ENTREVISTA CON GORKA ORIVE

COVID: ¿qué se espera para los próximos meses? La mirada de uno de los científicos más influyentes

Gorka Orive es uno de los principales divulgadores en español sobre el COVID. En charla con El País, habla de las vacunas, la variante Delta y la "pobreza galopante" que deja la cuarentena.

Gorka Orive.
Gorka Orive es profesor de farmacia en la Universidad del País Vasco e integra la lista de Stanford de los científicos más relevantes.

Es uno de esos científicos que, con el COVID-19, han trascendido fronteras y se han hecho famosos a nivel global desde las redes sociales. Un divulgador en una época en la que la gente está ávida de leer y necesita que le expliquen qué está pasando. Ese es el rol que asumió Gorka Orive, profesor titular de farmacia en la Universidad del País Vasco, investigador y fundador de la startup biotecnológica Geroa Diagnostics, especializada en el diagnóstico de Alzheimer. Desde que empezó la pandemia hasta ahora su cuenta de Twitter pasó de unos 4.000 a 64.000 seguidores y sigue subiendo. “El aumento fue espectacular, unos 1.000 seguidores por semana”, cuenta Orive —de 44 años— a El País al final de su jornada laboral en la ciudad vasca de Vitoria.

“Yo tuiteaba más bien en inglés. El aumento de seguidores no estaba entre mis objetivos, soy sincero. Solo que cuando comenzó esto, empecé con una lectura importante de artículos y pensé que Twitter era un buen canal para comunicarme con la gente en lengua castellana y poder compartir con ellos la información”, afirma Orive.

Lo que sigue es una charla para pasar raya a lo que ha sucedido hasta ahora en la pandemia, con un investigador que por estos días busca ayudar a entender cómo es el mundo en el que vivimos hoy y el que se viene. Una mirada desde España sobre las consecuencias de un virus que afecta a todo el planeta desde hace un largo y pesado año y medio.

—Gorka, usted utiliza sus redes sociales para brindar cada día información nueva y análisis sobre la pandemia. ¿Por qué?

—Conceptualmente creo que un investigador del siglo XXI debe divulgar ciencia y ayudar a que se comprenda. Esa es parte de nuestra labor. Y en una situación de emergencia sanitaria mundial como la que hemos tenido —donde había tantas dudas, inquietudes y fake news—, me pareció muy interesante primero aprender yo, conocer qué ocurría, y luego poder compartirlo con quien quisiera leerlo. Para eso utilicé Twitter.

—¿Se considera un divulgador científico, entonces?

—Me considero un investigador y un docente. Y realizo una actividad investigadora muy importante. Estoy dentro de la lista de Stanford del dos por ciento de los investigadores más relevantes del mundo. Teniendo en cuenta las publicaciones del siglo XXI me encuentro en el número 1 de España y 38 del mundo (en su especialidad). Esa es mi principal función. Pero sí creo que a estas actividades le he añadido, aunque sea coyunturalmente, la divulgación científica.

TWITTER

Científicos que ganan fama e influencia en redes

Los científicos pueden ser muy buenos en lo suyo, pero no siempre tienen por qué tener capacidad para comunicar. De todos modos, Internet y las redes sociales se han convertido en una eficiente vía para que muchos académicos aporten información y se comuniquen con la población. Pero también es una herramienta riesgosa.

Al igual que sucede con Gorka Orive en España, en Uruguay Julio Medina (director de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas) es uno de los científicos que más utiliza las redes, a veces con más de un tuit por día. A nivel global un científico que se hizo muy famoso, casi una estrella de las redes sociales, es el epidemiólogo Eric Feigl-Ding, quien tiene 529.000 seguidores y el año pasado polemizó con el gobierno mexicano, cuando publicó que en ese país había más de 50% de positividad. “Estoy llorando por México”, escribió. Sin embargo, algunos de sus colegas, incluso quienes han compartido trabajo con él en Harvard, lo han criticado por sus dichos públicos. Ha sido calificado como un “charlatán” y “un tipo sin ningún tipo de antecedente”, según reseña Infobae, entre otros portales.

—Hablemos de la pandemia. Con la vacunación avanzada en varios países, ¿estamos en un punto de inflexión?

—En realidad el contexto en el que se haga el análisis cambia muchísimo. Porque esta pandemia afecta a todo el globo, pero el proceso de vacunación, la tecnología y las posibilidades económicas de los países para hacerle frente tienen un peso muy importante en la evolución. Hay países que todavía no han recibido dosis de vacunas para poder proteger a su población y otros como Israel que prácticamente han vacunado a todo el mundo que así lo quiso. Por lo tanto, hay una graduación muy importante. Pero lógicamente nos encontramos de forma genérica en un proceso progresivo de vacunación, y donde las variantes —especialmente la última, Delta, de origen indio— representan un problema y un desafío a la hora de hacerle frente sobre todo en la población no inmunizada.

—Claro, porque hay algunos países como Israel, Estados Unidos y Canadá que tienen un porcentaje de vacunación muy alto y con vacunas como la de Pfizer y Moderna que son de ARN mensajero y que han mostrado ser las más efectivas.

—Sí, por lo menos son de las que más datos existen. Se precisa más tiempo para hacer un estudio pormenorizado y ver cómo han funcionado las vacunas. En ese grupo de países que usted cita, y quizás me permito añadir Reino Unido a la lista, se han utilizado básicamente las vacunas basadas en la tecnología de ARN mensajero: Pfizer y Moderna. Aquí en Europa también ha sido muy utilizada Astrazeneca y ahora la de Janssen. Yo diría que esas cuatro son las que más experiencia hay en América del Norte y en Europa. Y, la verdad, es que los datos existentes, especialmente de las ARN, están siendo muy satisfactorios, en cuanto a su efectividad, seguridad e incluso en la capacidad de poder bloquear la transmisión asintomática del virus. Esto es, ser una vía muerta para la infección del virus. Por lo tanto, estas personas inmunizadas incluso no transmiten el virus. No lo pasan a otras personas en caso de infectarse.

—Usted escribió hace unos días en su cuenta de Twitter que la efectividad y los resultados de estas vacunas de ARN mensajero “son espectaculares”. ¿Podemos decir que hay una diferencia notoria entre esas vacunas y las otras?

—Bueno, hay datos de eficacia basados en los ensayos clínicos y luego unos datos de efectividad ya en la población real. La aparición de las variantes, desde Alfa a Delta, tiene un impacto decisivo en estos análisis de eficacia. Las vacunas de ARN mensajero se comercializaron y aprobaron con ensayos clínicos realizados sobre la cepa original. En cambio, las últimas vacunas, como CureVac (que en los recientes estudios mostró una eficacia de solo 47%) o Novavax se enfrentan a una situación donde hay más variantes que incluso son resistentes. Por lo tanto, yo creo que la comparación uno a uno no se puede realizar. Son contextos diferentes. Pero en líneas generales diría que casi todas las vacunas que tenemos son altamente eficaces frente a la enfermedad grave, incluso frente a las variantes más peligrosas. Una cosa es que igual me pueda infectar y tener síntomas y otra cosa es que esa enfermedad me lleve al hospital y tenga un riesgo serio. Ahí es donde las vacunas demuestran ser altamente eficaces.

—Aquí en Sudamérica los dos países que llevan la delantera en la vacunación son Uruguay y Chile. Y en ambos casos vacunaron a parte de la población con Pfizer y a otra parte con la china Sinovac. Y se da que la cantidad de casos no ha descendido tan rápido como en otros países. ¿Eso puede estar vinculado a que Sinovac no es tan efectiva para cortar los casos asintomáticos o leves, por ejemplo?

—Es una cuestión más compleja, que tiene muchas aristas. No es tan simple. Hay que ver qué grupos poblacionales se han infectado, cómo, cuándo, qué medios existen en cada país para el seguimiento de los casos, qué medidas de prevención está tomando la población... Quiero decir que comparar la eficacia de las vacunas ahora mismo, es un poco anticipado. Cada país tiene sus propias circunstancias y ritmos. Y culturalmente somos diferentes: no podemos comparar Uruguay, Argentina o España con Suecia, donde las relaciones sociales se hacen de otra forma.

—Le preguntaba porque Uruguay lleva más del 60% de la población con una dosis y más del 40% con las dos. Es un buen porcentaje, pero la tasa de casos y muertes, aunque está a la baja, por ahora sigue siendo alta.

—Aquí en España, en cambio, se ha ido vacunando de forma progresiva por edad y eso ha permitido inmunizar al grupo más vulnerable. Porque desde el inicio de la pandemia el 95% de los fallecidos tenía más de 60 años. Por eso han bajado hospitalizaciones en relación a la cantidad total de infecciones. Pero hay que seguir manteniendo las medidas de prevención, sobre todo en el grupo más joven, que está sin inmunizar y se enfrenta a la variante Delta. En Europa la ambición es lograr la “inmunidad de grupo” para finales de nuestro verano.

Teatro en Londres. Foto: AFP.
Un teatro en Londres, tras la reapertura y el progresivo retorno a la normalidad, a pesar de la variante Delta. Foto: AFP.

—¿Y allí cuán cerca de una vida normal están en estos días? ¿Han retomado las actividades sociales, por ejemplo?

—Estamos en un proceso de desescalada progresiva, con apertura de espacios nocturnos y de ocio, incluso hasta las dos de la mañana, aunque eso varía según cada comunidad autónoma. El riesgo son los espacios cerrados donde nos quitamos la mascarilla y estamos mucho tiempo. Ahí es donde existen los mayores problemas. Desde este sábado 26 de junio ya no es obligatoria la mascarilla en los espacios abiertos. Es un momento histórico y clave en la desescalada psicológica.

—Sí, y la salud mental es algo que ha sido especialmente complicado en todos los países.

—Absolutamente. La pandemia no solo ha dejado infectados y fallecidos, ha dejado una enfermedad crónica —la COVID larga o persistente, con síntomas que perduran cuatro a seis semanas después de la infección en miles y miles de personas— pero también como, usted dice, ha dejado una sombra y una repercusión emocional muy importante en todos los estratos de edad. Desde los jóvenes a los mayores las medidas restrictivas han sido duras y lógicamente la ansiedad y la depresión están en aumento. Esta es otra consecuencia de esta pandemia y veremos cómo nos enfrentamos como sociedad en el futuro.

—¿Y le parece que el tapabocas —ese elemento tan lejano para muchos hasta hace poco tiempo— llegó para quedarse y evitar contagios de enfermedades?

—Nosotros culturalmente no teníamos el hábito del uso de la mascarilla. Ni conceptualmente introducido… y ha sido un paso complejo. Supongo que en Uruguay pasó lo mismo. El principio en España no la usábamos bien. Ahora ya está más estandarizado y hemos sido un país bastante cumplidor. Me imagino que ese proceso de desescalada será progresivo, primero en espacios abiertos, pero yo sí creo que es una herramienta necesaria en determinados ámbitos. Las urgencias de un hospital, donde uno puede estar en una sala conviviendo con 20 personas con diferentes problemas, son un nicho perfecto para que uno se vaya con una gripe o una enfermedad respiratoria. Por lo tanto, ahí o en lugares como en el transporte, sigue siendo fundamental. Sobre todo en grupos vulnerables que puedan protegerse, incluso frente a la gripe, que todos los años provoca miles de muertos.

Estados Unidos donará 500 millones de dosis de Pfizer al resto del mundo para acelerar el proceso de vacunación global. Las desigualdades en el acceso a las vacunas han sido otro drama de la pandemia. ¿Cómo ve el tema

—Esta crisis sanitaria vuelve a demostrar el impacto de la geopolítica, el nacionalismo de vacunación, el “yo primero vacuno a todos los míos y luego paso vacunas al país de al lado”, la coyuntura compleja de poder estar vacunando a los niños en un país y en otro no muy lejano tenemos a la población mayor de 60 años sin vacunar. Los países ricos han fracasado en diseñar un sistema de vacunación global equitativo y dinámico. Incluso a pesar de iniciativas como Covax, que no están dando los frutos deseables. Eso no es solo un problema de los países en vías de desarrollo que no puedan ir al ritmo de vacunación deseado. Es un problema global y colectivo. Esa continuidad del virus incontrolada en algunos países, solo genera más variantes que quizás se puedan convertir en amenazas incluso para aquellos que vacunaron a toda su población.

—Una gran interrogante por resolver es la duración de la inmunidad que otorgan las vacunas. Como científico que está constantemente leyendo información, ¿cree que será necesaria una tercera dosis al menos para algunas vacunas?

—Es una buena pregunta pero no tengo la respuesta. Se desconoce aún la duración de la inmunidad producida tanto naturalmente como por las vacunas. Habrá que valorar bien si será necesaria una tercera dosis y cuándo. Hay que equilibrar muy bien los intereses de algunas farmacéuticas por continuar con pautas de administración frente a la realidad de los datos científicos.

—¿Cuán grave le parece que es la situación vinculada a la variante Delta y cómo se frena?

—Esa variante acumula dos aspectos preocupantes: su mayor transmisibilidad (tiene un R0 hasta tres veces superior a la cepa original) y su resistencia parcial a las vacunas. Pero, vamos, las vacunas en su conjunto son capaces de evitar una enfermedad grave. ¿Dónde es peligrosa la variante Delta? Sin duda alguna en toda la población que no está vacunada o que está parcialmente vacunada. Ahí es donde hay que extremar las medidas de seguridad.

Lo que viene y las medidas de los gobiernos.

—¿Cómo se imagina el futuro de la pandemia? A corto plazo, ¿podremos finalmente llevar una vida parecida a la de antes?

—Vamos a ver. Yo creo que este virus se convertirá en un virus estacional, que estará con nosotros porque aún hay mucha gente sin vacunar que se seguirá infectando... Pero creo que se logrará un equilibrio y no es descartable que las pautas de vacunación deban mantenerse en cierto modo. Yo entiendo que ahora estamos en una situación más positiva, aunque como decíamos hay muchos países que aún no tienen acceso a las vacunas. Quiero ser optimista.

—En Uruguay se ha discutido mucho sobre la necesidad de aplicar o no medidas para reducir la movilidad y frenar el virus. Aún casi todo el país está en el color rojo según el índice de Harvard, pero el gobierno se ha mantenido firme en que no hay que ir a medidas de confinamiento. En España pasaron períodos con medidas duras. ¿Cuál es el camino correcto?

—Las medidas de restricción a la movilidad en general tienen un impacto positivo a nivel epidemiológico, en cuanto a la transmisión del virus. Uno logra que el virus no se disemine de una forma tan descontrolada. En España hemos pasado por momentos de restricción absoluta, en nuestro domicilio, y eso ha tenido un impacto muy importante porque el virus prácticamente desapareció. Ahora, eso ha tenido consecuencias sociales, económicas, psicológicas —y si me apura— emocionales brutales. Entonces, hemos sabido aprender a aplicar todas estas medidas de una manera más controlada, sin olvidar que en muchos casos todo ha sido muy empírico.

—O sea, no todo es blanco o negro.

—En general casi nada es blanco o negro, y en biología, medicina y en esta situación, tampoco. Como le digo, lo mejor para evitar las infecciones sería que todo el mundo permaneciera siempre en su casa. Pero esto haría que la vida de una sociedad quedara totalmente limitada, desde el punto económico y social. Los seres humanos estamos diseñados para interactuar socialmente. Por eso hay que buscar un equilibrio. En países como los nuestros donde el ocio y la hostelería tienen un impacto tan importante en el producto interior bruto, lógicamente que el cierre de todos estos sectores podrá ser bueno para controlar las infecciones, pero también es malo porque genera una pobreza galopante que también se traduce en más enfermedad al fin y al cabo. Han sido momentos críticos y por cierto nada sencillos para la toma de decisiones de los gobiernos.

—Se imagina que en países como los de Sudamérica, más pobres, las medidas restrictivas son aún más complicadas para la economía.

—Sin duda. Mire: un editorial en The Lancet decía que esto no es una pandemia, sino una sindemia. Y eso implica que los aspectos socioeconómicos tienen un impacto decisivo. Un país más pobre, donde muchos trabajadores no tienen protección social y deben salir a buscar cada día el pan para comer, no permite determinadas medidas. 

TRATAMIENTO

La esperanza de los anticuerpos monoclonales

El ministro de Salud Pública, Daniel Salinas, confirmó que el gobierno busca financiar a través del Fondo Coronavirus la utilización del fármaco Tocilizumab en pacientes afectados por COVID-19. Se trata de un anticuerpo monoclonal que tiene como mecanismo de acción disminuir la respuesta inflamatoria entre el virus SARS-CoV-2 y el sistema inmune.

Al respecto, Gorka Orive dice que los anticuerpos monoclonales “son una terapia que se ha empleado no solo para situaciones ya graves, donde hay un proceso de inflamación subyacente para evitar esa tormenta de citoquinas, sino también de forma previa en los inicios” de la enfermedad. Se trata de “un conjunto de cócteles, de anticuerpos, que administrados en este proceso tras la infección, evita que la replicación del virus y su división sea muy grande y por lo tanto limita las consecuencias de la enfermedad”. A su juicio, “pueden ser un buen mecanismo de control “, aunque sea un tratamiento muy costoso.

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