ENTUSIASTAS DE LA GENEALOGÍA EN URUGUAY

En busca de las raíces de papel

En un país de inmigrantes como Uruguay, a veces es fácil perderles el rastro a los antepasados. Quienes se embarcan en un viaje al pasado deben bucear entre archivos del Registro Civil, instituciones religiosas, internet, e incluso subirse a un avión. La paciencia tiene su recompensa.

Como creen en la "familia eterna", los mormones tienen el mayor archivo genealógico del mundo. Foto: Darwin Borrelli
Como creen en la "familia eterna", los mormones tienen el mayor archivo genealógico del mundo. Foto: Darwin Borrelli

En definitiva, todos somos una suma de amor y sexo", dice el historiador Juan Carlos Luzuriaga. "Todos tenemos dos padres, cuatro abuelos y ocho bisabuelos", prosigue. Por ello, todos pueden estudiar su genealogía, y por eso es la disciplina "más democrática que hay", según el presidente del Instituto de Estudios Genealógicos del Uruguay (IEGU), Omar Doglio.

Antiguamente se creía que estudiar a los ancestros era cosa de quienes portaban apellido, algo reservado a las familias de alcurnia. Pero si la historia es la forma que tenemos de entender el presente, la genealogía es, de algún modo, una forma de entendernos a nosotros mismos, explica Luzuriaga, que además es vicepresidente de IEGU. Hoy, cualquiera con paciencia puede hacerlo. Y con internet todo se ha vuelto mucho más accesible.

Rosina Rubio Magliati sintió que le faltaba algo y decidió buscarlo en su pasado. Para ella funcionó como una terapia freudiana: "Hay cosas que se van transmitiendo por generaciones y no se sabe por qué", explica, "pero después que conocés la historia podés dejar de reproducirlas". No fue hasta que se puso a reconstruir su árbol que descubrió que su abuelo era el menor de 11 hermanos, ocho de los cuales habían perecido en una epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires. "Murieron por estar hacinados y en la pobreza. Ahí entendí por qué mi familia siempre había tenido ese miedo de no poder sustentarse".

Martín comenzó a buscar su historia porque no conoció a sus abuelos. Foto: Marcelo Bonjour
Martín comenzó a buscar su historia porque no conoció a sus abuelos. Foto: M. Bonjour

Guillermo Wajner sabía que su familia había escapado de la guerra. No sabía que su bisabuela había vuelto, desde "las Américas", a su natal Rodas (Grecia) para reencontrarse con su amante en 1944. Menos aún que por volver a verlo la habían enviado al campo de concentración de Auschwitz. Hace ya 10 años que Guillermo emprendió el viaje hacia el pasado familiar. Él, a diferencia de la familia Rubio Magliati, lo hace solo. "Te empezás a obsesionar por bajar un escaloncito más", dice. Su historia familiar lo tiene siguiendo pistas en varios países europeos.

Martín Silva Rey es blanco como la leche, rubio y de ojos celestes. Empezó a buscar papeles, y registros familiares porque no conoció a sus abuelos y tenía curiosidad. Si no hubiese encontrado documentos que lo probaran, no habría creído jamás que en sus venas corría sangre indígena. Pero así era. Ya lleva siete años en la búsqueda y le obsesiona ir más hacia atrás. No tanto —como a Rosina— ampliar el árbol para los costados.

"Lo que es impresionante", opina Martín, "es que gente con nombre y apellido de la que vos saliste encaja en momentos históricos".

Ser historiadores.

Antes de salir a buscar papeles, lo que recomiendan los entusiastas de la genealogía es sentarse con los familiares viejos y preguntarles. Exprimir todo lo que se pueda las historias y la memoria de estos parientes. Tal vez se requiera más de una reunión: puede ser mucha información para una sola vez. "Es como una bañera llena a la que le sacás el tapón", dice Florencia Salgueiro, hija de Rosina Rubio. También hay que revisar los documentos que ya se tengan en posesión, seguramente juntando polvo en algún lado. Cuando se agotan los recursos propios, ahí sí: es hora de acceder a los acervos públicos. A dónde recurrir depende de cada historia familiar, pero normalmente el primer paso es ir al Registro Civil, donde está alojada la historia uruguaya desde hoy hasta 1879, cuando se creó ese organismo. Cada intendencia departamental tiene una copia de los libros que la contienen. Pero no es tan sencillo acceder a los documentos específicos, ya que muchas veces se desconocen los datos necesarios para encontrarlos. La forma de hacerlo es paso por paso (no se puede pretender ir un día y llevarse los registros de cuatro generaciones hacia atrás de una sola vez). Cada partida guarda información de un escalón más: o sea, una partida de matrimonio tiene el nombre de los padres de los novios, por lo que se puede pedir después la partida de nacimiento de estos, que a su vez incluirá los nombres de sus progenitores. Se pueden expedir partidas de nacimiento, matrimonio y defunción. Cuesta $ 76 el trámite común (se obtiene la partida en 48 horas) y $ 304 el urgente (en el día).

La familia Salgueiro-Ruiz está hace dos años haciendo su árbol. Foto: M. Bonjour
La familia Salgueiro-Rubio está hace dos años haciendo su árbol. Foto: M. Bonjour

Cada vez que Martín Silva Rey iba al Registro Civil volvía con mariposas en la panza. No se aguantaba a llegar a su casa para examinar su nuevo tesoro y revisaba las partidas en el ómnibus de regreso. Mientras más lejana la fecha impresa, mejor. La historia se le materializaba en las manos. Las partidas de nacimiento, matrimonio o defunción que conseguía por pocos pesos le daban el mismo subidón que a un coleccionista. Pero él coleccionaba su propia historia.

Para solicitar una partida en el Registro Civil se debe conocer el nombre del familiar en cuestión, el año del evento (nacimiento, matrimonio o defunción), el departamento donde ocurrió, sección judicial y número de acta.

Esos últimos datos —sección judicial y número de acta— son los que no se consiguen preguntándole a una tía. Martín recuerda su susto inicial cuando se los pidieron. No solo no los tenía: no tenía idea de cómo se conseguían. Los datos —se enteraría luego— están almacenados en una oficina del mismo Registro llamada Fichero. Allí hay guardados cientos de tomos añejos clasificados por tipo de evento, departamento, año e inicial del apellido. En ellos figuran la sección judicial y el número de acta de cada partida. Martín solo tuvo que pedir el libro de nacimientos de Montevideo, del año 1917, letra S, y encontró los datos que le faltaban para obtener la partida. Decenas de personas como él van todos los días al Registro a obtener documentos, pero sería imposible discriminar cuántos de esos lo hacen por interés genealógico.

No solo en el Registro Civil hay documentación valiosa. Las instituciones religiosas también cuidan y conservan registros de sus fieles, y las embajadas de sus compatriotas. Antes de 1879, cuando se crea el Registro Civil, eran las iglesias las que llevaban los registros de los eventos de la población, por lo que es posible que no figuren ancestros que no hayan sido bautizados, aunque eran los menos.

Exactamente un siglo después, en 1979, se funda el Instituto de Genealogía del Uruguay (IEGU), que funciona en la calle Maldonado y abre sus puertas al público de forma gratuita de 17 a 19 de lunes a viernes. Tienen en su biblioteca los archivos clericales y civiles, y personal para orientar al investigador. A quienes son miembros del instituto también se les permite llevarse los documentos a sus casas para estudiarlos. Y para quienes no les interesa tanto la actividad en sí pero quieren la información, también existe la posibilidad de contratar investigadores que hagan las pesquisas por uno.

Un caso particular es el de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es decir, los mormones. Ellos creen en "la familia eterna" y la necesidad de bautizarse en nombre de sus antepasados que no conocieron el Evangelio. Por "este altruista motivo", como dice Luzuriaga, son los dueños del archivo genealógico más grande del mundo y tienen en todas partes del globo Centros de Historia Familiar, donde se puede recurrir a la información que está en forma de microfilms.

Echeverría, un mormón de 91 años y buen humor, es el guardián de este tesoro historiográfico en el Centro de Historia Familiar de Carrasco. "Nosotros (los mormones) damos gratis la información, por amor al prójimo", señala. "Si creemos en Cristo creemos que vamos a resucitar, entonces mis parientes también", dice mientras saca un bibliorato repleto de información sobre ellos.

Buena parte de los microfilms ya están digitalizados y algunos incluso indexados (es decir, que se pueden encontrar por su nombre y no solo están escaneados), pero a muchos se puede acceder solo en el propio Centro. "Sobre todo para que nadie se haga el vivo y le quiera cobrar a alguien por esta información que acá damos gratis", insiste Echeverría.

Calculan que en 2020 tendrán todo su acervo en la nube. Es posible acceder a muchos de sus documentos de forma gratuita en la página www.familysearch.com, en donde también se puede buscar el Centro de Historia Familiar más cercano. Cuentan con documentos parroquiales pero también civiles y militares de varios países del mundo.

Además existen otras páginas del estilo como www.ancestry.com o www.myheritage.com, pero en general se tiene que pagar para acceder al archivo o para comunicarse con parientes que eventualmente se descubran. Hoy en día las redes sociales facilitan lo último.

Si uno quiere hacerse de un dato específico en el Centro, se necesita saber al menos dónde comenzar: el año, el país, la ciudad. Si es posible el pueblo, la iglesia o institución específica. "Hay que tener una idea. Me dicen Italia, bue, ¿pero qué región?, Bue, pero en esa región hay 15 capillas", apunta Echeverría. Cuanto más acotada sea la búsqueda, mejor, porque es cuestión de ir probando a la antigua, revisando nombre por nombre en los archivos disponibles.

El microfilm tiene forma de cinta adhesiva, de película antigua. Se pone en una máquina especial para verlo —arreglada y cuidada por el mismo Echeverría— y se examina girando la manivela. El lector que lo proyecta tiene el tamaño y forma de maquinita de videojuego, solo que en vez de una pantalla con naves que disparan hay un espacio en blanco donde se proyectará el contenido del microfilm. Examinarlo es un trabajo arduo, en especial por lo complicado que es descifrar las antiguas caligrafías.

Como somos un país de inmigrantes, en algún momento los registros dejan de existir en suelo oriental. "Hoy con internet no creo que sea obligatorio viajar", opina Doglio, del IEGU. "Hay muchas cosas que ya están digitalizadas". Eso, sin embargo, depende de cada país e inclusive de cada pueblo. Imaginemos que si no es posible acceder a nuestra propia partida de nacimiento sin ir al Registro Civil uruguayo, es muy posible que lo mismo ocurra en países del Viejo Mundo, de donde el 90,7% de los uruguayos descendemos, según el censo de 2011. Guillermo Wajner viajará a Ucrania en unos meses a buscar documentos familiares. Allí se enfrentará a otro problema práctico de la disciplina: el idioma.

Anécdotas y secretos.

"Está el que se ganó la lotería dos veces, el que era cura y tuvo un hijo bastardo", enumera la hija de Rosina, Florencia, entre risas. "Y también estaba la historia de que mi tatarabuela era charrúa, y dale con que era charrúa. Resulta que no era tan así. El primer converso de la familia era de 1700", relata.

Las historias vienen en todos los sabores y, algunas, son amargas. Como los Buendía en Macondo, Rosina empezó a notar ciertos patrones en su familia. "Todas las mujeres de la edad de mi madre tuvieron un hijo mayor muerto antes de los 40 años", describe. "Al principio te asustás, pero después te das cuenta de que todas las familias tienen sus historias y secretos", concluye Florencia.

"En mi familia somos bastante liberales. Para mí fue una gran sorpresa enterarme de que parte de mi familia fueron militares", dice Rosina, y su esposo Pablo agrega: "No participaron de la dictadura militar argentina porque se murieron antes… pero podrían haberlo hecho".

¿Cómo hay que tomarse la noticia de que un antepasado estuvo del lado equivocado de la historia? Luzuriaga hace énfasis en que a los ancestros hay que entenderlos en su contexto. "No es ser acrítico, pero no hay que juzgarlos con la mentalidad de hoy. Cada uno hizo lo que pudo", repone. "Si pudieras revivir a tu tatarabuela, por ejemplo, te diría que votar es cosa de hombres y no sería por ser una sometida. Era la mentalidad de la época".

El año pasado Guillermo Wajner estuvo en Rodas de viaje y aprovechó para pedir los documentos de esa bisabuela que murió en Auschwitz cuya historia rescató. Allí descubrió que su amante, al que regresó a buscar, se pudo escapar a Nueva York antes de ser deportado y vivió hasta los 70 años. ¿Por qué la bisabuela de Guillermo no fue con él? Resulta que no la dejaron subir al barco por una enfermedad en los ojos.

"Viene lo doloroso, pero también las cosas positivas: lo apasionada que era mi familia, lo creativa", dice Rosina. "Creo que las historias van llegando a medida que uno está preparado para recibirlas". Su búsqueda no solo hizo crecer su árbol para arriba, sino también a los costados. Reconectaron con la rama bonaerense de la familia, que se había distanciado una generación atrás. "Cuando fuimos a conocerlos era como si hubiésemos crecido juntos", cuenta Florencia. Hace dos años que están con el proyecto y no piensan parar por ahora.

"El árbol está buenísmo, pero lo importante es llenarlo de historias, de gente y de carne", dice Pablo, esposo de Rosina.

"Desde que hice el árbol me siento más nítida. Como si tuviera los pies más firmes en la tierra", concluye Rosina.

¿Como si tuvieras raíces?

—¡Exacto!

En primera persona, recolectando mi historia

Me dirigí al Registro Civil para probar de primera mano la sensación que —dicen los genealogistas— se experimenta cuando se halla un documento. Yo tuve una ventaja que no todos los investigadores novatos tienen: me habían advertido que me faltarían los datos de "sección judicial" y "número de acta" de las partidas que pretendía pedir. Por suerte también me avisaron de la existencia del Fichero, la oficina del Registro donde se pueden conseguir.

"El libro de Montevideo de 1955", le pedí al muchacho que me atendió. Volvió a los pocos segundos con un tomo algo más grande que una cuadernola, color café —sospecho que tuvo otro color décadas atrás— con hojas casi igualmente amarronadas. K, le pedí. Abrió la página correspondiente y empezó a buscar. Kolak, Kolay… Cuántos apellidos parecidos al mío, pensé con sorpresa. Finalmente encontró el nombre: Zisia Kosak, casado con Clara Satorski, agosto de 1955.

No sé si otras personas experimentan algo similar a lo que le sucede a un coleccionista cuando encuentra una pieza única. Yo me emocioné cuando vi el nombre de mi fallecido abuelo en una caligrafía cursiva perfecta, junto a la fecha 1955, en una hoja cuyas puntas se resquebrajaban. No sé qué tuvo. No me aportó información nueva, pero me hizo imaginar su felicidad de recién casados. Es inexplicable, pero sentí cómo me transportaba, un poquito, al momento en que la tinta tiñó ese pedazo de papel.

Dos días después, regresé a retirar lo que compré a $ 76: la partida. En ella hay mucha información para seguir investigando: mis cuatro bisabuelos, el pueblo donde nació mi abuelo (Odessa, Rusia, hoy Ucrania), los nombres de los testigos, el año de nacimiento de los novios... Esto recién empieza.

Facultad de Humanidades estudia si hay ADN indígena

Aunque no lo hacen de manera regular, en el área de Antropología de la Facultad de Humanidades realizan, a quienes lo deseen, un estudio de ADN por la suma de US$ 80 para determinar la presencia o ausencia de ese ADN mitocondrial que indique la existencia de un antepasado indígena. No es posible determinar qué porcentaje de ADN indígena posee cada persona, solo la existencia o no de ese ancestro, explica el antropólogo y doctor en Biología Gonzalo Figueiro. Desde la década de 1980 se realizan estudios genéticos en la Facultad de Humanidades para dilucidar si el mito de que la población uruguaya desciende del barco es cierto. Lo que el estudio de la doctora en Ciencias Biológicas Mónica Sans concluyó es que hay una presencia de al menos 10% de ADN indígena en nuestra población. “En promedio, cada uruguayo tiene un bisabuelo indígena”, dice Figueiro.

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