inmigrantes sin nacionalidad

Un cobijo ante la pobreza y un refugio para practicar su fe

"No sabía que venía a Uruguay y de repente estoy acá". A Obiora (33) un barco lo trajo hasta el puerto de Montevideo. Fue hace dos años, cuando escapó del conflicto de Anambra, su pueblo, en Nigeria. Su vida corría peligro luego de que un grupo musulmán atacara a su tribu Ibo, de descendencia cristiana y muy fieles a Dios. Allí murió su padre.

Obiora, que en el dialecto ibo significa "la voluntad de todos", no tuvo tiempo ni de agarrar su título de ingeniero civil. Escapó solo hasta la costa, subió a un barco y acá está, esperando que se lo reconozca como refugiado.

Él no es un apátrida. Tiene documentación, su esposa es brasileña y la responsable de haberle enseñado portuñol. La conoció en una misión en Angola y con ella tuvo dos hijos; uno de ellos nació en Montevideo. Pero sí es un testimonio vivo de la vulnerabilidad que sufren quienes dejan sus países escapando de un conflicto.

Sila, la perra que le regalaron en una pensión de 8 de Octubre, olfatea la basura y no encuentra lo deseado. Por ahora Obiora tiene para comer, se las ingenia para llegar a fin de mes con su sueldo como peón en una empresa de transporte de soja. Pero sabe que su día a día está muy lejos de lo soñado.

Su hermano menor, quien prefirió reservar la identidad, pudo escapar hacia Uruguay hace unos meses. Su madre sigue en Nigeria. Y también allí queda aquel pasado del Obiora universitario, del moreno en buena situación socioeconómica que admiraba la selección verdiblanca que ganó el oro olímpico en Atlanta 1996, con Kanú y Okocha a la cabeza, también ibos como él.

Por eso cuando llegó a la Plaza Independencia, hace dos años, luego de abandonar el barco, sintió que el mundo se le derrumbaba. Casi no comió en las dos semanas de travesía por el océano Atlántico. Y al llegar se desplomó. Lo atendieron en el Hospital de Clínicas. "Trataron muy bien y gracias Uruguay", dice en reconocimiento a la hospitalidad. Eso sí, todavía le falta mucho: revalidar el título, sentirse menos discriminado —a un conocido suyo africano le gritaron "Ébola- ébola" en la feria del Parque Rodó— y conseguir un "trabajo mejor".

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