Crónica de una fuga anunciada

Había 300 páginas con pruebas pero el profesor acusado de abuso no fue a la cárcel en Rivera

La fuga de un profesor que abusó de una alumna estremece a Rivera. Se le recrimina a la Justicia no enviarlo a la cárcel a tiempo. Docentes dicen que las denuncias en su contra no se investigaban. 

profesor rivera
Las denuncias de alumnas contra el profesor se multiplicaron con el hashtag #MeLoDijeronenelLiceo. Foto: Fernando Ponzetto

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Algunos docentes en Rivera lo apodaron el Ken Malibú. Rubio, ojos claros, cuerpo fornido. Una esposa hermosa y dos hijas hermosas: juntos eran la familia perfecta y él contaba con el respeto de sus pares por ser un “excelente” profesor de física, reconocen incluso los que detectaron desde el primer encuentro los indicios “vidriosos” de una personalidad “retorcida”.

En el ambiente estudiantil de Rivera, prácticamente no hay docente que no haya compartido un grupo, un turno o un pasillo con él. En dos décadas de carrera dio clases en varios liceos públicos y en escuelas técnicas, llegó a ser subdirector e incluso trabajó durante un período breve en el Instituto del Niño y Adolescente. En todos habría dejado su marca.

Entre sus excolegas, una decena confirman que desde hace más de 10 años se sabía que el profesor acosaba a varias de sus alumnas y alumnos, incluso la hija de una funcionaria fue su víctima. A algunos los acosaba sexualmente y a otros los agredía, denigrándolos frente al resto de sus compañeros. “Era vox populi”, dicen.

Por estas conductas acumuló sumarios. Según supo El País, había sido sumariado en Secundaria en 2008 y en UTU en 2018; algunas fuentes dicen que hubo “muchos más”. En ese entonces, las sanciones no impedían que durante la suspensión en un subsistema (por ejemplo, en un liceo) siguiera dictando clases en otro subsistema (como la UTU). “Si bien la normativa indica que Jurídica debe elevar la denuncia, se da la paradoja de que los subsistemas no cruzan la información”, plantea Fabián Almeida de la Federación Nacional de Profesores de Educación Secundaria (Fenapes).

La gran mayoría de las denuncias de alumnos contra él no se presentaron por escrito, lo que impidió el inicio de otras investigaciones administrativas. De acuerdo a diversos testimonios, distintos adscriptos y directores desanimaban a los estudiantes de seguir adelante “para no perjudicar a la familia tan linda del profesor”, o porque “mirá también con qué ropa venís a clase” o porque “es joven y hay que darle otra oportunidad”.

Eso era antes.

Hoy, el profesor es noticia nacional porque incumplió el arresto domiciliario por una condena de abuso sexual contra una alumna, se arrancó la tobillera que le había colocado la Justicia de Familia tras la denuncia de su exesposa por violencia doméstica y está prófugo.

Por esta denuncia de abuso fue sumariado por tercera vez, en marzo de 2019, y tras cumplir seis meses de suspensión siguió vinculado a las instituciones pero realizando tareas administrativas, “nunca en contacto con alumnos”, aseguran desde Secundaria.

Hoy, que su foto inunda las redes sociales del departamento con un cartel de “se busca”, la sociedad riverense está dividida en dos. De un lado están los colegas que lo defienden argumentando que es el “chivo expiatorio de las feministas” y del otro los que se indignan “porque no lo mandaron preso a tiempo”.

En las redes se leen a exalumnos que lo califican como una buena persona a la que “las chiquilinas se le tiraban arriba”, pero otros comentarios dicen cosas así:

—Fue mi profesor y ninguna podía ir a clases con pollera.

—Lo denunciábamos con la directora del liceo y lo tapaban y nos amenazaban para que no lo contáramos.

—Hacía tiempo que tenía denuncias en el liceo, estaba todo tapado, pánico le tenían las chiquilinas.

—Ese tipo ya llevaba tres sumarios, desde el 2005, y no le pasaba nada. Como adscripta tuve varios problemas con él por su soberbia y falta de respecto a los alumnos.

—Yo lo denuncié por perseguir a mi hijo ante la institución e hice la denuncia policial y nada le pasó. No entiendo —escribió la madre de una de sus víctimas.

Táctica perversa.

Cuando se le acercó en una reunión de padres pensó que era un hombre amable: “Me habló como un santo, yo nunca me fui a imaginar”. El profesor le dijo que su hija, una adolescente de 15 años, necesitaba clases de apoyo para mejorar su rendimiento en física y se ofreció a dárselas en el liceo, fuera del horario de clases. “¿Ella viene o usted la trae?”, le preguntó.

Esta adolescente tiene características que la diferencian del resto. Concentraba la atención de la directora de su antiguo liceo (el 6) y la del equipo de profesores del nuevo (el liceo 1); juntos habían ideado un plan de adecuación curricular para encontrar la mejor manera de enseñarle. La joven había crecido en Montevideo con un padre golpeador, que terminó preso por la violencia que ejercía sobre su familia y le provocó un bloqueo emocional que según estudios psicopedagógicos la hacen sentir y comportarse como una joven tres años más chica. No sabe volver sola del liceo a su casa, por ejemplo.

“Es una adolescente que llama la atención por su autoestima bajísima. Siempre sola, callada, tímida”, describe una docente que la tuvo bajo su tutela durante dos años. “Pero no tenía problemas de aprendizaje, era otra cosa. La forma de trabajar con ella para que aprenda requiere que se le inspire confianza y que se sienta cómoda”. Ese era el propósito de los profesores, incluido el de física. “Era una alumna tan protegida... Queríamos que dejara el liceo preparada para defenderse. Lo que este hombre le hizo fue como si hubiera atacado a toda la institución”, opina.

acoso

A pesar de su legajo, INAU lo contrató para trabajar en un hogar femenino

Unos años atrás, cuando el INAU lo contrató como administrativo en el hogar femenino, se conocía el legajo del profesor, admite Enrique Guadalupe, actual Director Departamental. “Se sabía, pero eso corría por otra vía, en Secundaria”, agrega. Trabajó algunos pocos años y renunció. ¿Durante ese tiempo acosó a alguna menor? “No”, asegura Guadalupe. Sin embargo, una excompañera relata que “permanentemente buscaba la manera de meterse donde estaban las chiquilinas”. Una mañana, una chica se quejó de que había entrado al cuarto mientras dormían. Era verano y dormían en ropa interior. “Me dijo que estaba cambiando una bombita. Otra vez lo agarré jugando guerra de almohadones con las chicas. Otra vez lavando verduras mientras ellas estaban en la cocina. Me cansé de escribir informes. Hasta que lo mandaron a otra oficina y terminó renunciando”, dice la fuente.

En octubre de 2018 había comenzado a asistir a clases de apoyo con el profesor. Su madre la esperaba en el corredor, ella entraba sola al laboratorio. Más tarde, en la pericia forense que encargó la Fiscalía, surgiría que en una de esas instancias el profesor habría abusado de ella tocándola por encima de la ropa y que en otra lo habría hecho por debajo, entre varios abusos. Una de esas veces, otra estudiante entró a la clase y notó un clima extraño; más tarde previno a la adolescente de que se cuidara porque “todos sabían que ese profesor era un acosador”.

Entonces empezó a cambiar. “Estaba agresiva, no dormía y decía que la iban a matar, vivía asustada”, cuenta la madre. Una noche la adolescente le confesó a la abuela: “Tengo un problema con un profesor que me hace cosas feas”. La charla duró hasta las tres de la madrugada.

Le contó que el profesor le había pasado su número de celular por la plataforma de Secundaria y que le había hecho crear un perfil de Facebook falso para comunicarse. Por ahí, le enviaba fotos y videos obscenos. Empezó a pedirle que ella hiciera lo mismo. Él le indicaba qué hacer, y luego de recibirlos, la obligaba a borrarlos. Le decía que estaba enamorado, pero que si contaba lo que hacían iba a usar sus conocimientos de karate para matar a su madre. A su vez, le advertía que si alguien se enteraba él perdería el trabajo y lo matarían por su culpa.

Pero quedaron mensajes sin eliminar. La madre tomó el teléfono, la tablet y al día siguiente fue al liceo 1. Era el 26 de marzo de 2019. Siguiendo las instrucciones que le había dado otra docente, sabía que debía ir a la dirección, a Inspección y a la jefatura: debía seguir esos tres pasos.

—No sabía que era tan grave. ¿Usted está segura señora? Mire que él es un profesor muy bueno, él pregunta qué nos falta y lo dona —le habría dicho la directora ese día, de acuerdo al relato de la madre.

Le extendió el celular para que viera las imágenes íntimas, pero se negó. Interrogó a la madre, a la alumna, elaboró un acta y le pidió a la madre que esperara la resolución de Secundaria antes de hacer la denuncia policial. Sin embargo, ella presentó la denuncia ante Delitos Complejos esa misma tarde y les entregó los dispositivos electrónicos.

Al día siguiente, habló con la directora.

—¿Usted no hizo la denuncia en la jefatura, verdad señora?
—Hice.
—Pero señora, habíamos quedado que hacíamos la denuncia por Secundaria.
—Usted quedó, yo le dije que iba a ir a la Policía también.

La directora le cortó el teléfono, cuenta la madre. En esa época, el profesor de física también era subdirector del liceo 5 y estaba suspendido de su cargo en la UTU por haber acosado a un alumno de primer año. Lo denigraba. Una vez, había llevado a su hija menor al salón y le había dicho al joven que hasta su niña era más inteligente que él. “El chico le tenía tanto miedo, que se hacía en los pantalones. El docente de la siguiente hora le permitía ir al baño a cambiarse”, narra Ricardo Olivera, el director de la escuela técnica que recibió la denuncia y llevó la investigación.

Denuncias complejas.

En agosto de 2019 ocurrió la audiencia de formalización. Esa tarde, tres personas esperaban afuera del juzgado en señal de apoyo; una joven sostenía una pancarta violeta que decía “por una educación sin abusos sexuales”.

En octubre de 2020 comenzó el juicio oral. Por esa época, tras las denuncias anónimas bajo la consigna “Varones del Carnaval”, se popularizó en Instagram el hashtag #MeLoDijeronEnElLiceo. Por esa vía, en Rivera empezaron a acumularse denuncias contra este profesor, entre otros.

Desde un colectivo feminista y la Fiscalía intentaron recopilar testimonios. Sin embargo, la fiscal Alejandra Domínguez recuerda que únicamente se acercaron un par de varones que habían sido maltratados por él y una mujer, a la que le había enviado mensajes obscenos siendo su alumna. Sus padres habían hecho la denuncia, pero no prosperó en la Justicia.

“Ninguna se animó porque somos una ciudad chica donde pesa mucho el tabú. Es la palabra de ellas —alumnas sin apoyo— contra la de un docente con varios sumarios que siguió trabajando igual a lo largo de años”, opina una docente.

El protocolo de Regulación de la Atención y Prevención del Acoso Sexual de la Administración Nacional de Educación Pública indica que, más allá del procedimiento administrativo, en el caso de que la víctima sea menor de 18 años “la autoridad deberá comunicar el hecho de forma fehaciente e inmediata al juzgado competente”.

rivera profesor
Sobre el profesor de física pesan al menos tres sumarios por acoso sexual y moral hacia alumnos. Foto: F. Ponzetto

Según confirma la fiscal Domínguez, Secundaria no presentó la denuncia en el ámbito penal, aunque sí existió una comunicación entre instituciones para conocer los avances, puesto que hay un sumario. Secundaria, a su vez, recrimina que la sentencia no les fue comunicada a tiempo. “Debe haber mucha más articulación”, concluye la directora general Jenifer Cherro.

La jerarca asegura que siempre que se toma conocimiento de la vulneración de un derecho de un menor, la institución tiene la obligación de denunciar. Pero distintas fuentes de Rivera dicen que esto no es lo que sucede cuando la denuncia involucra a un docente. “Lamentablemente, lo común acá es que esas denuncias queden entre cuatro paredes, en un informe que hace la dirección de turno y se eleva a Secundaria y algunas veces ni siquiera llegan ahí. No se trasladan a la Justicia”, reconoce Almeida, de Fenapes.

En tanto, los directores de las instituciones deben armar una comisión interdisciplinaria para promover la difusión de la guía de prevención del acoso sexual. Una docente asegura que en ninguno de los siete liceos en los que trabajó se armó esa comisión. “El protocolo siempre queda en un cajón”, sentencia.

Alertas y señales.

Agosto de 2019, audiencia de formalización en Rivera. La madre de la adolescente abusada por el profesor escucha al juez determinar que, al no considerar que hay riesgo de fuga, el indagado esperará el juicio bajo el régimen de libertad vigilada. Se le viene el mundo abajo. Él da su dirección de residencia y la desesperación de la mujer crece: es un galpón ubicado a una cuadra y media del liceo donde asiste su hija y a media cuadra de su casa.

La investigación avanza y surgen pruebas de que habría habido un abuso sexual agravado. La fiscal Domínguez pide una nueva audiencia para ampliar la formalización; solicita una condena de 10 años y vuelve a insistir con la prisión preventiva: el indagado tiene un trabajo en Santana do Livramento y cruza la frontera a diario. La Justicia mantiene la libertad vigilada.

Unos meses después, la esposa del profesor se separa y lo denuncia por violencia doméstica. Por esta razón, un juzgado de Familia indica que se le coloque una tobillera.

Avanzamos a noviembre de 2020: fin del juicio oral. La jueza determina una condena de cuatro años y seis meses de penitenciaria (a la que suma la pena accesoria que le prohíbe trabajar cerca de menores por una década). “Apelé la sentencia porque hubo una confusión en el fallo. Si bien el abuso sexual agravado se dio por probado, la jueza no lo tuvo en cuenta para determinar la condena”, dice la fiscal. El victimario también apela: quiere la absolución.

En esta ocasión la Justicia vuelve a indicar que, como el indagado se presentó a todas las instancias del proceso, no demuestra riesgo de fuga. Decide que aguarde a que se expida el Tribunal de Apelaciones en régimen de libertad vigilada, con la prohibición de salir del país.

Por esos días, la madre de la víctima y la fiscal recepcionan todo tipo de videos enviados por vecinos. Muestran al profesor en Santana do Livramento en bares, en supermercados, en el gimnasio. Incluso viajó a Porto Alegre. En tanto, mediante un apoderado, él hizo valer su derecho de funcionario efectivo y tomó nuevas horas en Secundaria. Hasta que no esté la sentencia firme, la ley se lo permite y percibe un sueldo por ello (sin dar clases).

La fiscal reúne 300 páginas como prueba de los incumplimientos y, con la certeza de que el profesor está planeando su fuga, pide una audiencia urgente para cambiar la medida cautelar a prisión preventiva. Esto pasó en enero. “La jueza decidió que seguía sin haber riesgo de fuga y cambió la libertad vigilada por un arresto domiciliario”, dice la fiscal.

El jueves 11 de febrero, la Dirección de Monitoreo Electrónico del Ministerio del Interior avisa que la tobillera había sido desconectada. La Policía ingresó a la vivienda de una vecina del profesor y desde allí constató que en su casa ya no había muebles. La tobillera estaba colgada. Para Olivera, el exdirector de la UTU, este gesto fue su última burla al sistema.

La fiscal pidió la extradición. “Lo vamos a encontrar”, confía. “Tarde o temprano va a cruzar porque no tiene documentos brasileños y acá están las hijas”.

Mientras tanto, la madre de la víctima siente que no puede despertar de una pesadilla. Se enteró de la fuga por la televisión. No la han llamado ni desde Jefatura ni desde Fiscalía. La adolescente no tiene custodia: la abogada le dijo que pediría protección “si veía que era necesario”.

—Nosotras estamos encerradas. De mi casa nadie sale. A mi hija no la dejo ni siquiera asomarse a la calle.

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