos superficies se puede construir. Todavía.

Timoteo Domínguez se divisó a finales de la década de 1960 por primera vez. Pero en la década de 1980 las islas ni siquiera estaban unidas. En los noventa empezó el adagio de ir acercándose una a la otra. Entraron juntas al siglo XXI y hoy comparten 2,5 kilómetros de pantanosa orilla adherida.

El derrumbe en la oferta de puestos de trabajo, además, favoreció el regreso de las familias uruguayas a Nueva Palmira, a Carmelo, a Conchillas, a Colonia del Sacramento.

Y lo que terminó de llevarse a los uruguayos de aquí fue la caída de esa noble lancha proletaria, ese Buquebus de los trabajadores, el barquito que fue una marca de nuestras infancias rioplatenses y que conocimos como Cacciola.

—En los noventa llevábamos del Tigre a Martín García 600 personas un sábado y otras 600 el domingo. Podías hacer pulseritas o milanesas que ese fin de semana en la isla lo vendías todo.

Isla Martín García-Timoteo Domínguez. Foto: Fernando Ponzetto.
Una zona pantanosa de la isla. Foto: Fernando Ponzetto.

Rossana Rodríguez nació en Carmelo hace 50 años. Su padre fue un marino reparador de motores de barcos, cabo mecánico de la Armada Nacional uruguaya, que dejó la milicia cuando Rossana cumplió los cinco. Le quedó, sin embargo, su libreta de embarcado con los kilómetros de agua que tenía encima. No tardó mucho en volverse patrón de lancha de La Cacciola.

Instalado en Martín García con su esposa y su otra hija, le propuso a Rossana que dejara Carmelo y se viniera. Sobraba el trabajo. Y el lugar, bueno, al lugar tenía que conocerlo, era especial. Pero Rossana ya tenía 19 años y un novio. No le cabía la menor intención.

—Fui por dos semanas y me quedé 25 años.

—¿Dejaste a tu novio?

—No, vino conmigo. Hoy es mi esposo. Todo lo que viví en Martín García lo viví con él.

—¿Y qué viviste?

Dice Rossana que no hay estrellas como las que entrega el cielo de Martín García ni mejor plan que el de ir a echarse sobre la vieja pista de aviones que corre desde el borde sur. Quedarse ahí, mateando, la espalda sobre el pavimento, los ojos secuestrados por el festival de la noche, es de las cosas que más extraña. Tuvo que irse porque empezó a faltar lo que antes sobraba: empleo. Pero hay algo más que Rossana echa de menos, algo que no estoy esperando que me confiese, y sin embargo.

—Me llevó un tiempo, al principio tuve miedo, pero al final ya había aprendido a vivir entre fantasmas.

No será ni la primera ni la última vez que alguien me cuente sus experiencias paranormales, pero en la voz de Rossana hay algo que se mantiene inalterado, una naturalidad. No entra en modo “te voy a contar” para arrancar con sus memorias de misterio en Martín García ni siento que esté haciendo un esfuerzo para que le crea. Como me habló de las estrellas y la pista de aviones, ahora me habla de los espectros que vio meterse en una habitación, que los pescó en un pestañeo. O de las veces que ella, su esposo, sus hijos, sintieron en la cama un tirón de pies.

—¿Cuál de todos los fantasmas que te visitaron fue el más descuidado, el más evidente?

—Una noche estábamos con mi esposo durmiendo y se enciende el ventilador de techo. Empieza a girar en la máxima velocidad. “¿Sos loca? Con el frío que hace”, me dijo mi marido. “Yo no toqué nada”, le contesté. Va a mirar y la llave estaba en cero, pero el ventilador seguía girando. Pensamos que estaba haciendo algún falso contacto, así que mi esposo abrió la caja y arrancó los cables. Él con los cables en la mano, yo tapada hasta la nariz, los dos mirando el techo, viendo cómo el ventilador no paraba de girar.

—Pero...

—Llamamos al electricista. Vino con el tester. Midió. No había corriente en toda la casa. El ventilador seguía y seguía. Paró al rato, cuando quiso parar.

En Alguien camina sobre tu tumba, Mariana Enríquez organiza una crónica de viajes por algunos cementerios del mundo, entre los que está el cementerio de Martín García con sus cruces torcidas y sus lápidas de jóvenes conscriptos ahogados en el río. En un momento del texto, la guía que pasea a los visitantes suelta una línea perturbadora, imposible y a la vez perfecta: “Acá nadie se muere”.

Los caminos.

El sol está bajando y nosotros, con los kayaks mordiendo la arena, empezamos a pensar que hay que volver. Desde donde estamos se ve la costa de Martín Chico, Uruguay continental. Nos llevaría diez minutos de remo sostenido calar hasta ahí para salir derecho hacia Montevideo vía Carmelo. Si quisiéramos, si nos lo permitiéramos. Y si Prefectura de Uruguay no vigilara a cinco kayaks que viajan planchados sobre el agua baja como agujas flotantes.

Dejamos Timoteo Domínguez y volvemos remando por afuera, a río abierto. Doscientos metros a la izquierda tengo la costa y a mi derecha, el espectáculo del sol metiéndose en el horizonte, su formidable concierto de despedida. Como en Piriápolis, las ganas de mirar se estorban con las de aplaudir.

Cuando estamos por llegar a Martín García (cuando estamos por llegar a la Argentina, claro) vemos un cardumen de mojarras saltando unos 30 centímetros fuera del agua frente a una pared de juncos. La última luz del último atardecer revienta sobre las escamas y convierte a las mojarritas en chispas de fosforescencia repentina, en peces que son luciérnagas y lo son de día. Pero entonces llega un grupo de pájaros junqueros a devorar esas gotas de luz. Es un espectáculo magnífico y dramático. Hay luces que saltan de la superficie y vuelven a caer. Y hay luces que saltan y ya no vuelven más.

No me toca una noche limpia así que me quedo sin el show del cielo estrellado, pero el día siguiente alumbra con otro sol tremendo y la entraña de la isla se me abre en un mapa de senderos interiores. Que no me salga de ellos, me aconsejan, porque en la espesura del monte y el cañaveral está la yarará, está el yacaré. Que me pierda tranquilo por los caminos, me dicen, porque al final los caminos siempre te rescatan.

Isla Martín García. Foto: Fernando Ponzetto.
Una calle de la isla Martín García. Foto: Fernando Ponzetto.

Llego a las ruinas de la cárcel y a los restos de sus paredes con un metro de ancho rematados en ventanucos donde la reja de hierro no cede, aunque desde hace un siglo no haya a nadie a quien enrejar.

Llego al cementerio donde, tal cual, las cruces inclinadas obligan la colocación de un cartel en la entrada que explique que no hay explicación. “Se conjetura el probable origen masónico”, dice, apenas, como pidiendo disculpas por no saber.

Llego al Parque a la Memoria de los Héroes Comunes a Ambos Pueblos, 11 hectáreas de homenajes a la soldadesca argentina y uruguaya que cayó en combate frente a los realistas. Los dos escudos, las dos banderas y el mismo silencio para todos bajo el mismo sol de la mañana.

Llego a un confín, a un sitio que ya no tiene sitio siguiente, le dicen el Barrio Chino a este grupo de casas con los techos vencidos, caídos sobre los pisos, y con las nervaduras de las raíces abriendo por dentro las paredes. El Barrio Chino tiene un mirador, que es en verdad una garita renombrada. Dos escaleras consecutivas te dejan veinte metros arriba. Eso que está ahí, al otro lado del monte, es Uruguay. O tal vez ya lo sea el monte mismo. No lo sabemos, nadie acá lo sabe. La frontera está convenida, pero no delimitada. No hay mojón, ni línea de cal. Estoy acá arriba mirando un momento de nuestros países, el momento en el que los dos son el mismo y son ninguno, la frontera a ojo.

Llego a una plaza donde los adolescentes del secundario Pincén venden en porciones la tarta de manzana, los brownies, que cocinaron esta mañana. Hay una chica de 14 y un chico de 22. Son los únicos jóvenes que hay. También van a la pista de aviones en las noches y ponen música con sus teléfonos. Tienen un pasadizo rocoso por donde salen al río y se inventaron su propia playa. Hartos de que le entren a punta de faca en su casa de Lomas de Zamora, la familia de una de las chicas se vino, acá tenían un abuelo que los presentó en sociedad.

Llego, finalmente, al edificio de la Comisión Administradora del Río de la Plata (CARP). Y resulta que, mentira, queda un último uruguayo, el uruguayo del final: José Godoy, encargado de la CARP, administrador de las llaves, los salones y la lancha, nacido hace 66 años en Salto, 29 viviendo en la isla, con uno por delante para jubilarse. Y cuando se jubile el año que viene, ahí sí, entonces, se habrá ido de aquí el último oriental.

Godoy tenía 18 años cuando se alistó en la Armada y se pasó una vida en los mares. Cabo de cubierta primero, suboficial después, siempre en los buques que iban a buscar petróleo crudo de Venezuela, del Golfo Pérsico, y lo traían a Uruguay para que Ancap tuviera materia prima. Después valizó las costas, reparó boyas y tuvo a su cargo el faro de Punta del Este.

Hasta que respondió un llamado del Ministerio de Relaciones Exteriores y fue elegido como encargado de la CARP en Martín García. Recibió mandatarios y cancilleres en la época en que todavía se juntaban aquí. Hoy mantiene los protocolos y las relaciones con la administración argentina, especialmente con Prefectura y el equipo de Guardaparques Nacionales.

—¿Vos también te ibas a la noche a mirar las estrellas desde la pista de aviones?

—Por supuesto. Solía aparecer una manada de ciervos. No eran autóctonos, los trajeron allá por 1922. Después no los vi más.

—¿Y de verdad te vas a ir?

—Las cosas se terminan y en el 2022, 30 años de trabajo en la isla habrán sido suficientes. Hermosos y suficientes. Tengo mi casa en Ciudad Vieja. La vida que me quede la quiero vivir en Montevideo.

Vuelvo mezclado en dos contingentes. Los que vinieron por el día, los que están conmigo desde ayer. Una guía nos habla desde allá adelante. Es una mujer tostada por el sol, de frondoso pelo entrecano. Tiene unos auriculares en vincha, un micrófono que le queda frente a la boca y un parlante que le cuelga del cuello. Nos pregunta cómo la pasamos, qué comimos, qué cosas pudimos ver. Después agradece haberlos elegido para viajar:

—En nombre de La Cacciol…

La mujer se ataja, hace un silencio breve y después retoma:

—Perdón, perdón, es que fueron 22 años de mi vida.

¿Por qué se llama Martín García?
Isla Martín García. Foto: Fernando Ponzetto.

Desde que fue descubierta por la expedición de Juan Díaz de Solís en 1516, la isla fue un territorio en disputa y si lleva el nombre de Martín García es porque así se llamaba el despensero de aquella expedición, muerto a bordo de los barcos de Solís y enterrado en el suelo que a partir de ese momento llevó su nombre.

Su posición en el cauce del Río de la Plata la convirtió rápidamente en un territorio estratégico para la contienda naval y —como en un TEG de la historia— todos quisieron conquistarla porque plantar bandera en Martín García era tener ventaja táctica sobre cualquier enemigo.

La quiso España y la quiso Portugal. La quiso y la obtuvo Brasil hasta que la flota del almirante William Brown la recuperó para las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1826. La quiso y la obtuvo también Francia en 1838, pero para 1840 ya había sido devuelta y tres años después fue ocupada por las tropas de Juan Manuel de Rosas.

Cárcel, leprosario, fuerte naval, muralla cañonera, Martín García fue una pieza codiciada por todos y cada uno de los ejércitos que abrieron fuego durante la formación de nuestras naciones, en el incandescente siglo XIX, que la isla cerró recibiendo al indio derrotado por el etnocidio de las campañas del desierto. De todos los que tuvo, está claro que el cacique Pincén fue su primer preso ilustre.

En el arranque del siglo XX, se volvió la cantera de donde salía el adoquín para empedrar las calles de Buenos Aires. Y con las décadas y la desaparición de la guerra naval, se fue también su capital de enclave estratégico. A Hipólito Yrigoyen lo mandó José Uriburu y sufrió horriblemente los mosquitos. Juan Domingo Perón estuvo solo unos días hasta que las masas trabajadoras lo reclamaron en Plaza de Mayo y Arturo Frondizi cerró el itinerario de presidentes encarcelados en la isla.

En 1973 Argentina y Uruguay dejaron selladas las disputas históricas con el tratado de la CARP y hoy Martín García vende, cada fin de semana, su extraordinario paseo de la memoria.

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