HISTORIA DE UN DESENCUENTRO

Un boom en alfileres

La moda uruguaya vivió un resurgir en el último lustro, pero ahora se enfrenta a una prueba fundamental: conseguir quién le cosa. 

En estos años el diseño de autor creció, pero la industria se desplomó. El desfasaje implica varios replanteos. Foto: A. Colmegna
En estos años el diseño de autor creció, pero la industria se desplomó. El desfasaje implica varios replanteos. Foto: A. Colmegna

De aquella industria textil frondosa de décadas atrás, hoy solo quedan unos pocos talleres que apenas alcanzan para abastecer a los diseñadores, quienes sueñan con un renacer.

Lo último que tiene ganas de hacer Adriana Otero es hablar de su fábrica textil, Urulan. Derrocha amargura por el teléfono. Hace años que está esperando poder cerrar y dice que así están todos los empresarios del rubro. No tiene idea de lo mucho que creció el diseño independiente en la década pasada, ni le importa. Una vez por año trabaja con Ana Livni, con nadie más. No le interesa embarcarse en ninguna aventura.

Las cifras hablan de una caída contundente. En 1990, según el INE, casi 47.000 personas trabajaban en el sector textil y del cuero. En 2001, eran 10.000. Entre 2006 y 2016 la producción textil cayó 64% y la vestimenta 86%. Y sigue en picada: en enerooctubre de 2017 la producción se contrajo 6,3% en relación a 2016, y el empleo bajó 8,5%, según datos de la Cámara de Industrias. El año pasado, el secretario de la Cámara Industrial de la Vestimenta lo describió a El País como "un enfermo terminal".

Los empleados de la industria son cada vez menos. Foto: A. Colmegna
Los empleados de la industria son cada vez menos. Foto: A. Colmegna

¿Cómo se conjuga eso con que en la MoWeek haya lista de espera de marcas nacionales que buscan exponer sus colecciones? ¿Cómo se explica que fin de semana por medio haya algún evento y salgan marcas pequeñas de debajo de las piedras? ¿Y que la cadena internacional de espectáculos E! describa a Montevideo como "una pequeña cuna de gigantes"?

Los diseñadores independientes luchan por traer la industria de vuelta a la vida. Hay entusiasmo, hay preocupación, hay problemas y vicios de fondo, hay glamour y hay sudor. Mariela Zarzábal, del espacio Café Costura, lo resume: "Estamos intentando reconstruirlo desde las cenizas". Un ave fénix de diseño de autor.

Saltar o Uruguay.

Entre los estandartes de la movida está Mirada Couture, un medio que mezcla periodismo, publicidad y participación directa en eventos. Una de sus líderes es Natalia Jinchuk, que en pocos minutos indica con precisión las fortalezas y debilidades de la escena de la moda de autor montevideana.

De la industria textil tan añorada quedaron unos pocos talleres para abastecer a los diseñadores. Una generación de estudiantes de diseño salió al mercado con ideas nuevas a fines de los 2000, tuvieron éxito, y a partir de 2009, con el impulso de MoWeek, la oferta de marcas se multiplicó de manera exponencial. "Pero la industria no se vio modificada", no se modernizó, dice Jinchuk, "y empieza a haber un choque". Las marcas enfrentan demoras, informalidad, y la necesidad de importar toda la materia prima. Los costos son altos y los precios también.

Jorge Levinson, dueño de Vitamor, heredó una vieja textil de su padre y enfrentó el cierre y la reconversión. Foto: A. Colmegna
Jorge Levinson, dueño de Vitamor, heredó una vieja textil de su padre y enfrentó el cierre y la reconversión. Foto: A. Colmegna

La falta de protección a las creaciones nacionales las deja desnudas ante la "competencia desleal" de la ropa barata importada, opina Jinchuk, y las marcas más grandes del mercado local arribaron a una meseta en la que deben plantearse si ser un negocio o seguir siendo un producto puramente uruguayo, y apoyar a su propio medio ambiente. Si la respuesta es "negocio" deben pensar en saltar a producir en el exterior. Muchas de las más importantes ya lo hacen.

Caro Criado produce gran parte en Italia e India. La marca de zapatos Mutma lo hace en China y Brasil. Rotunda también importa desde el país norteño. Agustina Pereira, de Mutma, explica que esto les supone una diferencia si venden los zapatos al exterior, pero que si los traen de regreso a Uruguay los costos de importación son tan altos que el margen se reduce. "Estaría bueno que hubiera una revolución en los talleres locales porque es mucho más fácil. Igual, no creo que producir afuera pierda la esencia de la uruguayez. La marca, el diseño, es todo salido de gente uruguaya", dice Pereira.

El tema costos llega a extremos insólitos. Arantxa Blanco está de los dos lados del mostrador: tiene un taller y una marca, Hanami, con la que emplea lana. Mientras muestra su taller, comenta que trabaja con lana peruana porque no consigue uruguaya. Al escuchar la anécdota, la diseñadora de Mutma, Alexia Berthelemy, se ríe: "¡el cuero que nosotras usamos es chino!". Dice que el nacional se exporta prácticamente todo. Encima lo traen a través de Argentina, con lo que suman otro arancel: "somos el último eslabón".

Detrás del glamour.

—Sacate la bota.

—¡Parezco la Cenicienta!

Mariela Zarzábal pone el pie en un papel y un señor mayor, que después se revelará militar retirado, durante décadas encargado de las botas del Ejército, le toma las medidas.

El sábado siguiente en Café Costura se brindará un taller de zapatos, y están perfeccionando el prototipo. Mariela define a su local como "un cibercafé de máquinas de coser"; además ofrece servicio como intermediaria entre diseñadores y talleres, con lo cual tiene un vínculo distinto con la escena. Busca transmitir conocimiento donde sabe que otros se cuidan de exponer su know how.

"Uno apunta a resurgir la industria de acá, pero —pausa y suspira— es tedioso".

Tedio es lo que se lee en el rostro de Majo Rey. La directora de Sinergia Design está teniendo un muy mal día. La tarde es horriblemente calurosa y ella se acaba de enterar de que el taller no va a tener pronta la ropa de verano para su marca de lencería a la fecha acordada. Por quinto año consecutivo. Está harta. Va a tomar más gente en su taller propio, que formó para que esto no le pasara pero que no da abasto cuando debe producir a mayor escala. Un riesgo que no estaba en los planes, menos en un año difícil.

No era así. Cuando el boom comenzó, según ella junto con la explosión de popularidad de MoWeek en 2012, marcas chicas como la suya, que ya tiene 12 años, se consolidaron. Fue "algo buenísimo" para su generación. Pero las marcas siguieron naciendo y creciendo y naciendo y muriendo y naciendo, y Rey opina que la superpoblación pasó a ahogar a los diseñadores que verdaderamente le ponen cabeza a su trabajo. Y como los talleres en los que confeccionar la ropa son pocos, compartir con otras marcas es imposible de evitar y eso aumenta los retrasos. "Siempre trabajan al filo del tiempo", agrega Zarzábal. Además, distintos talleres se especializan en distintas áreas. Carolina Sosa, cofundadora de Rotunda, hoy alejada de la empresa, recuerda que para las primeras colecciones llegaron a trabajar con nueve talleres a la vez.

Para peor, sigue Rey, el compartir los diseños y los moldes con los talleres permite que gente con poca idea copie y plagie sin consecuencias, porque al taller no le interesa proteger la propiedad intelectual. Según ella, empezó a pasar que las marcas consolidadas sacaban un modelo nuevo y al llegar a la MoWeek ya lo veían imitado en el stand de al lado.

La mira de Rey apunta más que nada a la MoWeek. Dice que prostituyó la moda local. Que la transformó en una "feria de máximo consumo donde la gente se desespera por estar".

Florencia Domínguez, diseñadora y dueña de Black and Liberty, entiende que "son las reglas del juego", pero que "la copia es evidente, descarada ya". "Agarro prendas y es la mía de hace dos temporadas". Cree que cuando ella empezó, en 2012, las distintas marcas se apropiaron de un nicho y cubrieron todas las necesidades. Pero que de un tiempo a esta parte "hay mucha propuesta vacía", marcas que no proponen nada nuevo en cuanto a identidad y solo imitan lo ya establecido. Flavio Giusti, dueño de la marca de ropa interior masculina y shorts de baño Molto Giusti, es más ácido: "No es despectivo, pero es como —y pone voz burlona— vamos a jugar a ser diseñadoras".

"Hay que sobrevivir a un montón de altercados y crisis y buenos momentos y malos momentos", dice Florencia Domínguez. "No es tan fácil como hacer ropa".

Caro Criado coincide. Cuando lanzó sus primeros vestidos, caracterizados por el patchwork, dice que llegó a ir a fiestas y ver prendas que no estaba segura de si había diseñado o no, de tan parecidas que eran a las suyas. "Antes éramos todas amigas, y si yo iba a estos talleres y veía algo de la competencia, no se me ocurría hacerlo igual", dice. ¿Es que no hay protección intelectual? Dice Giusti: "¿Quién va a tomarse el trabajo de contactar un abogado y toda la cosa porque le copiaron un volado?".

Y más atrás.

Las figuras de la escena se refieren a sí mismos como "obreros de la moda", porque dicen que de glamour hay poco. "Creés que son desfiles, pero eso es la punta del iceberg", dice Giusti, que aclara que él inventó el término popularizado luego. Hubo, según cuenta, un "miniescandalete en las redes" por la autoría.

¿Pero quiénes son los verdaderos obreros de la moda? Como explica Mariela Zarzábal, en ropa se trabaja tres niveles: la modista, más artesanal y para pedidos puntuales; el taller chico, "armado medio casero"; y el taller a façon, que produce en masa. Las marcas que comienzan trabajan necesariamente con talleres chicos, ya que necesitan un volumen mayor para que les acepten pedidos en los más grandes. El comentario general es que estos sitios se quedaron atrasados en cuanto a tecnología y como tienen trabajo más bien zafral, no rechazan pedidos y se les acumulan. "¿Cómo le decís a una persona que por ahí estuvo tres meses parado o con muy poca producción, cuando le entra, que tiene que decir que no?", se pregunta Zarzábal.

El predio de Vitamor, en Nuevo París Norte, supo ser una textil gigante. Jorge Levinson la heredó de su padre hace unas tres décadas y debió sobrellevar el cierre y la reconversión en un importador. Galpones y galpones tapados de rollos de tela, tirados por el suelo, arrumbados uno sobre el otro; hay un camión afuera y están descargando más, no se entiende cómo alguien encuentra algo, y sin embargo Levinson muestra que ya está procesando pedidos por celular.

"Es un relajo, pero a la gente le gusta revolver", sonríe. Su objetivo es aprovechar el envión para transformar el predio en una suerte de ciudad textil. Alquila espacios a talleres de corte, otros de confección, otros de estampado, también a tapiceros, e infiltrado por ahí un depósito de máquinas de Casinos del Estado.

En la entrada al predio está el primero de estos locales, dirigido por Alfredo Martínez, un hombre desconfiado que va soltando su desazón con la industria. "Nosotros sobrevivimos", dice y lo apoyan dos compañeros presentes. Él trabaja desde hace 35 años en el rubro: es diseñador, sastre y modelista, aunque el taller es exclusivamente de corte. Cuenta que nació en un asentamiento y llegó a tener una empresa de 52 empleados en la época dorada. La cerró en 2002. Ahora lo contrata un empresario, y dice que solo trabajan bien un par de meses al año. "Si se trabajara acá un 5% de lo que se importa, Uruguay estaría mucho mejor", se lamenta.

Pasando el depósito del casino se llega a otro grupo de edificios de pequeño tamaño, detrás de los galpones de tela. Ahí tiene su taller Arantxa Blanco. Ella trabajaba en una empresa más grande, la que tenía contacto con este sitio, y cuando la dueña se jubiló Blanco ofreció comprársela. Aunque tiene su propia marca, aquí confecciona también para otras como Rotunda. Dice que es difícil conseguir personal capacitado, que suele tratarse de gente mayor y no hay recambio de jóvenes; debe darles licencia a todas las empleadas a la vez y cerrar por 20 días al año porque no halla reemplazos.

Junto al suyo está el taller de Victoria Quesada, que comenzó a trabajar hace poco más de dos meses. "Ya ves que vamos contra la corriente", dice. Quesada trabajaba en una fábrica y conoce desde dentro la crisis que ese sector atraviesa. Lo que busca es ofrecer a las marcas más pequeñas un servicio más acorde a lo que necesitan. Intenta no tener atrasos en las entregas pero todavía está aceitando el trabajo, y reconoce que armar equipo no está siendo fácil. Hace una semana tenía un plantel de cinco empleadas y "de cinco pasaron a dos de la nada". Al momento de la entrevista está cortando ella misma casacas que debe entregar. "Es todo un desafío. Pero me encanta".

Las cenizas.

Caro Criado comenzó haciendo vestidos de fiesta a medida. Florencia Domínguez, de Black and Liberty, probó primero con otro proyecto más de nicho. Flavio Giusti recuerda que comenzó como un hobby. Todos coinciden en que hoy el panorama no tiene nada que ver. Criado afirma que es el cambio más importante que ha visto: "Yo empecé por el boca a boca, después lo fui viendo como un negocio. Hoy arrancan al revés".

Para Giusti el siguiente paso para la industria tiene que ser el profesionalismo. Él ya ha notado la apertura o reconversión de algunos talleres que apuntan en ese sentido: "La oferta es tan grande que si no aparecen talleres es que son medio pelotudos".

La sensación global es que la saturación del mercado es notoria y se viene una limpieza de marcas. "Va a pasar simplemente porque somos tres millones", dice Alexia Berthelemy, de Mutma.

Carolina Sosa, ex Rotunda, destaca por el contrario que el pequeño mercado uruguayo les sirvió a las marcas. Dice que en China "por menos de 3.000 unidades por color no te dan ni la hora", y que esta menor escala permitió tomar más riesgos: "El miedo que sufre la industria de la moda a nivel mundial es quedarse con mucho clavo de stock y en Uruguay eso no te pasa".

Para Loreley Turielle, dueña de la marca de lencería Srta. Peel, hubo un cambio cultural en cuanto al consumo que permanecerá más allá de los vaivenes del mercado. Las perspectivas negativas no la asustan: "¿Qué hacemos? ¿Tengo que renunciar? ¿Tengo que sufrir? Estoy parada desde mi vereda con mucha convicción".

Esta tarde, sin embargo, Majo Rey no puede ver nada positivo. "Para mí ya está bajando. El año que viene se acabó", y agrega: "año a año es una pelea para ver si vale la pena seguir".

Y en un rato, cuando suba a su taller, descubrirá errores en las prendas que allí confeccionan. Habrá que tirar producto. Suspirará, se llevará una mano al rostro, con una bombacha de encaje fallida en la otra, y pensará cómo contener el daño.

Moweek quiere dejar atrás la "feria" y volver a la moda.

MoWeek comenzó en 2009 como un evento que nucleara el diseño nacional, que permitiera presentar colecciones y vender tanto a los establecidos como a quienes no tuvieran tiendas. Se proponen ser "la respuesta justa al auge y la profesionalización del sector moda en Uruguay", según dicen en su sitio web. Al principio fue difícil. "Se hizo cuesta arriba, muchas pasarelas eran gratis", recuerda Sofía Inciarte, una de sus directoras. Eran solo siete marcas en el showroom, "y no se vendía". Hoy son 80. Reconoce que el quiebre se dio en 2012, cuando las ventas se multiplicaron, pero aclara: "Después se desvirtuó con los descuentos" que los bancos comenzaron a ofrecer en el evento.

Inciarte afirma que MoWeek buscará retomar una senda de moda y tendencias y alejarse de la "locura" de consumo, "como se fue tornando últimamente". No quieren una feria sino un espacio para lanzar lo nuevo. Cree, al igual que otras como Majo Rey, que los descuentos masivos acabaron por perjudicar al rubro, que "no es real" que la gente compre al precio completo. Aunque cree que eso "en algún momento va a parar".

Dos obreras textiles y el triste recuerdo de una época dorada.

María del Carmen García trabaja desde hace casi 49 años y Susana Hauser desde hace 45. La segunda es modista. La primera, especialista en moldes.

Hauser ha participado de primera mano del resurgimiento del diseño de autor. Su hija tiene su propia marca en España, donde vive, y fue por ella que Hauser abrió la cabeza a "las cosas locas". "Antes hacía lo normalito", dice. "Ahora no". A través de su hija llegó al certamen de Lúmina y con los participantes ha colaborado desde la primera edición.

Recuerda que en un momento contrató gente porque tenía demasiado trabajo. Venían de talleres y "eran un desastre". Para ella el problema de la industria nacional es que "la modista se perdió, nadie quiere coser, todas quieren ser diseñadoras". Cuenta que desde hace seis años, cuando perdió a su pareja, aflojó y ya no trabaja tanto como antes.

García, en cambio, apenas tiene noción de cómo cambió el panorama recientemente. Empezó a trabajar a los 16 años con Francia en la cabeza. Se recibió de profesora de corte, trabajó en fábricas y talleres de confección, tuvo incluso su propia empresa por poco tiempo, se especializó en moldería y hasta hoy los que la conocen la recuerdan como una de las mejores en lo suyo. Dice que era impresionante lo que se trabajaba en la industria textil uruguaya, que "llegó un momento en que no sabían ni lo que tenían de tela".

Con orgullo muestra fotos de un desfile de mallas de baño diseñadas y confeccionadas por ella para el instituto Strasser, donde estudió, y señala que una de las modelos era una joven Eunice Castro. Pero García recuerda con dolor que cuando trató de vender diseños a las fábricas y talleres de la época, se los quedaban sin pagarle.

Ahora, con 65 años, está jubilada. Tiene tanta historia que es imposible charlar solo un rato con ella: muchos cuentos son más bien duros, de racismo y machismo en una industria que supo ser dominada por hombres. Ella rescata lo positivo. Y sigue trabajando en moldes para ropa porque la jubilación no le alcanza. "Tenés que amarlo", dice. "Si no, no podés".

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