HOSPITAL EN OBRA

El costo de la dignidad: lo hecho y lo pendiente en el Pereira Rossell

La dirección actual del Pereira Rossell lleva gastados unos 10 millones de dólares en infraestructura y equipamiento. Mientras los sectores beneficiados celebran el fruto de años de reclamos, los postergados sufren las carencias más básicas con la "ñata contra el vidrio".

Recorrida con Gabriel Peluffo por el Hospital Pereira Rossell. FOTOGALERÍA
Hospital Pereira Rossell. Foto: Ariel Colmegna
Hospital Pereira Rossell. Foto: Ariel Colmegna
El tercer piso de internación está en obras hace seis meses y aún falta. Foto: Ariel Colmegna
Hospital Pereira Rossell. Foto: Ariel Colmegna

Ciento diez años de existencia, 15 edificios, cinco mil funcionarios y otros miles de pares de pies que transitan cada día sus calles, conforman la pequeña gran ciudad que es el Hospital Pereira Rossell. Allí inician su vida 7.000 uruguayos por año. En su emergencia se reciben hasta 6.000 consultas en un mes invernal. Con esta composición de lugar es de prever que el centro de referencia público en lo pediátrico y en lo ginecológico se enfrente a un desafío constante: mantener en estado decoroso sus instalaciones.

Para Gabriel Peluffo, la palabra es dignidad. "Uno de los principales motivos por los que estamos acá, uno de los tantos, es mejorar la hotelería de los pacientes pediátricos. Los pacientes acá tienen que estar instalados dignamente", dice en forma tajante el actual subdirector del hospital de niños durante una recorrida pactada, justamente, para mostrar lo logrado en estos dos años y medio de gestión, pero también aquellos espacios que aún no han sido tocados por la varita mágica del plan de obras.

Uno de esos lugares es el servicio de Neuropediatría, adonde van a parar los niños en edad escolar, con bajo rendimiento, que idealmente llegan con un informe de la maestra y una evaluación psicológica que indica la pertinencia de la consulta médica. El servicio dispone de policlínicas especializadas: neuropsicología, evaluación y orientación en primera infancia, oncología, enfermedades neuroinmunológicas, epilepsia, dieta cetogénica, parálisis cerebral, enfermedades neurometabólicas o neuromusculares, entre otras, pero carece de ciertas virtudes mucho más básicas.

El día anterior a la recorrida, Peluffo oyó por teléfono la lista de carencias con las que convive Neuropediatría en el Pereira. Algunas fueron señaladas en un informe elaborado por el exjefe de ese servicio, Alfredo Cerisola, para la auditoría interna de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) en marzo de 2017; otras fueron relatadas a El País por funcionarios de ese servicio que no quisieron ser identificados. Humedades y filtraciones de agua por los techos, frío que impide desvestir a los niños en invierno y calor asfixiante en verano, ratas que se comen las historias clínicas y el papel camilla, falta de espacio, escasez de consultorios, un área abandonada en la que ha habido incendios y en donde se han instalado intrusos a dormir, baños que no funcionan, personal cansado de reclamar, la renuncia del encargado, la falta de un reemplazo y más.

El CTI neonatal fue una de las primeras obras. Hoy tiene el equipamiento más avanzado del país. Foto: A. Colmegna
El CTI neonatal fue una de las primeras obras. Hoy tiene el equipamiento más avanzado del país. Foto: A. Colmegna

Ese día, luego de escuchar en silencio, Peluffo quiso saber quién había dicho cada cosa. "La situación edilicia del hospital la vamos mejorando en la medida de lo posible", afirmó, molesto, para luego referir a "problemas personales" de quienes supuso que provenía la información. Enojado, los acusó de resentidos.

"Te invito a que vengas y veas", soltó en medio de los reproches, y volvió a quedar en silencio ante la respuesta afirmativa. "Te muestro todo, los consultorios nuevos, en qué condiciones trabajan los especialistas de todo el ambulatorio, y vos comparás". Hecho, hasta mañana.

Al día siguiente Peluffo está de mejor humor y ofrece su tiempo para exhibir lo que se quiera ver. Comienza a paso veloz, con explicaciones breves y cierto recelo. De a poco va cediendo para terminar mostrando con generosidad cada rincón en más de tres horas de recorrida. Le da la palabra a médicos y encargados de servicio, tanto para hablar de las mejoras como para canalizar sus quejas. No pretende ocultar dificultades ni escatima en adjetivos negativos en cada área descuidada del hospital. En un momento pide disculpas por la reacción del día anterior: "Es que tengo la camiseta muy puesta".

Lo aprendí con sangre.

El sector de internación de niños se despliega en siete pisos del edificio que tiene entrada por la calle Pedro Campbell. Lo primero que muestra Peluffo es el área de aislamiento, antes llamada "infecto-contagioso", en el segundo piso. Allí hay varias habitaciones, una al lado de la otra, separadas por ventanales de vidrio en vez de paredes.

—Este sector está deteriorado. Tiene estas comunicaciones de vidrio de un lugar para otro, que no deberían estar.

—¿Se debe a una concepción histórica del hospital?

—Sí, está muy vinculado a tratar a la gente sin respetar su intimidad. La gente está como en exhibición.

Dice Peluffo que aquí hay baños anulados por "temas de drenaje", y agrega que cada habitación debería tener su propio baño para ser considerada de aislamiento real. Elige comenzar por uno de los lugares que la dirección tiene en el debe, pero es porque está previsto que en 45 días entre en obras. Por cada dos salas habrá una y media. Cada una tendrá su baño. Habrá 26 camas de aislamiento.

El tercer piso de internación está en obras hace seis meses y aún falta. Foto: Ariel Colmegna
El tercer piso de internación está en obras hace seis meses y aún falta. Foto: Ariel Colmegna

En uno de los pisos gemelos, el primero, los ventanales ya fueron sustituidos por yeso, la instalación eléctrica fue cambiada, las luminarias son nuevas, las camas también, la calefacción funciona y los baños se pueden usar, la pintura es reciente y hay salas de estar para funcionarios y familiares. Peluffo aclara que algunas de las mejoras de este sector se hicieron en el período anterior. Asegura que lo que se ve es resultado de un consenso entre los jefes de servicio de todo el hospital y la dirección, y que es el modelo que se replicará en los siete pisos del edificio.

La refacción del primero llevó seis meses, pero la dirección aspira a acelerar los tiempos para el resto. El tercer piso está en obras hace seis meses y aún falta para poder utilizarlo. Peluffo es optimista y ansioso, pero parece haberse dado un baño de realidad en temas de gestión: "Te dicen 60 días pero siempre demoran más. Eso lo aprendí con sangre", dice.

Sigue el trayecto hasta llegar al CTI de niños: aquí es donde Peluffo cree haber hecho su mayor contribución. Cuando comenzó el período, contaban con entre 11 y 13 camas. Ahora hay entre 18 y 20. Se tornó operativo un sector que no se usaba por carencias de infraestructura menores y falta de personal. En el CTI están los funcionarios mejor pagos del hospital.

El CTI de niños pasó a tener de 11 a 13 camas disponibles a entre 18 y 20. Foto: Ariel Colmegna
El CTI de niños pasó a tener de 11 a 13 camas disponibles a entre 18 y 20. Foto: Ariel Colmegna

Esas siete, ocho o nueve camas de más hicieron posible una reducción de los niños transferidos a CTI externo, de 180 en el invierno de 2016 a 60 en el de 2017. Aún no se sabe el impacto presupuestal, pero los médicos ya han registrado mejoras en la mortalidad, la morbilidad y el tiempo de estadía, todo lo cual ensancha el pecho de Peluffo.

—Yo creo que esto es lo más importante que hemos hecho en este tiempo, y probablemente lo más importante al día que nos vayamos.

Camino a la emergencia, Peluffo cuenta que el block quirúrgico fue parcialmente tocado por la varita mágica —se compró un equipo de endoscopía, dice, pero falta invertir en la anestesia y en la sala de operaciones—, pero lo que realmente cambió es que "se está operando más".

—¿Y cómo hicieron eso?

—Trabajando.

—¿Pero antes no trabajaban?

—Se pusieron las pilas en el departamento de enfermería, se mejoró el sistema de gestión clínica informatizándolo, y viendo bien cuál era el atraso real y cuál el ficticio… algunas personas estaban repetidas, otras ya no estaban en oportunidad de operación, otras ya se habían operado. Había servicios que estaban operando poco.

Cuando llega a la emergencia, Peluffo apela a la memoria de los visitantes para advertir la magnitud del cambio. Recuerda que era "un lugar inhóspito", que "se llovía". Hoy son varias salas diferenciadas en función de la urgencia de los pacientes, están relucientes y el aire acondicionado se hace sentir, hay boxes hechos a nuevo, y lo más relevante: un sistema de triage informatizado para clasificar las consultas. Hasta hace dos años se recibía a la gente por hora de llegada. Como resultado, en el invierno, entre 10% y 15% de los pacientes se iban sin atención.

Los equipos de la emergencia fueron adquiridos en períodos anteriores, pero el mantenimiento y el suministro de materiales implica una atención constante de parte de la dirección. En este momento, el foco está puesto en concretar la compra de un resonador para el hospital, que ya se está licitando. Entre que se planteó la necesidad, se justificó y se resolvieron los términos licitatorios transcurrieron dos años, dice Peluffo, y ante la expresión de asombro responde con el tono de quien ya conoce a fondo los escollos de la burocracia estatal.

—Es relativo si es mucho o es poco. El hospital va a tener un resonador.

"Está lindo el hospital si lo ves desde acá, ¿no?

Gabriel Peluffo empezó a trabajar en el Pereira Rossell siendo residente de Pediatría, hace unos 25 años. No se fue nunca más. Hoy, como subdirector del hospital pediátrico, devuelve el cariño en forma de gestión. Peluffo evita los ascensores y recorre el hospital a paso ligero, pero cada 10 minutos se encuentra con la pregunta de un paciente con dudas o un encargado con explicaciones sobre alguna decisión. A todo lugar donde entra pide permiso, disculpas, y desiste cuando percibe que puede estar molestando. "Hola, soy Peluffo", anuncia detrás de la puerta. En un momento se detiene, contempla la fachada recién pintada y suspira: "Está lindo el hospital si lo ves desde acá, ¿no?". Dice que lo encontraron "en franco deterioro", y que las obras priorizadas fueron en función de un diagnóstico trazado con todos los jefes de servicio.

Uno de los debes que más avergüenzan a Peluffo es el servicio de Otorrinolaringología. Foto: A. Colmegna
Gabriel Peluffo. Foto: Ariel Colmegna

Quedate solo un minuto.

Finalmente aparece la parte más postergada: el ambulatorio, el lugar donde los especialistas atienden la consulta de policlínica. La tensa calma del CTI o la emergencia se convierte en bullicio, emergen filas de gente procurando agendarse, los amplios pasillos están colmados, hay familiares sentados en el piso contra las paredes.

Entre los debes más vergonzantes, Peluffo incluye el estado del servicio de Otorrinolaringología.

—Esta parte está muy vieja. Los consultorios no son los adecuados. El primer verano que estuvimos acá con ellos, un día vinieron y nos dijeron que no atendían más porque realmente no se podía. Vengan a ver lo que es esto, nos dijeron. Había 40 grados, era imposible.

—No tenemos aire —le interrumpe una funcionaria.

—¿No están funcionando?

—No. Están para comprarlo, doctor. Ayer vino la doctora y dice que lo van a comprar. Vamos a ver —expone ella, no en tono de reproche, aunque sí con evidente desconfianza.

Entre los dos mencionan ciertas mejoras en el funcionamiento del servicio, casi como una defensa obligada, pero nada puede lucirse en espacios pequeños donde no circula el aire.

El grueso del ambulatorio se encuentra subiendo una escalera desde Otorrino, en un viejo edificio que, según Peluffo, será reconstruido en los próximos dos años de gestión. El objetivo es generar áreas comunes en las que todas las especialidades puedan atender, y consultorios específicos para las que tengan que hacer procedimientos.

Saliendo de ese edificio, llamado Alejandro Beisso, Peluffo conduce a los visitantes a otro aún más viejo y descuidado: el que fuera construido por el doctor Ricardo Caritat, donde funcionan Neuropediatría y Ortopedia Infantil.

En el edificio hay un sector abandonado que ha sido invadido por intrusos. Foto: A. Colmegna
En el edificio hay un sector abandonado que ha sido invadido por intrusos y sufrido incendios. Foto: A. Colmegna

—Este, el edificio en cuestión, no se priorizó. No solamente por nosotros, por ninguna de las administraciones anteriores. Hay sectores de este edificio que están notoriamente deteriorados. Algunos vinculados a la asistencia. Se llueve porque los desagües de las azoteas se tapan y se forman piscinas. Y cuando se destapan esas piscinas se inundan consultorios. Eso pasa. ¿Ves? Los consultorios están viejos y se llueven, pero no sé si es una realidad muy diferente a la que vimos en el otro lado —matiza.

Mientras Peluffo menciona las dificultades de trasladar este servicio al ambulatorio, a la vez que intenta explicar las responsabilidades que le caben a ASSE y las que para él corresponden a la organización que heredó la obra de Caritat, una doctora interrumpe.

—Ah, entrá acá, entrá acá. Entrá, a ver si podés estar. Un minuto. Un minuto.

—No, no, estamos recorriendo los peores lugares del hospital —le dice él.

—Bueno, este es uno. Es una belleza. A ver si podés estar con la puerta cerrada.

— No, no —insiste él, como queriendo darle toda la razón.

Delante de Peluffo, la neuropediatra dice que no hay ventilador que pueda paliar el calor, especialmente cuando algún paciente llega sin haberse bañado. Él dice que "los baños están horribles" y ella aclara detrás: "Hay uno solo para todos".

De sueños y costos.

Las obras del sector de internación, la emergencia, el vestuario del block quirúrgico, más las obras en la farmacia y en el hall principal del hospital pediátrico, costaron unos 500 mil dólares. El anhelado resonador está presupuestado en un millón de dólares. A su vez se gastaron dos millones de dólares en las azoteas y las fachadas de todo el Pereira Rossell, y se invirtieron 500 mil dólares en la refacción del CAIF. De 98 camas de internación pasaron a 160. Peluffo destaca el cambio en la calefacción central (se pasó de gasoil a gas) y anuncia que se realizará una "central telefónica de última generación". A su vez está previsto gastar cuatro millones de dólares en el proyecto del ambulatorio que no incluye al edificio de Caritat.

La mayor erogación, sin embargo, fue en el Hospital de la Mujer, donde se invirtieron 5,5 millones de dólares para poner a tiro el block y el CTI de recién nacidos, construir dos salas de nacer, mejorar el centro de cuidados intermedios y la escalera, y mantener la maternidad: todas áreas largamente postergadas y cargadas de una historia de reclamos.

Entrar a estos sectores hoy es poner un pie en la mejor versión de la medicina. Como esta área ya no depende de él, Peluffo pide que tomen la posta Elvira Fernández —adjunta a la dirección del Hospital de la Mujer—, y Daniel Borbonet —grado cinco en Neonatología— que ya suele ser entusiasta, pero ahora está rebosante de alegría. "No hay ningún CTI privado que tenga un equipamiento como el que tenemos nosotros. En todo sentido: monitores, incubadoras, ventilación… es algo tremendo", dice. En las nuevas salas de nacer es Fernández la que exhibe su satisfacción. Muestra cómo en una sola sala la mamá tiene su cama, su baño, espacio para caminar o hacer lo que quiera durante su trabajo de parto, parto y primeras horas del bebé, en completa privacidad. Ahí mismo se recepciona al bebé. "Esto es de primer nivel, eh. Estas termocunas son lo mejor de lo mejor", advierte. Antes, las salas de trabajo de parto eran compartidas y para el parto se trasladaba al block.

La recorrida termina en la oficia de Peluffo. La dirección no fue refaccionada —"si yo hubiera hecho algo acá, para mí sería una vergüenza", dice—, pero sí tiene el tan valorado aire acondicionado. Si esas paredes hablaran, contarían los "gritos" de muchos jefes de servicio, asegura. Y aclara: no solo los de Neuropediatría.

—Yo entiendo todo. Pero tenés que ver el global, hacia dónde va el hospital. No podés olvidarte hacia dónde se están volcando los recursos —concluye.

Detrás de sí, destaca un pequeño letrero en una cartelera. "Que tus sueños pesen más que tus excusas", reza. Hay otra frase que suelen decir los médicos y que quizás encaje mejor con esta realidad: "La salud no tiene precio, pero tiene costo".

Larga batalla en Neuropediatría.

"Múltiples desencuentros en relación con el desarrollo de la atención": ese fue el motivo por el que Alfredo Cerisola, neuropediatra grado cuatro, abandonó la jefatura del servicio en junio de 2017. En su carta de renuncia, escribió: "Es notoria la ineficiencia de la institución para solucionar en tiempo y forma razonables los múltiples problemas que se presentan (…) y la incapacidad para poder revertirla en el tiempo que vengo desempeñando el cargo". Luego hace un recuento de esos desencuentros, desde la ausencia de respuesta al informe que elaboró para ASSE, hasta la toma de decisiones sin consultarlo de parte de la dirección que encabeza Rodrigo Barcelona. El tono de la carta refleja desilusión y hastío. Al final, dice que la única "respuesta digna" es irse.

Consultado por El País, Cerisola se excusó de hacer comentarios ya que sigue trabajando en la cátedra de Neuropediatría.

Peluffo tampoco quiso entrar en el asunto de la renuncia de Cerisola, pero sí consideró que la información en poder de El País estaba "sesgada" por este episodio. Afirmó que no está previsto cubrir su lugar porque, a juicio de la dirección, ese cargo es prescindible. Agregó que la demanda hoy está satisfecha con el personal disponible, y que las tres veces que se acumularon consultas en este período de gestión lo resolvieron con pediatras "bien formados" y otros especialistas.

En cuanto a la infraestructura, Peluffo es categórico: "El presupuesto no abarca este edificio". La responsabilidad del mantenimiento es, según entiende la dirección, de la fundación del doctor Ricardo Caritat. No todos comparten esa idea. De hecho, el presidente de la fundación, José María García, contó a El País que varios años después de la muerte de Caritat le traspasaron el edificio a ASSE. No ignora el descuido en el que ha caído.

De todas formas, García aseguró que este año la fundación se va a hacer cargo de restaurar, impermeabilizar, renovar la instalación sanitaria y la eléctrica del edificio. El dinero provendrá de la venta de un terreno que estaba previsto para un proyecto que quedó trunco. Estima que se venderá en 100.000 dólares y aclara que no se los entregarán a la dirección, sino que se irán invirtiendo de a poco bajo su supervisión.

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